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¿Amor a los enemigos?

Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen; orad por los que os vituperan. Al que te hiera en la mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, no le niegues tampoco la túnica. A todo el que te pida, dale, y al que te quite lo que es tuyo, no se lo reclames. Y así como queréis que los demás os hagan, hacedlo vosotros a ellos.

Si en algún momento me encuentro haciendo esto, al menos sabré con certeza que no es producto de mis entrañas, sino fruto de tu amor.

Con los mismos sentimientos de Cristo

El Espíritu Santo nos transforma en sus hijos de forma semejante a como lo hace con el Hijo. Y así nos permite vivir con los mismos sentimientos de Cristo Jesús.

Que el Espíritu Santo nos invada, para que nuestros sentimientos sean sus sentimientos.

Es a quien mucho se ama a quien se canta

Cantad al Señor un cántico nuevo. Cantad con la voz, cantad con el corazón, cantad con la boca, cantad con la vida. Es a quien mucho se ama a quien se canta. Y la gloria de a quien cantamos no es otra que los que le cantan. Seamos nosotros mismos lo que cantamos.

Tu amas todo lo que existe

Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que hiciste, pues si algo aborrecieras no lo hubieses creado. Y ¿cómo subsistiría nada si tú no lo quisieras? O ¿cómo podría conservarse si no hubiera sido llamado por ti? Pero tú perdonas a todos, porque todo es tuyo, Señor, que amas cuanto existe». (Sabiduría 11, 24-26)

Dios de consuelo

Dios de consuelo, tú te haces cargo de nuestras cargas,
de tal modo que podamos avanzar, en todo momento
de la inquietud hacia la confianza, de la sombra a la claridad.

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches de invierno oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía»!

¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!

(Rafael y Lope de Vega)

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