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La madurez espiritual es proporcional al amor

El proceso de maduración cristiana está marcado por la totalización de la propia vida en Cristo. La madurez espiritual es proporcional a la maduración del amor de caridad, del Ágape del Nuevo Testamento.

Sobre la paz misteriosamente intacta

No hay madurez cristiana sino a través de experiencias fundantes. Momentos o etapas en las que el encuentro con el Dios vivo transformó el sentido de la vida. No fue dispuesto, vino dado. Posteriormente hubo crisis, dificultades que parecían insuperables. Bastó recordarlas y retomarlas de nuevo en un acto de fe. Así la certeza de Dios se hace fundamento absoluto, roca firme y se nota en esa paz misteriosamente intacta, que es más fuerte que nuestros vaivenes psicológicos.

Prodigios de los que creen en Dios

Estos prodigios acompañarán a los que crean en el Señor: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.

La autoafirmación y la sexualidad son compañeras de camino

Una persona madura equilibra, sin mayores tensiones, el corazón y la cabeza, la afectividad y la razón. La persona madura se muestra tal cual es, sin tener que ocultar lo que siente sino estando en orden consigo mismo e integrando la dureza sin replegarse. La autoafirmación y la sexualidad son compañeras de camino, no enemigas. Disfruta de la amistad y ternura, le encanta luchar y tener un mundo propio.

La madurez cristiana proviene de una experiencia viva

La persona espiritualmente madura ha personalizado su visión cristiana a través de una experiencia viva y no una ideología, "pidiendo que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, le dé espíritu de sabiduría y de revelación en un mejor conocimiento de El. Su oración es que los ojos del corazón sean iluminados, para que saber cuál es la esperanza de su llamamiento, cuáles son las riquezas de la gloria de su herencia y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para los que creemos" (Ef 1, 17).

Seamos misericordiosos como nuestro Padre lo es

Seamos misericordiosos, como nuestro Padre es misericordioso. No juzguemos, y no seremos juzgados; no condenemos, y no seremos condenados; perdonemos, y seremos perdonados. Demos, y nos será dado; medida buena, apretada, remecida y rebosante, vaciarán en vuestro regazo. Porque con la medida con que medimos, se nos medirá.

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