Lectio Divina

Esta sección recoge oraciones según el método de la "Lectio Divina" que se explica a continuación. Para encontrar oraciones particulares siguiendo este método pulsa aquí o vete al final de este artículo.

Lectio Divina

Algunas veces se ha complicado demasiado la oración; otras veces se convierte en una búsqueda individual o comunitaria de búsqueda de sentimientos o de una paz transitoria. Las primeras comunidades cristianas tenían una forma muy sencilla, a la par que práctica de oración: la “lectio divina”. Por eso os quiero sugerir este modo práctico y sencillo de vida espiritual, basado en la Palabra de Dios. Si nos comprometemos a perseverar en él con determinación, será para ti un camino de crecimiento en la fe y en la oración de cada día.


El tiempo de la “lectio divina”, es un momento de confrontarse personalmente con Dios. Es hacer de tu vida una prolongación de esa Palabra que es escuchada, interiorizada y orada. El sentido de la “lectio divina” es llevar al creyente a la experiencia de Dios. Si uno lee la Palabra movido por el mismo Espíritu que la inspiró, esa Palabra leída, medita e interiorizada conduce a la oración, que es trato de amistad con Dios, y transforma la vida.


Diversos Pasos (sólo son orientativos)

1)    Invoca al Espíritu Santo para que te ilumine y descendiendo a ti, te haga comprender su Palabra en la hondura de la fe. NO se trata de que la Palabra te diga lo que necesitas oír, sino que te dejes envolver por ese Espíritu del que la Palabra es cauce. Por eso invocando al Espíritu estás diciendo a tu corazón que se ponga a la escucha de una Palabra que te lleva a un camino desconocido, pero en la seguridad de la fe, de que estás siempre en manos de un Dios que es todo amor. Ponte alerta, invoca con fuerza, con intensidad al Espíritu, que te hará llegar a la hondura de esa Palabra material, escrita, que tienes delante de tus ojos. NO es una Palabra muerta, sino que el Espíritu hará que se convierta para ti en fuente de vida y esperanza.

Te sugiero por si te ayuda esta oración: “Abba, Padre bueno, que eres la luz y la vida, abre mis ojos y mi corazón para que pueda penetrar y comprender tu Palabra.
Envía al Espíritu Santo, al Espíritu de tu Hijo Jesús, para que acoja dócilmente tu Verdad.
Concédeme un ánimo abierto y generoso, para que dialogando contigo pueda conocer y amar a tu Hijo Jesús para mi salvación y pueda testimoniar tu Evangelio a todos mis hermanos.


Te lo pido por Jesucristo, nuestro Señor.

2)    Leer la Palabra atentamente y con atención tratando de que llegue al corazón. Este es el momento de perder el tiempo leyendo, sin cansarse, una y otra vez. NO tengas prisa por terminar el texto. Lee, una y otra vez, tres, cinco, diez, hasta que mueva el corazón. Lee incluso en voz alta. La lectura de la Palabra se hace con la certeza de estar escuchando a Alguien: la persona viva que te habla es el mismo Jesús. Subraya aquella palabra o frase que más te llegue. La Biblia es un libro para no pasar corriendo, dedícate a ello sin prisas, sin querer terminar la lectura. Lee desde el corazón. Subraya aquellas palabras o frases que más te llegan, que te mueven, y vuélvelas a leer, reléelas.


3)    Medita la Palabra de Dios. Busca el sabor de la Palabra, cierra los ojos y contrasta el texto con tu vida. Plantéate algunas preguntas. ¿Qué dice el texto? ¿Qué me dice? La Biblia no es una Palabra extraña, sino una Palabra que toca lo más hondo de nuestro corazón, como si se tratase de sentimientos que forman nuestro propio ser. La Biblia es como una partera, que saca de nosotros aquello que Dios ha puesto en lo más íntimo de nuestro corazón. Detente en los distintos personajes, mira que tienen que ver contigo. Trasládate a su mundo, y después tráelos al tuyo. Déjate interpelar por la Palabra; no tengas miedo si acusa tus pecados, si te mueve a cambiar de vida. Confía en Dios, que te llama a una vida nueva, pero una vida de felicidad, de confianza total en ÉL.


4)    Orar la Palabra de Dios. Orar es decir sí a Dios, a su voluntad sobre nosotros. Orar es pedir fuerzas cuando nos puede el desaliento, cuando vemos nuestras pocas fuerzas. Orar es pedir perdón, porque no vivimos según esa Palabra. Orar es poner nuestra vida en manos de Dios, sabiendo que nuestra conversión sólo depende de su gracia.


5)    Contempla la Palabra. La contemplación es un don del Espíritu que brota de la experiencia de la lectura de la Palabra bien hecha. Es un momento pasivo de intimidad en que la acción corresponde a Dios. Contemplar es olvidar los detalles para llegar a lo esencial. Ya no hacen falta las palabras; es dejar que Dios actúe en nosotros. La contemplación es mirar con agradecimiento, con admiración, en silencio, el misterio de Dios-Amor. En este punto tus situaciones personales pasan a segundo plano y la experiencia objetiva de la contemplación te llevará necesariamente a la praxis, ala evangelización, a la caridad del servicio.


6)    Lleva la Palabra a la vida. No te quedes en consideraciones abstractas que no valen para nada. Toma compromisos concretos, aunque te duela. Busca una frase que te acompañe toda la semana. Es el momento de vivir aquello que Dios ha puesto en tu corazón en este rato que has pasado en diálogo con ÉL.

Y no olvides nunca que lo más importante en la oración es la perseverancia. La oración cuesta, se nos hace pesado, nos dormimos y aburrimos. Por eso el perseverar es fundamental, pues nos jugamos mucho en ese dialogo, amoroso y sencillo con Dios. Jesús pasaba muchas noches dedicado a la oración. A lo largo de los siglos muchos seguidores y seguidoras de Jesús han dedicado su vida a la oración, una oración que transformo sus vidas y el mundo.

Lectio Divina 2011

27/11/2011: Primer domingo de Adviento.

04/12/2011: Segundo domingo de Adviento.

11/12/2011: Tercer domingo de Adviento.

18/12/2011: Cuarto domingo de Adviento: pronto vendrá el Señor y veréis su gloria.

Lectio Divina 2012

01/01/2012: Santa María Madre de Dios.

08/01/2012: Bautismo del Señor.

15/01/2012: Segundo domingo del tiempo ordinario.

22/01/2012: Tercer domingo ordinario.

20/01/2012: Cuarto domingo del tiempo ordinario.

05/02/2012: Quinto domingo del tiempo ordinario.

12/02/2012: Sexto domingo del tiempo ordinario.

19/02/2012: Séptimo domingo del tiempo ordinario.

01/03/2012: Primer domingo de cuaresma.

04/03/2012: Segundo domingo de Cuaresma.

11/03/2012: Tercer domingo de Cuaresma.

Lectio Divina 2013

Esta página contiene la Lectio Divina con reflexiones escritas por el Reverendo D. Mariano Perrón, sacerdote católico de la archidiócesis de Madrid. Mariano Perrón es entre otras cosas licenciado en filosofía y teología por la Universidad Pontificia Comillas, ha sido delegado diocesano y episcopal para ecumenismo y relaciones interconfesionales de la diócesis de Madrid durante 38 años y notario de matrimonios mixtos interconfesionales. La versión en inglés de esta Lectio Divina es publicada por la American Bible Society.

Lectio Divina 2013-10-27: Dios ha puesto sus ojos en mí, su humilde esclava

27 de Octubre de 2013 (San Odrano, Abad)
Trigésimo domingo del Tiempo Ordinario
 
DIOS HA PUESTO SUS OJOS EN MÍ, SU HUMILDE ESCLAVA
Lucas 18, 9-14
"El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no"
En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: "Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:"¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo."El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo:"¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. "Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido."
 
Otras lecturas: Sabiduría 35:12-14, 16-18; Salmo 34:2-3, 17-18, 19, 23; 2 Timoteo 4:6-8, 16-18
 
 
Lectio:
Volvemos a encontrar este domingo el tema de la oración. Pero no es precisamente de la oración de lo que Jesús quiere hablar a sus discípulos (o más bien, al grupo de oyentes seguros de sí mismos y llenos de orgullo religioso). Lo cierto es que la oración no es más que una excusa para mostrar dos maneras distintas de acercarse a Dios y relacionarse con él. Desde el comienzo mismo de su ministerio, Jesús ha proclamado el Reino de Dios como un don para los pobres, los abandonados, los miembros más olvidados de Israel. Incluyendo, claro está, a quienes eran considerados los “pecadores oficiales” de aquella sociedad. Cuando define su papel como el Enviado de Dios a su pueblo, Jesús se compara con un médico que ha venido a curar a los enfermos y a liberar a cuantos se veían oprimidos por el mal, la injusticia ajena o sus propios pecados (Lucas 4:17-21;5:31-32;7:21-23). Mateo (11:28-30) va todavía más lejos y desvela una dimensión más honda de la misión de Jesús: consolar a quienes han perdido hasta la última migaja de esperanza en sus vidas: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados de sus trabajos y cargas, y yo los haré descansar…” Y, sin duda, una de las cargas más pesadas que han de soportar los humanos es la de sus propios pecados. 
 
En este contexto es donde debemos leer el pasaje del evangelio de hoy. En buen número de ocasiones hemos oído cómo criticaba Jesús a los maestros de la Ley y a los fariseos por su falta de coherencia entre lo que proclamaban y lo que vivían. “Hipócritas”, “sepulcros blanqueados”, “guías ciegos”, “serpientes”, “raza de víboras”… son algunos de los términos usados por Jesús para describirlos (Mateo 15:1-9; 23:1-22; Marcos 7:1-13; 12:37-40; Lucas 11:37-54).
 
No es este el caso del fariseo mencionado en el evangelio de hoy. La verdad es que, al menos según sus propias palabras, es un judío fiel, observante de la Ley, cuyo género de vida es totalmente coherente con sus creencias y sus principios morales. Nadie puede reprocharle acciones ilícitas o transgresiones de la Alianza. Va incluso “más allá” de sus exigencias y reglas más estrictas. Por eso, tiene razones más que de sobra para sentirse orgulloso de su conducta. Hasta cierto punto, podría ufanarse ante Dios: cinco veces usa los verbos en primera persona del singular. Y por eso, no pide nada en su oración. A lo sumo, la suya es una oración de acción de gracias por ser tan piadoso y observante. Por el contario, Dios debería “sentirse agradecido” por tener fieles de tal categoría en Israel. 
 
No sucede lo mismo con el recaudador de impuestos, cargado sin duda con su “pecado oficial” (colaboracionismo con el opresor romano, extorsión…) y, además, con su propios fallos personales. Su actitud, desde el hecho de quedarse al final del templo y tener clavados los ojos en el suelo, hasta su oración pidiendo misericordia, nos muestra abiertamente que necesita por todos los medios ser justificado: en su vida no hay ni un ápice de “justicia” o virtud que pueda presentar como algo positivo en favor suyo. Por eso vuelve a casa justificado por la misericordia de Dios, mientras que el fariseo regresa tal como llegó. Al cabo, se cumple lo que había anunciado María en el “Magníficat”: “puso en alto a los humildes”, “llenó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías” (Lucas 1:46-55). 
 
Meditatio:
Tras contemplar a los dos personajes del texto de Lucas, admitamos que nuestra respuesta al evangelio puede ser peligrosamente ambigua. Podemos identificarnos fácilmente, al menos en parte, con el fariseo, aun cuando aceptemos ciertas “limitaciones” en nuestra vida cristiana. Pero lo cierto es que frecuentamos la iglesia, rezamos, contribuimos a las necesidades de nuestra comunidad, realizamos alguna labor de voluntariado, incluso pertenecemos a un grupo de Lectio Divina, donde oramos y tratamos de profundizar en nuestra fe… Por otra parte, no somos tan vanamente orgullosos como él: sabemos que, también hasta cierto punto, compartimos los sentimientos de culpa del recaudador. Claro que tampoco hasta el extremo de quedarnos en un rincón de nuestra iglesia: a veces aceptamos alguna tarea en la liturgia, hablamos y compartimos nuestros sentimientos religiosos en las reuniones… Podemos decir, pues, que compartimos rasgos de los dos “tipos”. Si al menos fuéramos un poco más objetivos. Por lo menos, hasta atrevernos a mirar en nuestro propio interior y reconocer que, en el fondo, tratamos más o menos conscientemente de identificarnos con el “lado bueno” de los dos personajes y, de ese modo, alcanzar nuestra propia justificación. Francamente, ¿aceptamos que necesitamos del perdón? ¿Admitimos que en algunos casos no estamos pidiendo perdón por nuestras culpas reales, las más hondas, sino por nuestros fallos y errores más superficiales y “periféricos”? Desde sus propias posturas, los dos personajes eran sinceros y veraces. ¿Podemos decir lo mismo de nosotros? Tal vez, la única respuesta válida sea un silencio profundo y humilde en la presencia del Señor.
 
Oratio:
Ante todo, recemos por nosotros mismos: por cuanto de fariseo y recaudador hay en nuestro interior, por nuestras hipocresías y por nuestra suficiencia, por nuestros pecados reales y por los que nos inventamos: para que sepamos presentarnos ande Dios tal como somos y aceptemos su perdón.
Pidamos por los marginados de nuestra sociedad, por los oficialmente pecadores, impuros, despreciados y marginados: para que encuentren acogida y el anuncio gozoso de la justificación que sólo Cristo nos pude ofrecer. 
 
Contemplatio:
Vuelve a recitar los dos himnos en que Lucas narra la incomparable misericordia de Dios para con su pueblo, para con nosotros necesitados de perdón y justificación: el “Magníficat” (1:46-55) y el “Benedictus” (1:67-79).  
 
Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, 
Arquidiócesis de Madrid, España
 
 
Primera Lectura: Eclesiástico 35, 12-14. 16-18
"Los gritos del pobre atraviesan las nubes"
El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor, y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.
 
Salmo Responsorial: 33
"Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha."
Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R.El Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias. R.El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él. R.
 
Segunda Lectura: II Timoteo 4, 6-8. 16-18
"Ahora me aguarda la corona merecida"
Querido hermano:Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente.He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.La primera vez que me defendí, todos me abandonaron, y nadie measistió. Que Dios los perdone.Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león.El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo.A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
 
Evangelio: Lucas 18, 9-14
"El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no"
En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: "Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:"¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo."El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo:"¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. "Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido."
 
Liturgia de las Horas: 2da. Semana del Salterio

Lectio Divina 2013-11-03: Hoy ha llegado la salvación a esta casa …

A veces son las opiniones políticas o la orientación religiosa e incluso cristiana, o la situación matrimonial o afectiva… Por las razones que sean, todos tendemos a crearnos nuestros propios “pecadores públicos oficiales”, aquellos a los que menospreciamos o evitamos. Seamos sinceros e intentemos identificarlos y las razones por las que los miramos con espíritu de superioridad. ¿Hay alguna manera de vencer esos sentimientos, de convertirnos en signos de reconciliación? ¿Qué pasos tendríamos que dar para “compartir nuestra mesa” con ellos?

 

 

 

3 de Noviembre de 2013

Trigésimo Primer Domingo del Tiempo Ordinario

 

HOY HA LLEGADO LA SALVACIÓN A ESTA CASA …

Lucas 19:1-9

"El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido"
En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad.Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: "Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa."Él bajo en seguida y lo recibió muy contento.Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: "Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador."Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: "Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más."Jesús le contestó: "Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán.Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido."

 

Otras lecturas: Sabiduría 11:22 – 12:1; Salmo 145:1-2, 8-9, 10-11, 13, 14;

2 Tesalonicenses 1:11 -2:2

 

Lectio:

            “Cuando ya se acercaba el tiempo en que Jesús había de subir al cielo, emprendió con valor su viaje a Jerusalén” (Lucas 9:51)… Esas eran las palabras que señalaban el comienzo del largo viaje de Jesús que terminará inmediatamente después de su encuentro con Zaqueo. Y las últimas palabras de esta sección son sumamente significativas: “El Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (19:10). A partir de este momento, en que “Jesús siguió su viaje a Jerusalén” (19:28), el resto de su misión se desarrollará en la ciudad santa. Su ascensión, cuando “fue llevado al cielo” (24:51), significará el cumplimiento de todas las promesas de salvación para su pueblo y para todas las naciones.

            Curiosamente, el pasaje de hoy tiene también una conexión muy importante con el que leíamos la semana pasada. En ambos casos, encontramos a un personaje que encarna lo más opuesto al “pueblo santo” de Israel: un “jefe de recaudadores”, un pecador público, despreciado por cooperar con los romanos, inclinado al cohecho y la extorsión, alguien cuya compañía evitaba cualquier judío piadoso y observante de la Ley. El personaje que veíamos el domingo pasado no se atrevía a “levantar los ojos al cielo” (Lucas 18:13). Por el contrario, Zaqueo intentará ver a Jesús, aunque eso signifique trepar a un árbol, ya que la multitud y su corta estatura le impiden alcanzar a ver al Señor. Fuera por pura curiosidad o porque tenía la intuición de que Jesús podría realizar algo importante en su propia vida, el hecho es que no sólo pudo ver a Jesús, sino que también él “fue visto” y se encontró con el compromiso inesperado de tener que ser su anfitrión.    

            Tal como había sucedido cuando a Jesús le ungió los pies la mujer pecadora en casa de Simón e fariseo, el hecho de entrar en casa de Zaqueo provoca una reacción entre la multitud. En aquel otro caso, su silenció arrojaba la sombra de la duda sobre su condición de “hombre de Dios”: “Si este hombre fuera de veras un profeta… (Lucas 7:39). En esta ocasión, “todos comenzaron a criticar a Jesús”: entrar  en casa de un pecador implica aceptar y compartir la condición pecaminosa del anfitrión. Sin embargo, lo que transmite la visita a la casa de Zaqueo es una serie de mensajes distintos para quienes la contemplaron… y para nosotros mismos. La salvación es siempre posible para el pecador; pero, aunque sea siempre un regalo, un don de parte de Dios, también requiere una acción de nuestra parte: “subirse a un árbol”, ver y “hacerse ver”, descubrir la paradoja de que nuestra búsqueda es en el fondo una respuesta a la llamada misteriosa de Dios. Además, implica aceptar al Salvador que “llama a nuestra puerta” y se invita a compartir nuestra mesa (Apocalipsis 3:20); así como cambiar nuestro género de vida: “Voy a dar a los pobres la mitad de todo lo que tengo…, y devolveré cuatro veces más…” (Lucas 19:8). Lo que podría haber sido un momento de condena para el pecador, se conviertes en un signo de la misericordia de Dios: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”. Y frente a los que se presentaban como auténticos herederos de Abraham, Jesús hace que se cumpla lo que ya había anunciado Juan Bautista; “A estas piedras puede convertirlas Dios en descendientes de Abraham” (Lucas 3:8). Puede decirse que, dando un rodeo, el texto del evangelio nos remite a la primera lectura de hoy: “Dios no se fija en los pecados de los hombres, para que se arrepientan…  hace que reconozcan sus faltas para que, apartándose del mal, crean en él.” (Sabiduría 11:23, 12:2).

 

Meditatio:

            Aunque pueda parecer una aproximación “poética” o simbólica al evangelio de hoy, no sería mala idea compararnos, no con Zaqueo, sino con las gentes que le rodeaban. ¿Hasta qué punto nosotros, “el pueblo de Dios”, impedimos que otros (ya sean “pecadores”, no creyentes o sencillamente personas que tratan de descubrir al Señor) puedan ver a Jesús? ¿Nos alegramos de verdad cuando alguien se convierte al Señor, o nos sentimos escandalizados y criticamos frente a las conversiones? Seamos “poéticos” una vez más: ¿a cuánto dinero, tiempo, espacio de ocio o comodidad estaríamos dispuestos a renunciar si Jesús se invitara a quedarse en nuestra casa? “¿A qué “árbol” seríamos capaces de encaramarnos para ver al Señor cara a cara?    

 

Oratio:

            Recemos por nosotros mismos para que sepamos superar los obstáculos que nos impiden ver a Jesús: nuestra pereza espiritual, nuestro conformismo con la rutina de nuestra vida cristiana de cada día, nuestra falta de interés por maneras nuevas de abordar el evangelio y su mensaje, nuestros prejuicios, nuestra codicia…

            Recemos por quienes están buscando a Jesús pero se sienten desencantados por la falta de auténticos ejemplos de vida cristiana a su alrededor: para que quienes nos llamamos miembros de su Cuerpo seamos testigos vivos de Jesús y comuniquemos su mensaje de misericordia y esperanza. 

 

Contemplatio:

            A veces son sus opiniones políticas o su orientación religiosa e incluso cristiana, o su situación matrimonial o afectiva… Por las razones que sean, todos tendemos a crearnos nuestros propios “pecadores públicos oficiales”, aquellos a los que menospreciamos o evitamos. Seamos sinceros e intentemos identificarlos y las razones por las que los miramos con espíritu de superioridad. ¿Hay alguna manera de vencer esos sentimientos, de convertirnos en signos de reconciliación? ¿Qué pasos tendríamos que dar para “compartir nuestra mesa” con ellos?

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

 

Lectio Divina 2013-11-10: No es Dios de muertos, sino de vivos

El año litúrgico está a punto de terminar, al igual que el evangelio de Lucas, que ha sido nuestro hilo conductor a lo largo del ciclo C. También se acerca Jesús al su propio final: está a un paso de dar cumplimiento a su misión por medio de la muerte… y la resurrección.
 
 
Lucas 20:27-38
 
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: "Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella." Jesús les contestó: "En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos."
 
 
Lectio:
El año litúrgico está a punto de terminar, al igual que el evangelio de Lucas, que ha sido nuestro hilo conductor a lo largo del ciclo C. También se acerca Jesús al su propio final: está a un paso de dar cumplimiento a su misión por medio de la muerte… y la resurrección. Después de su llegada a Jerusalén (Lucas 19:28) y su entrada en medio de la aclamación popular, el evangelista describe la actividad de Jesús como una serie de enfrentamientos con las autoridades religiosas. Desde la purificación del Templo (19:45-46), el tono de sus parábolas y discusiones con los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley, los fariseos y los saduceos va in crescendo, y el resultado será la decisión final de sus enemigos: “los jefe de los sacerdotes y los maestros de la Ley, que tenían miedo de la gente, buscaban la manera de matar a Jesús” (Lucas 22:2). Le ha llegado el momento de enfrentarse a su final inmediato y definitivo.
La idea de una vida después de la muerte, de algún tipo de vida eterna, la resurrección como tal, tardó mucho en desarrollarse en Israel. Aparte de un par de ejemplos en Isaías 26:19 y Job19:26-27, el pasaje de Macabeos que hoy leemos es tal vez la expresión más antigua de la resurrección en todo el Antiguo Testamento, y debemos tener en cuenta que ya estamos en el siglo segundo antes de Cristo, y en un libro deuterocanónico. Que no existía una doctrina común y bien definida sobre la resurrección queda bien claro cuando vemos que, incluso en tiempos de Jesús, uno de los “dogmas” de los saduceos era su oposición frente a la misma.
Es en este contexto ideológico y en este momento histórico en el que hemos de situar la discusión entre Jesús y los saduceos. Para sus oponentes, se trata tan sólo de una mera cuestión que le plantean a Jesús para ponerle a prueba y, en cierto sentido, dejarle en ridículo tanto a él como a los fariseos, que defendían la idea de la resurrección del cuerpo después de la muerte. Pero para Jesús, se trata de algo más que teología: la cuestión le hace pensar en su destino inminente y le lleva a comunicar a sus oyentes una nueva dimensión de Dios y una concepción nueva de la otra vida. Según el razonamiento de Jesús, es un error considerar la otra vida, la vida tras la resurrección, como si se tratara de volver a la vida ordinaria sin más, teniendo que seguir las mismas reglas y mandamientos por los que se regían los humanos antes de la muerte. En realidad, se tratará de una nueva dimensión que Jesús compara con la condición de los ángeles. Así, no tiene sentido preocuparse por unos descendientes que garanticen la supervivencia del hombre: ya no se aplica la ley del Levirato y, por tanto, el argumento de los saduceos se nos muestra como vacío y falso. 
Pero hay, además, algo muchísimo más importante. Al hablar de la resurrección, Jesús no menciona ni recurre a la inmortalidad de las almas ni a otro tipo de cualidad espiritual humana referente a la vida después de la muerte. Subraya, por el contrario, la cualidad divina del amor. Abraham, Isaac, Jacob, todos ellos están vivos porque Dios los ha amado y su amor supera cualquier frontera, incluso la barrera que separa la vida y la muerte. Jesús está poniendo así los cimientos para la teología que desarrollará Pablo más tarde, y que Juan expresará con palabras sencillas y limitadas: “Dios es amor”, y quienes entran en el ámbito del amor, entran también en el ámbito de Dios, el mundo de la  nueva vida en Cristo. Aunque se trate tan sólo de una vislumbre de nuestra propia resurrección, “hemos pasado de la muerte a la vida, y lo sabemos porque amamos a los hermanos” (1 Juan 3:14).  
 
Meditatio:
Cada vez que recitamos el Credo de los Apóstoles proclamaos que creemos en “la resurrección de la carne y la vida eterna”; o, si usamos el Credo de Nicea, decimos que esperamos “la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. Esa es nuestra práctica litúrgica, repetida mil veces en nuestra vida cristiana. ¿Representa de verdad lo que creemos? ¿Qué idea tenemos de nuestra propia resurrección? ¿Cómo concebimos la vida después de la muerte? ¿Es la esperanza nuestro sentimiento fundamental de cara a la muerte? Como verás, la lista de preguntas es demasiado larga. Podría reducirse a una sola y bien sencilla: ¿Creemos, confiamos en Cristo Resucitado, dador de vida? 
 
Oratio:
Reza por quienes ven la muerte como un agujero oscuro y profundo, donde quedan absorbidos la esperanza y el sentido: para que Cristo resucitado disipe sus dudas, aleje sus temores y los colme de esperanza.
Reza por quienes han perdido a sus seres queridos: para que la esperanza de la resurrección en Cristo les ayude a encontrar consuelo en su dolor.
Oremos por nosotros mismos: para que el don de la esperanza en Cristo resucitado nos ayude a vencer nuestros temores y nos convierta en testigos de la resurrección.
 
Contemplatio:
Dos pasajes muy breves de Pablo nos pueden ofrecer material para repensar nuestra actitud respecto a la muerte y la resurrección. Para el apóstol, en cualquier momento y en cualquier circunstancia, la confianza es la única manera en que un cristiano puede enfrentarse a cualquier acontecimiento, en la vida o en la muerte: el amor de Dios lo penetra todo y abraza a cuantos confían en él. Lee en paz silenciosa estos dos pasajes de la carta a los Romanos: 8:31-39 y 14:7-9.  
 
Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,
Sacerdote católico,
Arquidiócesis de Madrid, España

 

Lectio Divina 2013-11-17: La piedra que los constructores desecharon

Las palabras de Jesús anuncian un orden nuevo. Podrían interpretarse y aplicarse a cualquier momento de la historia: ¿ha tenido la humanidad algún momento en que no hubiera guerras, revoluciones o inestabilidad política o social? Pero aunque los tiempos que seguirán a la muerte de Jesús, especialmente la guerra contra los ocupantes romanos y la destrucción del Templo y la ciudad santa, sean peligrosos y sobrecogedores, ese no será el fin. En cierto sentido, para los cristianos seguidores del “nuevo camino” proclamado por Jesús, su actitud siempre se enfrentará a los poderes de este mundo, y esa lucha será una guerra constante a lo largo de la historia.

17 de Noviembre de 2013, Trigésimo Tercer Domingo del Tiempo Ordinario

 

LA PIEDRA QUE LOS CONSTRUCTORES DESPRECIARON…

Lucas 21, 5-19:

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: "Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido."Ellos le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder? "Él contesto: "Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy", o bien: "El momento está cerca; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida. "Luego les dijo: "Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre.Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio.Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas."

Otras lecturas: Malaquías 3:19-20; Salmo 98:5-6, 7-8, 9; 2 Tesalonicenses 3:7-12

Lectio:

Falta muy poco tiempo para que detengan, torturen, juzguen y ejecuten a Jesús. Las discusiones con los saduceos y los maestros de la Ley han llegado a un punto sin retorno: no se trata tan sólo de una cuestión de debates teológicos, sino que incluso las parábolas de Jesús son una crítica permanente de la hipocresía y la falta de coherencia de las autoridades religiosas. Está cerca el final de Jesús, y el Templo es precisamente el punto de partida para el anuncio de otro “fin”. En tono escatológico, el Maestro trata de impartir una última lección a sus discípulos. La admiración que sienten por el Templo encarna la misma actitud religiosa del resto del pueblo: la reverencia ante las creaciones humanas que, más pronto o más tarde, habrán de desaparecer. A pesar de estar tan cerca de Jesús, todavía no han entendido lo que significan el Reino y su venida, y cómo todas las cosas pierden su valor supuestamente  “absoluto” cuando se comparan con él.

Las palabras de Jesús anuncian un orden nuevo. Podrían interpretarse y aplicarse a cualquier momento de la historia: ¿ha tenido la humanidad algún momento en que no hubiera guerras, revoluciones o inestabilidad política o social? Pero aunque los tiempos que seguirán a la muerte de Jesús, especialmente la guerra contra los ocupantes romanos y la destrucción del Templo y la ciudad santa, sean peligrosos y sobrecogedores, ese no será el fin. En cierto sentido, para los cristianos seguidores del “nuevo camino” proclamado por Jesús, su actitud siempre se enfrentará a los poderes de este mundo, y esa lucha será una guerra constante a lo largo de la historia.

Este pasaje (y la siguiente sección del evangelio de Lucas) podría enmarcarse con toda validez en un contexto doble y bien distinto. El de la lectura de la carta de Pablo a los Tesalonicenses: tras la vuelta de Jesús al Padre, la comunidad cristiana espera el regreso inmediato del Señor. Eso hace que algunos de sus miembros piensen que todo es “provisional” y por eso viven como auténticos entrometidos ociosos. El consejo de Pablo de que lleven una vida ordenada refleja la dimensión práctica de alerta realista recomendada por Jesús: “Tengan cuidado para no dejarse engañar” (Lucas 21:8), que puede aplicarse también a aquellas circunstancias.

El otro contexto, sin duda, se acerca más al nuestro. En momentos históricos críticos e inestables, la zozobra y la ansiedad empujan a la gente a buscar nuevos “mesías” que puedan ofrecer soluciones, respuestas, esperanzas e ilusiones. Poco importa que sean totalmente falsas e irreales: son la respuesta que todos están necesitando en tiempos de angustia. Jesús es bien consciente de esa tentación: cuando estaba hambriento en el desierto, también a él se le ofrecieron pan, poder y riquezas, con tal que aceptara la autoridad del tentador y se sometiera a él. “Dirán ‘Yo soy’” significa en realidad ”Soy vuestro dios, adoradme”. Jesús también es consciente de los temores y angustias que habrán de experimentar los discípulos cuando se vean sometidos a la persecución: serán los mismos que él sentirá cuando le entreguen a “los poderes de este mundo”. Pero incluso en circunstancias como las descritas por Lucas o las anunciadas por Malaquías, no tiene sentido preparar las palabras para la propia defensa o buscar cómo escapar de la persecución. Sólo la perseverancia fiel y confiada salvará a quienes han puesto su confianza en el Señor. Tal como leíamos hace una semanas en el profeta Habacuc (2:4) “los justos vivirán por su fidelidad a Dios”

Meditatio:

A no ser que vivamos en uno de esos países donde la regla común es la intolerancia religiosa y política, sería muy extraño que los cristianos nos viéramos sometidos a discriminación, persecución o cualquier tipo de obstáculo para vivir en conformidad con nuestra fe. Por eso me sigue resultando un tanto sospechosa la facilidad con que vivimos en un mundo que no es tan distinto del de tiempos de Jesús. ¿No tendría que “chirriar” nuestro género de vida al contrastarlo con los valores de este mundo? ¿Tanto miedo nos da no ser social o políticamente “correctos”, que nos olvidamos de nuestra vocación a una vida radicalmente nueva? Otro aspecto de nuestras lecturas es la admiración de los discípulos ante “las piedras” del Templo. Podríamos trasladar la imagen a nuestra devoción ante otros “templos” y otras “piedras”: las instituciones, las ideologías, el poder y el dinero... ¿Es Jesús la auténtica piedra angular de nuestra existencia? ¿Sobre qué cimiento construimos nuestra vida cristiana?

Oratio:

Reza por los creyentes, cristianos o no cristianos, cuyas vidas se ven realmente amenazadas o sufren en la actualidad cualquier tipo de persecución o discriminación a causa de su fe: para que encuentren valor en el ejemplo de los primeros mártires y auxilio en la presencia salvadora del Señor.

Recemos por nosotros mismos: para que sepamos vivir en confianza y esperanza incluso en medio de las circunstancias más adversas; para que sepamos apoyarnos por completo en Cristo y podamos dar testimonio del Evangelio.

Contemplatio:

Recuerda las palabras de Jesús sobre el rechazo que sufrió de parte de los maestros de la Ley y los sacerdotes (Lucas 20:9-19), y vuelve a leer la parábola de los dos constructores (Lucas 6:46-49). “Señor, tú eres mi roca, tú eres mi fortaleza” podría ser una brevísima oración para repetir confiadamente cuando notemos que estamos perdiendo el ánimo.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,
Sacerdote católico,
Arquidiócesis de Madrid, España

 

Lectio Divina 2013-11-24: Cristo, imagen visible del Dios invisible

Lucas 23, 35-43

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: "A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido." Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: "Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo." Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: "Éste es el rey de los judíos." Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: "¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros." Pero el otro lo increpaba: "¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibirnos el pago de lo que  hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada." Y decía: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino." Jesús le respondió: "Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso."

Otras lecturas: 2 Samuel 5:1-3; Salmo 122:5-6, 7-8, 9; Colosenses 1:12-20

 

 

 

JESÚS, REY DEL UNIVERSO

-Último domingo del tiempo ordinario y del Año Litúrgico - 

 

Lectio:

            Por fin hemos llegado al final (aparente) de nuestra historia. El Mesías, el heredero de David, esperado y deseado, el Rey de Israel, ha sido entronizado (¡en una cruz!). Como en el caso de los demás reyes, comienza su reinado con un regalo para su pueblo. ¿Y hay acaso mejor regalo que un gesto de buena voluntad y misericordia para los necesitados que viven en la miseria? “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). A partir de este momento, la historia se desarrolla con toda fluidez, como si se hubiera escrito el guión para filmarlo plano a plano.

            La sucesión de las imágenes es, en cierto modo, un resumen de los motivos que ha usado Lucas en su evangelio. Tal como veíamos al comienzo de la vida de Jesús, sólo los humildes, los olvidados, los que para nada cuentan, son capaces de entender la importancia de los hechos de la historia de la salvación. Recordemos una vez más a los pastores de Belén, a Simeón y Ana en el Templo, al leproso samaritano, o los pecadores “oficiales” como la mujer que le ungió los pies a Jesús o Zaqueo el recaudador, o la mujer que sufría flujos de sangre… todos ellos eran personajes secundarios y en cierto sentido “marginados”. Pero fueron los únicos capaces de reconocer quién era y qué significaba Jesús. En torno a la cruz, la muchedumbre observaba sin entender; las autoridades miraban con desprecio y se mofaban de Jesús; también los soldados se burlaban de él, e incluso uno de los dos malhechores crucificados con él le insultaba. De todos estos personajes, sólo el otro criminal es capaz de “ver”, reconocer a Jesús y llamarle por su nombre… y recibir la promesa de su compañía.

            Todo esto podría considerarse como el enfoque humano frente a la realeza de Jesús, la manera en que podemos acercarnos a él y adoptar la actitud adecuada para reconocerle y aceptarle como nuestro Salvador y Rey. Hay, además, otra dimensión: el contraste entre la idea que podemos tener de Dios y la manera en que llevó a cabo nuestra salvación. En todos nosotros hay un profundo sustrato de mentalidad pagana: inconscientemente pensamos en un dios procedente del “espacio exterior”, que se “disfraza” como si fuera un hombre, pero que en realidad es ajeno a nuestra naturaleza humana. Esa es la conclusión  que podríamos sacar del himno de Pablo en Colosenses si limitáramos nuestra lectura a 1:12-19. Pero en el verso 20 tenemos un elemento totalmente inesperado. La naturaleza divina y gloriosa de Cristo, por el que se realizó nuestra salvación, tiene una dimensión totalmente insospechada: “Dios hizo la paz mediante  la sangre que Cristo derramó en la cruz”. Todos nuestros esquemas mentales se ven sacudidos por un Dios que asume y comparte de verdad nuestra condición humana sin excluir ninguna de sus limitaciones y miserias. Debemos recordar ahora otro himno paulino, el de Filipenses 2:6-11, según el cual la aceptación por parte de Cristo de su misión como Salvador implicaba también asumir el nivel más bajo de la naturaleza y el destino humanos: el de esclavo, criminal y falso Mesías.

Así, Cristo como “imago Dei” implica también su condición de “imago hominis”. Non podemos decir “¡Hemos visto al Señor!”, el Cristo Resucitado (Juan 20:24), sin aceptar también “¡Ahí tienen a este hombre!”, el  profeta de Galilea abandonado, torturado y ejecutado (Juan 19:5). Al cabo, nuestros esquemas se ven zarandeados y muy poco es lo que queda de lo que nos había hecho creer nuestro razonamiento humano. ¿Podría ser de otro modo? “A pesar de ser Hijo, sufriendo aprendió lo que es la obediencia…y llegó a ser fuente de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Hebreos 5:8-9). 

 

Meditatio:

            Resulta sumamente difícil entender y adaptar la idea de Cristo como “rey” en la sociedad del siglo XX. Pocas son las monarquías reinantes, y su manera de gobernar (si es que gobiernan) en Occidente tiene muy poco que ver con el viejo sistema de antaño o el de los reinos que subsisten hoy día en Oriente o en algunos países de África. En el antiguo Israel, a pesar de la aceptación de la institución política, el único rey verdadero era Yahveh. Él era el modelo de los reyes del mundo, ya que era misericordioso y administraba la justicia con equidad; cuidaba de los pobres, las viudas y los huérfanos, y defendía a su pueblo frente a sus enemigos… Eso es lo que exigía y esperaba el pueblo de un verdadero rey. La realidad, con todo, era bien distinta: “Entre los paganos, los jefes gobiernan con tiranía a sus súbditos” (Mateo 20:25), y eso, obviamente, no siempre significaba justicia o misericordia. En el Reino de Dios, las normas son diferentes: “Pero entres ustedes no debe ser así… el que entre ustedes quiera ser el primero, deberá ser su esclavo” (vv. 26-28). Esta es la clave para entender las palabras de Jesús cuando dice que su reino no es de este mundo y que ha venido a servir y no a ser servido. Su muerte es precisamente la manera en que puso en práctica su doctrina. No añado más citas, ya que pueden encontrar un buen número de ellas por sí solso. Sobre estos cimientos, tan sólo una pregunta para nuestra Meditatio: ¿Es esta nuestra manera de entender el Reino de Dios, nuestra manera de concebir el poder, de responder a la llamada de Cristo, la manera de actuar entre nosotros, en el seno de nuestra Iglesia particular?

 

Oratio:

            Oremos por nosotros mismos: para que seamos capaces de entender que seguir a Cristo significa aceptarle como Rey y Señor y que en su reino “servir es reinar”.

            Recemos por quienes sufren bajo los “poderes de este mundo”, los que padecen explotación, abusos, opresión o humillación, cuantos viven sometidos a cualquier tipo de esclavitud: para que Jesús, que sufrió bajo esos mismos poderes, les conceda la libertad y la dignidad de los hijos de Dios.

            Termina el año litúrgico: demos gracias por todos los dones que nos ha otorgado el Señor, especialmente el hecho de estar unidos a él mediante la meditación de sus palabras y el espíritu de oración que ha derramado en nosotros.

 

Contemplatio:

            Lee y compara las dos versiones de la “constitución” del Reino de Dios, las Bienaventuranzas (Mateo 5:1-12 y Lucas 6:17-22). Luego, trata de ver en qué medida puedes experimentar el Reino en tu espíritu de pobreza, en tu aceptación del sufrimiento, en tu esfuerzo por construir un mundo conforme a los planes de justicia y paz que Dios nos propone… 

 

            Sé que este último domingo de nuestro ciclo es mucho más largo de lo acostumbrado. Con todo, permítanme una nota personal. Quiero darles las gracias a todos ustedes con quienes he recorrido el camino de estos tres años compartiendo mis meditaciones, contemplaciones y oraciones. Aunque no podamos vernos, formamos una comunidad unida en el mismo esfuerzo por seguir a Jesús. En la American Bible Society me han concedido el regalo de encomendarme de nuevo las reflexiones para el “ciclo A”. Si Dios quiere, seguiré con ustedes un año más. Recen para que ese mismo espíritu de oración permanezca en nosotros durante las semanas que vienen y nos haga crecer en fidelidad al Señor.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2013-12-01: Manténganse despiertos porque no saben qué día ...

Y aquí estamos de nuevo, dispuestos a comenzar un nuevo año litúrgico, el ciclo A, en el que el evangelio de Mateo será la columna vertebral de la nueva serie de pasajes de la Escritura que leeremos cada domingo. Es también el comienzo de un nuevo tiempo litúrgico, el Adviento, nuestra preparación para la celebración del nacimiento de Jesús.

“¡Caminemos a la luz del Señor!” (Isaías 2:5) y “Manténganse despiertos… Estén preparados” (Mateo 24:42, 44). Estas dos frases contienen el núcleo de este denso periodo litúrgico, cuya culminación será la celebración de la Natividad: Dios se hizo hombre y compartió nuestra condición para hacernos partícipes de su propia divinidad. En el proceso hacia esa festividad, la “luz” y el “estar en vela y despiertos” son los símbolos a los que nos referiremos constantemente. Los cristianos de “la primera generación”, interpretaron las palabras del Señor como el anuncio y la voz de alerta respecto a su vuelta gloriosa, que ellos creían inminente; para nosotros, su significado puede ser menos urgente, pero implica las mismas exigencias en lo que toca a nuestra vida diaria.

1 de Diciembre de 2013

Primer Domingo de Adviento

 

MANTÉNGANSE DESPIERTOS, PORQUE NO SABEN QUÉ DÍA…

Mateo 24:37-44

Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada. Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada.

 

Otras lecturas: Isaías 2:1-5; Salmo 122:1-2, 3-4, 4-5, 6-7, 8-9; Romanos 13:11-14

 

Lectio:

            Y aquí estamos de nuevo, dispuestos a comenzar un nuevo año litúrgico, el ciclo A, en el que el evangelio de Mateo será la columna vertebral de la nueva serie de pasajes de la Escritura que leeremos cada domingo. Es también el comienzo de un nuevo tiempo litúrgico, el Adviento, nuestra preparación para la celebración del nacimiento de Jesús. Como puedes ver, hay tal vez demasiadas cosas para una sola Lectio. Sin embargo, dos sencillas frases de las lecturas de hoy pueden proporcionarnos un punto de partida realista. Aunque nos parezcan muy simples y humildes, pueden convertirse en los hitos que nos guíen en nuestro camino y nos conduzcan de manera eficaz en este tiempo de esperanza.

            “¡Caminemos a la luz del Señor!” (Isaías 2:5) y “Manténganse despiertos… Estén preparados” (Mateo 24:42, 44). Estas dos frases contienen el núcleo de este denso periodo litúrgico, cuya culminación será la celebración de la Natividad: Dios se hizo hombre y compartió nuestra condición para hacernos partícipes de su propia divinidad. En el proceso hacia esa festividad, la “luz” y el “estar en vela y despiertos” son los símbolos a los que nos referiremos constantemente. Los cristianos de “la primera generación”, interpretaron las palabras del Señor como el anuncio y la voz de alerta respecto a su vuelta gloriosa, que ellos creían inminente; para nosotros, su significado puede ser menos urgente, pero implica las mismas exigencias en lo que toca a nuestra vida diaria.

            La primera lectura de la misa de Medianoche de Navidad comenzará con un texto de Isaías (9:1): “El pueblo que andaba en la oscuridad vio una gran luz”. Y en el pasaje del evangelio de Juan (1:9) que se lee en la misa durante el Día, escucharemos: “La luz verdadera que alumbra a toda la humanidad venía a este mundo”. Esa luz, Cristo mismo, es el tema central de este tiempo litúrgico y expresa el misterio de la Encarnación: la presencia de Dios en medio de nosotros, como un hermano dispuesto a compartir nuestro destino y conducirnos a la vida verdadera. Por eso, a medida que avanzamos por el camino del Adviento, que es también un símbolo de nuestro esfuerzo por aceptar con gratitud el don de Dios, encendemos nuestras velas de Adviento, como si fueran jalones en nuestro caminar hacia el nacimiento de Jesús.

            La liturgia de hoy, no obstante, va más allá de este ámbito que puede resultarnos demasiado simbólico, demasiado poético tal vez, y nos obliga a enfrentarnos a la realidad, tan alejada de las imágenes dulzonas a las que estamos acostumbrados. Hay mucho más que luz en este tiempo litúrgico: hay exigencias vitales. No se trata tan sólo de esperar que la luz salvífica de Cristo brille en nuestro cielo. La venida del Señor, su “adviento”, nos hace repensar nuestra relación con el Cristo al que a veces dejamos en el pasado, como si fuera un mero personaje religioso histórico que rememoramos en la liturgia. O como un juez de la historia y de las naciones en un futuro distante; habría en este caso una mezcla de temor a ser juzgados y de confianza en su misericordia. Historia antigua, celebración litúrgica inmediata, venida futura en gloria para juzgar a vivos y muertos… esas tres dimensiones pueden constituir un verdadero peligro. Pueden impedir que mantengamos el estado de alerta en nuestras vidas. Y eso significaría perdernos la venida de Cristo a nosotros aquí y ahora: podemos dormitar y caer en la rutina perezosa de una familiaridad con el Señor que damos por sentada. El Adviento está aquí para despertarnos: es tiempo de dejar atrás las tinieblas, de entender que la salvación está ahora más cerca. Como no sabemos la hora de la venida del Señor, tenemos que mantener los ojos abiertos de par en par y estar alerta para descubrirle y “verle” entre nosotros.

 

Meditatio:

            Isaías habla de un futuro de paz y concordia entre las naciones, y de un conocimiento del Señor. ¿De qué manera cooperamos en la creación de ese mundo nuevo? ¿Hasta qué punto consideramos el Reino de Dios, no sólo como un don, sino como una tarea que hemos de emprender y llevar a cabo aquí y ahora? Las promesas que hicimos la noche de Pascua implicaban cambiar de vida, abandonar la vieja mentalidad pagana que llevamos en lo más hondo de nuestro ser: ¿No podría ser el Adviento la ocasión para descubrir la venida del Señor con un auténtico deseo de acogerle en nuestra vida? ¿Seremos capaces de hacer que esa luz alumbre la oscuridad de nuestro mundo?  

 

Oratio:

            Reza por quienes piensan que la situación presente es un punto sin retorno y han  perdido la esperanza en la posibilidad de transformar este mundo o su propia condición: para que el anuncio de la venida de Cristo ilumine nuestras vidas y nos renueve con su nacimiento.

            Demos gracias por este tiempo de gracia que se nos concede para acoger al Señor. Recemos también para que sepamos mantenernos despiertos y descubrirle no sólo en la liturgia sino en nuestra vida diaria. 

 

Contemplatio:

Vivimos “tiempos oscuros”, una época de profunda crisis en todos los ámbitos. Los titulares de nuestros noticiarios sobre la política y la economía, la moral y los valores, son sombríos y parecen gravitar sobre nosotros como nubes de tormenta. En medio de tanta angustia y desazón, repitamos con el salmista: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿de quién podré tener miedo?” (Salmo 27). Lee el salmo entero y usa ese primer verso como jaculatoria a lo largo de la semana que hoy empezamos.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,
Sacerdote católico,
Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2013-12-08: Preparad el camino del Señor

 Mateo 3,1-12

 

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: "Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos." Éste es el que anunció el profeta Isaías diciendo: "Una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos." Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.

 

Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: "¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: "Abrahán es nuestro padre", pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga."

 

 

Otras lecturas: Isaías 11:1-10; Salmo 72:1-2,  7-8, 12-13, 17; Romanos 15:4-9

 

Lectio:

            De pronto, en nuestro paisaje litúrgico han “aparecido” literalmente nuevos elementos: el desierto, un lugar especial que a los Israelitas les trae a la memoria su peregrinar camino de la Tierra Prometida, las dudas y tentaciones, la revelación de Yahveh y la Alianza… Un personaje peculiar, único: Juan el Bautista. Además, una nueva dimensión temporal: no sólo el futuro escatológico anunciado en Isaías y en el Evangelio de la semana pasado, sino un presente relativamente  cercano a los lectores de Mateo (3:1): “Por aquel tiempo se presentó Juan el Bautista…” Y también un recordatorio para todos nosotros: se acerca la salvación y tenemos que prepararnos para recibir el don  de Dios.   

            Todo esto nos obliga a abordar el Adviento con  un enfoque nuevo y distinto. Acostumbrados a celebrar el nacimiento de Jesús, corremos el riesgo de perdernos el resto de su historia. Recordemos que, después de la Epifanía, nuestra primera celebración será el bautismo de Jesús, las tentaciones y el comienzo de su ministerio. También es importante recordar que ni Marcos ni Juan mencionan el nacimiento de Jesús, sino que ambos comienzan sus evangelios con la predicación de Juan.  

            Así pues, tratemos de profundizar en los elementos nuevos de la liturgia de hoy. El desierto, donde predica Juan, nos proporciona el “ambiente”: al igual que en las tentaciones de Jesús, es en la soledad donde se manifiestan Dios y su mensaje, con tal que nos atrevamos a abrir los ojos y los oídos para entender nuestra situación actual. El clima sociopolítico en que vivimos se parece mucho al de tiempos de Jesús: un periodo de desasosiego, en el que se han abandonado los valores tradicionales; la gente ya no confía en la autoridad, ni política ni religiosa; y, al mismo tiempo, hay una honda necesidad de un líder, un héroe, alguien que encarne las promesas del pasado e instaure un orden nuevo de paz y reconciliación. Juan no es el único predicador de aquel momento, ni su mensaje es muy diferente del que proclaman otros profetas de desgracias. Hay, sin embargo, algo especial: además de animar a la gente a que se convierta, anuncia la venida del Reino de Dios y de alguien que será el verdaderamente Enviado de lo alto para bautizar a Israel, no con agua como hace él, sino con fuego y Espíritu santo y transformar la sordidez de su existencia.

            Según el texto de Mateo (3:2, 4:17), las palabras de Juan y las que usará Jesús desde el comienzo mismo de su ministerio son exactamente idénticas: “Conviértanse, porque el reino de los cielos está cerca”. Con todo, cuando comparamos la manera en que expresan esa “conversión” Jesús y Juan, encontramos una tremenda diferencia: el mensaje de Juan es básicamente “ascético”, da la impresión de que sólo implica renuncia; mientras que Jesús añadirá un tono y un contenido esencialmente salvíficos. Él es quien anuncia  “las buenas noticias del Reino” y trae consigo perdón, misericordia, reconciliación, salud de alma y cuerpo. Sin duda, su vida será el cumplimento del pasaje de Isaías que hoy leemos: juzgará a los pobres con justicia, y la tierra se llenará del conocimiento del Señor. Incluso la naturaleza vivirá en un estado de paz y concordia.

            Aun así, a pesar de ver en Jesús al niño que traerá paz a la tierra y reconciliación a nuestro mundo humano, tenemos por delante la tarea de preparar el camino al Señor que viene a salvarnos. Por eso sigue siendo válido y necesario el mensaje de Juan, ya que corremos el verdadero riesgo de los saduceos y los fariseos: reducir nuestro “bautismo de Adviento” a un ritual meramente religioso (la corona de Adviento, los cánticos navideños, tal vez la misa de Medianoche…), o incluso al rito respetable, pero puramente pagano, de compartir una comida familiar o intercambiar regalos. Como les sucedía a ellos, dar por supuesta o incluso alardear de nuestra condición de “cristianos o descendientes de Abraham” no puede eximirnos de la exigencia de conversión.

 

Meditatio:

            Se ha producido este domingo un cambio de rumbo en nuestra trayectoria de Adviento: hemos pasado de anunciar un mensaje de esperanza a adoptar las actitudes que exige de nosotros aquella promesa. ¿Cuáles son las palabras de Juan que se aplican a nuestra propia manera de vivir? ¿Cuáles son los frutos que podría esperar de nosotros el Señor cuando llegue? ¿En qué medida reflejan nuestra mentalidad y nuestra actitud las exigencias del evangelio? ¿Es el “espíritu de la Navidad” algo más que un eslogan comercial o un “fruto del tiempo”? Pablo (¡con cuánta frecuencia dejamos a un lado la “segunda lectura”!) insiste en la importancia de la reconciliación y la armonía entre los cristianos de origen judío y gentil. ¿Cuáles son las “fronteras” que trazamos nosotros, y quiénes son los “otros” cristianos con los que deberíamos reconciliarnos?

 

Oratio:

            Reza por quienes ven cómo se ignoran o pisotean sus derechos, que buscan justicia y sentencias justas en sus vidas, que necesitan superar la angustia de una vida sin esperanza: para que el Señor, juez justo, haga que puedan ver satisfecha su sed de justicia.

            Recemos por nosotros mismos: para que el mensaje de Juan nos impulse hacia una nueva manera de vivir el Adviento como periodo de transformación, recibir al Señor en nuestras vidas y reflejar en ellas su presencia salvadora.

 

Contemplatio:

            La Navidad es la celebración de la venida de Dios y su comunicación con nosotros. Preparémonos acercándonos más los unos a los otros. Todos tenemos un número de familiares o amigos “olvidados”, que se pasan meses en un rincón oscuro de nuestra memoria. Antes de que llegue el barullo de las fiestas, ¿no podríamos hacerles una vista? O, al menos, una llamada de teléfono o unas líneas (¡no una tarjeta de Navidad!) para hacerles sentir que no los ignoramos del todo…

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2013-12-15: ¿Quién decís que soy yo?

Evangelio, Mateo 11, 2-11
 
En aquel tiempo, Juan se encontraba en la cárcel, y habiendo oído hablar de las obras de Cristo, le mandó preguntar por medio de dos discípulos: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”
 
Jesús les respondió: “Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí”.
 
Cuando se fueron los discípulos, Jesús se puso a hablar a la gente acerca de Juan: “¿Qué fueron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? No. Pues entonces, ¿qué fueron a ver? ¿A un hombre lujosamente vestido? No, ya que los que visten con lujo habitan en los palacios. ¿A qué fueron, pues? ¿A ver a un profeta? Sí, yo se lo aseguro; y a uno que es todavía más que profeta. Porque de él está escrito: He aquí que yo envío a mi mensajero para que vaya delante de ti y te prepare el camino. Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ningu no más grande que Juan el Bautista. Sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él”.
 

Otras lecturas: Isaías 35:1-6, 10; Salmo 146:6-7, 8-9, 9-10; Santiago 5:7-10 

 
 

 Lectio:

            La pregunta que he tomado como título para la Lectio de hoy (Mateo 16:13-28) puede chocar, ya que es la misma que les hizo Jesús a los discípulos para explicarles después qué clase de Mesías era él (algo totalmente distinto de lo que ellos esperaban). Pero puede darnos una pista muy especial sobre las cuatro preguntas que leemos en nuestro pasaje del evangelio. En realidad, reflejan el constante malentendido que hallamos cada vez que tratamos de acercarnos al significado más profundo de las palabras de Jesús. Dejando al margen las conjeturas en torno a las supuestas dudas de Juan respecto a la naturaleza y la misión de Jesús, lo cierto es que nadie parece captar el papel y la significación  de Jesús o de Juan.

            Comencemos con la pregunta de Juan. Creo que estaba convencido de que Jesús era “el que había de venir”, pero también es obvio que Jesús venía de una manera que él no podía entender. Como vimos la semana pasada, ambos proclamaban el mismo mensaje: “Conviértanse, porque el reino de los cielos está cerca.” Pero, para el Bautista, el papel de Jesús tendría que haber consistido en hacer que se cumpliera lo que él había anunciado: terminar con el viejo orden de pecado, utilizando su bautismo con Espíritu santo y fuego para quemar la paja. Pero no. Jesús, por el contrario, anuncia el comienzo de una nueva época, la llegada de un reino de misericordia, perdón y esperanza. Hay, además, algo peculiar en las respuestas de Jesús a la preguntas de los discípulos de Juan. En vez de contestar, “Yo soy la luz verdadera”, dice “los ciegos ven”; en vez de “Yo soy la Palabra de Dios”, recuerda que “los sordos oyen”; en vez de “Yo resucitaré de entre los muertos”, “los muertos vuelven a la vida”… Frente a las formulaciones teológicas de nuestro credo, Jesús responde citando acciones concretas.

            Los malentendidos en torno al papel de Juan se resuelven también de manera semejante: el Bautista no es lo que la gente esperaba ver en el desierto. No es un mero predicador o profeta callejero, sino el Profeta, con “P” mayúscula, la encarnación de Elías, ya que ha cumplido la misión más importante que ningún otro mensajero de Dios había realizado hasta entonces: señalar al que había de venir a realizar las promesas de antiguo. Las palabras de Isaías, no sólo las que leemos en la liturgia de hoy, sino también las de 26:19; 28:18-19; 61:1, son la prueba de la naturaleza mesiánica de Jesús, pero son también la confirmación de Juan como varón enviado por Dios, el mayor de los nacidos de mujer. 

            Hay, con todo, una pequeña pega, un cabo suelto, en todo el pasaje. Entre las promesas referentes a la venida del Mesías, hay una que no parece haberse realizado: “anunciar libertad a los presos, libertad a los que están en la cárcel” (Isaías 61:1). Y eso que Jesús lo había anunciado en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4:16-30). Esto no parece haberse cumplido en la vida de Juan, que sigue en la cárcel y acabará siendo decapitado. En este caso, hemos de recurrir a la lectura de Santiago. La paciencia esperanzada o la espera paciente es un rasgo que comparten muchos en este tiempo de Adviento: Juan, que esperaba la realización del Reino a la vez que aguardaba su propia muerte; la primera comunidad cristiana, que pensaba que era inmediata la vuelta del Señor; María, a la que veremos el domingo próximo esperando el nacimiento de Jesús; y nosotros, que nos preparamos para su nacimiento en la liturgia. Como al labrador, la paciencia nos da fuerzas para esperar la eclosión definitiva del Reino que, como semilla humilde caída en el terreno o levadura dentro de la masa, crece de manera lenta pero eficaz: así lo promete Jesús en las parábolas que recogen Mateo 13:31-33, Marcos 4:26-33 y Lucas 13:18-21.

 

 Meditatio:

            No es preciso verse en una situación tan dura como la de Juan para pronunciar su pregunta: “¿Eres tú el que…?” Aunque nos consideremos creyentes “profundos”, dispuestos a plantearnos la fe como algo más serio que una tradición familiar, el problema del mal, incluso el de nuestros pequeños “males” de cada día, pueden crear dudas en torno a la naturaleza de Jesús y su poder salvífico. Tal vez podríamos plantearnos la cuestión de manera distinta:¿es Jesús el único y verdadero Mesías, el que había de venir? ¿Elegimos bien cuando decidimos seguirle? O en un plano más a ras de tierra: ¿es esta la verdadera Iglesia, la comunidad adecuada en la que puedo encontrar al Jesús verdadero? En cualquier caso, incluso cuando nos enfrentamos al grave problema de nuestras contradicciones internas, hemos de dar una respuesta en libertad: “¿También ustedes quieren irse?” fue la pregunta crucial que les planteó Jesús a los discípulos cuando algunos de ellos comenzaron a abandonarle. La respuesta de Pedro, como entonces, es la única válida que nosotros podemos pronunciar: “Señor, a quién podemos ir?” (Juan 6:66-71).

 

 Oratio:

            Cerca ya de la Navidad (faltan sólo diez días), es el momento adecuado para darle gracias a Dios por su regalo a la humanidad: su Hijo único supera todo lo que podríamos imaginar. Reza por quienes abrigan dudas sobre el poder salvador de Jesús, por los que le consideran un mero profeta o un maestro espiritual… Pero recemos especialmente por nosotros mismos, por nuestra actitud frágil y contradictoria de discípulos y creyentes: para que nuestra respuesta ante Dios sea un “Sí” sin límite alguno.

            Reza para que por debajo y más allá de las celebraciones coloristas y comerciales de la Navidad podamos hallar al Jesús verdadero que nos llama a dar testimonio de amor a los pobres, los que están solos, los enfermos… todos aquellos que yacen en la oscuridad de sus propias prisiones.

 

 Contemplatio:

            Mira a tu alrededor, a tu entorno presente y pasado. Trata de descubrir alguno de los pequeños signos de curación, de salvación limitada que cerca de ti. ¿No hay ningún caso de sordera a la reconciliación que haya sido curada por los consejos de un amigo? ¿Ni una palabra de esperanza que le haya abierto los ojos a alguien y le haya hecho ver la luz en su vida? ¿Ni alguien que haya resucitado después de estar enterrado en la soledad y la desesperanza? ¿No podemos descubrir alguna acción salvadora de Jesús, limitada pero real, para disipar nuestras dudas? Vuelve a mirar a tu alrededor.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2013-12-25: La Palabra se hizo carne

NAVIDAD
 
Juan 1,1-18
En principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.
 
Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: "Éste es de quien dije: "El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo."" Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.
 
 
Otras lecturas: Misa de la Vigilia: Isaías 62:1-5; Salmo 89:4-5, 16-17, 29; Hechos 13:16-17, 22-25; Mateo 1:1-25. Misa de Medianoche: Isaías 9:1-6; Salmo 96:1-2, 2-3, 11-12, 13; Tito 2:11-14; Lucas 2:1-14. Misa de la Aurora: Isaías 62:11-12; Salmo 97:1, 6, 11-12; Tito 3:4-7; Lucas 2:15-20. Misa del Día: Isaías 52:7-10; Salmo 98:1, 2-3, 3-4, 5-6; Hebreos 1:1-6; Juan 1:1-18. 
 
 
Lectio:
 
Todos los años, al llegar la Navidad y la Pascua, me siento abrumado por el número de lecturas de la Sagrada Escritura que despliega nuestra liturgia. Son tantas las posibilidades que se nos ofrecen para la Lectio, que siempre tengo la sensación de he dejado de lado o he prestado poca atención a dimensiones, aspectos o incluso a temas básicos que ni he llegado a mencionar. Lo cierto es que nuestra Lectio semanal no es un curso de teología bíblica ni un manual para la oración o la meditación. Los límites y el objetivo de estas páginas de la web están muy claros: ofrecer algunas pistas a los lectores para que sigan su propio camino en el proceso de acercamiento a Jesús y a sus palabras. Tenemos que recordar una vez más que la Lectio no es más que un “método”, una manera de orar. Y en la oración, aun cuando esto pueda resultar chocante, “todo vale”, con tal que alcancemos un conocimiento personal, cercanía e intimidad con el Señor. Ese es el fin y lo demás, medios. Tengamos esto muy en cuenta. 
 
Como otras veces, podríamos abordar nuestra Lectio de hoy como si fuera un mosaico, donde las piececitas difícilmente pueden entenderse aisladamente, sino que cobran todo su significado cuando las ensamblamos y las situamos en un contexto más amplio. Comencemos con los dos relatos del nacimiento de Jesús: el de Mateo, que se lee en la misa de la Vigilia, y el de Lucas, de la misa de Medianoche. Debo reconocer que me quedé sorprendido cuando, de repente, tuve la impresión de que estas historias eran una especie de “introducción”, una síntesis mínima de todo el Evangelio. 
 
El anunciado “Príncipe de la Paz” nace en un momento histórico llamado “Pax Augusta”, un periodo de calma social: el final de inacabables guerras civiles significa solaz y progreso. Aquella paz, sin embargo, tiene muy poco que ver con la paz anunciada por los ángeles, y cuyos destinatarios son “los hombres que gozan de su [de Dios] favor” (Lucas 2:14); y menos aún con la paz que les dará Jesús a sus discípulos: “No se la doy como la dan los que son del mundo. No se angustien ni tengan miedo” (Juan 14:27). De hecho (dejemos al margen las consideraciones históricas), para la familia de Jesús implica trastorno y desconcierto: tienen que dejar su propia aldea y desplazarse a Belén. 
 
Nuestro “Príncipe”, heredero del trono de David, no nacerá en la capital, Roma, ni siquiera en Jerusalén, sino en “la más pequeña” de las principales de Judá. E incluso Belén no es bastante pequeña, ya que “no había alojamiento para ellos en el mesón” (Lucas 2:7). “Vino a su propio mundo, pero los suyos no lo recibieron” (Juan 1:11). Así que María tuvo que acostarlo en un pesebre. Lo cierto es que “Las zorras tienen cuevas y las aves tienen nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde recostar la cabeza” (Mateo 8:20).
 
“La luz brilla en las tinieblas” (Juan 1:5), pero aquellos a los que vino no le reconocieron: de hecho, había venido “para que los ciegos vean” (Juan 9:39)… y fueron los Magos (que carecían de la visión de la fe de Israel) quienes “vieron la estrella y se alegraron mucho… y vieron al niño con María, su madre” (Mateo 2:10). Los que tenían que haber sido capaces de ver y entender –la corte con el rey, los sacerdotes de Jerusalén- no tenían ni la menor idea de la presencia del Mesías en medio de ellos. Pero los pastores, los más bajos de los más bajos de la escala social y cultural de Israel “fueron deprisa y encontraron a María y a José, y al niño acostado” (Lucas 2:16)… “Has mostrado a los sencillos las cosas que escondiste de los sabios y entendidos” (Mateo 11:25).
 
 “Su hijo lo ha concebido [María] por el poder del Espíritu Santo” (Mateo 1:20): lo que parecía una excepción a la “naturaleza” es el dato que confirma, sin más, lo que leemos en Juan 1:12-13 y manifiesta lo que para nosotros significa la Encarnación como imagen de nuestra propia fe y nuestro nacimiento a la vida nueva: “quienes lo recibieron y creyeron en él… son hijos de Dios no por la naturaleza ni los deseos humanos, sino porque Dios los ha engendrado”. 
 
Meditatio:
Como podrás ver, hay demasiados temas (y, como dije al comienzo, ha quedado al margen un número mayor) para una sola “sesión” de oración. La única sugerencia que hago, no sólo para hoy sino para el resto de estos días en que todos nos vemos arrastrados por la locura fundamentalmente pagana de “las fiestas”, es seguir el humilde ejemplo de María en medio de tantos acontecimientos y en un mar de imágenes y mensajes: “María guardaba todo esto en su corazón, y lo tenía muy presente” (Lucas 2:19, 50-51). Cualquiera de los personajes o de las situaciones de estos pasajes del evangelio suscitará peguntas en torno al significado de nuestras actitudes y respuestas frente a la presencia de Jesús en medio de nosotros. ¿Quiénes son los pastores de nuestro mundo y cómo podemos anunciarles la buena noticia del nacimiento del Salvador? ¿Hasta qué punto seguimos teniéndole miedo a las maneras tan inesperadas en que se manifiesta Dios y hemos restringido nuestra búsqueda a las sendas que nos son familiares? ¿En qué pesebres podemos descubrir a Jesús? 
 
Oratio:
Que de nuevo nos sirva de ejemplo María y su humilde silencio. Aunque tampoco nosotros lo “entendamos” todo, que nuestra oración gravite en torno a dos puntos: la gratitud y la humildad. Que nuestra oración sea, ante todo, un susurro de acción de gracias por el don de Jesús, Hijo del Padre y hermano nuestro. Que el humilde entorno de su nacimiento dirija nuestras miradas hacia los humildes y humillados de nuestro mundo y nos impulse a rezar por ellos: recordemos que no hace falta pensar en los olvidados del Tercer Mundo, tenemos multitudes a nuestro alrededor. Procuremos en medio de tanto trajín buscar unos momentos de silencio para contemplar, sin más, al recién nacido.
 
Contemplatio:
Uno de los errores que con mayor frecuencia cometemos durante la Navidad es dejarnos arrastrar por los sentimientos de nostalgia: “antes”, “en el pasado”, las Navidades eran siempre más sinceras, más religiosas, se centraban más en la familia y no estaban tan “comercializadas”… Francamente, en la mayor parte de los casos la verdadera diferencia es que éramos más jóvenes. Sin embargo, volvamos la mirada a alguna Navidad especialmente significativa de nuestra vida y veamos si hay en ella algo que podamos aportar a nuestra celebración del presente para hacerla más llena de sentido, más cálida y gozosa.
 
Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,
Sacerdote católico,
Arquidiócesis de Madrid, España
 

Lectio Divina 2013-12-29: La Sagrada Familia

La Sagrada Familia: Jesús, María y José. Pues sí: familia, y santa, porque en medio de las circunstancias más duras y angustiosas, pueden permanecer unidos y dar una respuesta de fidelidad a los planes de Dios. Sí, porque conocen y viven “revestidos” de compasión, humildad y paciencia; porque entienden que el único tipo de sometimiento, obediencia o consideración que observa un cristiano es el que se le debe a Dios. Edificada sobre ese cimiento, el amor de Dios al hombre y del hombre a Dios, cualquier relación humana, cualquier gesto de servicio y cariño, de sacrificio y vida en común, los trabajos y los gozos, todo se convierte en culto y comunión. El texto de Colosenses, insisto, puede darnos a clave para entender esta fiesta. 

 

Mateo 2:13-15, 19-23

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: "Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo." José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: "Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto".

Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: "Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño." Se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.

 

Colosenses 3,12-21

Hermanos: Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente.

Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

 

Lectio:

            Resulta sumamente difícil –por no decir imposible- leer la Sagrada Escritura sin algún tipo de prejuicio o postura preconcebida. Incluso el hecho de escoger u omitir ciertos pasajes puede ser una buena pista que nos delata. Tomemos como ejemplo la liturgia de hoy. En la lectura de Colosenses “puede omitirse” el último párrafo (versículos 18-21). El Evangelio “da un salto” para evitar los versículos 16-18. ¿A qué viene esta lectura “selectiva”? Me temo que la razón es bien sencilla: el texto de Colosenses, y en ese sentido también el del Eclesiástico, no es “políticamente correcto”. El papel sumiso de la mujer descrito en el texto de Pablo no cuadra con nuestros actuales esquemas mentales. Ni el relato de la matanza de los inocentes de Mateo le resulta aceptable a nuestra mentalidad, que rechaza radicalmente la crueldad o la violencia, en especial contra los niños.

            Así, tenemos que admitir que incluso quienes seleccionaron los textos que usamos en nuestra liturgia tenían su propio enfoque personal. Tal vez, el miedo a ofender ciertos sentimientos o a contravenir nuestros esquemas mentales socialmente aceptables. En cualquier caso, todos nos acercamos a la Escritura con nuestro propio bagaje de preferencias y antipatías. ¿Cómo, pues, podemos entender la celebración de la “Sagrada Familia” utilizando estos textos? En primer lugar, debemos aceptar que los libros de la Biblia tienen su propio trasfondo histórico, social e ideológico que no podemos ignorar ni modificar para que se acomode, además, a nuestro propio contexto. Para superar estas cortapisas, creo que el fragmento de Colosenses puede ofrecernos una perspectiva más amplia: la de la familia cristiana. Recordemos las palabras de Jesús: “No llamen ustedes padre a nadie en la tierra, porque tienen sólo un padre, el que está en el cielo” (Mateo 23:9). Sólo desde este punto de partida, situando todos los detalles dentro de ese marco, podemos entender por qué podemos llamar no sólo “santa” sino incluso “familia” al grupo constituido por Jesús, María y José, tan poco común y tan difícil de clasificar.

            En el relato del nacimiento de Jesús, Mateo reelabora y entremezcla las historias de José, Moisés y el mismo pueblo hebreo. El Evangelio (2:10-11) describe a los Magos: “Arrodillándose le rindieron homenaje. Abrieron sus cofres y le ofrecieron oro, incienso y mirra”. Son casi las mismas palabras con que se describen los gestos que habían realizado en el pasado los hermanos de José (Génesis 43:25-26). Y lo mismo que Moisés (y los demás niños hebreos) habían visto amenazada su vida por el decreto del Faraón (Éxodo 1:15-22), también se ven en peligro Jesús y los niños de las aldeas cercanas (2:13-18). Pero en nuestro caso, la historia da un giro inesperado y la huida a Egipto se convierte en una auténtica paradoja: para escapar a la muerte, el Mesías tiene que refugiarse en la tierra de la esclavitud y el exterminio…

            Contra este telón de fondo (y el del relato de Lucas) debemos situar a nuestros personajes. Según la oración inicial de la liturgia católica, son una “familia santa”, “ejemplo maravilloso” cuyas “virtudes domésticas” debemos imitar. ¿Una “familia santa” cuando la novia se queda embarazada antes de convivir con su prometido? ¿Un ejemplo ellos, que no pueden ofrecerle al recién nacido las condiciones humanas más básicas? ¿Ellos, que tienen que abandonar a toda prisa el país, no sea que les maten al niño? ¿“Virtudes domésticas” cuando el niño puede ausentarse tres días y ni siquiera es capaz de ofrecer una humilde excusa por su desobediencia y desconsideración…?

            Pues sí: familia, y santa, porque en medio de las circunstancias más duras y angustiosas, pueden permanecer unidos y dar una respuesta de fidelidad a los planes de Dios. Sí, porque conocen y viven “revestidos” de compasión, humildad y paciencia; porque entienden que el único tipo de sometimiento, obediencia o consideración que observa un cristiano es el que se le debe a Dios. Edificada sobre ese cimiento, el amor de Dios al hombre y del hombre a Dios, cualquier relación humana, cualquier gesto de servicio y cariño, de sacrificio y vida en común, los trabajos y los gozos, todo se convierte en culto y comunión. El texto de Colosenses, insisto, puede darnos a clave para entender esta fiesta. 

 

Meditatio:

            A veces, uno tiene la sensación de que a Dios le encanta complicar las cosas, hacérselas más difíciles a quienes tienen que desempeñar un papel crucial en la historia de la salvación. Imaginemos que la estrella no hubiera desaparecido y los Magos hubieran encontrado a Jesús directamente: ni visita a Herodes, ni necesidad de volverse a casa por otro camino, ni cólera del rey, ni matanza de inocentes, ni huida a Egipto… Jesús y su familia habrían vuelto a Nazaret y a la vida ordinaria. Pero en ese caso, Jesús no habría compartido la suerte de los perseguidos, los amenazados o los inmigrantes en tierra extraña, los zarandeados por la zozobras de la vida. Tenía que sentir lo que significa ser hombre para tantos seres humanos en Palestina de hace veinte siglos, o ahora en el Tercer Mundo o los barrios bajos de cualquier gran ciudad del próspero Occidente. Una pregunta-reflexión nada más: ¿somos conscientes de cuántas personas de nuestro entorno viven en situaciones semejantes a las de Jesús? Otra más: como seguidores suyos, ¿aceptaríamos o estaríamos dispuestos a compartir la suerte de quienes hoy padecen las mismas condiciones a las que él se sometió? La última: ¿estamos dispuestos a trabajar y luchar por la defensa de su dignidad y sus derechos humanos?

 

Oratio:

            Este es el último domingo del año. Creo que es un buen momento para buscar la intimidad y convertir nuestra oratio en una contemplatio. Recorramos estos doce meses pasados y descubramos las mil razones que tenemos para alabar a Dios y darle gracias por los dones recibidos. Seamos sinceros y humildes, y pidamos perdón por nuestros errores y culpas, en especial por todo lo que hemos dejado de hacer. Y, sobre todo, traigamos a nuestra memoria y presentémosle a Jesús los sufrimientos de nuestro mundo, incluyendo sin miedo a quienes tenemos más cerca, pero pensando en los más olvidados, aquellos que no tienen quien les recuerde en sus oraciones.

 

Contemplatio:

            Creo que es suficiente lo dicho en el párrafo anterior. Con todo, permíteme añadir mis mejores deseos de paz para ti y todos los tuyos en el año que está a punto de comenzar. Siempre estás presente en mis oraciones. No me olvides en las tuyas: las necesito para poder seguir sirviéndote humildemente en este  ministerio que se me ha confiado. Gracias.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,
Sacerdote católico,
Arquidiócesis de Madrid, España

 

Lectio Divina 2014

Esta página contiene la Lectio Divina con reflexiones escritas por el Reverendo D. Mariano Perrón, sacerdote católico de la archidiócesis de Madrid. Mariano Perrón es entre otras cosas licenciado en filosofía y teología por la Universidad Pontificia Comillas, ha sido delegado diocesano y episcopal para ecumenismo y relaciones interconfesionales de la diócesis de Madrid durante 38 años y notario de matrimonios mixtos interconfesionales. La versión en inglés de esta Lectio Divina es publicada por la American Bible Society.

2014-11-02: Lectio Divina: "Yo soy el camino" (Conmemoración de todos los Fieles Difuntos)

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 14, 1-6
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y a donde yo voy, ya sabéis el camino. Tomás le dice:
--Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?
Jesús le responde: 
--Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.
Palabra del Señor.
 

Otras lecturas: Isaías 25:6-9; Salmo 27:1, 4, 7-8, 9; Romanos 8:28-39 (Día de los Fieles Difuntos); Apocalipsis 7:2-4, 9-14; Salmo 24:1-2, 3-4, 5-6; 1 Juan 3:1-3; Mateo 5:1-12 (Fiesta de Todos los Santos).

 Lectio:

            El hecho de que ambas fiestas coincidan en un fin de semana, cuando disponemos de más tiempo libre (y más ocupados estamos) me hizo pensar en la posibilidad de unir las lecturas y las ideas de las dos celebraciones en una misma Lectio. De hecho, en España y en otros países católicos hispanos, la gente suele hablar del “Día de los Santos”, refiriéndose la mayor parte de las veces al Día de Difuntos. Esa expresión popular revela, al cabo, la profunda unidad que existe en esa doble celebración. En cuanto a los textos como tales, los de Todos los Santos vienen impuestos por el leccionario, pero los de los Fieles Difuntos los escoge el celebrante o la comunidad litúrgica. 

            La combinación de lecturas pretende comunicar un mensaje que pueda aunar la doble dimensión de las dos fiestas en una sola Lectio. Lo cierto es que estamos ante una sola realidad: la de los cristianos que están “del otro lado” de la existencia humana. El grupo de los “santos” es el de las personas que, según las tradiciones de antaño o las declaraciones solemnes de hoy día, creemos que ya están en la presencia de Dios contemplando su gloria. El grupo de los “difuntos” es el de quienes ya han dejado este mundo y a los que encomendamos a la misericordia de Dios, con la esperanza de que también ellos participen en la  resurrección de Cristo. En cualquier caso, ambos grupos ya han compartido la fe cristiana y el seguimiento de Jesús mediante el mandamiento del amor.

            Los textos evangélicos se complementan, reuniendo el llamamiento radical que pronuncia Jesús en el Sermón de la Montaña y la esperanza sobre la que construimos nuestra confianza en él. Para los creyentes, la vida puede ser arriesgada. Como Jesús, pueden estar bajo la amenaza de la persecución; o sometidos a situaciones y pruebas tan arduas como asumir libremente la pobreza asumida, defender la justicia o compartir la suerte de los más humildes… Pero, pase lo que pase, la certeza de que el “el Reino de los cielos es suyo”, de que la promesa de Dios es la garantía de la felicidad, siempre los sostendrá en cualquier momento de aflicción. No hay nada que temer, porque “Dios es su luz y su salvación” (Salmo 27). Tampoco hay nada que temer respecto al momento de nuestra partida, o la de aquellos a quienes amamos y ya nos han dejado. Jesús ha vuelto al Padre antes que nosotros para prepararnos el lugar donde estemos con él (Juan 14:1-13). Y recordemos que, lo mismo que el nuevo Templo no es un edificio, sino el cuerpo de Jesús, la casa o la morada que nos ha preparado tampoco es un lugar, sino la realidad de “permanecer en él”, lo mismo que él permanece en el Padre (Juan 15:1-10).

            Podemos anticipar ese estado en nuestra vida común. Formar parte del cuerpo de Cristo (para ser más precisos, somos el cuerpo de Cristo) puede hacernos vivir ya la imagen usada por los profetas para anunciar y describir el llamamiento de Dios a todas las naciones a sentarse a la mesa y disfrutar de un banquete de comunión (Isaías 25:6-9) al compartir la cena eucarística. Caminar juntos siguiendo a Jesús y su mandamiento del amor también podría ser un adelanto de la muchedumbre del texto del Apocalipsis, pues tenemos la certeza de llevar el sello de nuestro bautismo como signo de que pertenecemos al Señor. En cualquier caso, quienes nos han precedido y a los que la Iglesia llama “santos” son una prenda de nuestro propio llamamiento a la santidad y a la salvación, y de la de quienes ya han dejado este mundo.

Meditatio:

            Siempre hubo (y ahí sigue) una auténtica tentación de concebir la salvación, el sentido y el destino de nuestra vida, como si fuera una especie de negocio, una “inversión” en buenas obras. Como si fuéramos niños buenos, debemos ser obedientes a las órdenes y mandatos recibidos para que, al final, nos recompensen con un postre o un juguete. La vida eterna, la vida “en el Señor” es algo mucho más serio que todo eso. Deberíamos preguntarnos: ¿Cómo entendemos las Bienaventuranzas? ¿Como un llamamiento a buscar el sacrificio en cuanto tal, como si la pobreza y la persecución fuesen el objeto de nuestra vida cristiana? ¿O más bien, como poner toda nuestra confianza en el amor de Dios? Porque si esto último es nuestra manera de entender nuestra salvación, entonces podemos estar seguros de que ni “el sufrimiento, las dificultades, la persecución, el hambre… ni la muerte, ¡nada podrá separarnos del amor que Dios  nos ha mostrado en Cristo Jesús nuestro Señor!” (todo nuestro texto de Romanos). Pero si pensamos que la salvación es un premio a nuestros méritos, estamos muy lejos de entender que es por la gracia como estamos salvados (Efesios 2:1-10). Creo que estas dos simples pistas son más que suficientes para nuestra Meditatio.

Oratio:

            Reza por quienes hacen duelo y lloran con desesperanza la pérdida de sus seres queridos: para que comprendan que es por estamos salvados por la muerte de Jesús y encuentren consuelo en el Cristo resucitado.

            Da gracias porque mediante el bautismo hemos sido llamados a participar en la resurrección de Jesús, y pide que sepamos dar testimonio de él y comunicar un mensaje de esperanza a los que sufren.  

 Contemplatio:

            A veces pensamos que nuestra esperanza en la resurrección nos haría más insensibles al dolor y la pena de la pérdida. Incluso consideramos a Jesús como si fuera inmune a esos sentimientos. Creo que en el Evangelio de Juan (11:17-44) tenemos un hermoso ejemplo de las dos dimensiones implicadas en presencia de la muerte: el dolor y la angustia, junto con una profunda fe en la resurrección. Vuelve a leer el pasaje. Intentar dar una respuesta a los versículos 25-26 puede ser una manera de comprobar nuestra propia fe. 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio 2014-09-21: "Los últimos serán los primeros"

DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 20, 1-16
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
 
-- El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido." Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: "¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?" Le respondieron: "Nadie nos ha contratado." Él les dijo: "Id también vosotros a mi viña."
 
Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: "Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros." Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: "Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno." Él replicó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?" Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.
 
Palabra del Señor.
 
 

[or] Otras lecturas: Isaías 55:6-9; Salmo 145:2-3, 8-9, 17-18; Filipenses 1:20-24, 27

 

[h1] Lectio:

            “Mis ideas no son como las de ustedes, y mi manera de actuar no es como la suya”. Este texto de Isaías 55:8 nos da la clave para leer y captar en profundidad el contenido de la liturgia des hoy. Podríamos ir más lejos todavía: pone de relieve uno de nuestros errores fundamentales de nuestra comprensión de Dios: nuestra tendencia a proyectar sobre él nuestros sentimientos e ideas, nuestra manera de comprender la vida y el mundo como tales. Esa diferencia básica entre las ideas de Dios y las nuestras es lo que nos conduce con tanta frecuencia a nuestro desencanto ante la manera en que se desarrolla la historia y se hace presente entre nosotros la salvación.

            La parábola que hoy leemos debe ubicarse en su contexto: la de los capítulos 19 -22 de Mateo. El leccionario ha omitido el capítulo 19 entero, así que debemos salvar un hueco largo y muy significativo. Se trata del comienzo de una sección nueva. “Después de decir estas cosas, Jesús se fue de Galilea “. Emprende el camino hacia Jerusalén, a su pasión, muerte y resurrección. Y es el momento oportuno para hablarles a los discípulos y anunciarles, mediante una serie de temas que Jesús aborda desde una perspectiva nueva y personal, la concepción distinta de la vida que deben aprender. Sólo desde esa perspectiva podrán captar el significado del Reino y de los acontecimientos que presenciarán bien pronto en Jerusalén. Aparecen los temas del divorcio y el celibato, la importancia de los más pequeños, los niños, la observancia de la Ley y la renuncia a las riquezas… En todos los casos, Jesús transmitirá el mismo mensaje básico: en el Reino hay un sistema de valores diferente y una necesidad de juzgar las cosas según unos criterios distintos. Una sencilla frase podría resumir tal concepción: “Los últimos serán los primeros” (Mateo 20:16).

            Debemos recordar aquí cómo desde su nacimiento en un establo, la vida de Jesús presenta una discordancia radical con lo que se espera del Mesías: le consideran un transgresor de la Ley, anuncia su ignominiosa pasión y muerte (una vez más en 19:1-19), aconseja a sus discípulos a renunciar a las riquezas (¡que eran un signo de bendición!), urge al rico observante de la Ley a que lo venda todo y se lo dé a los pobres para alcanzar la vida eterna… En este contexto, nuestra parábola es un ejemplo de “últimos y primeros”. La conocemos de sobra y sigue sorprendiéndonos. Sin duda, la parábola no es un ejemplo de “justicia laboral distributiva”, pero subraya en cambio la gratuidad de la salvación de Dios: no es por nuestros méritos ni por nuestra santidad por lo que nos concede sus dones, sino que gracias a su generosidad recibimos al Mesías, la reconciliación y el don de la vida eterna. En la parábola no se trata injustamente a ningún obrero: a los que comenzaron de mañana se les da lo convenido, el salario habitual, por lo que no puede hablarse de explotación. ¿Podrían acusar al propietario por ser generoso y darles la misma paga a los obreros de la última hora…? Al cabo, la parábola refleja los sentimientos que provocaba la actitud de Jesús hacia los “últimos” (los pecadores públicos, recaudadores de impuestos, samaritanos…) en  quienes se consideraban “primeros” (los fariseos, maestros de la Ley, los judíos piadosos y observantes), que confiaban en su “duro trabajo religioso” más que en la gracia de Dios.  

 

[h2] Meditatio:

            La parábola, como se dice en las líneas anteriores, podría aplicarse al grupo de “creyentes oficiales” que no podía aceptar que se invitara a los “últimos” a participar de los planes salvíficos de Dios, destinados exclusivamente a Israel. También podría aplicarse a los “primeros” cristianos que procedían de la comunidad judía y se sentían superiores a los gentiles, los “últimos” en llegar a la salvación. Pero, claro está, también puede entenderse como dirigida a todos los que, por las razones que fueren, nos consideramos superiores a los cristianos “nuevos”, “conversos”, que carecen de raíces o “veteranía” en la fe. Hay, con todo, algo más hondo en nuestros sentimientos. ¿En qué medida creemos que seguir la Ley (en nuestro caso, el mandamiento del amor) es una pesada carga que llevamos sobre los hombros?¿Por qué ese deseo ciego de imponer a los demás las cargas que nosotros mismos somos incapaces de llevar? ¿Por qué esa tendencia pueril a comparar nuestras acciones con las de los demás, nuestras “recompensas” con las de los otros? Vuelve a leer Hechos 15:6-11 y podrás formular un buen número de preguntas en torno a nuestra actitud respecto a la gracia…

 

[h3] Oratio:

            Reza por la comunidad cristiana a la que perteneces: para que sea signo de la generosidad y la misericordia de Dios para con los “últimos” de nuestra sociedad, los pobres, las gentes del Tercer Mundo, quienes padecen discapacidades físicas o psíquicas, los “pecadores públicos”, las personas “grises”, sin importancia, los que siempre pasan desapercibidos…

            Recemos por nosotros: para que descubramos la distancia que hay entre los pensamientos de Dios y los nuestros y dejemos que el Señor de las misericordias configures nuestra mentalidad a imagen de la suya y aprendamos a juzgar con sus mismos criterios.

 

[h4] Contemplatio:

            Vuelve a leer Efesios 2:4-13, prestando especial atención a esta frase: “Por la bondad (gracia) de Dios han recibido ustedes la salvación por medio de la fe. No es algo que ustedes mismos hayan conseguido, sino que es un don de Dios” (2:8). Ese es el misterio de nuestra salvación: Dios se rebaja hasta nosotros, comparte nuestra naturaleza humana, se nos da a sí mismo como regalo. Precisamente, lo que celebrábamos la semana pasada, la exaltación de la Cruz. Una sencilla sugerencia para esta semana, aunque parezca ingenua: repasa los dones más importantes que has recibido de Dios. No pienses sólo en los “grandes acontecimientos”, sino en los regalos sencillos, pequeños, que puedes descubrir en tu vida diaria. Y di humildemente “Gracias”.

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 04-05-2014: "Quédate, es tarde" (Camino a Emaús)

13 Y he aquí, dos de ellos iban el mismo día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén.
14 E iban hablando entre sí de todas aquellas cosas que habían acontecido.
15 Sucedió que mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús mismo se acercó, y caminaba con ellos.
16 Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen.
17 Y les dijo: ¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis, y por qué estáis tristes?
18 Respondiendo uno de ellos, que se llamaba Cleofas, le dijo: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no has sabido las cosas que en ella han acontecido en estos días?
19 Entonces él les dijo: ¿Qué cosas? Y ellos le dijeron: De Jesús nazareno, que fue varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo; (...) 
 
 
20 y cómo le entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte, y le crucificaron.
21 Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido.
22 Aunque también nos han asombrado unas mujeres de entre nosotros, las que antes del día fueron al sepulcro;
23 y como no hallaron su cuerpo, vinieron diciendo que también habían visto visión de ángeles, quienes dijeron que él vive.
24 Y fueron algunos de los nuestros al sepulcro, y hallaron así como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.
25 Entonces él les dijo: !!Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!
26 ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?
27 Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.
28 Llegaron a la aldea adonde iban, y él hizo como que iba más lejos.
29 Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado. Entró, pues, a quedarse con ellos.
30 Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio.
31 Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista.
32 Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?
33 Y levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén, y hallaron a los once reunidos, y a los que estaban con ellos,
34 que decían: Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón.
35 Entonces ellos contaban las cosas que les habían acontecido en el camino, y cómo le habían reconocido al partir el pan.

 

Otras lecturas: Hechos 2:14, 22-33; Salmo 16:1-2, 5, 7-8, 9-10, 11; 1 Pedro 1:17-21

 

[h1] Lectio:

            “Aquel mismo día [el primero de la semana] dos de los discípulos se dirigían…” La construcción de tiempo, “Aquel mismo día”, puede parecer un mero detalle sin importancia en el relato de Lucas, pero en realidad revela y subraya una rasgo peculiar de este “apartado de la Resurrección” de su evangelio. Todos los acontecimientos referentes a la resurrección del Señor hasta la Ascensión, parecen desarrollarse, uno tras otro, en un único día (al menos, no hay indicación alguna de que se llegase a interrumpir la serie). Así que estamos en el domingo siguiente a “lo que ha pasado allí en estos días”. Los dos discípulos que se dirigen a Emaús, han estado en Jerusalén y han debido presenciar el proceso, ejecución y entierro de Jesús, el “profeta” en quien habían puesto la esperanza de una nueva era para Israel: debía haber liberado a su pueblo de la opresión romana… y ya han pasado tres días desde su muerte sin ninguna señal del cumplimiento  de sus promesas. No es difícil imaginar el tipo de “conversación” que debían estar manteniendo mientras “se dirigían…”  Si aquello hubiera ocurrido en nuestra época, podríamos pensar en los seguidores  de un candidato a la presidencia que hubiera perdido las elecciones. “Nosotros teníamos la esperanza de que…”Los sentimientos de frustración, desencanto y fracaso son comunes en todo tipo de naufragio. La diferencia es que aquí se trata de un proyecto referente a la llegada del Reino de Dios… Este es el contexto. A partir de aquí, permíteme que realice la misma tarea que puedes reconocer por otras Lectiones anteriores: ofreceré tan sólo algunas pistas o sugerencias de un texto cargado de alusiones y referencias constantes a otros pasajes de la Escritura.

            “… dos de los discípulos se dirigían…” En el pasaje son numerosos los verbos que indican movimiento: “dirigirse” es el más sencillo, pero todos ellos están relacionados con un concepto básico para entender el evangelio de Lucas. En cierto sentido, la vida de Jesús es un viaje, un camino cuya meta es Jerusalén, donde morirá y recibirá la gloria de la resurrección. Debemos recordar la palabra tan especial de la Transfiguración: Moisés y Elías hablaban con Jesús  de “su éxodo” (Lucas 9:31). En cierto sentido, el viaje de los discípulos de Jerusalén a Emaús y su vuelta es una parábola de la propia historia de Jesús: en el evangelio de Lucas, todo había empezado en el Templo, con el mensaje a Zacarías y el anuncio de la salvación que estaba a punto de realizarse en favor de Israel. Y todo, la muerte y la gloria, terminaba también en Jerusalén. Los dos discípulos se habían marchado de la ciudad como si quisieran dejar atrás lo que había sido el escenario de un triste final para la carrera prometedora de un profeta “poderoso en hechos y palabras”. Pero, y este es el final inesperado e increíble de su viaje, volverán para anunciar la noticia gozosa de su encuentro con el Cristo resucitado.

            Mientras camina con  ellos, Jesús adopta el enfoque “teológico” y les ex plica los que habían anunciado la Ley y los Profetas sobre él y cómo todo lo que era preciso según los planes de Dios se había ejecutado y cumplido debidamente. Más tarde, en su nueva aparición en Jerusalén (24:44), recurrirá también a una tercera parte de la Escritura, los Salmos. Pero la ciencia bíblica no parece resultar efectiva para superar la incredulidad y el desencanto de los discípulos. Sólo cuando comparten una comida y ven a Jesús partiendo el pan “se les abrieron los ojos”. Un par de observaciones en torno a este texto. Aunque no habla expresamente de una comida eucarística, están presentes todos sus detalles. Las palabras para describir los gestos de Jesús son las mismas utilizadas en la multiplicación del pan y en la Última Cena. Y encontramos incluso un “término técnico”: cuando regresan a Jerusalén, los discípulos les contarán a los otros que reconocieron a Jesús, no por la voz o al verle el rostro, si no “én tê klasei toû ártou”, “en la fracción del pan” (24:35; véase Hechos 2:42; 7:11). Además, es “el primer día de la semana”, el comienzo de la nueva creación  en la muerte y resurrección de Jesús: lo mismo que les había pasado a Adán y Eva después de comer de la fruta prohibida (Génesis 3:7), también a ellos “se les abrieron los ojos”, no a un mundo bajo el poder del pecado y de la muerte, sino bajo el signo de la resurrección de Jesús: su muerte salvadora ha vencido a la muerte y ha abierto el camino hacia la vida eterna. Y. así, pueden ver la realidad bajo la luz de la esperanza cristiana.

 

[h2] Meditatio:

            El texto es tan rico que puede suscitar preguntas sobre un buen número de dimensiones básicas de nuestra vida cristiana. Permíteme sugerir un par de ellas. El concepto de “camino” usado para definir la vida de Jesús puede aplicarse también a nuestra andadura como creyentes: Lucas habla de los cristianos como los que “seguían el Camino” (Hechos 9:2; 16:17; 24:14, 22). ¿En qué medida hemos transformado ese estilo dinámico en una religiosidad “sedentaria”? ¿Por qué insistimos y nos apoyamos tanto en la exposición teológica de nuestra fe, en vez de en los gestos que la gente pudiera en verdad entender? ¿Es la comida eucarística de nuestras Iglesias un auténtico signo de que compartimos la misma vida, o la hemos reducido a una pobre rutina piadosa? ¿Dejamos que la gracia de Dios nos “abra los ojos” para reconocer al Señor en quienes caminan a nuestro lado, o con los que nos cruzamos en la orilla de la vida (Juan 21:12-13), o nos muestran las heridas de su dolor (Juan 20:27-29)? 

 

[h3] Oratio:

            Reza por quienes sufren bajo la carga del duelo por la pérdida de un ser querido: para que encuentren el consuelo de la esperanza cristiana en los gestos de compañía y comprensión compartidas de los demás y puedan también descubrir el rostro del Cristo resucitado.

            Da gracias por las mil razones que tenemos para mantenernos firmes en el seguimiento de Jesús: incluso el humilde hecho de leer estas páginas es un signo de su llamamiento a la salvación que sólo él nos puede dar.

            Reza por quienes han perdido la esperanza en sus vidas: para que encuentren una comunidad cristiana en la que puedan comunicarse con el Cristo vivo.

 

[h4] Contemplatio:

            Admitamos que en demasiadas ocasiones nuestras celebraciones eclesiales, incluyendo la eucaristía, están bastante lejos de ser gozosas o de hacer que nos “arda el corazón”. Aunque esto te suponga un auténtico esfuerzo, trata de asistir a la próxima misa o celebración religiosa con los ojos abiertos y dispuestos a reconocer al Señor. Y, seamos realistas, si esto no da resultado, repite humildemente y con confianza: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde…”

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 05-10-2014: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular"

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 21, 33-43
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
 
-- Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo." Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia." Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?
 
Le contestaron:
 
-- Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»
 
Y Jesús les dice:
 
-- ¿No habéis leído nunca en la Escritura?: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente" Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.
 
Palabra del Señor.
 
 
[or] Otras lecturas: Isaías 5:1-7; Salmo 80:9, 12, 13-14, 15-16, 19-20; Filipenses 4:6-9
 
[h1] Lectio:
Un viñedo, unos labradores, un propietario que se va de viaje; unos criados a quienes se envía para que pidan lo que le corresponde y a quienes, en vez de entregarles los beneficios, los apedrean y matan; un hijo a quien también se envía y a quien también matan… Algunos de los ingredientes de esta “receta” los conocen bien los lectores o quienes escuchan la parábola de Jesús. Como de costumbre, se da por sabido que el contexto es vital para enmarcarla y sacar las correspondientes consecuencias. 
Con todo, en esta ocasión el punto de vista de los oyentes es más importante de lo que solemos ver al abordar las parábolas y las imágenes bíblicas. Lo cierto es que la manera de comprender y reaccionar ante la parábola de los labradores malvados podría ser por completo diferente según el grupo que la escuchara. Aquellos a quienes iba dirigida, los jefes de los sacerdotes y los fariseos, “se dieron cuenta de que [Jesús] hablaba de ellos” (21:45) y sus palabras les impulsaron a provocar su arresto, pero no se atrevieron por temor a la gente. Es importante señalar que, aunque Jesús había dicho que hablaba en parábolas porque tenían “tapados los oídos” y habían “cerrado sus ojos para no ver ni oír” (Mateo 13:15), los oyentes en este caso parecen captar el mensaje sin la sombra de una duda.
Más tarde, la primera comunidad cristiana podría interpretar la parábola y aplicársela a esos mismos personajes y sacar sus propias consecuencias: los labradores que no habían entregado los frutos debidos y habían matado al Hijo (con “H” mayúscula”) eran no sólo los dirigentes religiosos, sino el mismo Israel de antaño, mientras que ellos eran los “otros labradores”: responderían fielmente a la labor encomendada y entregarían sus frutos a su debido tiempo. Este mismo proceso de interpretación habría de repetirse en los momentos históricos en los que un grupo de “otros labradores” se sintieran legitimados para hacerse cargo del viñedo porque quienes lo trabajaban no producían los frutos esperados…
En cualquier caso, de seguir esa línea de razonamiento, nos perderíamos buena parte de las consecuencias presentes en la parábola original. Ni se me ocurre abordar el texto desde una perspectiva estrictamente exegética (pueden acudir a cualquier comentario al evangelio de Mateo), pro creo que puedo dar algunas pistas para la “ruminatio” de la parábola. Trata de comparar la versión que ofrecen los otros Sinópticos: Marcos 12:1-12 y Lucas 20:9-19. Fíjate en las coincidencias y divergencias y trata de descubrir los contextos históricos que pudieron generar las diferencias. En especial, compara las quejas y reproches comunes a los textos de Isaías y Mateo. Trata de re-leer ambos pasajes a la luz de Juan 15:1-10. En este caso, Jesús usa una imagen semejante, pero el hecho de dar un paso más (él no habla de un viñedo, considerado aisladamente, sino que él es una vid como tal), añade una nueva dimensión todavía más profunda y personal al simbolismo de la parábola. 
 
[h2] Meditatio:
La parábola, como ocurre con frecuencia, puede ser manipulada fácilmente. Resulta sumamente sencillo aplicársela a los demás. Como dije más arriba, podríamos aplicársela a los dirigentes religiosos de Israel, que rechazaron a Jesús y la salvación que le ofrecía: Ezequiel (34:1-16) había hecho eso mismo utilizando la imagen de los pastores en vez de la de los labradores, pero la crítica era exactamente la misma. Cuando adoptamos tal enfoque, la parábola puede convertirse en un arma contra cualquier “enemigo” religioso que queramos. Desgraciadamente, es así como utilizamos en ocasiones esta y otras parábolas y dichos de Jesús. Esto debería llevarnos a una pregunta radical sobre nuestra manera de leer e interpretar la Escritura: ¿hasta qué punto nos aplicamos las palabras de Jesús a nosotros mismos, a nuestra manera de pensar y actuar? Volviendo a la triple imagen que se nos presenta (la vid, el viñedo y los labradores encargados del mismo), deberíamos hacernos una pregunta básica en torno a esas tres dimensiones simbólicas. ¿Cuál es nuestra actitud y nuestra respuesta como sarmientos de la vid que es Jesús mismo? ¿Qué clase de frutos personales, íntimos, cabe esperar de nosotros? Como miembros de un viñedo, nuestra comunidad o la Iglesia a la que pertenecemos, en lo que respecta a las personas nuevas que pudieran sumársenos ¿qué clase de frutos producimos en realidad? O, y esta podría ser una piedra de toque para cualquier comunidad que quiera garantizar su futuro, ¿cuántas vocaciones al ministerio han surgido de entre nosotros en los últimos veinte años? Como labradores, ¿qué clase de frutos “sociales” hemos producido en lo que se refiere a compromiso en los asuntos eclesiales, políticos o comunitarios? Como siempre, podríamos seguir y seguir.  
 
[h3] Oratio:
Reza por quienes piensan que su vida no produce frutos, en especial por los pastores y ministros: para que se sientan animados a proseguir esforzadamente con en su trabajo y la labor que se les encomendó produzca frutos pastorales satisfactorios.
Da gracias por el don de ser “un labrador nuevo”, y reza para que tu fidelidad al Evangelio de frutos de justicia y santidad.
 
[h4] Contemplatio:
No me gustaría que esta sección de nuestra Lectio Divina se convirtiera en el “departamento ético o moralizante”, pero no puedo renunciar a sugerir formas pequeñas y sencillas para prolongar nuestra meditación y nuestras oraciones hasta el ámbito de nuestra vida cotidiana. A lo largo de esta semana, antes de terminar la jornada, échale una mirada y trata de descubrir algún pequeño “fruto” que hayas producido. Dale gracias a Dios por ser “fructífero”, aunque se trate de alguna humilde acción insignificante. Y pide ánimos si el día fue “estéril”.
 
Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,
Sacerdote católico,
Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 06-04-2014: La resurrección de Lázaro

 
Había un enfermo que se llamaba Lázaro, de Betania, la aldea de María y de su hermana Marta. 2 María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro había caído enfermo. 3 Entonces las hermanas le enviaron este recado:
—Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo.
4 Al oírlo, dijo Jesús:
—Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el Hijo de Dios.
 
 
5 Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. 6 Aun cuando oyó que estaba enfermo, se quedó dos días más en el mismo lugar. 7 Luego, después de esto, les dijo a sus discípulos:
—Vamos otra vez a Judea.
8 Le dijeron los discípulos:
—Rabbí, hace poco te buscaban los judíos para lapidarte, y ¿vas a volver allí?
9 —¿Acaso no son doce las horas del día? —respondió Jesús—. Si alguien camina de día no tropieza porque ve la luz de este mundo; 10 pero si alguien camina de noche tropieza porque no tiene luz.
11 Dijo esto, y a continuación añadió:
—Lázaro, nuestro amigo, está dormido, pero voy a despertarle.
12 Le dijeron entonces sus discípulos:
—Señor, si está dormido se salvará.
13 Jesús había hablado de su muerte, pero ellos pensaron que hablaba del sueño natural.
14 Entonces Jesús les dijo claramente:
—Lázaro ha muerto, 15 y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis; pero vayamos adonde está él.
16 Tomás, el llamado Dídimo, les dijo a los otros discípulos:
—Vayamos también nosotros y muramos con él.
17 Al llegar Jesús, encontró que ya llevaba sepultado cuatro días. 18 Betania distaba de Jerusalén como quince estadios. 19 Muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María para consolarlas por lo de su hermano.
20 En cuanto Marta oyó que Jesús venía, salió a recibirle; María, en cambio, se quedó sentada en casa. 21 Le dijo Marta a Jesús:
—Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano, 22 pero incluso ahora sé que todo cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.
23 —Tu hermano resucitará —le dijo Jesús.
24 Marta le respondió:
—Ya sé que resucitará en la resurrección, en el último día.
25 —Yo soy la Resurrección y la Vida —le dijo Jesús—; el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá, 26 y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?
27 —Sí, Señor —le contestó—. Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo.
28 En cuanto dijo esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en un aparte:
—El Maestro está aquí y te llama.
29 Ella, en cuanto lo oyó, se levantó enseguida y fue hacia él. 30 Todavía no había llegado Jesús a la aldea, sino que se encontraba aún donde Marta le había salido al encuentro. 31 Los judíos que estaban con ella en la casa y la consolaban, al ver que María se levantaba de repente y se marchaba, la siguieron pensando que iba al sepulcro a llorar allí. 32 Entonces María llegó donde se encontraba Jesús y, al verle, se postró a sus pies y le dijo:
—Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.
33 Jesús, cuando la vio llorando y que los judíos que la acompañaban también lloraban, se estremeció por dentro, se conmovió 34 y dijo:
—¿Dónde le habéis puesto?
Le contestaron:
—Señor, ven a verlo.
35 Jesús rompió a llorar. 36 Decían entonces los judíos:
—Mirad cuánto le amaba.
37 Pero algunos de ellos dijeron:
—Éste, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que no muriera?
38 Jesús, conmoviéndose de nuevo, fue al sepulcro. Era una cueva tapada con una piedra. 39 Jesús dijo:
—Quitad la piedra.
Marta, la hermana del difunto, le dijo:
—Señor, ya huele muy mal, pues lleva cuatro días.
40 Le dijo Jesús:
—¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?
41 Retiraron entonces la piedra. Jesús, alzando los ojos hacia lo alto, dijo:
—Padre, te doy gracias porque me has escuchado. 42 Yo sabía que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la muchedumbre que está alrededor, para que crean que Tú me enviaste.
43 Y después de decir esto, gritó con voz fuerte:
—¡Lázaro, sal afuera!
44 Y el que estaba muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y con el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo:
—Desatadle y dejadle andar.
45 Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que hizo Jesús, creyeron en él.
 

[or] Otras lecturas: Ezequiel 37:12-14; Salmo 130:1-2, 3-4, 5-6, 7-8; Romanos 8:8-11

 

[h1] Lectio:

            Es este el último domingo antes de Semana Santa, y en él leemos el tercer fragmento del evangelio de Juan. Primero vimos el signo del “agua” en el diálogo de Jesús con la samaritana; después, la “luz” en la curación del ciego de nacimiento; hoy encontramos la “resurrección y la vida” en el signo de Lázaro llamado de nuevo al mundo de los vivos. Hay, además, algo especial en este signo: es el séptimo, el último de la serie que presenta el evangelio de Juan. Debemos recordar una vez más que esos signos no remiten al lector a dimensiones o realidades espirituales, sino a Jesús mismo: él es el pan de vida, el agua viva, la luz del  mundo, la resurrección y la vida de quienes creen en él.

            En este caso, una serie de detalles ponen de relieve la dimensión simbólica del signo. Tiene lugar inmediatamente antes de la cena que le ofrecerán a Jesús en casa de Lázaro y donde será ungido anticipando su verdadera muerte y sepultura. Después de la vuelta a la vida de Lázaro, los acontecimientos se precipitan de modo inesperado: se reunirá el Sanedrín y tomarán la decisión de dar muerte a Jesús. Con su habitual estilo irónico, Juan recurre de nuevo a la paradoja: la vida de Lázaro, dando un giro insólito, provocará la muerte de Jesús para que no perezca el pueblo (11:50) y “para reunir a todos los hijos de Dios que estaban dispersos” (11:52).  

            Pero, como ya es habitual, el dramático relato de los acontecimientos encierra muchas cosas más. En primer lugar, como en el caso del ciego de nacimiento, hay un propósito y un sentido en la enfermedad y muerte de Lázaro: “mostrar la gloria de Dios, y también la gloria del Hijo de Dios” (11:4). Eso podría explicar la tardanza de Jesús para ponerse en marcha, sanar a su amigo e impedir su muerte. Las circunstancias, además, nos dan el “tono” en que se desarrollará toda la historia: un clima de amenaza de muerte. Jesús y los discípulos evitan ir a Judea, ya que en la anterior visita estuvieron a punto de apedrear a Jesús (10:31-39). Por eso, la decisión de ir a Betania es arriesgada. No obstante, provoca una reacción valiente de parte de Tomás: “Vamos también nosotros, para morir con él” (11:16).   

            Los acontecimientos en Betania presentan toda una gama de sentimientos, actitudes y detalles sobre Jesús mismo, Marta y María, y los personajes que las rodean. Tenemos una de las descripciones más dramáticas de la dimensión humana de Jesús. Poco hay de nuevo en su actitud compasiva, en su capacidad para compartir el dolor y el duelo de las hermanas. Nada nuevo, tampoco, en la clara consciencia de su identidad: “Yo soy la resurrección y la vida”, “el que cree en mí”, “Padre… Yo sé que siempre me escuchas” (11:25-26, 41-42). Lo más importante, creo, es descubrir los hondos sentimientos humanos que experimenta Jesús y que comparte con nosotros al enfrentarse a la muerte de un amigo: “¡Miren cuánto lo quería!” (11:36) resume todo lo que el evangelista describe con términos sumamente patéticos: Jesús “se conmovió profundamente y se estremeció”, se sintió “otra vez muy conmovido” (11:33, 38), “lloró” (11:35)… Podemos entender ahora la profunda verdad del prólogo del evangelio: “La Palabra se hizo carne/hombre” (1:14). No se trata de una apariencia de hombre, sino alguien del que Juan puede decir: “lo hemos visto con nuestros propios ojos… y hemos tocado con nuestras manos” (1 Juan 1:1-3).

            A pesar de su angustia, Marta y María pueden proclamar su confianza en Jesús, aunque las cosas no se hayan desarrollado como ellas esperaban: ambas repiten la misma queja, “Señor, si hubieras estado aquí…” (11:21, 32). Marta da un paso del todo sorprendente, y su profesión de fe en Jesús es una de las más solemnes que podemos hallar en todo el Nuevo Testamento: “SÍ (y ese “sí” subraya toda las palabras que le siguen), Señor, yo creo que tú eres el Mesías…” (11:27). Y llega mucho más lejos de lo que Jesús le había preguntado.

            En cuanto a las “acciones”, parece que todo el mundo se ha “puesto en marcha”; Jesús, que había viajado para visitar a su amigo aunque ya estuviera muerto; las dos hermanas, yendo de la casa a donde está Jesús; los judíos, que han ido a Betania para consolarlas; los que fueron a informar del suceso a las autoridades… Hay dos “órdenes” discordantes: la que recibe Jesús, “Ven a verlo…” las mismas palabras que él había usado para invitar a los primeros discípulos. Y las que pronuncia ahora Jesús, todas ellas liberadoras: “Quiten la piedra”, “¡Lázaro, sal de ahí!”, “Desátenlo, y déjenlo ir” (11:39, 43, 44). Ni piedra, ni tumba, ni mortaja, ni siquiera la muerte, pueden retener prisioneros a quienes creen en él, que es la resurrección y la vida.  

 

[h2] Meditatio:

            ¿Cuál puede ser nuestra respuesta a un texto tan rico? Tal vez, algo tan sencillo como centrar nuestra atención en cada uno de los personajes y en sus actitudes y acciones. Especialmente, las acciones, ya que el texto es esencialmente dinámico, y cada verbo revela un estado y una reacción personales frente a los acontecimientos: malentendido frente a la respuesta de Jesús a la llamada que ha recibido; valor para seguirle incluso hasta la muerte; esperanza junto con cierto desencanto; fe y esperanza frente a la desesperación; dolor y duelo compartidos; confianza en el Padre por encima de todo; traición y temores…Como pudimos experimentar en las semanas anteriores, podemos descubrir una imagen de nosotros mismos en cada personaje y en cada acción.

 

[h3] Oratio:

            Reza por quienes temen su propia muerte o la de aquellos a quienes aman: para que se les conceda el don de la fe y la esperanza en aquel que es la resurrección y la vida y, a su vez, puedan consolar a quienes han perdido a un ser querido.

            Recemos por nosotros mismos: para que nos convirtamos en heraldos de la esperanza en la resurrección de Cristo y anunciemos ese mensaje vivificador y luminoso a quienes viven en la tiniebla del duelo y la desesperanza.

 

[h4] Contemplatio:

            El texto de Ezequiel (37:1-14), del que hoy sólo hemos leído los últimos versículos, habla de la “resurrección” simbólica del pueblo de Israel, “muerto y sepultado en la desesperanza”. Aunque es un llamamiento a la esperanza, hay una distancia enorme entre el contenido y el mensaje del evangelio de Juan. Compara y contrasta ambos textos y descubre con cuál te sientes más identificado.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 11-Mayo-2014: Jesús es un buen pastor

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 10, 1-10
 
En aquel tiempo, dijo Jesús:
 
-- Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.
 
 
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
 
-- Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y, salir, Y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.
 
 

[or] Otras lecturas: Hechos 2: 14, 36-41; Salmo 23:1-2, 3-4, 5, 6; 1 Pedro 2:20-25

 

[h1] Lectio:

            Salvo por un par de excepciones, en las que se leen algunos fragmentos de Mateo y Lucas, puede decirse que la mayor parte de la Cuaresma y de Pascua está “tomada” por el evangelio de Juan. Este hecho nos da pie para revisar algunos detalles de su estilo. Poco son los “signos” que se narran en este evangelio, largos son los diálogos y los discursos pronunciados por Jesús, y no aparece ni una sola parábola. Ni siquiera la palabra como tal: en su lugar, Juan usa, y sólo cuatro veces, “paroimía”, que podría traducirse como alegoría, comparación, incluso  proverbio. Sin embargo, recurre a un buen número de imágenes para describir distintos aspectos de la personalidad de Jesús. “Pan de vida”, “Resurrección y vida”, “Luz del mundo”… Y el rasgo más notable de estas imágenes es que son mucho más que meras “comparaciones”. En el evangelio de Juan, Jesús nunca dice “Yo soy como la luz”, o “Soy semejante a una puerta o a un pastor”. Por el contrario, en lo más hondo de esas palabras hay una auténtica identificación entre la imagen y él mismo. ‘Puedo daros un alimento, yo mismo, que es más real que el pan que coméis’, o ‘Puedo hacer que veáis con una claridad que no puede daros la luz del sol”, o ‘La vida que encontrareis en mí va más allá de los límites de la existencia humana’.

            En este domingo, dedicado tradicionalmente al “Buen Pastor”, el texto de Juan usa en realidad dos imágenes distintas: puerta y pastor. Como siempre, es preciso situarlas en su contexto: la discusión con los fariseos. Las palabras utilizadas para describirlos son sumamente duras y recuerdan otras usadas por los demás evangelistas: están “ciegos” y por eso son incapaces de conducir a su rebaño; cierran la puerta a quienes no reconocen su voz; como si fueran ladrones o bandidos, roban y matan. Jesús, en cambio, no es una puerta sin más, que puede impedir la entrada o dejar encerrados a quienes le siguen: quienes le aceptan, pueden entrar y salir libremente, saben que pueden sentirse a salvo, “se salvarán”, y encontrarán pastos. La manera de relacionarse con Jesús se basa en el conocimiento y la confianza mutuos: reconocemos su voz, nos llama por nuestro nombre propio, no hay nada que temer, porque Jesús, además de ser la “puerta”, es también el “pastor” que encarna cuanto se anticipaba ene el Salmo 23.

            Por desgracia, la historia y la tradición son losas pesadas colocadas como estratos encima de una imagen básica que en su tiempo y su contexto era entendida correctamente, pero que a menudo ha quedado enterrada y olvidada. Frente a la concepción pastoril, bucólica, que podemos tener de un pastor, la áspera realidad reflejada en la palabra implicaba largas horas de vida solitaria en los campos, lejos de los demás, dormir al raso, estar al tanto y cuidar del rebaño, defenderlo frente a las fieras teniendo incluso que poner en peligro la propia vida… Podemos entender fácilmente todas las tareas que debía desempeñar un pastor si volvemos a leer Ezequiel 34, un largo capítulo en el que el profeta describe con exactitud lo que un auténtico “buen pastor” debería y no debería hacer. Comparadas con este texto, las palabras de Jesús contra los pastores de Israel de su época resultan sumamente suaves. Un último detalle: recordemos que nuestro Buen Pastor es al mismo tiempo el “Cordero de Dios”, muerto por nuestros pecados para que pudiéramos participar de su propia vida.

 

[h2] Meditatio:

            Para entender los términos del evangelio de hoy debemos tener en cuenta  la distancia que nos separa, en el tiempo y el contexto cultural, de unos contenidos que podemos interpretar de manera errónea, olvidando la clave simbólica que les da sentido. Para entender la puerta y su relación con los pastores de Israel, y esa imagen aplicada a Jesús, es preciso recordar la crítica que el mismo Jesús les hace: “echan cargas pesadas… sobre los hombros de los demás, mientras que ellos mismos no quieren tocarlas ni siquiera con un dedo” (Mateo 23:4), y contrastarla con las palabras de Pablo. “Cristo nos dio la libertad para que seamos libres” (Gálatas 5:1). ¿Encontramos en Jesús la libertad para entrar y salir y sentirnos a salvo y salvados? Con excesiva frecuencia tendemos a reducir a Jesús al nivel de un salvador histórico, alejado en el tiempo y todavía más alejado en el ámbito de los sentimientos y la intimidad. ¿Podemos decir sinceramente que “reconocemos” su voz entre las mil voces que nos tientan para que las sigamos? ¿Hemos experimentado alguna vez que nos llama por nuestro nombre? Dejemos a un lado las connotaciones peyorativas de la expresión, pero pertenecer al “rebaño” cristiano ¿nos ha hecho entender que hemos sido llamados a compartir su vida y a tenerla en abundancia porque proviene de Jesús? Estas sencilla preguntas podrían ayudarnos a visualizar nuestra relación con Jesús y con nuestra comunidad cristiana bajo la luz de la confianza, la libertad y la cercanía.

 

 [h3] Oratio:

            Recemos por las comunidades cristianas dispersas por todo el mundo: para que el Buen Pastor suscite vocaciones al ministerio, y a ninguna iglesia le falten pastores que conduzcan al Pueblo de Dios en fidelidad al evangelio.

            Reza por quienes se sienten “cansados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor” (Mateo 9:36): para que descubran en Jesús la esperanza y el alivio que necesitan y participen de su vida abundante. 

 

[h4] Contemplatio:

            Dos breves frases podrían ayudarnos a crear un clima de confianza, cercanía y libertad en nuestra manera de relacionarnos con Jesús. Después de que algunos seguidores le hayan abandonado, Jesús les recuerda a los suyos que pueden quedarse o marcharse con toda libertad: “¿También ustedes quieren irse?” La respuesta de Simón puedes ser nuestra primera frase: “Señor, ¿a quién podemos ir? Tus palabras son palabras de vida eterna” (Juan 6:68). La otra, también palabras de Pedro, es muy sencilla: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero” (Juan 21:17). Que estas palabras sean nuestro “estribillo” y jaculatoria durante los próximos días.

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 13-04-2014: La Pasión del Señor

 La Pasión según san Mateo Mateo 26:14 – 27:66

 

Traición de Judas

14 Entonces uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes, 15 y dijo: ¿Qué estáis dispuestos a darme para que yo os lo entregue[a]? Y ellos le pesaron treinta piezas[b] de plata.16 Y desde entonces buscaba una oportunidad para entregarle.

Preparación de la Pascua

17 El primer día de la fiesta de los panes sin levadura[c], se acercaron los discípulos a Jesús, diciendo: ¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer la Pascua? 18 Y El respondió: Id a la ciudad, a cierto hombre, y decidle: “El Maestro dice: ‘Mi tiempo está cerca; quiero celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos.’” 19 Entonces los discípulos hicieron como Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua.

 

 

Jesús identifica al traidor

20 Al atardecer, estaba El sentado[d] a la mesa con los doce discípulos. 21 Y mientras comían, dijo: En verdad os digo que uno de vosotros me entregará. 22 Y ellos, profundamente entristecidos, comenzaron a decirle uno por uno: ¿Acaso soy yo, Señor? 23 Respondiendo El, dijo: El que metió[e] la mano conmigo en el plato, ése me entregará. 24 El Hijo del Hombre se va, según está escrito de El; pero ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Mejor le fuera a ese hombre no haber nacido[f]25 Y respondiendo Judas, el que le iba a entregar[g], dijo: ¿Acaso soy yo, Rabí? Y El le dijo: Tú lo has dicho.

Institución de la Cena del Señor

26 Mientras comían, Jesús tomó pan, y habiéndolo bendecido, lo partió, y dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. 27 Y tomando una copa, y habiendo dado gracias, se la dio, diciendo: Bebed todos de ella; 28 porque esto es mi sangre del nuevo[h] pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. 29 Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día cuando lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.

30 Y después de cantar un himno, salieron hacia el monte de los Olivos.

Jesús predice la negación de Pedro

31 Entonces Jesús les dijo*: Esta noche todos vosotros os apartaréis[i] por causa de mí, pues escrito está: “Herire al pastor, y las ovejas del rebaño se dispersaran.” 32 Pero después de que yo haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea. 33 Entonces Pedro, respondiendo, le dijo: Aunque todos se aparten[j]por causa de ti, yo nunca me apartaré[k]34 Jesús le dijo: En verdad te digo que esta misma noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces. 35 Pedro le dijo*: Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré. Todos los discípulos dijeron también lo mismo.

Jesús en Getsemaní

36 Entonces Jesús llegó* con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo* a sus discípulos:Sentaos aquí mientras yo voy allá y oro. 37 Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. 38 Entonces les dijo*: Mi alma está muy afligida, hasta el punto de la muerte; quedaos aquí y velad conmigo. 39 Y adelantándose un poco, cayó sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú quieras40 Vino* entonces a los discípulos y los halló* durmiendo, y dijo* a Pedro:¿Conque no pudisteis velar una hora conmigo? 41 Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil. 42 Apartándose de nuevo, oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si ésta no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad. 43 Y vino otra vez y los halló durmiendo, porque sus ojos estaban cargados de sueño44 Dejándolos de nuevo, se fue y oró por tercera vez, diciendo otra vez las mismas palabras[l]45 Entonces vino* a los discípulos y les dijo*: ¿Todavía estáis[m] durmiendo y descansando? He aquí, ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. 46 ¡Levantaos! ¡Vamos! Mirad, está cerca el que me entrega.

Arresto de Jesús

47 Mientras todavía estaba El hablando, he aquí, Judas, uno de los doce, llegó acompañado de[n] una gran multitud con espadas y garrotes, de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo. 48 Y el que le entregaba les había dado una señal, diciendo: Al que yo bese, ése es; prendedle. 49 Y enseguida se acercó a Jesús y dijo: ¡Salve, Rabí! Y le besó[o]50 Y Jesús le dijo:Amigo, haz lo que viniste a hacer. Entonces ellos se acercaron, echaron mano a Jesús y le prendieron.51 Y sucedió que[p] uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo al siervo del sumo sacerdote, le cortó[q] la oreja. 52 Entonces Jesús le dijo*: Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que tomen la espada, a espada perecerán. 53 ¿O piensas que no puedo rogar a mi Padre, y El pondría a mi disposición ahora mismo más de doce legiones[r] de ángeles?54 Pero, ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que así debe suceder? 55 En aquel momento[s] Jesús dijo a la muchedumbre: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y garrotes para arrestarme? Cada día solía sentarme en el templo para enseñar, y no me prendisteis.56 Pero todo esto ha sucedido para que se cumplan las Escrituras de los profetas. Entonces todos los discípulos le abandonaron y huyeron.

Jesús ante el concilio

57 Y los que prendieron a Jesús le llevaron ante el sumo sacerdote Caifás, donde estaban reunidos los escribas y los ancianos. 58 Y Pedro le fue siguiendo de lejos hasta el patio del sumo sacerdote, y entrando[t], se sentó con los alguaciles[u] para ver el fin de todo aquello59 Y los principales sacerdotes y todo el concilio[v] procuraban obtener falso testimonio contra Jesús, con el fin de darle muerte, 60 y no lo hallaron a pesar de que se presentaron muchos falsos testigos. Pero más tarde se presentaron dos, 61 que dijeron: Este declaró: “Yo puedo destruir el templo[w] de Dios y en[x] tres días reedificarlo.” 62 Entonces el sumo sacerdote, levantándose, le dijo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti? 63 Mas Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente que nos digas si tú eres el Cristo[y], el Hijo de Dios. 64 Jesús le dijo*: Tú mismo lo has dicho; sin embargo, os digo que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder, y viniendo sobre las nubes del cielo. 65 Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos de más testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído la blasfemia; 66 ¿qué os parece? Ellos respondieron y dijeron: ¡Es reo de muerte! 67 Entonces le escupieron en el rostro y le dieron de puñetazos; y otros le abofeteaban[z]68 diciendo: Adivina[aa], Cristo[ab], ¿quién es el que te ha golpeado?

La negación de Pedro

69 Pedro estaba sentado fuera en el patio, y una sirvienta se le acercó y dijo: Tú también estabas con Jesús el galileo. 70 Pero él lo negó delante de todos ellos, diciendo: No sé de qué hablas. 71 Cuando salió al portal, lo vio otra sirvienta y dijo* a los que estaban allí: Este estaba con Jesús el nazareno.72 Y otra vez él lo negó con juramento: ¡Yo no conozco a ese[ac] hombre! 73 Y un poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: Seguro que tú también eres uno de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre. 74 Entonces él comenzó a maldecir y a jurar: ¡Yo no conozco a ese[ad] hombre! Y al instante un gallo cantó. 75 Y Pedro se acordó de lo que[ae] Jesús había dicho:Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente.

Jesús es entregado a Pilato

27 Cuando llegó la mañana, todos los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. Y después de atarle, le llevaron y le entregaron a Pilato, el gobernador.

Muerte de Judas

3 Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que Jesús había sido condenado, sintió remordimiento y devolvió las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos,diciendo: He pecado entregando sangre inocente. Pero ellos dijeron: A nosotros, ¿qué? ¡Allá tú[af]!Y él, arrojando las piezas de plata en el santuario, se marchó; y fue y se ahorcó. Y los principales sacerdotes tomaron las piezas de plata, y dijeron: No es lícito ponerlas en el tesoro del templo, puesto que es precio de sangre. Y después de celebrar consejo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para sepultura de los forasteros. Por eso ese campo se ha llamado Campo de Sangre hasta hoy. Entonces se cumplió lo anunciado[ag] por medio del profeta Jeremías, cuando dijo: Y tomaron[ah]las treinta piezas de plata, el precio de aquel cuyo precio habia sido fijado por los hijos de Israel; 10 y las dieron[ai] por el Campo del Alfarero, como el Señor me habia ordenado.

Jesús ante Pilato

11 Y Jesús compareció delante del gobernador, y éste[aj] le interrogó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y Jesús le dijo: Tú lo dices. 12 Y al ser acusado por los principales sacerdotes y los ancianos, nada respondió. 13 Entonces Pilato le dijo*: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? 14 Jesús no le respondió ni a una sola pregunta[ak], por lo que el gobernador estaba muy asombrado.

Jesús o Barrabás

15 Ahora bien, en cada fiesta, el gobernador acostumbraba soltar un preso al pueblo, el que ellos quisieran. 16 Y tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. 17 Por lo cual, cuando ellos se reunieron, Pilato les dijo: ¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás o a Jesús, llamado el Cristo?18 Porque él sabía que le habían entregado por envidia. 19 Y estando él sentado en el tribunal, su mujer le mandó aviso, diciendo: No tengas nada que ver con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por causa de El. 20 Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a las multitudes que pidieran a Barrabás y que dieran muerte a Jesús. 21 Y respondiendo, el gobernador les dijo: ¿A cuál de los dos queréis que os suelte? Y ellos respondieron: A Barrabás. 22 Pilato les dijo*: ¿Qué haré entonces con Jesús, llamado el Cristo? Todos dijeron*: ¡Sea crucificado! 23 Pilato dijo: ¿Por qué? ¿Qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aún más, diciendo: ¡Sea crucificado! 24 Y viendo Pilato que no conseguía nada, sino que más bien se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: Soy inocente de la sangre de este justo[al]; ¡allá vosotros[am]25 Y respondiendo todo el pueblo, dijo: ¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos! 26 Entonces les soltó a Barrabás, pero a Jesús, después de hacerle azotar, le entregó para que fuera crucificado.

Los soldados se mofan de Jesús

27 Entonces los soldados del gobernador llevaron a Jesús al Pretorio, y reunieron alrededor de El a toda la cohorte[an] romana28 Y desnudándole, le pusieron encima un manto escarlata. 29 Y tejiendo una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y una caña[ao] en su mano derecha; y arrodillándose delante de El, le hacían burla, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos! 30 Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza. 31 Después de haberse burlado de El, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron para crucificarle.

32 Y cuando salían, hallaron a un hombre de Cirene llamado Simón, al cual[ap] obligaron a que llevara la[aq] cruz.

La crucifixión

33 Cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota, que significa Lugar de la Calavera, 34 le dieron a beber vino mezclado con hiel; pero después de probarlo, no lo quiso beber. 35 Y habiéndole crucificado, se repartieron sus vestidos, echando suertes[ar]36 y sentados, le custodiaban allí. 37 Y pusieron sobre su cabeza la acusación contra El, que decía[as]: ESTE ES JESUS, EL REY DE LOS JUDIOS. 38 Entonces fueron crucificados* con El dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda. 39 Los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza 40 y diciendo: Tú que destruyes el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo, si eres el Hijo de Dios, y desciende de la cruz. 41 De igual manera, también los principales sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, burlándose de El, decían: 42 A otros salvó; a sí mismo no puede salvarse[at]. Rey de Israel es; que baje ahora de la cruz, y creeremos en El. 43 En Dios confia; que le libre ahora si El le quiere; porque ha dicho: “Yo soy el Hijo de Dios.” 44 En la misma forma le injuriaban también los ladrones que habían sido crucificados con El.

Muerte de Jesús

45 Y desde la hora sexta[au] hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora novena[av]46 Y alrededor de la hora novena, Jesús exclamó a gran voz, diciendo: Eli, Eli, ¿lema sabactani? Esto es: Dios mio, Dios mio, ¿por que me has abandonado? 47 Algunos de los que estaban allí, al oírlo, decían: Este llama a Elías.48 Y al instante, uno de ellos corrió, y tomando una esponja, la empapó en vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber. 49 Pero los otros dijeron: Deja, veamos si Elías viene a salvarle[aw].50 Entonces Jesús, clamando otra vez a gran voz, exhaló el espíritu. 51 Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo, y la tierra tembló y las rocas se partieron; 52 y los sepulcros se abrieron, y los cuerpos de muchos santos que habían dormido resucitaron; 53 y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de Jesús[ax], entraron en la santa ciudad y se aparecieron a muchos. 54 El centurión y los que estaban con él custodiando a Jesús, cuando vieron el terremoto y las cosas que sucedían, se asustaron mucho, y dijeron: En verdad éste era Hijo de Dios[ay]55 Y muchas mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle, estaban allí, mirando de lejos;56 entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.

Sepultura de Jesús

57 Y al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había convertido en discípulo de Jesús. 58 Este se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato ordenó que se lo entregaran. 59 Tomando José el cuerpo, lo envolvió en un lienzo limpio de lino, 60 y lo puso en su sepulcro nuevo que él había excavado en la roca, y después de rodar una piedra grande a la entrada del sepulcro, se fue. 61 Y María Magdalena estaba allí, y la otra María, sentadas frente al sepulcro.

Guardias en la tumba

62 Al día siguiente, que es el día después de la preparación[az], se reunieron ante Pilato los principales sacerdotes y los fariseos, 63 y le dijeron[ba]: Señor, nos acordamos que cuando aquel engañador aún vivía, dijo: “Después de tres días resucitaré[bb].” 64 Por eso, ordena que el sepulcro quede asegurado hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos, se lo roben, y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”; y el último engaño será peor que el primero. 65 Pilato les dijo: Una guardiatenéis; id, aseguradla como vosotros sabéis. 66 Y fueron y aseguraron el sepulcro; y además de poner la guardia, sellaron la piedra.

 
 

Otras lecturas: Isaías 50:4-7; Salmo 22:8-9, 17-18, 19-20, 23-24; Filipenses 2:6-11, [Si hay procesión de entrada, se lee el evangelio de Mateo 21:1-11].

 

[h1] Lectio:

            Antes de comenzar nuestras Lectiones de Semana Santa, debemos tener en cuenta algunos detalles. Junto con el tiempo de Navidad – Epifanía, este periodo de tiempo, relativamente corto, concentra el nivel más elevado de “contenido bíblico”. Dejemos a un lado el número de textos usados en los dos periodos preparatorios de Adviento y Cuaresma. Los datos son abrumadores: la Semana Santa, por sí sola, contiene: 12 fragmentos del Antiguo Testamento; 13 Salmos (de hecho, dos son cánticos del Antiguo Testamento); 4 textos de los escritos del Nuevo Testamento, y 8 fragmentos de los Evangelios (de los cuales, dos son los relatos completos de la Pasión). No se trata de una catarata, sino de una auténtica inundación de información bíblica que el oyente en verdad no puede “digerir” en las celebraciones. Si vuelves a leer mis Lectiones de los tres pasados años[1], podrás encontrar distintos enfoques, sugerencias y algunos consejos para abordar los textos y las oraciones utilizadas en la liturgia.

            Este año podríamos centrar nuestra atención en algo que puede pasar inadvertido en nuestra Lectio. El ciclo litúrgico A sigue una lectura continua del evangelio de Mateo. Pero en los tres domingos anteriores a Semana Santa y en todos los domingos de Pascua (sí, ¡en todos!, con la sola excepción del tercero, en que leemos a Lucas), la liturgia utiliza el evangelio de Juan; sólo el 6 de Julio, el domingo decimocuarto del Tiempo Ordinario, volveremos a Mateo. Por eso creo que debemos dedicar algo más de tiempo a los elementos peculiares contenidos en los tres textos que se le han asignado a Mateo esta semana. A no ser que se indique algo distinto, todas las citas pertenecen a este evangelio.

            “Contraste” y “paradoja” son dos palabras que he utilizado con suma frecuencia en estas páginas. El hecho de que los caminos de Dios sean distintos de los nuestros no es una teoría teológica, sino una realidad fácilmente constatable en nuestras lecturas. En el caso de Mateo (a él me limitaré en estas reflexiones), esa diferencia estaba patente desde el comienzo mismo de la historia de Jesús, tal como vimos en los textos leídos en tiempo de Navidad: el nacimiento del Mesías de Israel era un  cúmulo de contradicciones: desde la visita de unos sabios extranjeros, pasando por la matanza de los inocentes, hasta su propio exilio. Más tarde, encontramos un ejemplo especial en la paradoja de llamar “dichosos” o “bienaventurados” a quienes sufrían persecución o padecían hambre o eran pobres. Jesús usaba ese contraste entre nuestra manera de valorar la realidad aplicando la mentalidad de este mundo, y el espíritu que él quería comunicar al exponer los valores del Reino mediante las Bienaventuranzas. A este estilo alternativo de plantearnos la vida podríamos llamarle “el camino según Jesús”, que manifiesta la manera en que él vivió y que nos invita a vivir si estamos dispuestos a seguirle.

            La línea que quiero seguir hoy no es nueva: una vez más, voy a intentar ofrecer algunos “fogonazos” de la Pasión según Mateo, pero puedes utilizar más tarde el mismo recurso comparando estos ejemplos con los que puedes hallar en la Pasión según Juan que se leerá el Viernes Santo. Aunque el evangelio de hoy comienza en Mateo 26:14, no debemos renunciar a un pasaje que, comparten, tanto en el tiempo como en el espacio, Mateo (26:6-13) y Juan (12:1-8) y que no se ha incluido en el leccionario: la unción en Betania. Dejando al margen la cuestión de la identidad de la mujer que le unge los pies a Jesús, el pasaje puede ofrecernos una de las claves para entender la paradoja de la Pasión. Los discípulos (en el evangelio de Juan, sólo Judas) se indignan por el derroche de aquel perfume tan caro…, pero en realidad parecen estar más interesado en el dinero que en descubrir el sentido profético de aquel gesto: la unción de Jesús es en realidad un embalsamamiento anticipado del Siervo sufriente y sacrificial. Judas, en una acción paralela, discute con los sumos sacerdotes el precio que han de pagarle para que les entregue a Jesús. El dinero, en este caso treinta monedas de plata, significará el paradójico cumplimiento de la profecía de Zacarías (11:12).

            Desde este punto de partida, podemos seguir una línea de contrastes que muestran sin lugar a dudas que los planes de Dios y los de los hombres son bien distintos y que, incluso cuando los hombres se empeñan en forzar las cosas, los designios de Dios acaban por cumplirse. Fijémonos en los planes de los sumos sacerdotes: no quieren que se dé muerte a Jesús “durante la fiesta” (26:5) por miedo a una revuelta de la gente, pero también porque eso significaría profanar la Pascua; pero la traición de Judas impone una fecha inesperada. Pedro está dispuesto a defender a Jesús y mantenerse leal a él (26:33-35): tres veces les negará (26:69-75). También los demás discípulos prometen permanecer al lado de Jesús (26:35), pero tal como él lo había anunciado (26:31), al cabo de unas horas “dejaron solo a Jesús y huyeron” (26:56). Ni siquiera los discípulos más cercanos a él, “los tres” de la Transfiguración, son capaces de permanecer en vela junto a él cuando sienta “en su alma una tristeza de muerte”… y se quedarán dormidos (26:40-45). Por el contrario, desde lo más hondo de su angustia, Jesús es capaz de poner su confianza en el Padre y aceptar su voluntad (26:39-44). La declaración falsa de dos testigos respecto a que Jesús iba a destruir y reconstruir el Templo (26.59-62; véase Juan 2:18-22) se cumplirá será verdad tres días después de su muerte (28:1-10). Las autoridades judías, que deberían entender el mensaje de los acontecimientos y reconocer a Jesús como Mesías, son incapaces de aceptarle, consideran que es culpable y hacen que sea condenado a muerte (26:65-66). Los que piensan que es inocente y lo dicen en voz alta son paganos como la mujer de Pilato (27:19) o el mismo Pilato (27:24)…  o el “pecador por antonomasia”, Judas (27:3-4). El centurión llega a proclamar la escondida naturaleza de Jesús: “¡De veras este hombre era Hijo de Dios!” (27:54). Los soldados encargados de impedir una hipotética resurrección o el robo del cuerpo son los primeros testigos de la resurrección (27:62-66; 28:1-4), junto con las mujeres, los testigos menos fiables según la mentalidad judía.

            Podríamos seguir, pero puedes hacerlo por tu cuenta sin necesidad de ayuda. Permíteme recordar, de todos modos, algo que dije en otra Lectio: Jesús no es un mero “profeta itinerante”, un “predicador callejero” o uno de tantos “milagreros”: representa la manera en que Dios actúa en la historia, lo que denominé “el camino según Jesús”. Y eso significa hacer que salten en pedazos nuestra mentalidad y nuestra concepción de la vida. Podemos hallar el estilo nuevo y diferente de concebir y realizar la salvación, entonces y ahora, en el himno de Filipenses 2:6-11, nuestra segunda lectura de hoy. Esos versos expresan cómo era el camino de Jesús y cómo ha de realizarse, poniendo en tela de juicio nuestra concepción de la realidad, basada en el poder, la autocomplacencia y la realización de sí mismo: “auto-“, “mismo”, “yo”… En el evangelio de Juan (15:11-17) escuchamos de los labios mismos del Maestro lo que significa su camino: el amor, el sacrificio, incluso la propia muerte por los demás son la llave para entrar por la puerta angosta al Reino de Dios y compartir la gloria y el gozo de Jesús.

 

[h2] Meditatio:

            Debo reconocer que la anterior Lectio se ha convertido en buena medida en una Meditatio, pero una simple pista puede reconducirnos a una profundización en nuestra respuesta personal a la palabra de Dios. La paradoja y la contradicción no son sólo dos factores que impregnan nuestros textos, sino una cualidad que podría definir nuestra propia actitud respecto a las palabras y acciones de Jesús, a la manera en que valoramos las cosas, los acontecimientos, a nosotros mismos y a los demás. En muchos casos, nuestros criterios se mantienen en el ámbito de lo que Pablo llamaría “la vieja condición humana”, que no ha llegado a renovarse plenamente por el Espíritu de Cristo. Como otras veces, dejemos a un lado nuestra tendencia a la moralización y a los sentimientos de culpa: reconozcamos humildemente que nuestras propias paradojas y contradicciones están ahí y no son nuevas. Son las mismas que Jesús encontró a su alrededor.

 

[h3] Oratio:

            Reza por el don de una mente clara y receptiva: para que durante la Sema Santa que hoy comenzamos, podamos percibir la realidad de los proyectos salvíficos de Dios en acontecimientos tan estremecedores como la pasión y la muerte que sufrió Jesús; que su imagen fortalezca nuestra decisión de reconocerle como nuestro Salvador y seguirle.

            Reza para que sepamos aceptar nuestras contradicciones y limitaciones: para que la sangre de Jesús, derramada por nosotros, nos conceda el don de la reconciliación con  nosotros mismos y nos haga capaces de superar nuestro  miedo a aceptar también los planes del Padre para con nosotros.

 

[h4] Contemplatio:

            Hemos centrado nuestra atención en una sola dimensión del relato de la Pasión y tan sólo hemos mencionado un texto crucial, el de Filipenses. Pero ni hemos aludido siquiera al primer texto, el de Isaías 50:4-7. El Siervo de Yahvé no sólo sufre por su pueblo, sino que también “consuela a los cansados con palabras de aliento”. Durante estos días que preceden al Triduo Sacro, busca algún rato de silencio para leer Isaías 42:1-7; 49:1-6, y el texto de hoy. Pero, y esto es sumamente importante, termina tu tiempo de Contemplatio con Juan 20:19-29. Que el gozo de los discípulos te llene el corazón: no olvides que la Semana Santa, la pasión de Jesús, es el camino hacia la Resurrección (la suya y la nuestra).

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 18 de marzo de 2014: "Yo soy el camino"

 LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 14, 1-12
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
 
-- Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no, os lo habría dicho, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.
 
Tomás le dice:
 
-- Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?
 
Jesús le responde:
 
-- Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.
 
 
Felipe le dice:
 
-- Señor, muéstranos al Padre y nos basta.
 
Jesús le replica:
 
-- Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.

 

[or] Otras lecturas: Hechos 6:1-7; Salmo 33:1-2, 4-5, 18-19; 1 Pedro 2:4-9

 

[h1] Lectio:

            Los textos que leemos este domingo proceden de épocas y momentos distintos y reflejan toda una gama de elementos en los que despliega toda su riqueza nuestra vida cristiana. El texto de Hechos presenta el crecimiento de la primera comunidad de Jerusalén: descubrimos sus dificultades y problemas, así como la creatividad que les concedió el Espíritu Santo para que avanzaran en su fidelidad al Evangelio. El fragmento de 1 Pedro abre nuestras mentes a nuevas dimensiones del sentido profundo de la pertenencia al pueblo de Dios, “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa” (2:9). En cuanto al evangelio, en realidad forma un bloque con el pasaje que leeremos el domingo próximo, y es el comienzo de un largo discurso (capítulos 14-16)  dirigido a los discípulos. A lo largo de sus versículos, Jesús explica a los Doce el misterio y el sentido de los acontecimientos de los que serán testigos y que les resultarán tan difíciles de entender.

            Antes del pasaje evangélico que hoy leemos, ha habido dos anuncios desconcertantes: la traición de Judas (13:21-30) y las negaciones de Pedro (13:38), así como una pregunta de éste: “Señor, ¿a dónde vas?” (13:38). En este contexto, Jesús trata de tranquilizar a los discípulos: “No se turbe su corazón” (14:1). Pero la frase contradice sus propios sentimientos, ya que, según el mismo Juan, se había sentido sumamente conmovido en tres momentos de profunda tristeza: al compartir el dolor y el llanto de las hermanas de Lázaro (11:33); cuando experimentó con angustia lo cerca que estaba la “hora” de su muerte y su glorificación (12:27); y al hablar abiertamente de la traición de Judas (13:21). Conoce y experimenta (ya lo vimos el domingo pasado) nuestra condición humana en todas sus dimensiones, incluyendo el dolor, el duelo y el temor. No obstante, su consejo a los discípulos es una invitación a la fe en el Padre y en él mismo, y esa fe no es la simple aceptación de una serie de dogmas o principios teológicos, sin o la actitud de confianza en aquel que “ha vencido al mundo” (16:33). Esto, a su vez, nos remite de nuevo al contexto: sus palabras de consuelo y esperanza se dirigen en realidad a su “pequeño rebaño” (Lucas 12:32), justo antes de su pasión y muerte, cuando más habrán de necesitar apoyo para entender su ausencia y vencer el sentimiento de que ha fracasado su proyecto del Reino. Pero también van dirigidas a la primera Iglesia cristiana, que se preguntará cuándo va a volver en gloria, y que tendrá que enfrentarse entretanto a los asuntos cotidianos: desde organizar la pequeña comunidad hasta enfrentarse al rechazo y la persecución…

            Hay en el texto un paso nuevo: al tiempo que responde a la pregunta de Pedro, también explica Jesús u propia identidad y anticipa la respuesta que no dará a la de Pilato, “¿Qué es la verdad?” (18:38). “Camino, Verdad y Vida” es una de las muchas definiciones metafóricas que hallamos en el evangelio de Juan, pero es también una itinerario para los que crean en Jesús. Si aceptan sus palabras y le siguen a él, Camino, comprenderán su propia existencia y la edificarán sobre él, que es la Verdad, y participarán de él, Vida del mundo. Por complejas que puedan perecer estas palabras, conducen a una convicción básica: en su vivir con Jesús, los discípulos no sólo le han visto a él, sino al Padre. Y su identificación con Jesús significará una comunión que sobrepasa cualquier expectativa: podrán realizar acciones, “obras”, que serán “todavía más grandes” que las que él ha hecho. Está a punto de cerrarse el círculo: el Espíritu será la garantía de que la ausencia de Jesús no es un abandono, sino un periodo en que preparará la  morada a donde conducirá a quienes creen en él.

 

[h2] Meditatio:

            Paso a paso, en los capítulos 14-16 de Juan, Jesús habla a sus discípulos, no como Maestro o Amo, sino como un amigo que está a punto de dejar a quienes ama y por los que está dispuesto a entregar su vida. Por eso no los llama “siervos”, sino amigos, ya que su relación es de confianza y conocimiento mutuos (15:1-17). Y por eso todo el pasaje es una serie de palabras de advertencia y ánimo. Se enfrenta libremente a la muerte, consciente del dolor físico y espiritual que entraña su obediencia a los designios del Padre, pero sabedor también de que cuando “sea levantado de la tierra”, esto es, crucificado, “atraerá a todos a sí mismo” y será glorificado (12:23-36). Al cabo de veinte siglos de historia cristiana, deberíamos preguntarnos por nuestros sentimientos hacia Jesús como Señor y Salvador nuestro, e intentar descubrir si, igual que los primeros discípulos, las dudas, los temores, los malentendidos y el desconocimiento son el terreno común que compartimos con ellos. Podríamos resumirlo todo en una sencilla pregunta, la misma que les planteó a ellos Jesús y que deberíamos dirigirnos a nosotros mismos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (Mateo 16:15). Ahora nos toca a nosotros responder.

 

[h3] Oratio:

            - Este domingo, una sugerencia muy amplia para nuestra oración. Podemos interpretar “Camino, Verdad y Vida” a niveles muy distintos. Un ejemplo: la “Vida” puede abarcar desde la vida física (sus realidades materiales, biológicas y económicas, que incluyen vivienda, alimentos, sanidad…) hasta la vida espiritual (cultura y educación, significado y sentido de nuestra existencia, relaciones con Dios y con el prójimo, consciencia de nuestra dignidad y de la de los demás como seres humanos y cristianos…) Deja que el Espíritu te guíe libremente para reconocer las necesidades por las que pedir y las razones para dar gracias en cualquiera de esos ámbitos.

 

[h4] Contemplatio:

            “Luz del mundo”, “Palabra”, “Buen Pastor”, “Pan vivo”, “Puerta”, “Vid”, “Camino, Verdad y Vida”… El número de imágenes usadas por Juan es abrumador. Toma cualquiera de ellas y busca la manera de encontrar alguna dimensión o aspecto en que pueda mejorar o verse fortalecida tu relación con Jesús o te ayude a identificarte con él. Tal vez prefieras hacer algo semejante con las imágenes usadas en 1 Pedro 2:9 para describir a la comunidad de los cristianos: “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios…”

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España

 

Lectio Divina 20-04-2014: La resurrección del Señor

 Juan 20, 1-9

 

20  El primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro; y vio quitada la piedra del sepulcro.

Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.

Y salieron Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro.

Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro.

Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró.

Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí,

y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó.

 

Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos.

 

 

[h1] Lectio:

            Puede sonar extraño encontrar una cita del Apocalipsis como lema para nuestra Lectio del Domingo de Pascua. Pero ese “vivo para siempre” puede ser el contrapeso de todas las lecturas que escuchamos anoche en la Vigila. Desde la Creación misma, los textos seguían la historia de la salvación. Y la historia está siempre vinculada, y en muchos casos confinada, a los acontecimientos del pasado. Lo cierto es que anoche también tuvimos un número de elementos relacionados con el presente: los signos “Cristo ayer y hoy” en el cirio pascual, para el que el solemne pregón pide que “el lucero matinal lo encuentre ardiendo” son un ejemplo; pero también la renovación de nuestras promesas bautismales mira al futuro de los que participan en la celebración. Con todo, la memoria permanece como el sentimiento que penetra la mayor parte de la liturgia. Por eso escogí esa proclamación del Cristo resucitado, que vive para siempre en un presente salvífico sin límites. 

            Como indiqué al comienzo de la Semana Santa, el evangelio de Juan es la referencia bíblica permanente durante todo el tiempo pascual, e incluso desde antes. Por esa razón, y también como “contrapeso”, me fijaré casi exclusivamente en el texto de Mateo para esta misa del domingo (en realidad, es el mismo que leímos anoche). Pero volvamos a la sencilla frase del Apocalipsis: como sucede siempre que el misterio de la presencia de Dios se acerca a los humanos, es preciso desechar los sentimientos de temor. En el breve texto del evangelio de Mateo, tanto el ángel como el Señor mismo tienen que repetir: “No tengan miedo”. En el caso del ángel, era comprensible el temor, teniendo en cuenta el terremoto y la apariencia misma del mensajero: incluso los soldados “temblaron de miedo y quedaron como muertos”. Pero Jesús debería haber provocado en las mujeres una reacción más tranquilizadora que la sola adoración. Incluso hoy día, acostumbrados como estamos a la presencia misteriosa de Jesús en nuestras vidas, creo que también nosotros habríamos necesitado unas palabras de aliento para acercarnos al Señor sin miedo.

            En este contexto básico, fijémonos en algunos detalles que puedan hacernos más accesible el texto, y que enumero uno tras otro, sin llegar a desarrollarlos. Las primeras testigos son las mujeres (como sabemos, en el mundo antiguo eran las personas menos dignas de confianza en caso de declarar ante un tribunal) y unos soldados paganos. Es importante tener en cuenta y subrayar este hecho: los que están más cerca cuando Dios se hace presente son precisamente los menos importantes o “fiables”. El mismo hecho físico de la tumba vacía provoca reacciones distintas según la actitud de los sujetos: ante los mismos acontecimientos, Jesús sólo resucita para quienes abren los ojos con fe. Hay una total identificación entre el Jesús que murió en la cruz y el Cristo resucitado: Mateo usa el nombre Jesús y no el “título” Cristo cuando describe la aparición a las mujeres… Y su presencia no es el mero objeto de reverencia piadosa o devota, sino que implica una auténtica misión: “Vayan a decir a mis hermanos…” Lo cierto es que las mujeres, que han seguido a Jesús durante su ministerio, han permanecido a su lado incluso cuando los discípulos, los apóstoles, “los enviados con una misión”, han huido y le han abandonado. Son ellas las que le han “servido” (recuérdense todas las alusiones a su servicio, “diakonía”, desde la suegra de Pedro) como “diaconisas” del Señor, y ahora ¡se convierten en sus “mensajeras”! Un último detalle nos obliga a volver la mirada a la unción  en Betania: para Mateo, el acontecimiento revistió una importancia y una significación extraordinarias: “Les aseguro que en cualquier lugar del mundo donde se anuncie esta buena noticia (lit.: “evangelio”) se hablará también de lo que hizo esta mujer y así será recordada” (Mateo 26:13). Tanto, que el evangelista no menciona que a Jesús le embalsamaran antes de su entierro ni que las mujeres llevaran consigo ningún perfume para ungirlo entonces.   

 

[h2] Meditatio:

            En la Lectio aludí casi de pasada a al verbo “ver”, aunque es sin duda el vínculo más directo con el evangelio alternativo para la misa de hoy (Juan 20:1-9). En ambos textos la visión desempeña un papel fundamental. Aunque las mujeres, los soldados romanos, Pedro y el discípulo “a quien Jesús quería mucho”, todos ellos vieron la piedra corrida o la tumba vacía, sus reacciones son diferentes: parece que la diferencia estriba no en lo que vemos, sino en nuestra manera de “mirar”. En cualquier caso, debo decir de antemano que volveremos a encontrarnos con el verbo “ver” en los próximos domingos: Tomás o los dos discípulos que van a Emaús necesitan “ver”, aunque su visión traicione su percepción, como le pasó a María. Podría decirse que, al menos en el ámbito de la fe, no siempre se cumple lo de “ver para creer”. En nuestro propio caso, ¿hasta qué punto depende nuestra fe de lo que vemos en nuestras Iglesias o en quienes las representan? En la actualidad, el pecado y el escándalo son un tema espinoso. Pero, incluso a riesgo de parecer políticamente incorrecto o moralizante, permíteme plantear una humilde pregunta: ¿debería rechazarse el anuncio del evangelio y de la resurrección por parte de Pedro porque hubiera negado a Jesús? ¿O despreciar el testimonio de los Doce porque uno de ellos era un ladrón y un traidor, o porque todos habían abandonado a Jesús? ¿O porque nosotros mismos seamos unos pecadores? Deberíamos recordar las palabras de Pablo: “Tenemos esta riqueza [Jesucristo y su salvación] en nosotros, como en vasijas de barro, para mostrar que ese poder tan grande viene de Dios y no de nosotros” (2 Corintios 4:7). Y esto debería llevarnos a una pregunta básica: ¿somos conscientes de la misión que hemos recibido, lo mismo que las mujeres, de ser testigos de una resurrección que no hemos visto pero constituye el cimiento y la columna vertebral de nuestra vida cristiana? O a otra todavía más básica: ¿brilla la luz del Cristo resucitado en nuestro estilo gozoso de vida, de tal modo que invite a los demás a seguirle?

 

[h3] Oratio:

            Reza por quienes, aun habiendo encontrado a Jesús en el camino de sus vidas, no pueden o no saben comunicar su mensaje salvífico; y por todos nosotros que todavía tenemos miedo de encontrarnos con Cristo, ser transformados y seguirle sin ataduras.

            Reza por quienes no pueden “ver” al Señor o necesitan pruebas o demostraciones para creer: para que la luz de Cristo, por medio del testimonio convincente de los cristianos, pueda ayudarles a reconocer a Jesús como su Salvador.

 

[h4] Contemplatio:

            La Pascua es el tiempo del gozo y la esperanza por excelencia. Todos tenemos cerca a alguien que sufre por las consecuencias de la crisis económica o porque ha roto una relación personal, o ha perdido a un ser querido… Hay demasiadas razones para sentirse hundido o descorazonado. Busca la ocasión de arrojar algo de luz y esperanza en esas situaciones. O vuelve los ojos a Cristo resucitado y glorioso, si eres tú quien necesita de su luz.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2013-03-30: La curación del ciego

 
Jn. 9, 1-41
 
Y al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?». Jesús contestó: «Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».
 
Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)». Él fue, se lavó, y volvió con vista.
 
Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: « ¿No es ese el que se sentaba a pedir?». Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». El respondía: «Soy yo». Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?». Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver». Le preguntaron: « ¿Dónde está él?». Contestó: «No lo sé».
 
 
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo». 16 Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?». Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?». Él contestó: «Que es un profeta».
 
Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?». 20 Sus padres contestaron: «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos; y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse». Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él».
 
Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo». Le preguntan de nuevo: «¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?». Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?». Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene». Replicó él: «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder». Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron.
 
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él. Dijo Jesús: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos». Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?». Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís "vemos", vuestro pecado permanece.
 
[or] Otras lecturas: 1 Samuel 16:1, 6-7, 10-13; Salmo 23:1-3, 3-4, 5, 6; Efesios 5:8-14
 
[h1] Lectio:
De todo el Nuevo Testamento, el evangelio de Juan es el libro que utiliza en más ocasiones la palabra “signo” (semeîon en griego): quince veces. Los demás autores pueden usar la palabra en contextos distintos, pero en el caso de Juan, el término se refiere siempre a las acciones significativas realizadas por Jesús. ¿Por qué “signos”? Puede haber varias explicaciones. La más inmediata es así de sencilla: Jesús no es un charlatán, un falso sanador o un milagrero. Hay algo más hondo en sus acciones, y puede decirse que esta es la dimensión más importante que quiere poner de relieve el evangelista. Tanto si cura a un enfermo, como si da de comer a la multitud o devuelve a la vida a un muerto, Juan trata de transmitir un mensaje que va más allá de cualquiera de aquellas acciones “maravillosas”. De hecho, el espacio dedicado a describir el “milagro” jamás excede un par de líneas en textos sumamente largos, que son como una especie de discurso teológico o una predicación para comunicar el significado del “signo”.
 
En la liturgia de hoy, Juan describe la curación del ciego en dos versículos dentro de un capítulo de cuarenta y uno. Tal como sucedía la semana pasada, el texto está lleno de connotaciones y, como entonces, subrayaré sólo algunos de los detalles que pueden ser el punto de arranque para nuestra reflexión y nuestra oración.  Hay algo que decir de antemano. Tal vez sea este el relato en el que Juan recurre a la ironía, la paradoja e incluso a la burla sutil hasta extremos insospechados dentro de todo su evangelio. 
 
La escena inicial nos presenta la concepción básica de la enfermedad en Israel: “¿Quién pecó, este o sus padres?” Porque alguien tiene que ser el responsable de la situación del hombre. Los discípulos no pueden admitir que el mal es universal y que a veces puede servir para un fin oculto. Lo veremos más tarde. Sucede ahora algo inesperado que contrasta con la mayor parte de las curaciones y signos que encontramos en los evangelios: el ciego no pide que le curen, ni da muestras de fe que pudieran mover a Jesús para realizar un milagro. Es por pura misericordia y con un objetivo “teológico” por lo que realiza un signo realmente “provocativo”: imita la acción creadora de Dios y, no sólo eso, sino que hace barro, “trabaja” como un alfarero, ¡en sábado! Este es el punto de partida de la serie de diálogos que constituyen todo el capítulo. Todo el mundo parece estar desconcertado: hasta la gente que conocía al mendigo ciego duda de su identidad. Tras esto, los fariseos se convierten en el hilo conductor y siguen un  proceso que es todo un modelo de obstinación ciega, literalmente, de “obcecación”. No pueden creer que un pecador, alguien que no respeta el sábado, pueda realizar esos signos. A continuación, no creen que el que ha sido curado sea un auténtico ciego de nacimiento, y recurren a los padres. Ese diálogo sencillamente provoca temor en ellos y crea una distancia en los padres y el hijo… Quieren oír una vez más cómo se había realizado la curación; en este caso, el diálogo termina declarando pecador al ciego y “excomulgándolo”.
 
Lo sorprendente es que el ciego, que al comienzo de la historia no aparece como hombre de fe, experimenta un proceso de “conversión”. Primero, ni sabe quién es Jesús ni dónde está; luego, dice que es un profeta; más tarde, deduce que debe venir de Dios, porque le ha abierto os ojos, algo totalmente inaudito… Por último, cuando vuelve a encontrarse con Jesús, aunque tampoco parece “ver” con mucha claridad qué significa eso de “Hijo del Hombre”, acepta a Jesús y pronuncia una auténtica y solemne profesión de fe: “Creo, Señor”. ¡Se ha librado de la ceguera en todas sus dimensiones! En un proceso paralelo e inverso, los que “sabían” y podían “ver” la realidad con la “óptica” de la religión verdadera, permanecen “ciegos” ante la “luz del mundo”. Es ahora cuando llegamos a entender el propósito oculto, el significado y la razón por las que aquel hombre había nacido ciego: no para castigar ningún pecado, ni suyo propio ni de sus padres, sino “para que las obras de Dios se manifiesten en él.” 
 
[h2] Meditatio:
Nada de preguntas en nuestra Meditatio de hoy. Limítate a comparar las actitudes de Samuel y su mensaje sobre la manera en que Dios “mira” más allá de las apariencias y ve el corazón; la de los discípulos de Jesús y su manera de relacionar la enfermedad y el pecado; la de los vecinos y los padres del ciego. Pero, en especial, compara las actitudes de los fariseos y del ciego con tu propia manera personal de enfocar la realidad, de ver y juzgar las cosas, la luz con la que las iluminas, y la manera en que contemplas a Jesús mismo. Todos compartimos rasgos comunes… 
 
[h3] Oratio:
Reza por quienes padecen ceguera física y por quienes los cuidan: para que Jesús, luz del mundo, conceda a los unos alivio en sus dolencias; y a los otros, espíritu de servicio amoroso.
Por quienes no han recibido el don de la fe: para que no se queden encerrados en su propia ceguera, puedan contemplar a Jesús, luz del mundo, y caminen bajo el resplandor de la esperanza.
Por quienes creemos poseer la luz de la fe y vivimos en realidad en nuestra propia tiniebla: para que superemos nuestro orgullo y nuestra suficiencia y nos dejemos iluminar por el evangelio de Jesús, luz del mundo.
 
[h4] Contemplatio:
Vuelve a leer el prólogo de Juan (1:1-18) y el evangelio de hace unas semanas (Mateo 5:13-16). A la luz de esos textos, abre los ojos y mira a tu alrededor: seguro que encuentras a alguien que necesita la luz de una palabra de aliento que le ilumine en medio de su oscuridad. Utiliza el don que has recibido.
 
Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,
Sacerdote católico,
Arquidiócesis de Madrid, España
 

Lectio Divina 2014-01-01: Santa María, Madre de Dios

Siempre que los humanos pensamos en Dios (o en los dioses, da lo mismo), esperamos algo extraordinario, maravilloso, en los que estén presentes el poder y la gloria como signo de la divinidad. Hasta cierto punto, puede decirse que el Antiguo Testamento responde a ese esquema mental: Dios realizó grandes signos y portentos con los hebreos, trasladándolos milagrosamente de la esclavitud a la libertad. Por medio de Moisés, fulminó al Faraón, hizo que su pueblo atravesara el mar Rojo por tierra seca, les dio de comer en el desierto… Podríamos seguir recordando el número de batallas y gestas en las que mostró su poder. Pero, al cabo de una larga historia de contrastes entre la fidelidad de Dios a sus promesas y la desobediencia de Israel, “cuando se cumplió el tiempo”, se hizo presente de una manera nueva: por medio de su propio Hijo.

1 de Enero de 2014

 Santa María, Madre de Dios

 

DIOS ENVIÓ A SU HIJO, QUE NACIÓ DE UNA MUJER, SOMETIDO A LA LEY

Lucas 2:16-21

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

 

Otras lecturas: Números 6:22-27; Salmo 67:2-3, 5, 6, 8; Gálatas 4:4-7

 

Lectio:

            Al volver la mirada a las Lectiones que he escrito a lo largo de estos tres años pasados, tengo la impresión de que una de las palabras que más he usado es “paradoja”. La frase de Isaías (55:8): “mis ideas no son como las de ustedes, y mi manera de actuar no es como la suya” aparece como verdad indiscutible. Lo que llamamos “historia de la salvación” es un choque permanente entre lo que los humanos podemos esperar, consideramos lógico y razonable, y los acontecimientos y las personas por medio de los cuales actúa y se manifiesta Dios. El domingo pasado veíamos la manera tan extraña en que podíamos llamar “sagrada familia” a Jesús, María y José. Podemos decir que este no es sino un ejemplo de esos “giros” del leguaje de Dios que nos desconciertan y arrojan la sombra de mil dudas sobre cuanto damos por sentado, arraigado con firmeza en nuestras mentes. No, “sus ideas no son como las nuestras”.    

            Siempre que los humanos pensamos en Dios (o en los dioses, da lo mismo), esperamos algo extraordinario, maravilloso, en los que estén presentes el poder y la gloria como signo de la divinidad. Hasta cierto punto, puede decirse que el Antiguo Testamento responde a ese esquema mental: Dios realizó grandes signos y portentos con los hebreos, trasladándolos milagrosamente de la esclavitud a la libertad. Por medio de Moisés, fulminó al Faraón, hizo que su pueblo atravesara el mar Rojo por tierra seca, les dio de comer en el desierto… Podríamos seguir recordando el número de batallas y gestas en las que mostró su poder. Pero, al cabo de una larga historia de contrastes entre la fidelidad de Dios a sus promesas y la desobediencia de Israel, “cuando se cumplió el tiempo”, se hizo presente de una manera nueva: por medio de su propio Hijo.

            Y en ese momento culminante, supremo, lo que encontramos es algo tan sencillo como un niño nacido de mujer y sometido a la Ley. Punto. Si nos fijamos en los personajes que aparecen en nuestro fragmento del evangelio de Lucas, dejando aparte al grupo sobrenatural o misterioso de los ángeles, son todos, al igual que el contexto, más o menos “corrientes”: un niño recién nacido envuelto en pañales, junto con sus padres, algunos pastores y el asombro que siempre provoca un nacimiento. Podemos decir que la admiración de estos podría estar causada por el hecho de que el niño no estuviera en una cuna, sino en un pesebre. Si, además, combinamos los relatos de Mateo y Lucas, encontramos, eso sí, un número de acontecimientos gloriosos, extraordinarios. Pero, salvo para los afectados, la gente desconocía la mayor parte de aquellos hechos: ¿Quién tenía noticia de las palabras de Gabriel a María, de la promesa del nacimiento del Mesías, del origen y naturaleza de aquel embarazo, de los sueños de José y de los Magos…? Nadie.

            Todo esto nos conduce de nuevo a un tema familiar, que ya hemos visto en semanas anteriores. Permítanme algunas variaciones “ad libitum” sobre el mismo motivo de aquellos pasajes bíblicos: “Señor, ¿cuándo te vimos como Mesías poderoso, impresionante como un rey en su corte?” (Mateo 25:31-46). O, “¿Qué salieron a ver? ¿Un hombre vestido lujosamente, o con armadura, al mando de un ejército, como corresponde al heredero del trono de David?” (Mateo 11:7-15). De hecho, las palabras sobre el juicio a las naciones o las referidas a Juan Bautista también podrían aplicarse al “descubrimiento” del Mesías. Pero a él se le encuentra donde nadie imagina que está. Los pastores, los Magos, Simeón y Ana más tarde… Lo que vieron, todo lo que vieron, no era más que un niño chico, nacido de mujer, de origen humilde, circuncidado a los ocho días como cualquier otro niño judío. Se llamaba Jesús. De nuevo, “punto”.  

            ¿O no? “María guardaba todo esto en su corazón, y lo tenía muy presente” son las palabras que usa Lucas (2:19, 51) para describir a la única que es realmente consciente de lo que sucedía, o tal vez la única que percibía algo mucho más sencillo y más profundo: hay un significado oculto, un misterio que ni ella ni los demás pueden abarcar en plenitud. No hay duda, debemos repetir: “las ideas de Dios no son como las nuestras”.

 

 Meditatio:

            Es su actitud de asombro, de silencio reflexivo, cargado de preguntas y de respuestas en fe, lo que convierte a María en símbolo de los creyentes. Podemos decir que este hecho, por sí solo, hace que María, junto con su Hijo, ocupe el comienzo del Año Nuevo. Volviendo la mirada a nuestros textos, podemos encontrar en ellos inspiración para enfrentarnos a la época actual, agitada por el temor y la ansiedad, con la confianza de que también nosotros somos “hijos de Dios”. No podemos negar que con gran frecuencia nos sentimos desconcertados, incapaces de entender el significado y la meta de la vorágine en que vivimos. Lo hemos hecho una y otra vez, todos los “uno de enero”, pero repitámoslo: con la misma actitud de María, leamos de nuevo Números 6:24-26. Aunque oscuras nubes hagan que nuestros cielos se presenten sombríos y descorazonadores, aunque no podamos abrigar sentimientos de optimismo en medio de la crisis, recordemos que nuestro año, nuestro presente y nuestro futuro, están en las manos de Dios y que su proyecto para nosotros está bajo el signo de su bendición.

 

Oratio:

            Recemos por todos los padres y los niños que les nacen y están destinados a vivir en duras condiciones económicas, sociales y culturales: para que los políticos, especialmente los responsables de la economía, la sanidad, la educación y la vivienda, los tengan presentes continuamente como el punto más importante de su agenda.

            Recemos por nosotros mismos: para que nuestra contemplación de la realidad humana con una visión de fe nos haga superar nuestra superficial actitud de “mentalidad caritativa” y luchemos por descubrir la presencia salvadora de Dios en quienes nada cuentan para este mundo: para que sepamos reconocer y defender su dignidad como auténticos “hijos de Dios”.

            No es la primera vez que lo recomiendo: recemos especialmente por los “olvidados”, los que nunca aparecen en nuestras “listas” de oraciones. 

 

Contemplatio:

            Es prácticamente imposible sustraerse a las rutinas y los rituales. Los propósitos de Año Nuevo no son la excepción. Hace un par de años propuse leer al menos dos libros que pudieran inspirarnos o fortalecer nuestra vida espiritual. Debo admitir que alcancé el número de seis. ¿No podríamos repetir algo semejante? Este año, el ciclo litúrgico tiene como columna vertebral el evangelio de Mateo. Una humilde propuesta: visita tu librería religiosa habitual y busca un comentario fiable a este evangelio. Además de ampliar tu conocimiento de la Escritura, podrías contrastar y complementar las reflexiones que escribo cada semana…

            Como de costumbre, una última línea para desearles a todos un Año Nuevo abundante de paz y bendiciones de parte del Señor. Y que sigamos compartiendo la alegría de acercarnos juntos a él.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,
Sacerdote católico,
Arquidiócesis de Madrid, España

 

Lectio Divina 2014-01-05: La Epifanía

La Epifanía del Serñor: En esta celebración, el signo que destaca es sin duda la actitud de los Magos, su respuesta a una llamada que les hizo abandonar su casa y su tierra en Oriente para buscar al rey de Israel. La pregunta que plantean y el lugar que visitan para encontrar al niño también merecen nuestra atención. El lado positivo es su deseo de encontrar y adorar a aquel cuya importancia les parece tan grande que no dudan en seguir una pista tan incierta como una estrella en el cielo, y viajar de noche (de nuevo la oscuridad) enfrentándose al peligro y la zozobra de lo desconocido. La dimensión negativa (como siempre, la paradoja) es el lugar donde buscan al niño. Su búsqueda sigue las reglas más estrictas de la lógica: ¿en qué otro sitio se ha de encontrar a un rey recién nacido sino en palacio? Y de nuevo (sí, la paradoja), tienen que abandonar la corte y la capital del reino y encaminarse a una aldea diminuta, a una casa humilde (Mateo no menciona ni el establo ni el pesebre), donde al cabo encuentran y adoran al rey recién nacido. Y ellos, varones “sabios”, observadores de signos en los cielos, encuentran la Verdad, la Sabiduría misma, la Palabra de Dios, encarnada en un niño, ¡un “infante”, incapaz de hablar!

 

¿DÓNDE ESTÁ EL REY DE LOS JUDÍOS QUE HA NACIDO?

 

Mateo 2, 1-12

“Jesús nació en Belén,a un pueblo de la región de Judea, en el tiempo en que Herodes era rey del país. Llegaron por entonces a Jerusalén unos sabios de Oriente que se dedicaban al estudio de las estrellas, y preguntaron: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrellad en el orientee y hemos venido a adorarle. El rey Herodes se inquietó mucho al oír esto, y lo mismo les sucedió a todos los habitantes de Jerusalén. Mandó llamar a todos los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley, y les preguntó dónde había de nacer el Mesías. Ellos le respondieron: En Belén de Judea, porque así lo escribió el profeta: ‘En cuanto a ti, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre  las principales ciudadesh de Judá; porque de ti saldrá un gobernante que guiarái a mi pueblo Israel.’ Entonces llamó Herodes en secreto a los sabios de Oriente, y se informó por ellos del tiempo exacto en que había aparecido la estrella. Luego los envió a Belén y les dijo: Id allá y averiguad cuanto podáis acerca de ese niño; y cuando lo encontréis, avisadme, para que yo también vaya a adorarlo. Con estas indicaciones del rey, los sabios se fueron. Y la estrella que habían visto salir iba delante de ellos, hasta que por fin se detuvo sobre el lugar donde se hallaba el niño. Al ver la estrella, los sabios se llenaron de alegría. Luego entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre. Y arrodillándose, lo adoraron. Abrieron sus cofres y le ofrecieron oro, incienso y mirra. Después, advertidos en sueños de que no volvieran a donde estaba Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.

 

Otras lecturas: Isaías 60:1-6; Salmo 72:1-2, 7-8, 10-11, 12-13; Efesios 3:2-3, 5-6

 

Lectio:

            Ya casi ha terminado el tiempo de Navidad, y el evangelio de hoy es el último pasaje en que el niño Jesús ocupa el centro de la escena. Esta semana será algo así como un “tránsito” hasta el domingo siguiente, el Bautismo del Señor. Esto no es un manual de liturgia, pero convendría recordar que existía (y pervive) un vínculo profundo entre la celebración de la Navidad, la Epifanía y el Bautismo. Aunque debamos tomarlo de manera un tanto amplia, podemos decir que el núcleo es en realidad una celebración de la  “Teofanía”, la manifestación de Dios. Tampoco es esto un manual de exégesis bíblica, por lo que no tiene objeto ahondar en el fundamento histórico de los relatos del nacimiento o de las diferencias y coincidencias entre las tradiciones elaboradas por Mateo y Lucas. Permíteme, pues, un enfoque simbólico no sólo de los textos de hoy sino también de otros temas que han aparecido en este tiempo de expectativas y cumplimientos de los planes salvíficos de Dios para la humanidad. (Permíteme también omitir citas exactas de la Escritura que nos entorpecerían el trayecto.)

            Hay un elemento que penetra cada acontecimiento, escenario y personaje particulares: la luz. La luz está presente desde la profunda y “metafísica” luz del mundo proclamada en el prólogo de Juan, Jesús mismo, hasta las circunstancias de su nacimiento. La descripción de Israel en Isaías 9:1 como “el pueblo que andaba en la oscuridad” es un espléndida definición de la humanidad en busca de sentido, de una respuesta significativa a la vida humana. Israel contempló aquella luz, eran su propio pueblo, pro no la recibieron. Sin embargo, esa luz se nos sigue ofreciendo una y otra vez y, aunque la rechacemos, la tiniebla no pudo ni podrá apagarla. En este contexto, la estrella que siguieron los Magos es un símbolo de Jesús mismo que llama a los hombres para que tengan vida y la tengan en abundancia (Juan 10:10).

            Con todo, en esta celebración, el signo que destaca es sin duda la actitud de los Magos, su respuesta a una llamada que les hizo abandonar su casa y su tierra en Oriente para buscar al rey de Israel. La pregunta que plantean y el lugar que visitan para encontrar al niño también merecen nuestra atención. El lado positivo es su deseo de encontrar y adorar a aquel cuya importancia les parece tan grande que no dudan en seguir una pista tan incierta como una estrella en el cielo, y viajar de noche (de nuevo la oscuridad) enfrentándose al peligro y la zozobra de lo desconocido. La dimensión negativa (como siempre, la paradoja) es el lugar donde buscan al niño. Su búsqueda sigue las reglas más estrictas de la lógica: ¿en qué otro sitio se ha de encontrar a un rey recién nacido sino en palacio? Y de nuevo (sí, la paradoja), tienen que abandonar la corte y la capital del reino y encaminarse a una aldea diminuta, a una casa humilde (Mateo no menciona ni el establo ni el pesebre), donde al cabo encuentran y adoran al rey recién nacido. Y ellos, varones “sabios”, observadores de signos en los cielos, encuentran la Verdad, la Sabiduría misma, la Palabra de Dios, encarnada en un niño, ¡un “infante”, incapaz de hablar!

            La alegría que sienten al ver a la estrella es similar a la que experimenta el pastor que recobra a la oveja descarriada o la mujer que encuentra la moneda que había perdido (Mateo 15:6-9). Podemos decir que si dejan tras de sí el tesoro de sus regalos, regresan a su casa (a sí mismos) “por otro camino”, enriquecidos con un gozo que nadie les podrá arrebatar (Juan 16:22). 

            Una última pista que considerar y, desde luego, no es la menor: al comienzo de esta sección hablábamos de la “Teofanía” como núcleo de nuestra celebración, y de cómo abarcaba el Nacimiento, la Epifanía y el Bautismo de Jesús. Pero el contenido va mucho más allá de los límites que podríamos trazar: la encarnación de Dios no consiste solamente en compartir nuestra condición humana, sino también en una revelación a todas las naciones. Y no sólo a los justos y santos de Israel, ni a Israel como Pueblo Escogido, sino también a los que para nada cuentan, como los pastores dispersos por los montes, los extranjeros, los “gentiles” como los Magos, la humanidad entera que sufre de cualquier dolencia en el cuerpo o en el espíritu. Desde esta perspectiva cobra pleno sentido el llamamiento a los pequeños, a los cansados y agobiados por las cargas de cada día: la Palabra no es solo manifestación sino también alivio y liberación (Mateo 11:25-30).

 

Meditatio:

            Los Magos abandonaron su patria y emprendieron la búsqueda de nuestro Salvador. Fijémonos en ellos y formulemos algunas preguntas muy sencillas. ¿Hasta qué punto nos hemos habituado a tener a Jesús “tan cerca de nosotros” que no nos atrevemos a cambiar nuestra rutina y buscarle en espacios que estén más allá de nuestro “domesticado” mundo religioso? La reciente celebración de la Navidad, ¿nos ha hecho volver a nuestra vida cotidiana “por otro camino”? ¿Ha cambiado algo en nuestra vida tras la mezcla de vacación secular y celebración religiosa?·Además de las sonrisas, saludos, comidas y visitas, intercambio de regalos, ¿hemos experimentado la “alegría” de estar más cerca de Jesús? ¿Hemos hecho algún regalo espiritual (un destello de esperanza, una mano amiga, una palabra de aliento o un consejo) para hacer que los demás encontraran un sentido o sintieran la presencia de Dios en sus vidas?

 

Oratio:

            Hoy he utilizado un enfoque “simbólico” para nuestra Lectio. ¿Por qué no mantenemos ese mismo registro en nuestra Oratio? Tomemos el símbolo de la luz y recemos por quienes viven en la “oscuridad”. La densa tiniebla del dolor emocional de quienes han perdido a la persona que iluminaba sus vidas o, aún peor, se han visto abandonadas; el tenaz sufrimiento de los enfermos que no ven en el futuro ni un final ni una curación para su mal. La confusión de quienes se ven atrapados en la adicción; o en otros casos, la falta de capacidad mental para ser dueños de la propia vida; o la carencia de una formación básica para abrirse camino por el mundo. El denso velo de quienes no han recibido el don de la fe para entender o hallarle sentido a la existencia… No son más que unos ejemplos teóricos. Abre los ojos, y mira: veras fácilmente a tu alrededor personas así con nombre y apellido.

 

Contemplatio:

            El domingo que viene celebraremos el Bautismo del Señor. Antes de seguir al Jesús adulto, volvamos la mirada al misterio de la Encarnación. Observa la manera en que Jesús ha mostrado su comunión con la humanidad, especialmente con los pequeños, los pobres, los abandonados de este mundo. Y mira de qué manera puedes compartir también tú la suerte de los que sufren en tu entorno y ayudarles a salir de su postración.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,
Sacerdote católico,
Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2014-01-12: El Bautismo del Señor

 Mateo 3:13-17
 
Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.
 
Otras lecturas: Isaías 42:1-4, 6-7; Salmo 29:1-2, 3-4, 3, 9-10; Hechos 10:34-38 
 
Lectio:
 
Después de la huida a Egipto, la Sagrada Familia se asienta en Nazaret (Mateo 2:19-23). Aparte del viaje a Jerusalén para la Pascua con el episodio de Jesús y los maestros de la Ley en el Templo (Lucas 2:41-52), no tenemos noticia alguna de su vida familiar como tal.
 
 
Los últimos detalles con que contamos son muy escuetos: “Jesús seguía creciendo en sabiduría y estatura, y gozaba del favor de Dios y de los hombres”. Y nada más. Existe un vacío temporal entre esta frase y la descripción de la persona de Juan Bautista, el contexto geográfico de las orillas del Jordán, su predicación de un bautismo de conversión y su anuncio de que “viene uno que los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego” (Lucas 3:16). Ese vacío en el relato ha dado pie a mil conjeturas y teorías para satisfacer la curiosidad y el deseo de información sobre los “años oscuros” de la vida de Jesús antes de su ministerio. Desde una supuesta formación mística en el Nepal, a su vinculación con algún grupo de esenios, puedes encontrar innumerables hipótesis y especulaciones, ninguna de las cuales tiene el más ligero soporte histórico.
 
Por el contrario, el hecho del bautismo de Jesús y su relación con Juan y su entorno son los temas con más fundamento respecto a su vida. Los relatos del bautismo y la Pasión son los elementos comunes a los cuatro Evangelios que no parecen estar sujetos a dudas serias en cuanto a su base histórica. La condena a muerte en virtud de la cual crucificaron a Jesús como blasfemo, predicador herético y agitador político era tan ignominiosa que los discípulos la habrían escondido de no ser verdad innegable. De igual modo, si no hubiera tenido lugar el acontecimiento del bautismo, no habrían mencionado que Jesús se había sumado a un grupo de “pecadores” o penitentes, ya que eso habría provocado dudas sobre su condición de “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). El mensaje es simple: si el Hijo de Dios ha de compartir nuestra condición humana, eso significa que también ha de ser “contado entre los malvados” (Isaías 53:12). Esto, a su vez, resulta tan anómalo que Mateo no duda en incluir un diálogo que sólo él recoge: era conveniente que se cumpliera “todo lo que es Justo ante Dios”. Aun cuando resulte oscura la frase, el significado puede ser tan sencillo como “los caminos de Dios son distintos de los de los hombres”... la paradoja a la que ya nos tiene acostumbrados la historia de la salvación.   
 
Pero, a pesar de las apariencias, la presencia misteriosa del Espíritu pone en su sitio todos los elementos individuales. Juan era “la voz que clama en el desierto”; Jesús, en cambio, es la Palabra. Y por encima de todo, hay otra voz que viene de los cielos y explica el verdadero sentido de aquel rito de purificación por el agua: se trata en realidad de la confirmación de Jesús como el Hijo Amado del Padre, en el que se complace. Más tarde, los discípulos se sentirán desconcertados al oír a Jesús hablar de su futuro como el Mesías “esperado” que se presenta de manera tan “inesperada” como lo es el someterse a la injusticia, la tortura y la muerte y resucitar de entre los muertos. En este caso, la Transfiguración, la voz de los cielos volverá a confirmarle como el Hijo Amado, el único al que han de escuchar (Mateo 17:1-8).
Y así se cierra el ciclo de la Teofanía de Dios: el nacimiento en Belén entre los miembros más humildes de Israel; la adoración de las naciones representadas por los Magos; y la proclamación como el enviado para bautizar con fuego y Espíritu santo en el bautismo. La vida pública de Jesús, su ministerio, está a punto de empezar. 
 
Meditatio:
 
Como otras veces, una sencilla sugerencia para nuestra Meditatio: como antes vimos, el bautismo del Señor es la última etapa en el ciclo litúrgico de la Teofanía de Dios. Pero, ¿hemos entendido de veras lo que para el Verbo significó “encarnarse”, asumir la condición humana? ¿Podemos ampliar estos misterios al resto de la existencia de Jesús, incluyendo su muerte y su resurrección?
 
Para quienes pertenecemos a Iglesias “históricas”, donde es habitual el bautismo de niños, la experiencia vital que suponía el sacramento para los primeros cristianos era una vivencia personal que no hemos experimentado. ¿Cómo podemos asumir y hacer realidad el sentimiento de transformación, de pasar por la experiencia simbólica y física de volver a nacer? Y no sólo eso, ¿cómo podemos “ponernos nuestros vestidos bautismales” de una vida nueva en Cristo? ¿De qué manera podemos seguir los pasos de Jesús y andar “haciendo el bien y sanando” a los oprimidos por el diablo? 
 
Una última pregunta: ¿somos conscientes de nuestra dignidad (y de la de los demás cristianos bautizados) como miembros del cuerpo de Cristo, “sacerdote, profeta y rey”? 
 
Oratio:
 
Recemos por nosotros mismos y por todos los cristianos que fueron bautizados de niños: para que renovemos consciente y seriamente las promesas bautismales que n en nuestro nombre pronunciaron nuestros padrinos. Reza por quienes están preparándose para recibir el bautismo: para que profundicen en el conocimiento y en el amor de Cristo y sepan asumir las responsabilidades de un paso tan serio. Reza también por quienes han abandonado la Iglesia en que fueron bautizados: para que el Espíritu les conduzca por sendas de fidelidad a sí mismos y al Evangelio y reencuentren al Señor en sus vidas.
 
Contemplatio:
 
Lee un par de pasajes en los que Jesús expone las condiciones que les exige a quienes quieren seguirle: los textos paralelos de Mateo 16:24-28 y Lucas 9:23-27. Si hubiéramos de aceptar esas exigencias, ¿estaríamos deseosos y dispuestos a recibir el bautismo? Lee también Mateo 4:18-22. De nuevo, ¿seríamos capaces de dejar nuestra casa, la familia y el trabajo para seguir a Jesús? Seamos objetivos. Comparada con la suya, nuestra respuesta es muy limitada y pobre. Pero, al menos, podemos ser conscientes de esas limitaciones y deficiencias. Aceptémoslas y hagamos propósito de comprobar nuestra capacidad para luchar contra el egoísmo y fomentar nuestra generosidad en este año que apenas ha comenzado. 
 
Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,
Sacerdote católico,
Arquidiócesis de Madrid, España
 

Lectio Divina 2014-01-19: Bautismo de Jesús

El relato del bautismo de Jesús en el evangelio de Juan (1:29-34) es muy peculiar. En primer lugar, no menciona el bautismo como tal; ni cita las palabras exactas que oyó Jesús cuando se apareció sobre él el Espíritu (si es que tenía noticia de las mismas); en realidad, toda la descripción de un acontecimiento tan importante como aquel se basa exclusivamente en el testimonio del Bautista: “He visto al Espíritu… Yo lo he visto, y soy testigo de que es el Hijo de Dios”. Hay, con todo, algunos detalles que deberíamos tener muy en cuenta, ya que nos proporcionan una síntesis de su mensaje respecto a Jesús. Ante todo, tenemos la afirmación solemne de su naturaleza de “Hijo de Dios”, aun cuando puede que el mismo Juan no tuviera una idea muy clara de las implicaciones de ese título mesiánico y de lo que en realidad significaba para Jesús.

 

YO YA LO HE VISTO, Y SOY TESTIGO DE QUE ES EL HIJO DE DIOS

 

19 de Enero, 2014

Segundo Domingo del Tiempo Ordinario

 

Juan 1:29-34:

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: "Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo." Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel."Y Juan dio testimonio diciendo: "He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo." Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios."

 

Otras lecturas: Isaías 49:3, 5-6: Salmo 39:2, 4, 7-8, 8-9, 10; 1 Corintios 1:1-3

 

Lectio:

            Estos dos domingos que siguen al Bautismo del Señor son una especie de tránsito entre la presentación oficial de Jesús en medio de Israel, y su “programa”, las Bienaventuranzas, el anuncio inicial del Reino de Dios, que escucharemos el Cuarto Domingo. Todos los pequeños acontecimientos e imágenes de estos dos domingos presentan también un nexo entre las promesas de los profetas (en realidad, dos textos de Isaías) y su cumplimiento en la vida de Jesús. Comenzamos, además, la lectura de la primera carta a los Corintios, que se prolongará durante ocho domingos hasta el comienzo de la Cuaresma.

 

            En cierto sentido, nos encontramos ante una gran “obertura” que introduce los motivos que aparecerán en la predicación y en las acciones que pronunciará y llevará a cabo Jesús, así como las consecuencias prácticas de ese mensaje, tal como se realizó en la comunidad cristiana de Corinto. Salvo este domingo, en que leemos un fragmento del evangelio de Juan, el resto del año seguiremos el de Mateo, de tal modo que tendremos una buena oportunidad para conocerle a él y a la comunidad para la que escribía.

 

            El relato del bautismo de Jesús en el evangelio de Juan (1:29-34) es muy peculiar. En primer lugar, no menciona el bautismo como tal; ni cita las palabras exactas que oyó Jesús cuando se apareció sobre él el Espíritu (si es que tenía noticia de las mismas); en realidad, toda la descripción de un acontecimiento tan importante como aquel se basa exclusivamente en el testimonio del Bautista: “He visto al Espíritu… Yo lo he visto, y soy testigo de que es el Hijo de Dios”. Hay, con todo, algunos detalles que deberíamos tener muy en cuenta, ya que nos proporcionan una síntesis de su mensaje respecto a Jesús. Ante todo, tenemos la afirmación solemne de su naturaleza de “Hijo de Dios”, aun cuando puede que el mismo Juan no tuviera una idea muy clara de las implicaciones de ese título mesiánico y de lo que en realidad significaba para Jesús.  

            Además, en dos ocasiones (1:29 y 36) llama a Jesús “Cordero de Dios”. También en este caso es bastante difícil que fuera consciente de todas las dimensiones del término “cordero” en un contexto mesiánico. No es el carnero sacrificado en lugar de Isaac; ni el cordero cuya sangre en el dintel y las jambas de las casas de los hebreos libraba de la muerte a sus primogénitos la noche de la Pascua en Egipto. En este caso, el papel que Jesús está llamado a desempeñar es el de “quitar el pecado del mundo”. No ha venido para evitar el sacrificio cruento de un jovencito; ni para salvar a los primogénitos del pueblo; su misión abarca al mundo entero, de tal modo que llegue  “salvación hasta las partes más lejanas de la tierra” (Isaías 49:6). Ni ha venido a “perdonar” el pecado, sino a “quitarlo”, a tomarlo sobre sí mismo: “cargará con la maldad de ellos… cargó con los pecados de muchos e intercedió por los pecadores” (Isaías 53:11-12). La sangre de toros y machos cabríos no era capaz de salvar o purificar a los pecadores, aun cuando el sacrificio se repitiera año tras año (Hebreos 10:1-4): ahora, en estos días últimos, es “el Cordero degollado” quien nos ha reconciliado con Dios (Apocalipsis 5:8-10).

 

            Un último detalle del testimonio de Juan puede mostrarnos que, a pesar de su grandeza, hay una diferencia radical entre cuantos estuvieron cerca de Jesús y quienes le seguiríamos en el futuro: todos ellos “vieron” y creyeron. En nuestro caso, debemos considerarnos dichos y benditos, porque sin ver hemos creído (Juan 20:29).

 

Meditatio:

            Este domingo volvemos a encontrar varios detalles que estaban presentes en la liturgia del domingo pasado, pero que olvidamos o pasamos por alto. Tratemos de recuperarlos y relacionarlos con las lecturas de hoy. Se describía a Jesús como el que pasó “haciendo bien y sanando a todos los que sufrían bajo el poder del diablo” (Hechos 10:38). ¿Somos conscientes de que hemos sido bautizados en el mismo Espíritu que impulsó a Jesús para quitar el pecado del mundo? ¿Y que eso implica ser dóciles a su llamada y salir a “hacer el bien y sanar”, tal como hizo él? ¿Nos damos cuenta de que al compartir ese Espíritu también estamos llamados a ser santos, lo mismo que él, y a ser luz de las naciones y comunicar el poder salvífico de Jesús? ¿Identificamos al “Hijo amado” del Padre con “el Cordero degollado”? Quiero decir: ¿creemos que el Señor al que se debe adorar es también el Siervo que sufre y necesita de nuestro espíritu de servicio y entrega hacia la humanidad que sufre?

 

Oratio:

            Ayer, por todo el mundo, los cristianos de distintas confesiones comenzaron la Semana de Oración por la Unidad. Uno de los problemas más graves que encontró Pablo en la comunidad de Corinto fue la división y las rivalidades. Hasta tal punto, que el apóstol llegó a preguntar: “¿Acaso Cristo está dividido? ¿Fue crucificado Pablo en favor de ustedes?” (1 Corintios 1:13). Junto con todos esos hermanos nuestros, que fueron bautizados en Cristo y le confiesan como Señor, reza por la unidad cristiana a todos los niveles de la Iglesia.

            Reza especialmente por las minorías cristianas que todavía se sienten (y de hecho están) discriminadas, aisladas o ignoradas en su propio entorno cristiano.

 

Contemplatio:

            Averigua si hay alguna celebración ecuménica en tu ciudad o en tu bario, y asiste a la misma. Si no te es posible, vuelve a leer 1 Corintios 12:1 – 13:13. Las imágenes que utiliza Pablo para describir la diversidad en aquella iglesia se podrían aplicar a nuestras Iglesias históricas. Teniendo esto en cuenta, y aun cuando lo consideres una labor humilde y sin importancia, busca la manera de ser un instrumento de unidad en tu propia pequeña comunidad.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,
Sacerdote católico,
Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2014-02-16: Han oído que se dijo, pero yo les digo ...

La aplicación básica del modo en que Jesús entiende la Ley se basa en el contraste entre la tradicional interpretación legalista, farisea/farisaica, y su propio punto de vista. “Han oído que se dijo…, pero yo les digo…” Paso a paso, Jesús escoge un número de cuestiones morales y trata de hacer que sus oyentes vayan a la raíz de los mandamientos. Jesús les insta (a ellos y, claro está, también a nosotros) a descubrir que, más allá de la mera observancia de las palabras de la Ley, hay un compromiso mucho más hondo con la voluntad de Dios. Los temas básicos son el homicidio y la ira; el adulterio, el divorcio y la lujuria; el juramento y la veracidad; venganza y la condescendencia; la reconciliación y el amor.

 

16 de Febrero de 2014

Sexto Domingo del Tiempo Ordinario

 

HAN OÍDO QUE SE DIJO… PERO YO LES DIGO…

 

Mateo 5:17-37 (Traducción Reina Valera 1995):

17 : No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a cumplir, 18 porque de cierto os digo que antes que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la Ley, hasta que todo se haya cumplido. 19 De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; pero cualquiera que los cumpla y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos. 20 »Por tanto, os digo que si vuestra justicia no fuera mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. 21 Oísteis que fue dicho a los antiguos: “No matarás”, y cualquiera que mate será culpable de juicio. 22 Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga “Necio” a su hermano, será culpable ante el Concilio; y cualquiera que le diga “Fatuo”, quedará expuesto al infierno de fuego. 23 »Por tanto, si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, 24 deja allí tu ofrenda delante del altar y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces vuelve y presenta tu ofrenda. 25 Ponte de acuerdo pronto con tu adversario, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y seas echado en la cárcel. 26 De cierto te digo que no saldrás de allí hasta que pagues el último cuadrante. 27 Oísteis que fue dicho: “No cometerás adulterio.” 28 Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. 29 Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti, pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. 30 Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala y échala de ti, pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. 31 También fue dicho: “Cualquiera que repudie a su mujer, déle carta de divorcio.” 32 Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere, y el que se casa con la repudiada, comete adulterio. 33 Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: “No jurarás en falso, sino cumplirás al Señor tus juramentos.” 34 Pero yo os digo: No juréis de ninguna manera: ni por el cielo, porque es el trono de Dios; 35 ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. 36 Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. 37 Pero sea vuestro hablar: “Sí, sí” o “No, no” porque lo que es más de esto, de mal procede.

 

Otras lecturas: Eclesiástico 15:16-21; Salmo 119:1-2, 4-5, 17-18, 33-34; 1 Corintios 2:6-10

 

Lectio:

            Puede que veas que algunos misales presentan dos textos alternativos como primera lectura de la liturgia de hoy: Deuteronomio 30:15-30 o Eclesiástico 15:16-21. De hecho, los dos fragmentos representan una manera fundamental común de abordar la Ley y la Alianza, aunque sus fechas de composición disten en el tiempo. En ambos casos, no obstante, hallamos la misma idea: un israelita, puede decirse que cualquier creyente, tiene que tomar decisiones que en ocasiones son vitales. No es un cuestión de “blanco o negro”, pero nuestra manera de enfocar la vida exige opciones, decisiones, en las que nuestra respuesta ha de ser inequívoca, ya que las consecuencias pueden ser radicalmente distintas. Las imágenes del agua y el fuego representan, al cabo, la diferencia entre la muerte y la vida: eres tú quien ha de escoger la ruta que quieres seguir. La misma idea se expresa de manera también poética en el salmo 1, que describe los dos caminos y a dónde conducen uno y otro.

            Ya estamos acostumbrados al papel fundamental que desempeña la Ley en la historia de Israel: el pueblo de la Alianza debe su identidad e incluso su existencia al pacto que estableció Yahveh con ellos: “Los tomaré como pueblo mío, y yo seré su Dios” implica cumplir con una serie de cláusulas de comportamiento. Dios fue siempre fiel a sus promesas, pero Israel tropezó y se olvidó de sus compromisos de manera constante, obstinadamente. Después de ciclos repetidos de pecado, castigo y reconciliación, la situación de Israel alcanzó un abismo tan hondo que llegaron a considerar que la única manera de ser restaurados era “reconstruir” la Alianza observando la Ley del modo más estricto y escrupuloso. De aquí la importancia de dos grupos de judíos observantes: los escribas o maestros de la Ley, que interpretaban y explicaban todas y cada una de las exigencias legales, y los fariseos, que centraban toda su existencia en un estilo de vida religiosa extremadamente rigorista. Esto llevó a una situación de confusión, de dudas permanentes respecto a lo que era o no era legal y, en definitiva, a un profundo sentimiento de culpa.   

            Este enfoque y estos sentimientos eran tan graves, que la pregunta fundamental que le hace la genta a Juan el Bautista es “¿Qué debemos hacer?” (Lucas 30-14). Si, como dice, el final está cerca, ¿Qué posibilidades tienen de expiar sus faltas? En este contexto se enmarcan las palabas de Jesús en el Sermón de la Montaña. Tal como antes había hecho Juan, Jesús propone un estilo de vida. Si tenemos en cuenta lo que cuentan los cuatro evangelistas, ya sabemos cuál era su actitud respecto a la Ley y que los dos grupos de judíos observantes ya la habían criticado. Por eso podemos entender las palabras con que Jesús introduce su visión de la Ley: tiene que disipar cualquier duda sobre su punto de vista y su actitud. Así, su afirmación fundamental es: no soy un revolucionario, ni he venido a destruir los valores y normas tradicionales, ni a socavar la ética de Israel. Como “dirigente” religioso, no tiene la intención de abolir, sino de dar pleno valor a la Ley y a los profetas. Y eso significa ser radical, ir a las raíces de la Ley, contrastar lo que en realidad dice y lo que entienden y enseñan sus intérpretes oficiales.  En gran medida, el papel de Jesús en su enfrentamiento dialéctico con aquellos intérpretes será el de dirigirse al sentido y objeto más hondos de la Ley. De la misma manera que las Bienaventuranzas eran una manera básica de abordar el sentido de la vida, su afirmación sobre la necesidad de cumplir hasta el último punto y tilde de la Ley será su manera básica de abordar la Alianza. Y ese punto de vista radical pondrá de manifiesto que su manera de entender la Ley desde la perspectiva del Reino entraña un sentido más profundo de la justicia que el que tienen los escribas y los fariseos.

 

Meditatio:

            La aplicación básica del modo en que Jesús entiende la Ley se basa en el contraste entre la tradicional interpretación legalista, farisea/farisaica, y su propio punto de vista. “Han oído que se dijo…, pero yo les digo…” Paso a paso, Jesús escoge un número de cuestiones morales y trata de hacer que sus oyentes vayan a la raíz de los mandamientos. Jesús les insta (a ellos y, claro está, también a nosotros) a descubrir que, más allá de la mera observancia de las palabras de la Ley, hay un compromiso mucho más hondo con la voluntad de Dios. Los temas básicos son el homicidio y la ira; el adulterio, el divorcio y la lujuria; el juramento y la veracidad; venganza y la condescendencia; la reconciliación y el amor. El leccionario ha distribuido el texto entre este y el próximo domingo, pero el pasaje tiene una cohesión y una unidad internas, abarca desde Mateo 5:17 hasta 7:48, y debería ser leído unitariamente. De todos modos, el fragmento de hoy es un buen punto de partida para que profundicemos en nuestra propia respuesta a las normas y reglas que hemos recibido en nuestra tradición cristiana particular. Tal vez, mejor que contemplar los mandamientos seleccionados hoy, podríamos hacernos preguntas más sencillas. ¿Cómo aceptamos las palabras de Jesús cuando habla como nuevo “legislador”? ¿Entendemos nuestras culpas como la transgresión de una ley, o como un signo de infidelidad a él, a nuestros hermanos o a nosotros mismos? ¿Cuáles son los verdaderos criterios con los que evaluamos una acción o una opción morales?  

 

Oratio:

            Reza por quienes se sienten agobiados y abrumados por el peso de las leyes, preceptos y mandatos cuya observancia parece estar fuera de su alcance: para que pongan su confianza en la misericordia de Dios y en la presencia de Jesús, y sientan su auxilio y consuelo en el seguimiento del evangelio. 

            Reza por cuantos tratamos de enmascarar nuestra falta de amor y entrega tras la observancia de reglas y normas minuciosas e insignificantes: para que aprendamos a profundizar en las verdaderas exigencias del llamamiento de Jesús a la fidelidad y la verdad.

 

Contemplatio:

            Lo que hoy sugiero es una tarea que puede (y tal vez debería) abarcar hasta la semana próxima. Puede parecer un poco pesada, pero además de sencilla puede ser muy provechosa. Compara las afirmaciones en torno al “mandamiento más importante de la Ley” (Mateo 22:34-40, Marcos 12:28-34 y Lucas 10:25-28) y el único mandamiento “personal” que les da Jesús a sus discípulos en el momento más íntimo y dramático de todo su proceso de amistad: Juan 15:9-17. Este sencillo ejercicio te resultará sumamente fructífero y enriquecedor, ya que te obligará a ahondar en tu propia relación con Jesús y cuantos te rodean.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,
Sacerdote católico,
Arquidiócesis de Madrid, España

 

Lectio Divina 2014-03-16: La Transfiguración del Señor

 
Del Evangelio según san Mateo (17, 1-9) (Mc 9,2-13; Lc 9,28-36)
 
Seis días después, Jesús tomó aparte a Pedro y a los hermanos Santiago y Juan y los llevó a un monte alto. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Su rostro resplandeció como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz. En esto, los discípulos vieron a Moisés y Elías conversando con él. Pedro dijo a Jesús: — ¡Señor, qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres cabañas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Aún estaba hablando Pedro, cuando quedaron envueltos en una nube luminosa de donde procedía una voz que decía: — Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. Escuchadlo.  Al oír esto, los discípulos se postraron rostro en tierra, sobrecogidos de miedo. Pero Jesús, acercándose a ellos, los tocó y les dijo: — Levantaos, no tengáis miedo. Ellos alzaron los ojos, y ya no vieron a nadie más que a Jesús. 9 Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: - No contéis esta visión a nadie hasta que el Hijo del hombre haya resucitado.
 
 
[or] Otras lecturas: Génesis 12:1-4; Salmo 33:4-5, 18-19; 20, 22; 2 Timoteo 1:8-10 
 
[h1] Lectio:
“Seis días después”… Aunque el leccionario ha omitido estas tres palabras, el pasaje del evangelio comienza c esa curiosa referencia. “Seis días”, ¿después de qué? Si volvemos la mirada a la sección anterior del evangelio de Mateo, el capítulo 16 es una serie de dichos contrastados. Jesús les pregunta a los discípulos qué piensa de él la gente (16:13-14). Después de oír algunas opiniones diversas, les plantea la misma pregunta a los discípulos, pero en este caso quiere saber lo que ellos personalmente creen. La solemne declaración de Pedro, “”Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios viviente” recibe la aprobación y la “recompensa” de una bendición y una promesa especiales de parte de Jesús (16:15-20). A continuación, Jesús anuncia qué clase de Mesías va a ser y cómo le entregarán a las autoridades religiosas de Israel, sufrirá una muerte ignominiosa y resucitará al tercer día. Sus palabras impresionan a Pedro y a los demás discípulos, que no pueden aceptar la idea de su sufrimiento; ni parecen entender las condiciones para ser discípulos de Jesús: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame” (16:24-28).  
Eso es precisamente lo que sucedió “seis días antes” del evangelio de hoy. Jesús es muy consciente de que no puede esperar que los discípulos acepten fácilmente la amarga contradicción de su muerte: “¿A qué clase de Mesías andamos siguiendo? ¿Con qué futuro nos vamos a encontrar?” La verdad es que no parecen haber entendido o siquiera escuchado la última frase de Jesús (“al tercer día resucitará”). También es verdad que no habían oído la voz del cielo cuando se bautizó: “Este es mi Hijo amado…” (Mateo 3:17). Es obvio que el temor, el desánimo y las dudas debieron de ser los sentimientos que les hacen sospechar que han tomado el camino equivocado, que están siguiendo a un predicador y profeta con éxito (al menos, a primera vista), pero cuyo proyecto está condenado al fracaso y la muerte.
Es este, pues, el momento más oportuno para llevarse aparte a los discípulos más íntimos (los tres que escogerá para que estén con él en Getsemaní justo antes de que lo detengan) y ofrecerles un atisbo de la gloria que va a compartir con las dos figuras más importantes de la historia de Israel: Moisés, el hombre elegido para realizar la alianza de Yahveh con su pueblo; y Elías, el mayor de los profetas, arrebatado al cielo y destinado a anunciar la llegada del Mesías. Su presencia, su conversación con Jesús y la “transfiguración” de éste en una imagen deslumbrante del Hijo del Hombre, los sobrecogen y confunden. Las palabras que oyen no sólo ratifican su condición de “Hijo amado”, sino que subrayan la actitud que han de adoptar: “¡Escúchenlo!”. Tan profunda y tremenda tuvo que ser su experiencia, que Jesús tiene que “tocarlos” y animarlos para disipar sus temores y confortarlos. Lo que han visto y oído no es más que un destello de la gloria que Jesús compartirá con los grandes del pasado y un anticipo del proyecto al se les invita a sumarse.
La liturgia también nos invita a nosotros a fijar los ojos en la celebración de la Pascua, que es la culminación de este periodo cuaresmal: según las palabras de Pablo en 2 Timoteo, el texto de hoy, estamos llamados, “con las fuerzas que Dios nos da, a aceptar nuestra parte en los sufrimientos que vienen por causa del evangelio” (1:8); o, como dirá más adelante, “si sufrimos con valor, tendremos parte en su reino” (2:12).
 
[h2] Meditatio:
Al leer el evangelio de hoy, podemos centrar nuestra atención en la transfiguración de Jesús y considerar que el objetivo del evangelista es animar a una comunidad cristiana que sufre una típica crisis de falta de esperanza y entusiasmo en su seguimiento de Cristo. Sería un enfoque legítimo: fijar la mirada en el Cristo glorificado podría ayudarles a los discípulos, a la primera comunidad y a nosotros mismos. Pero podríamos mirar mucho más lejos y ver que también nosotros podemos ser “transfigurados” a imagen del Señor, que estamos llamados a compartir su propia gloria. En el Nuevo Testamento sólo en otras dos ocasiones encontramos el verbo “transfigurar” aplicado a los cristianos. En ambos casos es Pablo quien habla del proceso por el cual son trasformados los fieles. En Romanos 12:2, se invita a los cristianos a considerar sus propios cuerpos como sacrificios espirituales a Dios: están llamados a abandonar el estilo del mundo y a transformarse por la renovación de su manera de vivir y de pensar… Y en el pasaje resuena la voz de Jesús proclamando el Reino: “metanoeîte”, conviértanse, transformen su mentalidad… En 2 Corintios 3:7-18, Pablo compara a los hebreos, que miraban la cara de Moisés resplandeciente por la gloria de Dios, con nosotros los cristianos, que contemplamos el rostro de Jesús y “nos transformamos en su imagen misma”. Al cabo, se trata del mismo proceso de “conversión”, no sólo de nuestros caminos mundanos y pecadores a la vida de la gracia, sino de una condición puramente humana a compartir la vida divina del Señor. Como otras veces, esta semana, una sencilla pregunta sobre nuestra respuesta a la llamada de Jesús: ¿dirigimos nuestra mirada lo suficientemente lejos, más allá de los sufrimientos del evangelio, y fijamos nuestros ojos fieles en el futuro de la vida verdadera en Cristo?
 
[h3] Oratio:
Reza por quienes se sienten desanimados en el seguimiento fiel de su vocación cristiana: que el Cristo glorificado nos conforte con la esperanza de compartir su propia gloria.
Reza por quienes, como Pedro, querrían quedarse en la paz aislada de la “contemplación”: para que entiendan que hay que vivir y anunciar el Evangelio en el campo de batalla de nuestra existencia cotidiana.
 
[h4] Contemplatio:
El cuarto domingo de Pascua celebraremos a Jesús como Buen Pastor. Lee con calma y espíritu de oración el Salmo 23, y repite con confianza el verso 4: “Aunque pase por el más oscuro de los valles…” No te tengas reparo en contarle a Jesús los padecimientos que a veces sentimos al tratar de seguirle.
 
Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,
Sacerdote católico,
Arquidiócesis de Madrid, España
 

Lectio Divina 2014-03-23: El Agua de Vida Eterna

Jn. 4, 5 -42. Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José.Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta. Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber.Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer.

 
La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí. Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?
 
 
Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.
 
La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.
 
Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá.
 
Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.
 
Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta.
 
Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.
 
Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre.
 
Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.
 
Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.
 
Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.
 
Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas.
 
Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.
 
En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella?
 
Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres:
 
Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?
 
Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él.
 
Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come.
 
El les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis.
 
Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer?
 
Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.
 
¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.
 
Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que siega.
 
Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega.
 
Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores.
 
Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho.
 
Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días.
 
Y creyeron muchos más por la palabra de él, y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo.
 
[or] Otras lecturas: Éxodo 17:3-7; Salmo 95:1-2, 6-7, 8-9; Romanos 5:1-2, 5-8
 
[h1] Lectio:
Quedan tres domingos antes del Domingo de Ramos. En los tres, la liturgia del ciclo A abandona el evangelio de Mateo e introduce tres fragmentos de Juan. No sólo son largos, sino que presentan un contenido teológico denso y profundo. Tres historias en las que Juan despliega su estilo habitual: múltiples alusiones, referencias ocultas, dobles sentidos…Todos esos elementos hacen que resulte imposible desarrollar toda su riqueza en el limitado espacio de nuestra Lectio. Hoy encontramos a una mujer, una samaritana, y una realidad simbólica, el agua como don de Dios, que podría ser Jesús y el Espíritu Santo. Los siguientes dos domingos encontraremos otros personajes y símbolos: el ciego de nacimiento; Lázaro, Marta y María; la ceguera, la vista física, y la visión de la fe; la tumba, la muerte y la vida eterna… 
Las tres lecturas de hoy son tan complejas que reconozco humildemente que sólo puedo ofrecer algunas pistas, a manera de mosaico, tal como he hecho en otras ocasiones. Es cosa tuya elegir en qué dimensión vas a enfocar tu atención y qué vas a descartar. Recuerda que esto no es una clase de teología bíblica: lo que buscamos es encontrarnos con Jesús y comunicarnos con él. Eso es más que suficiente.
La ironía y los dobles sentidos impregnan toda la liturgia de hoy. En primer lugar, la “geografía” donde se desarrolla la historia: Samaria, “tierra herética”, que a su vez consideraba herejes a los judíos. Curiosamente, la parábola del “Buen Samaritano” comparte con el evangelio de Juan ese mismo rasgo irónico. El personaje de Lucas entendía el significado de  “prójimo”, y los samaritanos de nuestra aldea acogen a Jesús. Es aquí, junto al pozo de Jacob, donde Jesús hará pedazos una de las razones básicas para las hostilidades entre samaritanos y judíos. El primer tema: una paradoja. Jesús, fuente de la vida, como si fuera Israel en el desierto, siente sed y le pide de beber a una mujer. Obviamente, no debe de gozar de mucha popularidad entre las demás mujeres y por eso las evita. De lo contrario, no iría a buscar agua a mediodía bajo el sol más ardiente. ¿Tendrá mala reputación? Probablemente. El diálogo, como de costumbre, es una fuente de malentendidos. Mientras que ella se mantiene en un plano realista, donde el “agua” es “agua”, Jesús introduce una nueva dimensión que ella apenas capta: el agua viva que él le ofrece, un don de Dios, es Jesús mismo, o el Espíritu Santo… En cualquier caso, se siente sobrecogida por el agua viva de Jesús y por lo que él parece saber de su “no-marido” y de los anteriores. ¿Es ella un símbolo de las infidelidades de Samaria y sus esposos/dioses paganos? Tal vez. Pero, como otras veces, Jesús tiene una reacción inesperada: el “profeta” no pronuncia ni una palabra de reprobación. “Tampoco yo te condeno” de Juan 8:11, así como los capítulos 1-3 de Oseas, resuenan aquí con un mensaje de misericordia y reconciliación. Es ahora cuando el diálogo se vuelve más “teológico”: el templo, la razón de la rivalidad entre Jerusalén y Guerizim, ha sido siempre el escollo básico que ha dividido a judíos y samaritanos. Y toda la escena de Juan 2:13-22 se nos viene a la cabeza tan pronto como oímos hablar del espacio real en que debería tener lugar el culto verdadero: “en espíritu y en verdad”. Y ahora entendemos lo que quería decir Jesús cuando dijo que su propio cuerpo, el templo no hecho de piedras, sino el culto espiritual encarnado, no puede ser destruido. El resultado del diálogo no es sólo la aceptación de sí misma por parte de la samaritana, sino su testimonio y la comunicación de la buena noticia recién descubierta. Hay más temas: el malentendido de los discípulos en torno a la comida ordinaria y el ver que “no sólo de pan vive el hombre”, sino de “hacer la voluntad de quien le ha enviado”. Y la necesidad de “ver” más allá de lo aparente y descubrir que van a cosechar lo que ellos ni han sembrado ni han trabajado.   
 
[h2] Meditatio:
El texto de Romanos combina una idea común a las tres lecturas. “Derramar” y “llenar”, dos verbos vinculados al agua, podrían ser su imagen. Igual que el agua, el amor de Dios, su Hijo, su Espíritu, se han derramado sobre nosotros y han llenado nuestras vidas. ¿Somos conscientes de ese amor que les proporcionó agua física a los hebreos en el desierto y que, física y espiritualmente, se derramó sobre nosotros en nuestro bautismo y se nos convirtió en fuente de vida? ¿Somos conscientes de ese amor que, a pesar de la condición pecadora de la samaritana y de nosotros mismos, acoge y justifica a quien se acerca a Jesús? ¿Somos conscientes de nuestros propios ídolos, de nuestros propios “no-maridos”, que nos hacen infieles al Señor? ¿Somos conscientes del don de la gracia que hemos recibido y que se nos ha confiado para que lo comuniquemos a los demás? ¿Somos conscientes de quién es el que nos pide el agua de una respuesta en amor y fidelidad? 
 
[h3] Oratio:
Reza por quienes sienten que su vida es estéril y necesitan refrescarse con una dosis de esperanza: para que Jesús les conceda un espíritu de renovación y los impulse a aceptar el don de su agua viva. 
Pidamos por todos nosotros que con tanta frecuencia limitamos nuestro compromiso cristiano al cumplimiento de normas y preceptos: para que se nos conceda el don de adorar a Dios en espíritu y en verdad.
Da gracias por el don del bautismo por cuya agua salvífica te convertiste en miembro del cuerpo de Cristo y fuiste ungido para participar de su condición de Sacerdote, Profeta y Rey.
  
[h4] Contemplatio:
Cuaresma es tiempo de conversión, renovación y esperanza: después de esta larga peregrinación por el desierto, llegaremos a la Pascua. Dos imágenes de los profetas pueden arrojar algo de luz sobre nuestro camino: las palabras de Jeremías (2:11-18) reprochándonos el haber abandonado el agua verdadera de Dios; y la promesa de Isaías (55:1-13) en torno al agua generosa que Dios nos dará “de balde”. Que estos dos textos nos espoleen hacia la conversión y nos den aliento en nuestro caminar. 
 
Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España
 

Lectio Divina 2014-06-08: Recibid el Espíritu

 
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 20, 19-23
 
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
 
-- Paz a vosotros
 
 
 
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
 
-- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
 
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
 
-- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
 
Palabra del Señor.

 

Otras lecturas: Hechos 2:1-11; Salmo 104:1, 24, 29-30, 31, 34; 1 Corintios 12:3-7, 12-13.

 

[h1] Lectio:

            Desde el comienzo mismo de la historia de la salvación, cuando el autor del Génesis describe el origen del cosmos y de la vida, el Espíritu de Dios has estado presente en cada  momento y en cada acción salvífica. En Génesis 1:2, por encima de una tierra informe y tenebrosa, como un fuerte viento, se cernía el Espíritu y anunciaba la Palabra de Dios, fuente del orden y de la vida. En el Antiguo Testamento podemos hallar al Espíritu, que actúa fundamentalmente en aquellos individuos llamados a realizar una misión especial en Israel. Algunos ejemplos: en Moisés, que compartió su espíritu con los setenta ancianos que profetizaron (Números 11:25); en Josué, que introdujo a los hebreos en la tierra de Canaán (Deuteronomio 34:9); en Sansón, que guerreó contra los filisteos (Jueces 13:25) en Saúl y David, los dos primeros reyes de Israel (1 Samuel 10:10; 16:13). El Espíritu actuará por medio del Mesías prometido: “El Espíritu estará sobre él” (Isaías 11:2); se derramará sobre Israel y su descendencia (Isaías 44:3); o estará sobre el misterioso personaje del Siervo de Yahvé, vislumbre de Jesús mismo (Isaías 61:1), quien citará este pasaje en el momento en que empiece su ministerio en Nazaret, su aldea natal (Lucas 4:16-19).

            Es en el Nuevo Testamento donde el Espíritu desempeña su papel  más importante. En este caso, lo que merece nuestra atención no son sólo los personajes, sino los acontecimientos y momentos en los que actúa, así como las diversas formas que adopta su acción.

            En la historia de Jesús podemos subrayar tres momentos esenciales que la presencia del Espíritu señala como “cumbres” de la salvación. Tanto Mateo como Lucas mencionan la acción del Espíritu como elemento clave en el nacimiento del Mesías. En el caso de Lucas (1:35), la Encarnación no es sólo el resultado de la decisión de María aceptando los planes de Dios para su vida, sino que “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Dios altísimo se posará sobre ti”… En Mateo (1:18), aunque el evangelista no menciona ningún momento o acontecimientos concretos, el embarazo de María se anuncia como un hecho que escapa al entendimiento de José y tan sólo puede expresarse como el sencillo relato de unos hechos: “María, su madre [de Jesús], estaba comprometida para casarse con José, pero… se encontró encinta por el poder del Espíritu Santo”.

            En el bautismo de Jesús, los cuatro evangelistas subrayan la importancia del aquel acontecimiento mencionando la presencia del Espíritu bajo la imagen de una paloma, así como en las palabras del Padre declarando que Jesús es su Hijo amado, “a quien ha elegido” (Mateo 3:3-17; Marcos 1:9-11; Lucas 3:21-22, y Juan 1:29-34)

Un último momento en la vida de Jesús es su propia muerte. Para Juan (19:30), cuando murió Jesús, no “expiró” sin más o “murió” (Mateo 27:50; Marcos 15:37; Lucas 25:46), sino que “entregó el espíritu”, algo que no podría hacer “hasta haber sido glorificado” (Juan 7:37-39). Y es eso lo que leemos hoy en Juan 20:22.

            Las lecturas de hoy nos ofrecen, además, algunos detalles respecto a la riqueza y plenitud del Espíritu. Su acción puede ser tan sorprendente y espectacular como la que se describe en la primera lectura: fuego, viento… O tan sosegada y pacífica como el sople del aliento de Jesús en el evangelio de Juan. Puede suscitar acciones orientadas al bien de la comunidad, tales como la sanación o la profecía, o tan llamativas como hablar lenguas o alguno de los demás carismas o dones mencionados por Pablo. En cualquier caso, todas tienen como objeto edificar el Cuerpo de Cristo. 

 

[h2] Meditatio:

            El libro de los Hechos es, en cierto sentido, el Evangelio o la historia del Espíritu en su construcción de la Iglesia, paso a paso y comunidad tras comunidad. Siempre hay algo inesperado, fresco y nuevo, que conduce al crecimiento y anima a los Apóstoles y al resto de los creyentes para encontrar salida a cada conflicto o prueba. La vieja definición del Espíritu, “Señor y dador de vida”, explica la fuerza vivificante que hizo que la Iglesia desarrollara su fidelidad al mensaje de Jesús y a la enseñanza de los Apóstoles. ¿Compartimos  nosotros esa apertura a caminos nuevos para expresar nuestra fe? ¿Nos atrevemos a enfrentarnos con la pesada carga de la rutina, o preferimos apoyarnos en un a observancia puntillosa de normas y regulaciones a veces obsoletas  y que en ocasiones estrangulan y ahogan  al Espíritu en nuestro interior? O, por el contrario, ¿aceptamos con excesiva facilidad y sin analizarla cualquier tendencia nueva como si fuera un carisma cristiano?

 

[h3] Oratio:

            Reza por la Iglesia: Pentecostés, como suele decirse, es su “cumpleaños”. Pídele a Cristo que derrame sobre nosotros los dones de su Espíritu, para que colaboremos en el proceso de renovación y crecimiento en que están comprometidas tantas comunidades.

            Reza por los cristianos “nuevos” que se bautizaron en la Vigilia Pascual: para que su vitalidad se convierta en la nueva savia que reavive a la Iglesia en su fidelidad al Evangelio.

            No te olvides de quienes se sienten abandonados, les falta “espíritu” y han perdido la esperanza en el futuro o la confianza en las instituciones eclesiales: para que sientan la fuerza del Espíritu y se renueven con el gozo de crecer en la fe.

 

[h4] Contemplatio:

            Busca en tu misal o en algún libro de rezos los antiguos himnos “Veni, Sancte Spiritus”, o “Veni Creator”. Fíjate en los dones y acciones que realiza en los cristianos y trata de descubrirlos en ti mismo, aunque no sean más que la sombra de lo que experimentó la primera comunidad. Da gracias por haber sido llamado a compartir aquella misma fuerza que sigue construyendo la Iglesia de Cristo.

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2014-06-15: La Trinidad "Tanto amó Dios al mundo..."

 
DEL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 3, 16-18
 
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
 
 

[or] Otras lecturas: Éxodo 34:4-6, 8-9; Daniel 3:52-55; 2 Corintios 13:11-13

 

[h1] Lectio:

                        Este domingo constituye una auténtica prueba para cualquiera que trate de dar algunas pistas para la oración. Hablar del Dios Uno que despliega su esencia en tres personas distintas debió ser un verdadero rompecabezas para los judíos, cuya fe en Yahveh, el Dios exclusivo de Israel, difícilmente podría aceptar las complejidades de la manera cristiana de entender a su propio Dios. E incluso para nosotros, veinte siglos después del nacimiento de la Iglesia, la Santísima Trinidad sigue siendo uno de los temas más complicados de nuestra teología, a pesar de sus raíces históricas y su fundamental y sorprendente simplicidad.

            En cualquier caso, las lecturas de hoy, tomadas en su conjunto, transmiten un mensaje básico en el que podemos descubrir el núcleo de uno de los elementos más peculiares de nuestra fe cristiana y en el que podemos encontrar inspiración para nuestra Lectio. Cada una de ellas nos ofrece una faceta del misterio que hoy celebramos. El primer texto recuerda un doble rasgo que Dios mostró a los israelitas: “compasión y fidelidad”, reflejo de su naturaleza y de la alianza que estableció con su pueblo. La fidelidad es el fundamento de aquella relación: la hallaremos expresada en la solemne profesión de fe de Deuteronomio 6:4. “Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor”. No es un dios “dividido”, voluble como las deidades griegas. Desde este punto de partida de unicidad y compasión podemos entender la afirmación de Jesús en el evangelio de hoy (Juan 3:16): “Dios tanto amó al mundo que dio a su Hijo único…” Sus designios para la humanidad son esencialmente designios de compasión y misericordia, y la clave para entenderlos no es la “reciprocidad”, sino la generosidad, así como su firmeza y su fidelidad en esos designios de misericordia y benevolencia.

            Pero es también el Dios de la comunicación: en el evangelio de Juan, en el largo momento de confidencias con sus discípulos antes de enfrentarse a la muerte, Jesús habla insistentemente de su relación con el Padre y el Espíritu. Y al mismo tiempo, de las relaciones con los discípulos. Bastan unos pocos ejemplos: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (14:9); “Yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí” (14:11). Más importante aún: esa unión implica también a los discípulos: “Yo estoy en mi Padre, y ustedes están en mí, y yo en ustedes” (14:20). Por eso reza al Padre por la unidad de todos los que creen en él: “Que todos estén unidos; que como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, también ellos estén en nosotros” (17:20-21). Pero esa unión de Jesús con el Padre incluye también al “Abogado”, el “Paráclito”, el Espíritu Santo. Él es el “Espíritu de la Verdad”, y el Padre lo enviará para que permanezca con los discípulos y les recuerde todas las cosas que Jesús les ha enseñado (14:15-17, 26). La comunión de las tres personas se expresa también como un tesoro común que ellos comparten y comunican a los discípulos (16:12-15) 

            Un último detalle respecto a nuestra liturgia: el texto de 2 Corintios nos suena familiar, ya que es el más común de nuestros saludos litúrgicos, y no sólo incluye a las tres personas de la Santísima Trinidad, sino también tres de los rasgos con que podemos describir a Dios en una sencilla definición teológica: gracia, amor y comunión son dimensiones de la realidad divina, pero también ámbitos en los que experimentamos la presencia y la acción de Dios en nuestras vidas. Por gracia fuimos redimidos, al amor estamos llamados, y en la comunión mutua vivimos la salvación que hemos recibido.

 

[h2] Meditatio:

            Las tres palabras que acabo de utilizar en nuestra Lectio pueden ser el punto de partida perfecto para nuestra Meditatio. ¿Hasta qué punto creemos de verdad que no es por nuestros méritos, sino por la generosa gracia de Dios, por lo que hemos sido llamados a la salvación, hemos recibido el don de la fe y hemos sido invitados a entrar en el Reino de Dios anunciado por Jesús? ¿Es el mandamiento “nuevo” de Jesús (“Que se amen los unos a los otros. Así como yo los amos a ustedes…”, Juan 13:34)la piedra de toque para valorar nuestra fidelidad a su llamada, o seguimos apoyándonos fundamentalmente en las reglas y preceptos humanos?  ¿Vivimos nuestra fe en comunión y comunidad, o seguimos empeñados en “ganarnos la salvación” por nosotros mismos, como si todo en nuestra vida cristiana fuera un asunto a ventilar a solas entre Dios y nosotros? Si nos atrevemos a plantearnos estas tres preguntas, nos estaremos enfrentando a un auténtico examen de nuestra fe trinitaria.

 

[h3] Oratio:

            Reza por quienes viven su fe cristiana en aislamiento, tal vez porque no han hallado una comunidad en la que poder desarrollar su compromiso  con Cristo compartiendo con otros su propia vocación: para que descubran las riquezas de seguir a Jesús con otros hermanos en la fe.

            Pidamos por nosotros mismos: para que nuestra fe en la Santísima Trinidad suscite en nosotros el dese de trabajar por la vida de comunidad en el grupo cristiano o en la Iglesia a la que pertenecemos.

 

[h4] Contemplatio:

            El breve fragmento de 2 Corintios 13:11-13 es la conclusión del largo mensaje contenido en las dos cartas de Pablo a aquella iglesia. En ellas, el apóstol abordaba prácticamente todas las dimensiones de la vida cristiana. Vuelve a leer estos tres versículos y contrástalos con la realidad de tu propia comunidad cristiana. Repite como si fue un estribillo esas tres palabras de despedida: gracia, amor y comunidad. Como sugería en la Meditatio, te ayudarán a evaluar tu fidelidad a los planes de Dios.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

 Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

 

Lectio Divina 2014-06-22: "Yo soy el pan"

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 6, 51-58
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
 
-- Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. 
 
Disputaban los judíos entre sí:
 
-- ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?
 
Entonces Jesús les dijo:
 
-- Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre. 
 
Palabra del Señor
 
 
 
[or] Otras lecturas: Deuteronomio 8:2-3, 14-16; Salmo 147:12-13, 14-15, 19-20; 1 Corintios 10:16-17
 
[h1] Lectio:
Juan siempre nos desconcierta. Sea cual sea el asunto que aborde, tengamos por cierto que vamos a encontrar una perspectiva distinta, un ángulo inesperado desde el que enfocar cualquier tema teológico. Hoy es uno de esos momentos en que descubrimos que se nos ha escapado algo sumamente importante en un tema del que dábamos por supuesto que entendíamos y dominábamos por completo. “Y la Palabra se hizo carne.” “Et Verbum caro factum est”. Creíamos que ya habíamos captado el profundo y misterioso sentido de la “Encarnación”. Dios había aceptado, asumido, nuestra naturaleza humana, era uno de nosotros. Y así, al celebrar la Eucaristía según la tradición sinóptica, el “cuerpo” de Cristo que recibíamos era en realidad un signo simbólico de la vida de Jesús entregada por nosotros. Y, en cierta medida, dejábamos al margen la “caro”, la “carne”.
Muy razonable, fácil de aceptar en un espíritu de fe. En ese contexto y con esas coordinadas mentales litúrgicas, podíamos leer Juan 6:22-50 y entender la multiplicación del pan como un signo del don de Dios, su propio Hijo, en paralelo con el maná que los hebreos comieron en el desierto. La única objeción que podían poner los “expertos”, los judíos de la sinagoga de Cafarnaúm, era aquella idea de que Jesús había “bajado del cielo”, ya que en realidad era hijo de José.
Pero el diálogo da un giro inesperado: ahora, según las palabras de Jesús, no estamos hablando simbólicamente, sino de algo muy físico: “comer mi carne”, “beber mi sangre” no son metáforas, ni es metafórico el verbo “masticar”, “mascar” (ese es significado tosco del verbo griego que usa Juan). “La Palabra”, la revelación de Dios, el nuevo maná, es algo más material y realista de lo que nadie se esperaba: se hizo “carne”. El mensaje de Juan es sencillo y escandaloso: No reduzcan la vida y la muerte de Jesús a una mera teoría, una doctrina similar a cualquiera de los ritos y ceremonias del Templo o, más tarde, de las cenas eucarísticas que celebran en sus casas. De aquí, su peculiar relato. Nada de eucaristía en la Última Cena: en su lugar, lavatorio de los pies. Nada de culto en Guerizim o en Jerusalén, sino “en espíritu y en verdad”. Nada de visiones gloriosas del Cristo Resucitado, sino los agujeros de los clavos en las manos y la herida del costado para meter los dedos en ellas. En cambio, un extraño que camina por la playa y con ellos comparte, una vez más, el pan y el pescado. La paradoja se hace insoportable. 
“Es duro este lenguaje. ¿Quién puede aceptarlo?” (6:60). Y de nuevo, un cambio en el contenido: “¿Esto les ofende?... El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las cosas que yo les he dicho son espíritu y vida” (6:61-63). Ahora podemos entender por qué “muchos de sus discípulos le dejaron y ya no andaban con él” (6:66). De repente han entendido las palabras que en otro momento les había dicho Jesús: ”Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá…” (Marcos 8:34-38 y paralelos). Y, también de repente, el descubrimiento por parte de Simón Pedro del verdadero sentido de la vida para quienes creen en Jesús: ”Señor, ¿a quién podemos ir? Tú tienes palabras de vida eterna” (6:68-69).  
Después de volver a leer las anteriores líneas, comprendo tus propios sentimientos de desconcierto. Sé que este no es el enfoque habitual, pietista, del misterio de la eucaristía, pero todos necesitamos de una buna dosis de teología bíblica realista para compensar (admitámoslo humildemente, en particular los católicos) el enfoque excesivamente azucarado, pseudo-místico, que con frecuencia adoptamos frente a la eucaristía, el sacramento del Cuerpo y Sangre “literales” de Cristo. 
 
[h2] Meditatio:
Demasiado pronto, tal vez, la Eucaristía sufrió las transformaciones que los humanos imponemos a los signos y prácticas nuevos: se convierten en ritos deformados por la rutina y la asimilación de viejos hábitos. La reunión fraterna en memoria de la Última Cena de Jesús sufrió los mismos fallos que cualquier otra cena secular: discriminación, pérdida de discernimiento del hondo significado que tenía compartir el Cuerpo y Sangre del Señor. Tanto Pablo (1 Corintios 11:17-34) como Santiago (2:1-4) señalan las faltas de algunas de aquellas celebraciones primeras. Las Palabras de Pablo en la lectura de hoy subrayan la dimensión que deberíamos tener muy presente al celebrar la Eucaristía. ¿Somos conscientes de la “encarnación” que tiene lugar cada vez que comemos el pan y bebemos de la copa? ¿Que esas realidades son a un tiempo espirituales y físicas, y que las estamos transformando en una partes de nuestra propia realidad? ¿Que, misteriosamente, también nosotros nos estamos transformando en el Cuerpo de Cristo?
 
[h3] Oratio:
Reza por quienes padecen hambre espiritual o material: para que Jesús, el Pan de Vida, satisfaga sus necesidades espirituales y suscite en los cristianos el deseo y el empeño de ayudar a cuantos sufren cualquier necesidad o carencia en sus vidas.
Reza por la comunidad cristiana en la que vives tu fe: que sus celebraciones eucarísticas sean un auténtico signo de caridad y comunión en la vida y en la muerte de Jesús, y se conviertan en el Cuerpo de Cristo en medio del mundo.
Reza por quienes están cerca de la muerte: para que su comunión en el Cuerpo y Sangre de Cristo, Pan de Vida,  les conceda consuelo y esperanza.
 
[h4] Contemplatio:
Compensemos, de manera distinta esta vez, nuestra manera de entender la presencia de Jesús en la Eucaristía. Los católicos reservamos el Santísimo Sacramento para llevárselo a los enfermos como viático, pero también para venerarlo en nuestras iglesias. Esta semana, busca un momento en tu rutina diaria, y hazle una “visita” en oración silenciosa y humilde. Es el hombre que sufre en nuestras calles, claro está, pero también es el Redentor que espera la visita  confiada de quienes creen que él es “el Pan de Vida”. 
 
Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,
Sacerdote católico,
Arquidiócesis de Madrid, España
 

Lectio Divina 2014-08-10: Dadles "vosotros" de comer

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 14, 13- 21
 
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde se acercaron los discípulos a decirle:
 
-- Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.
 
Jesús les replicó:
 
-- No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.
 
 
 
Ellos le replicaron:
 
-- Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.
 
Les dijo:
 
-- Traédmelos.
 
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, son contar mujeres y niños.
 
Palabra del Señor
 
 
 
[or] Otras lecturas: 1 Reyes 19:9, 11-13; Salmo 85:9, 10, 11-12, 13-14; Romanos 9:1-5
 
[h1] Lectio:
Después de alimentar a la multitud, Jesús los despide, manda a los discípulos que se embarque y se dirijan a la otra orilla… y él reanuda lo que intentaba hacer al comienzo del capítulo 14: retirarse al monte para orar al Padre a solas. Hasta este momento, el relato es fluido, sin incidentes… hasta que se desencadena la tormenta y la barca tiene que hacer frente a las olas que la zarandean. No es la primera vez que los discípulos se ven atrapados en una situación semejante. De hecho, en los Evangelios hallamos varios acontecimientos parecidos: Mateo 8:23-27; 14-22-33; Marcos 4:35-41; 6:45-52; Lucas 8:22-5; y Juan 6:16-21.
Si tienes paciencia y algo de tiempo libre, puedes comparar y ver las coincidencias y divergencias entre esos textos. En ellos puedes hallar ciertos elementos combinados de manera distinta: a veces, Jesús s e queda rezando y los discípulos están solos en la barca; o está con ellos, pero profundamente dormido; puede caminar sobre las aguas, y entonces los discípulos creen que es un fantasma; cuando se sienten en peligro, se quejan por su falta de interés o le ruegan que los salve; Jesús se identifica, “Soy yo”, y les dice que no teman; les reprocha que carecen de fe o que es muy pequeña; puede calmar la tormenta y entonces sienten asombro o le adoran; en una ocasión, Pedro le proclama “Hijo de Dios”… Como habrás visto, es notable el número de elementos y la manera de combinarlos.  
Sin poner en duda la historicidad de los acontecimientos narrados por el evangelista, es obvio que estas apariciones tienen un fuerte contenido simbólico. Desde muy pronto, se interpretó la barca con los discípulos a bordo como una imagen de la Iglesia, sometida a las tormentas de la persecución, cuando ser cristiano era un asunto arriesgado y podía implicar verse arrestado, juzgado y torturado, o incluso ejecutado. Teniendo en cuenta, no sólo el texto de Mateo que hoy leemos, sino también todos los elementos comunes antes mencionados, podemos sacar unas pocas consecuencias, sencillas pero sumamente importantes. Por muy dramática que sea la situación, independientemente de las circunstancias, hay algo firme y claro: Jesús es el Señor que da órdenes y domina incluso a la naturaleza; dormido en la barca o ca minando sobre las aguas, está  misteriosamente cerca de su pequeña comunidad. Se preocupa, claro está, de su ansiedad y sus zozobras, y por eso se identifica con las palabras que utilizaría el mismísimo Dios, “Yo soy”, les dice que cobren ánimo y disipa sus temores. Y, al cabo, los salva.  
En este contexto, Pedro desempeña un papel muy peculiar. Sólo Mateo cuenta el episodio de su petición de acercarse a Jesús caminando sobre las aguas y su hundimiento tan pronto percibe la fuerza del viento que hace que se tambalee su fe confiada. Tal vez su fallo es más radical de lo que parece. “Si eres tú”, nos recuerda la propuesta de Satanás en las tentaciones (Mateo 4:3 y 6), la pregunta malévola del sumo sacerdote (23:63), o las burlas de la gente (27:40), y tal vez refleja la contradicción interna, la poca fe, de Simón. Da la impresión de que el evangelista quiere contrastar todo el tiempo el papel relevante de Pedro con la propia debilidad que él comparte con cualquier otro creyente.  
 
 [h2] Meditatio:
Aunque en la liturgia de hoy sólo leemos Mateo 14:22-33, los otros textos paralelos que mencioné pueden resultarnos sumamente útiles y plantearnos un buen número de preguntas que sacudan muchas de nuestras actitudes religiosas que damos por sentado que son fieles a la doctrina del evangelio. Aunque la imagen de la barca nos es más que eso, una imagen de la Iglesia, todavía puede servirnos para describir la situación de nuestra Iglesia actual, e incluso de nosotros mismos. ¿En qué medida el pesimismo, los temores, la falta de confianza en el futuro pueden ser los rasgos que mejor describan nuestra actitud respecto a la Iglesia (y a nosotros mismos) en estos tiempos de aguas turbulentas? ¿Hasta dónde seremos capaces de navegar confiando en Jesús más que en nuestras fuerzas y recursos materiales y espirituales? Pedro no tenía necesidad alguna de dejar a sus condiscípulos en la barca para desempeñar un papel llamativo. ¿Co qué frecuencia preferimos separarnos de nuestra comunidad en vez de compartir con ella la misma suerte?
 
[h3] Oratio:
Reza por quienes pensamos que podemos seguir a Jesús “caminando sobre las aguas”, pero somos incapaces de poner en él toda nuestra confianza y nos “hundimos” en la empresa: para que el ejemplo de Pedro nos proporcione una dosis de humildad en nuestra respuesta a la llamada de Dios.
Reza por quienes sienten miedo ante las duras circunstancias que rodean sus vidas y necesitan signos para creer: que la presencia misteriosa de Jesús se les haga manifiesta y disipe sus dudas y temores.
Reza por los no creyentes, que necesitan respuestas a su angustia y su dolor: para que nuestro espíritu cristiano de solidaridad y cercanía pueda ser un signo que les abra los ojos y les descubra al Cristo Salvador.
 
[h4] Contemplatio:
“No, él nunca duerme; nunca duerme el que cuida de Israel…” Parece como si Mateo tuviera presente este verso del Salmo 121 cunado describió la travesía del lago, la tormenta sobrecogedora que llenó de terror a los discípulos, y el mandato de Jesús para calmar las aguas. Recita este pasaje y busca un verso (tal vez el que he citado) que te sirva como jaculatoria durante la semana y acreciente tus sentimientos de confianza en Jesús, que nunca abandona a quienes confían en él.
 
Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España
 

Lectio Divina 2014-08-17: ¡Mujer, qué grande es tu fe!

Del Evangelio según san Mateo 15:21-28

 

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: -- Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo. Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: -- Atiéndela, que viene detrás gritando. Él les contestó: -- Sólo me han enviadlo a las ovejas descarriadas de Israel. Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas: -- Señor, socórreme. Él le contestó: -- No está bien echar a los perros el pan de los hijos. Pero ella repuso: --Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos. Jesús le respondió: -- Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas. En aquel momento quedó curada su hija.
 
Palabra del Señor.
 

 

Otras lecturas: Isaías 56:1, 6-7; Salmo 67:2-3, 5, 6, 8; Romanos 11:13-15, 29-32

 

[h1] Lectio:

            Nos enfrentamos hoy a un domingo muy denso. El evangelio, por sí solo, es una caja de resonancia donde podemos detectar varias líneas de pensamiento, actitudes y temas teológicos, junto con alusiones y referencias, todo lo cual nos llevará a la habitual paradoja de un mensaje sencillo y complejo. Vamos a ver, paso a paso, los elementos que han de llevarnos a una comprensión mejor de la salvación de Jesús. Primero, el contexto bíblico: el capítulo 15 de Mateo comienza con una discusión en torno a la verdadera fidelidad a las tradiciones, un tema espinoso y permanente en el que los fariseos y los letrados siempre chocaron con la actitud de Jesús respecto a la Ley. Esta discusión, a su vez, lleva a otra controversia, la de la pureza o impureza legal. Segundo, el contexto litúrgico: las lecturas de Isaías y Pablo tienen un tema común (otra dualidad, por cierto): la diferencia entre pertenecer a Israel, el pueblo escogido de Dios, y ser un gentil. Por último, también deberíamos tener en cuenta el domingo pasado y la situación de inquietud de los discípulos en la barca agitada por las olas, Pedro caminando sobre las aguas, y el papel desempeñado por la fe.

            También es importante la ubicación geográfica. Jesús está en la región pagana de Tiro y Sidón, la tierra de los cananeos. Su diálogo con la mujer del evangelio de hoy es, pues, distinto del que manutuvo con otra mujer, la  samaritana, que creía en el verdadero Dios de Israel. Este punto de partida es vital, ya que estamos ante una gentil, una infiel. Se encuentra en una situación desesperada por causa de su hija, atormentada por un demonio. Tan desesperada, que “grita” (de miedo, de dolor, ese es el matiz del verbo griego) lo mismo que hicieran los discípulos, aterrorizados por la tormenta y por la aparición de Jesús al que toman por un fantasma (Mateo 14:26). Otro elemento común es la actitud de los discípulos: al igual que en Mateo 14:15, la solución más fácil que encuentran para resolver un problema es quitárselo de encima. Así, su propuesta es “Dile que se vaya…” Y eso da lugar a algo completamente inesperado: lo mismo que Abraham había intercedido ante Dios a favor de Sodoma y las ciudades pecadoras, la cananea “negocia” con Jesús a favor de su hija. Le llama “Señor, Hijo de David”, como si supiera el profundo contenido de esos títulos y la diferencia que implicaban a la hora de tratar con una cananea, miembro del pueblo más odiado de Israel. En este caso, tenemos que recordar las palabras de Jesús, “Había muchas viudas en Israel…” (Lucas 4:23-27); y, sin duda, también en aquella época debía de haber muchas mujeres con hijos atormentados por demonios. En cualquier caso, está buscando ayuda desesperadamente: al igual que Pedro, también ella grita “Señor, ayúdame”. Y en su ruego ni siquiera usa un condicional, “Si eres el Señor, el Hijo de Dios…” Y este eslabón es el último paralelo de nuestra historia: en contraste con Pedro, hombre “de poca fe”, tiene tanta confianza que Jesús la alaba por su “gran fe”.

            Esto nos lleva otra vez al contexto litúrgico de este domingo. Junto con su fe en Yahvé, el único Dios verdadero, Israel tenía otro pilar que sostenía toda su estructura religiosa: ellos eran el pueblo elegido, quienes, a pesar de su pequeñez, han sido llamados a recibir la Ley y ser un signo de salvación para el resto de las naciones. Con el tiempo, esa postura radical se suavizaría, llegando a admitir la posibilidad de que los demás pueblos tuvieran acceso a la salvación (como muestra, el texto de Isaías que hoy leemos).En ese sentido, la historia de la mujer cananea es un ejemplo de algo que dividiría a la primera comunidad cristiana: la posibilidad de aceptar miembros del mundo gentil, descubriendo que el mensaje salvífico de Jesús se ofrecía también a toda la humanidad. Recordemos todos los problemas que tuvo Pablo en su misión a los gentiles.

 

[h2] Meditatio:

            Deberíamos tener presente un último detalle antes de nuestra Meditatio: Israel era consciente de ser el pueblo escogido, y debemos admitir que este mismo sentimiento lo compartió la comunidad cristiana, factor que provocaría más tarde parecidas actitudes de discriminación hacia los no-cristianos. Trata de leer entre líneas el texto de Romanos de hoy. Como de costumbre, algunas preguntas. ¿Quiénes son hoy nuestros “cananeos”, “samaritanos”…? ¿Qué tipo de discriminación consideramos tolerable en la confesión a la que pertenecemos? Desde una perspectiva católico-romana, ¿en qué medida hemos aceptado las orientaciones del Decreto de Ecumenismo? ¿Qué sentimientos mantenemos respecto a “herejes y cismáticos”? La misma pregunta, seamos honrados, se la podrían plantear los miembros de otras tradiciones cristianas. Pero además de esta cuestión estrictamente religiosa, ¿en qué otros ámbitos podríamos encontrar discriminación en nuestras iglesias colectivamente, o en nosotros como individuos? ¿Tenemos algún tipo de prejuicio respecto a quienes consideramos liberales, conservadores, tradicionalistas o más-o-menos ortodoxos? ¿Qué decir de los factores sociales, culturales o raciales? ¿O de los miembros moralmente “irregulares” de nuestras comunidades, tales como los divorciados y vueltos a casar, o quienes tienen otra orientación sexual? Sabemos distinguir muy bien lo blanco y lo negro, pero ¿estamos seguros de haber aceptado el ministerio de misericordia universal que Jesús confió a su Iglesia? ¿Cómo lo llevamos a la práctica?

 

[h3] Oratio:

            Una oración muy sencilla: recemos por todos los que, como la cananea, claman pidiendo ayuda y compasión, pero se ven solos para soportar sus propias cargas de discriminación, culpa, aislamiento y dolor: para que encuentren en los cristianos la mano amiga que necesitan y descubran a Jesús como Salvador misericordioso de toda la humanidad sufriente.

 

[h4] Contemplatio:

            Vuelve a leer Mateo 11:28-30, las palabras alentadoras de Jesús para todos cuantos sufren bajo cualquier carga, y mira de qué manera podrías convertirte en signo de su misericordia.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

 

Lectio Divina 2014-08-24: "Y vosotros, ¿quién decís que soy?"

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 16, 13- 20
 
En aquel tiempo, llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo y preguntaba a sus discípulos: -- ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: -- Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Él les preguntó: -- Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: -- Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: -- ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo. Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Mesías.
 
Palabra del Señor
 
 
 
 

[or] Otras lecturas: Isaías 22:19-23; Salmo 138:1-2, 2-3, 6, 8; Romanos 11:33-36

 

[h1] Lectio:

            Como en otras ocasiones, el Leccionario ha dado, por así decirlo, un “salto” desde el pasaje de San Mateo de la semana pasada al de hoy. Tras el fragmento de entonces seguían un buen número de acontecimientos: Jesús curaba a algunos enfermos, multiplicaba otra vez el pan y el pescado para dar de comer a 4.000 personas; les daba instrucciones a los discípulos respecto a su relación con los fariseos… Y volvemos a Simón Pedro y su momento de “apogeo”. Recordemos que en las pasadas semanas estaba presente en nuestras lecturas, bien “en persona” o mediante alusiones o referencias. Hoy tendremos una confirmación de su actitud como humilde seguidor de Jesús, movido e inspirado por Dios mismo.

            El contexto del fragmento, Cesarea de Filipo, tiene un buen número de connotaciones relacionadas con ideas y acontecimientos de carácter religioso, político y nacionalista en los que siempre está implicado el poder. Y precisamente aquí es donde Jesús plantea dos preguntas. En la primera, el sujeto son los “otros”, la gente que le rodea, escucha sus palabras y ve sus acciones. La respuesta no se refiere a los discípulos ni atañe a Jesús mismo como individuo, ya que indaga sobre la opinión que hay en torno a su papel público como “Hijo del Hombre”. Los sujetos de la respuesta son “algunos”, “otros” y, obviamente, nada tienen que ver con los discípulos, su fe o su compromiso con Jesús y su proyecto.

            Llegamos así al núcleo de nuestro texto. La segunda pregunta que plantea Jesús se dirige personalmente a ellos y no se refiere a su papel, sino a su persona como tal: “”Y USTEDES, ¿quién dicen que soy YO?” En este caso, las palabras clave son los dos pronombres personales. Parece que Jesús quiere saber en qué terreno pisa antes de dar un paso más y revelar a los discípulos cuáles son sus verdaderos planes como Mesías: ¿está preparado el grupo de elegidos, el “pequeño rebaño”, para entender lo que le espera a él y, consecuentemente, también a ellos?  (Eso lo veremos el próximo domingo.)

            Y aquí vuelve a entrar Pedro como “portavoz” de los Doce. Su solemne confesión de fe en Jesús, “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente”, se había utilizado en otras ocasiones, aunque no siempre implicaba una verdadera profesión de fe (p. ej. Mateo 4:3, 6; 26:63). Aquí, según las palabras mismas de Jesús, la expresión sólo puede ser resultado de la acción del Padre, que bendice y revela su sabiduría a los pequeños, no a los sabios y entendidos (Mateo 11:25-27). En cierto sentido, es esa condición humilde lo que nos permite entender las profundas “riquezas de Dios, y su sabiduría y entendimiento” (Romanos 11:33). Y esto conduce al cambio de nombre de Simón. Un nuevo nombre significa un papel nuevo, una nueva misión en la comunidad, el ministerio de conservar las llaves del Reino, abrir y cerrar el acceso al mismo, así como una garantía de que el poder de la muerte jamás vencerá a la comunidad de creyentes. Cuando pensamos en el verdadero papel desempeñado por Pedro en los primeros momentos de la Iglesia, tenemos la sensación de que, humanamente hablando, la elección por parte de Jesús no fue ni mucho menos la mejor, pero es algo que veremos el domingo próximo. En todo caso, Pedro aparece en este fragmento (un episodio que sólo cuenta Mateo) como un personaje destacado en la fundación de la pequeña comunidad que habría de convertirse en la Iglesia.

 

[h2] Meditatio:

            Todo este pasaje del evangelio de Mateo se convirtió en un apartado tan controvertido de la historia de la Iglesia, que corremos el riesgo de olvidar nuestra tarea: la de encontrarnos con el Señor en el silencio de la oración. Dejemos, pues, al margen las cuestiones teológicas y centremos nuestra atención en el papel que desempeña Simón como el único que se enfrenta abiertamente a la pregunta de Jesús, no como un mero sondeo de la opinión de los discípulos, sino como la exigencia de un compromiso serio con su proyecto. ¿Con qué frecuencia nos enfrentamos nosotros a esa pregunta, y hasta dónde estamos dispuestos a llegar a la hora de confesar a Jesús como el Mesías, el Señor de nuestra existencia? ¿Somos lo suficientemente humildes como para ser bendecidos con el don de reconocer a Jesús como el Señor? El hecho de que Pedro recibiera un nombre nuevo y, por tanto, una nueva misión, debería hacernos pensar en el nombre que recibimos en nuestro bautismo. ¿Somos conscientes del compromiso con Cristo que aceptamos y de la dignidad que se nos concedió como miembros de su Cuerpo?

 

[h3] Oratio:

            Reza por quienes evitan dar una respuesta personal a la pregunta de Jesús, “¿Quién dicen ustedes que soy?”, y esconden sus dudas o su tibieza tras el escudo de una tradición religiosa común, “heredada”: para que puedan dar abiertamente una respuesta personal a la llamada de Jesús.

            Reza por quienes tienen miedo de proclamar abiertamente que Jesús es el Señor: para que reciban el valor de anunciarle como su Salvador.

            No te olvides de quienes necesitan una palabra de “sabiduría”, el testimonio humilde de los auténticos creyentes: para que encuentren a Jesús por medio de las palabras y acciones de quienes se esfuerzan por seguirle.

 

[h4] Contemplatio:

            Tomemos, una vez más, a Pedro como ejemplo de creyente que conoce sus limitaciones y fallos: frente a su declaración solemne de hoy, relee el pasaje en el que humildemente reconoce que sólo Jesús puede ofrecer la salvación que todos necesitamos: “Señor, ¿a quién podemos ir?”… (Juan 6:66-69). Que sus palabras se conviertan en una breve oración para acrecentar tu confianza en el “Hijo de Dios”.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

 

Lectio Divina 2014-09-07: "Ahí donde estéis dos o tres, estaré con vosotros"

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 18, 15-20
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
 
--Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
 
Palabra del Señor.
 
 

or] Otras lecturas: Ezequiel 33:7-9; Salmo 95:1-2, 6-7, 8-9; Romanos 13:8-10

 

[h1] Lectio:

            Una vez más nos encontramos con un largo vacío entre el Evangelio del domingo pasado y que leemos hoy: faltan el capítulo 17 de Mateo y los primeros catorce versos del 18. Así que nos hemos perdido secciones importantes: no sólo la Transfiguración, sino también la sanación de un endemoniado, el segundo anuncio de la pasión de Jesús, y un número de consejos prácticos.  

            Una vez más también, el contexto es vital para entender las directrices que propone Jesús a los discípulos para organizar la vida de comunidad y resolver los problemas que surgen, inevitablemente, en el curso normal de los acontecimientos. Justo antes del pasaje de hoy, podemos leer la parábola de “la oveja perdida”, en la que Jesús pones de relieve la importancia de “los pequeños”, que podrían ser los niños, o cualquier otro miembro de menor importancia de la comunidad. Aunque también ellos pueden descarriarse, merecen atención, cuidado y acogida, e incluso dejar solo al resto del rebaño para recuperarlos. Y justo después del texto de hoy, Mateo presenta otra parábola, la del funcionario que no quería perdonar, en la que se señala la necesidad del perdón mutuo como condición para recibir el perdón y la misericordia de parte del Padre celestial.

            Mateo tiende a ser sumamente objetivo respecto al grupo de los primeros seguidores de Jesús. Aunque han sido llamados a ser “perfectos como el Padre que está en el cielo” (Mateo 5:48), bien sabe el evangelista que el pecado siempre estará entre ellos. De aquí las palabras de Jesús en torno al hermano que peca o comete faltas. Podemos entender que las dos parábolas se refieren fundamentalmente a sus seguidores, quienes pertenecen al grupo de los creyentes, los elegidos, que también han de escuchar el mensaje de arrepentimiento y perdón. Los pasos que hay que dar no son la crítica, la murmuración o el rechazo silencioso, sino el diálogo y el entendimiento, a fin de “ganarse” al hermano que ha extraviado el camino. Pero, una vez más, el realismo impone sus reglas: hemos de aceptar la posibilidad de la testarudez o la obstinación. En ese caso, en el proceso habrá que recurrir a dos testigos o incluso a toda la iglesia. Y todo esto puede llevar, desgraciadamente, a medidas de aislamiento o exclusión del miembro “enfermo” del cuerpo cristiano, y sabemos muy bien lo que eso significó a lo largo de los siglos de nuestra historia cristiana. Con todo, de manera tortuosa, eso también puede conducir a otra dimensión positiva: la de la responsabilidad común de la Iglesia, llamada y unida en Cristo, y la de considerar al miembro perdido como si fuera un pagano o un recaudador, precisamente una de aquellas ovejas perdidas que Jesús vino a buscar y ofrecer esperanza, perdón y salvación. Y a un descubrimiento más hondo: la importancia de una comunidad de creyentes cuya oración común se ve recompensada con  el don de la presencia de Jesús entre ellos y de la certeza de que sus decisiones, tomadas en su nombre, poseen la autoridad que de él procede.

 

[h2] Meditatio:

            Mientras leía el texto de Ezequiel me vinieron a la memoria las palabras de John Donne: “Los hombres no son islas enteramente solas… la muerte de cualquier hombre es menoscabo mío, porque formo parte de la humanidad”. El profeta subraya nuestra responsabilidad respecto a los pecados de los “malvados” y nuestra obligación de disuadirles de sus caminos errados. Podríamos llamar a esto “solidaridad en la salvación”, y en cierto modo anticiparía el mensaje que leemos en el Evangelio: todos formamos parte de la humanidad y estamos implicados, para bien o para mal, en su destino. Pero estamos comprometidos de manera especial quienes vamos “en la misma barca”, en la larga y difícil travesía de seguir a Jesús. Compartir el espíritu del Evangelio cuando logramos vivir según la enseñanza de Jesús, y compartir también los fallos y limitaciones en esa misma empresa, puede ser un signo de pertenecer a la Iglesia universal. ¿Nos alegramos o entristecemos en esos casos opuestos, o pensamos que podemos vivir nuestra fe como si fuéramos navegantes solitarios y no miembros de una misma tripulación? ¿Tratamos de ayudar a quienes fallan en nuestro entorno, permanecemos indiferentes ante los fracasos o, todavía peor, nos limitamos a criticar o murmurar? ¿Somos lo suficientemente humildes como para aceptar la crítica o el consejo de los demás? ¿Somos capaces de unirnos en la oración por quien está pasando un mal momento?

 

[h3] Oratio:

            Reza por los considerados ovejas perdidas: para que puedan hallar palabras de aliento y ayuda para volverse a Jesús, aceptar su palabra y responder en fidelidad a la llamada del Buen Pastor.

            Pide capacidad para aceptar humildemente de los demás los comentarios y críticas que tus fallos, errores y limitaciones puedan merecer; y da gracias por la luz que esas palabras puedan arrojar sobre tu vida para enmendar tus caminos.

 

[h4] Contemplatio:

            El próximo domingo celebraremos la Exaltación de la Santa Cruz, y por lo tanto nos perderemos el siguiente pasaje de Mateo (18:21-35) correspondiente al Domingo 24 del Tiempo Ordinario. La parábola del funcionario que se negaba a perdonar añade matices muy serios a las lecturas de hoy. Vuelve a leerla y trata de comprender el mensaje de Jesús en torno al perdón mutuo, “de corazón”, como condición para recibir el perdón de Dios Padre. Piensa en alguien a quien debas perdonar o a quien debas pedir perdón. Da algún paso, aunque te parezca humilde, para seguir el consejo de Jesús.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

 

Lectio Divina 2014-09-14: "Tanto amó Dios al mundo..."

DEL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 3, 13-17
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
 
--Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen el él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
 
Palabra del Señor
 

 

[or] Otras lecturas: Números 21:4-9; Salmo 78:1-2, 34-35, 36-37, 38; Filipenses 2:6-11

 

[h1] Lectio:

            “…la muerte de Cristo en la cruz parece una tontería a los que van a la perdición; pero este mensaje es poder de Dios para los que vamos a la salvación”. Estas palabras de 1 Corintios 1:18 nos ofrecen la clave para leer y entender las lecturas y el hondo contenido de la celebración de hoy. Hay quien ha definido la fe cristiana como el sistema teológico más desconcertante. Recordemos que el núcleo fundamental es un auténtico oxímoron: “La Palabra (Dios mismo) se hizo carne (la humanidad en su esencia)”. Pero, ¿qué podemos decir cuando la siguiente afirmación de nuestro credo es que la salvación que se les ofrece a los hombres se realiza mediante la muerte del Justo en una cruz, signo de maldición. ¡Un oxímoron, una contradictio in terminis!

            De hecho, en los tres textos que hoy leemos hallamos la permanente dualidad conflictiva de la historia de la salvación y su expresión como una paradoja que transciende nuestra rígida lógica humana. El Evangelio de Juan es probablemente el libro del Nuevo Testamento en que se aborda cada elemento teológico central desde una perspectiva más dual, con un doble sentido, para descubrir la complementariedad de realidades contrapuestas. Tiene, sin duda, sus raíces en el Antiguo Testamento, y nuestra lectura de Números puede ofrecernos un buen ejemplo. El pecado de los hebreos ha provocado su castigo mediante unas serpientes venenosas que los muerden y los matan. Y es precisamente el símbolo de la serpiente, su imagen elevada en lo alto de un asta, lo que cura a los mordidos por las verdaderas serpientes…

            Es fácil detectar ejemplos de esa paradoja esencial. En el caso de la humanidad “caída”, Jesús, que comparte nuestra condición, es elevado en la cruz y ofrece esperanza y salvación. Así, su elevación a lo alto de la cruz, un instrumento de ejecución ignominiosa, se convierte en un signo de su resurrección, de su “alzarse” de entre los muertos, y de su “ascensión” al cielo y a la gloria del Padre. “Pneuma”, el Espíritu, lo mismo que el “viento”, es y está en un cambio permanente, va, viene y sopla donde quiere, y manifiesta la libertad de la acción de Dios; pero es a la vez el sólido y firme fundamento de la libertad a la que están llamados los creyentes. Se invita al hombre a que nazca “de nuevo”, “de lo alto”, “de arriba abajo”, de tal manera que la fe le transforme en una persona nueva, como si fuera un recién nacido. Jesús puede dar de comer a las gentes con panes hechos de harina, satisfacer así su hambre, pero no estarán en verdad satisfechos hasta que coman su cuerpo y participen de su vida…

            Incluso en el himno cristológico de Filipenses, hallamos la riqueza de significados y el atrevido desafío de la misericordia divina que supera nuestra lógica. Jesús no consideró deseable aferrarse a su propia naturaleza, sino que en obediencia aceptó nuestra propia condición y, rebajándose, vaciándose de sí mismo, nos permitió compartir su grandeza. Esa es la manera en que Dios ama al hombre, una manera que nos desconcierta. Es lo que se canta solemnemente en la Vigilia Pascual: “Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!” Nicodemo “fue de noche a visitar a Jesús”, y es en medio de la noche de Pascua cuando el cirio pascual, símbolo de Cristo, luz verdadera, brilla y disipa nuestras tinieblas.

 

[h2] Meditatio:

            Las paradojas no son un elemento exclusivo de nuestra fe expresada en la Escritura. Además de éstas, hemos añadido nosotros algunos elementos de nuestra propia cosecha. La terrible realidad de la cruz, instrumento de la pena capital, escandalizaba a los no cristianos. Y tendría que seguir agitándonos, ya que fue el precio que se pagó por nuestro rescate. Pero, para hacerla “tolerable”,  la hemos adornado y transformado en un signo puramente religioso, hasta ser casi un elemento decorativo. Algunas preguntas desagradables este día. ¿Somos conscientes del verdadero sufrimiento al que tuvo que someterse Jesús, o pensamos que su pasión fue algo que aceptó fácilmente, “porque sabía cómo iba a terminar”? ¿Cómo aceptamos el sufrimiento cuando seguir la enseñanza de Jesús implica renuncia, abandono o rechazo? Cuando nos hallamos hundidos, sometidos a la prueba o sencillamente sufriendo por cualquier motivo, ¿volvemos la mirada al rostro de Cristo resucitado?

 

[h3] Oratio:

            Reza por la humanidad sufriente, por los sometidos al dolor físico, moral o psicológico sin hallar una razón o explicación que los consuele: para que puedan superar su angustia y encuentren alivio a sus dolores.

            Recemos por nosotros mismos, para que aprendamos a aceptar nuestra propia cruz y aprendamos que cargar con ella cada día es una manera de compartir el ministerio salvador de Jesús.

 

[h4] Contemplatio:

            Además de todas nuestras elaboraciones teológicas que podemos hacer en torno a la cruz, hay una dimensión vital que no deberíamos minimizar o pasar por alto: sus consecuencias prácticas en nuestra vida diaria. Vuelve a leer todo el pasaje de 1 Corintios (1:18.-25), así como las frases iniciales que preceden al himno de Filipenses, especialmente; “Tengan unos con otros la manera de pensar propia de quien está unido a Cristo Jesús”. Luego, compara humildemente la actitud mostrada por Jesús, su pensar y sentir, con tu propia manera de abordar la vida en todas sus dimensiones. No tengas miedo, ni te sientas decepcionado por las contradicciones que encuentres: si hubiera una coincidencia plena, ¡no necesitaríamos un Salvador

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

 

Lectio Divina 2014-09-28: "¿Cuál hizo la voluntad de su Padre?"

DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 21, 28-32
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
 
--¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña". Él le contestó: "No quiero." Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor." Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?
 
Contestaron:
 
-- El primero.
 
Jesús les dijo:
 
-- Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.
 
Palabra del Señor.
 
 

[or] Otras lecturas: Ezequiel 18:25-28; Salmo 25:4-5, 8-9, 10, 14; Filipenses 2:1-5

 

[h1] Lectio:

            Ya estamos acostumbrados a los largos “huecos” que impone el Leccionario a la lectura “continua” de Mateo. En el caso de hoy, el vacío que hay que salvar no sólo es largo, sino que está lleno de connotaciones que nos proporcionarían el contexto, en verdad importante, en que encuadrar la parábola de “Los dos hijos”. Desde el fragmento del domingo pasado, (Mateo 20:1-16), han sucedido muchas cosas: entre otras, el tercer anuncio de la pasión y muerte de Jesús; su entrada en Jerusalén, la purificación del templo… pero en especial hay que señalar el clima de hostilidad en sus relaciones con los dirigentes religiosos judíos. En el texto que precede inmediatamente a nuestro pasaje, los jefes de los sacerdotes han cuestionado la autoridad con que actúa Jesús. Después de la discusión, Jesús les propone una parábola.

            La imagen de dos hermanos contrapuestos nos resulta familiar: desde el comienzo de la historia bíblica, con Caín y Abel, Isaac e Ismael, Esaú y Jacob… hallamos un número de parejas semejantes, unas veces reales y otras alegóricas, que representan algo más hondo que meras “historias”, ya que nos traen a la memoria la dualidad innata de nuestra condición humana. Esa dualidad, en otro sentido, es uno de los rasgos que define a los fariseos, sacerdotes y maestros de la Ley, que dividen a los humanos dos categorías. Primero, los que están de su lado: quienes observan la Ley, fieles a la Alianza y cumplidores de todos y cada uno de los mandatos y preceptos… Y luego, quienes pertenecen al resto del pueblo, incapaces de cumplir con todas las exigencias de la Ley, o por su ignorancia o porque son pecadores, siendo las prostitutas y los recaudadores de impuestos, que colaboran con el invasor romano, quienes ocupan el puesto más bajo y despreciable de todos.

            Los dos hermanos de la parábola son, pues, símbolos de las distintas actitudes que podemos adoptar frente al llamamiento a la conversión, la aceptación del Reino y el cambio de manera de vivir. Por una parte, un mundo de fe verbal, que se apoya en declaraciones, credos, definiciones y dogmas; de otra, un mundo de hechos que se apoya en realidades, en cosas que se pueden contar, ver y tocar, aunque no haya una profesión explícita de fe. Sin duda, ninguno de esos dos mundos excluye al otro: podríamos decir al mismo tiempo “Sí” y llevar a cabo la tarea encomendada. Pero, de todos modos, las parábolas tienen que exagerar los rasgos para que sean visibles y comprensibles. En cualquier caso, la “moraleja” nos recuerda otras palabras de Jesús: “No todos lo que me dicen: ‘Señor, Señor’, entrarán en el reino de los cielos, sino solamente los que hacen la voluntad de mi Padre celestial” (Mateo 7:21).

            Y, algo no demasiado común en el Leccionario: la parábola conecta con las otras dos lecturas de la liturgia. Ezequiel subraya lo importante que es superar los nombres y adjetivos: “justo” y “malvado” no significan nada si su contenido no va ratificado por la actitud y las acciones de los así llamados. Y en cuanto a la manera en que ha de comportarse un verdadero hijo, Pablo  exhorta a sus lectores a vivir según el himno cristológico de Filipenses, que nos ofrece el modelo que cualquier cristiano debe seguir en su camino de obediencia a la voluntad del Padre.

 

[h2] Meditatio:

            Al leer y meditar pasajes como el del evangelio de hoy, tengo la impresión de que la discusión no es precisamente entre Jesús y sus oponentes, sino que en realidad es un reto que nos plantea el evangelio a nosotros. Las palabras amenazadoras que pronuncia Jesús, “Los recaudadores y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el reino de los cielos” (o, como traducen otros, “en lugar de ustedes”), bien podrían dirigirse a nosotros, por cuanto compartimos la mentalidad de los fariseos: no necesitamos convertirnos o cambiar de actitud, puesto que ya somos los “elegidos” y el reino es propiedad nuestra. ¿No deberíamos, en cambio, confrontar nuestra actitud, nuestra manera de abordar el Evangelio, con esas palabras tan duras? ¿No deberíamos re-examinar con más frecuencia nuestras convicciones respecto a estar “en camino” hacia el Reino, en vez de dar por supuesto que “ya estamos dentro”?  ¿Implica nuestra obediencia al Padre algo tan serio como lo que leemos en Hebreos (5:7-10) sobre lo que sufrió Jesús al aceptar los designios del Padre?

 

[h3] Oratio:

            Oremos por quienes en ocasiones creemos que ya estamos salvados y somos superiores a los “recaudadores y prostitutas” de nuestro tiempo: para que reconozcamos humildemente nuestra necesidad de arrepentimiento y de transformación de nuestra vida para adaptarla al estilo del Evangelio.

            Reza por los marginados de nuestra época, quienes viven “oficialmente” en pecado: para que escuchen el llamamiento a la conversión de parte de Jesús, descubran lo que eso significa y, con la ayuda de otros cristianos, puedan responder en obediencia a la voluntad del Padre.

 

[h4] Contemplatio:

            Podemos encontrar una llamada personal, íntima, a la obediencia en las palabras de Jesús a sus discípulos durante la Última Cena. Más que mandatos, son una invitación a compartir su propia intimidad con el Padre. Lee Juan 15:1-17 y busca una frase sencilla que resuma tus sentimientos. Puede ser tu “slogan” a lo largo de la semana. 

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2014-10-12: "Muchos son llamados, pero pocos elegidos"

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 22, 1-14
 
En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: --El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda". Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda." Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.
 
Palabra de Señor.
 
 

[or] Otras lecturas: Isaías 25:6-10; Salmo 23:1, 3-4, 5, 6; Filipenses 4:12-14, 19-20

 

[h1] Lectio:

            La solemnidad de Cristo Rey es el último domingo de este año litúrgico. Hasta entonces, los domingos que tenemos por delante son un tanto complicados: política, escatología, preceptos legales, la muerte, el culto, todo parece formar un mosaico multicolor en el que no sólo están presentes buena parte de los elementos fundamentales de nuestra fe, sino que, además, nos exigen una respuesta.

            Este mismo domingo reúne varios temas dispersos por toda la Biblia. El primero, el más familiar, es el del banquete. Tanto si nos recuerda una fiesta de bodas o cualquier otra reunión solemne, la imagen de Dios que invita a su pueblo a compartir la mesa como signo de su generosidad aparece más de una vez. En el texto de Isaías que hoy leemos, la comida común anuncia y anticipa la liberación final del opresor y traspasa los límites del mismo Israel, ya que acogerá a “todas las naciones”. En otro caso, una comida privada ofrecida por Abraham como gesto de hospitalidad a tres visitantes desconocidos se convierte en el anuncio y promesa del hijo y heredero deseado y esperado desde mucho tiempo atrás (Génesis 18). Para los hebreos, que están a punto de escapar al exterminio en Egipto, la cena pascual se convertiría en el signo por excelencia del nacimiento de una nación libre, así como su más importante celebración religiosa (Éxodo 12:1-28). Para nosotros, los cristianos, la Cena Eucarística es, junto con el Bautismo, la celebración litúrgica más más importante y el sacramento que, en cierto sentido,  “crea” la comunidad de creyentes, la Iglesia misma.

            El otro elemento de la parábola, el del traje de boda, tampoco es nuevo. Y también tiene una significación particular. No se trata de la tradición de “ponerse de punta en blanco” para una ceremonia especial (recordemos que es la boda del hijo del rey), sino que en el Antiguo Testamento tiene también un aspecto simbólico. En un contexto mesiánico, Isaías 61:10 utiliza la imagen: “Me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia”. Pero, más tarde, Pablo utilizará la expresión con una dimensión alegórica mucho más profunda, la de “ponerse” una vida nueva mediante la fe y el bautismo: “…han quedado revestidos de Cristo” (Gálatas 3:27).

La parábola, en definitiva, presenta dos mensajes básicos: la generosidad de Dios, que insiste y repite su “invitación” a la salvación; y la negativa obstinada e irracional de Israel a responder a la llamada y acudir al banquete, a obedecer sus mandamientos. El paralelismo con la historia de Israel, el papel desempeñado por los profetas-criados, y el castigo y la destrucción  finales tienen claras connotaciones históricas. Inesperadamente, irrumpe en escena un nuevo grupo de invitados, “todos los que encuentren”, “malos y buenos”. Y una vez más, el llamamiento dirigido a todo tipo de gentes evoca la primera lectura de hoy y el banquete universal para “todas las naciones”; y también la misión de Jesús como el que vino a llamar al Reino de Dios a los pecadores y a las ovejas descarriadas de Israel. Pero eso implica una nueva dimensión: no se trata de aceptar, sin más, la invitación, sino que hace falta una actitud de “metanoia”, de conversión: transformarse y revestirse con el “traje de boda”. No basta con acudir a la fiesta, como no basta con decir “Señor, Señor”: es necesario “hacer la voluntad de mi Padre celestial” (Mateo 7:21-23). La amarga realidad que tenemos que aceptar es que la gracia entraña respuestas muy serias: “Muchos son llamados, pero pocos escogidos”. 

 

[h2] Meditatio:

            Como mencioné al comienzo, nos acercamos al final del año litúrgico, así como al final del evangelio de Mateo, y en éste, la atmósfera parece ir alcanzando un tono muy discordante. La parábola que hoy leemos no es más que una pieza de una serie de textos donde la discusión se vuelve cada vez más espinosa y donde el enfrentamiento entre Jesús y los dirigentes judíos alcanzará el culmen en su pasión y muerte. La violenta reacción del rey contra los invitados, tanto los que no acudieron a la boda como el que asistió sin la ropa adecuada, deberían plantearnos algunas cuestiones respecto al paralelismo entre aquellos personajes y nosotros mismos. Una vez más, dos preguntas que deberían suscitar nuestra inquietud en nuestra plácida rutina de “creyentes oficiales”. ¿A qué distancia estamos su indiferencia y su menosprecio hacia la invitación de Dios a tomar parte en los proyectos de Jesús y en la salvación que nos ofrece?  ¿También nosotros damos por sentado que, una vez que hemos entrado a la sala del banquete, no necesitamos ningún otro signo de transformación más que nuestra “tarjeta de socio del club”?    

 

[h3] Oratio:

            Reza por los que se sienten satisfechos y no necesitan invitaciones de Dios al cambio o a la conversión: para que sean conscientes de su pobreza como creyentes y reconozcan su necesidad de estar abiertos y aceptar los dones de Dios.

            Recemos por nosotros que, como los fariseos y los maestros de la ley, no queremos reconocer que en algún momento estuvimos (o podríamos estar) “en las calles” de la vida y, por pura gracia, fuimos invitados al banquete del Reino: para que vivamos agradecidamente  cuanto hemos recibido.

 

[h4] Contemplatio:

            La carta a la Iglesia de Laodicea (Apocalipsis  3:14-21) es el reverso del tapiz del evangelio de hoy. A pesar de reprocharle a la Iglesia su “vergonzosa desnudez” e instarla a que se compre “ropa blanca”, Jesús, el Señor, la invita a un banquete, pero es él quien está “llamando a la puerta”, esperando que le pidan que se siente a su mesa. En realidad, se nos pide que intercambiemos los papeles y tengamos a Jesús como invitado nuestro. Piensa de qué manera está “llamando a tu puerta”, cómo puedes invitarle a entrar, y qué puedes ofrecerle.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2014-10-19: "Dad a Dios lo que es de Dios"

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 22, 15-21
 
En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: -- Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no? Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: -- Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto. Le presentaron un denario. Él les preguntó: -- ¿De quién son esta cara y esta inscripción? Le respondieron: -- Del César. Entonces les replicó: -- Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
 
Palabra del Señor
 
 

Otras lecturas: Isaías 45:1, 4-5; Salmo 96:1, 3, 4-5, 7-8, 9-10; 1 Tesalonicenses 1:1-5

 

[h1] Lectio:

            Como escribía hace unas semanas, los últimos capítulos de Mateo presentan una atmósfera cada vez más agobiante. Jesús se ha atrevido a acusar a las autoridades religiosas de ser infieles a la auténtica fe y ha puesto de manifiesto su hipocresía. No sólo eso, ha anunciado que tienen los días contados. La reacción es comprensible: tienen que pararle los pies por cualquier medio que encuentren. Cepo, trampa, argucia podrían ser las palabras para describir el ambiente que percibimos cuando leemos algunas de las “pruebas” a las que se ve sometido Jesús. Los fariseos le preguntan sobre los impuestos que hay que pagar a los romanos o sobre el mandamiento fundamental de la Ley; los saduceos reclaman su opinión sobre la resurrección de los muertos; los herodianos también se unen al coro… Pero en todos estos casos, ninguno de los que hacen preguntas o plantean dilemas religiosos tiene el menor deseo de llegar a una doctrina o a una verdad sólidas. Todo lo que buscan es un fallo, un error, algo que poder aducir como razón para denunciar a Jesús ante las autoridades (romanas o judías, civiles o religiosas, ¡poco importa!) En torno a Jesús va tejiéndose una red de insidias.

            En el pasaje de hoy (lo hemos leído tantas veces, que es ocioso recordar la historia), el dilema planteado tiene por objeto hacer que Jesús afirme que es lícito pagar impuestos al césar, y en ese caso el pueblo le considerará “colaboracionista” con el opresor; o lograr que condene los impuestos, y entonces los romanos le declararán subversivo y peligroso. En cualquier caso, está perdido. La pregunta podría parecer una mera cuestión legal, pero en el contexto judío, se trataba de un grave problema moral y religioso. Con todo, el sentido de la historia que narra Mateo es que Jesús desenmascara la hipocresía escondida tras toda la consulta “ética”: quienes parecen tan preocupados por tales problemas legales y morales ya han “superado” sus supuestos escrúpulos: no les resulta difícil sacar de sus bolsas un denario. Los puros e intachables ¡llevan encima dinero romano impuro incluso en el espacio sagrado del Templo! 

            La respuesta de Jesús, aguda e ingeniosa, parece disipar las dudas entre las alternativas opuestas, pero crea un problema nuevo. Debo confesar que esa claridad, supuestamente radiante, me deja en buena medida deslumbrado, en especial cuando trato de aplicarla a situaciones prácticas. El fundamento último es que, por encima de todas las consideraciones legales, a Dios le pertenece todo. Pero en cuanto a la autoridad del césar o de quienquiera que gobierne, ¿qué le debemos dar o “devolver”? ¿Qué parte de nuestros ingresos o pertenencias? ¿Y si, en un momento dado, la autoridad es Hitler, o Stalin? La respuesta de Jesús es en realidad el punto de partida para un número de preguntas nuevas. Añadamos algo que complica aún más las cosas en la liturgia de hoy: en la lectura de Isaías hallamos uno de los textos más chocantes respecto a los planes de Dios y su manera de realizarlos en la historia. Las palabras usadas por Dios dirigiéndose a Ciro, un rey pagano, son difíciles de entender: ni siquiera conoce al Dios de Israel (45:4-5), ¡pero en el verso 1 se le llama “ungido” (mesías y cristo en los textos hebreo y griego)! Esto debería obligarnos a repensar nuestra relación con la autoridad. Y también volver la mirada a la historia de salvación y ver que los planes de Dios son totalmente imprevisibles: un rey pagano cumple los designios de Dios… y el verdadero Mesías nace en un establo y es ejecutado en una cruz. Pero todo esto nos llevaría al ámbito de la Meditatio.

 

[h2] Meditatio:

            Como acabo de decir, creo que las últimas líneas de la Lectio nos proporcionan suficiente material para nuestra Meditatio, por lo que me limitaré a subrayar algo que podríamos pasar por alto o ignorar. Los fariseos que acuden a Jesús y le preguntan no buscan respuesta a un problema real, sino que tratan de hallar algo totalmente distinto: la manera de atraparlo y condenarlo. Su actitud, si la analizamos objetivamente, puede resultar muy significativa, ya que podría reflejar cómo nos planteamos ciertos problemas morales espinosos. Como católico, a veces tengo la impresión de que cuando abordamos ciertos temas (en muchos casos, referentes al sexo: divorcio, homosexualidad, etc.) tampoco nosotros estamos buscando una respuesta que nos ayude a afrontar las exigencias del Evangelio de la manera más fiel, sino que ya tenemos la contestación o hemos adoptado una postura previas, y tan sólo esperamos que la “autoridad” confirme nuestra propia opinión personal. O, todavía peor, tratamos de apoyarnos en el criterio de otros para evitar plantearnos el problema por nosotros mismos. Disculpa unas palabras tan atrevidas y permíteme una pregunta muy directa: ¿soy muy cáustico, o reflejo en cierta medida nuestra propia actitud farisaica?

 

[h3] Oratio:

            Recemos por nosotros y por nuestra falta de sinceridad al abordar temas morales: para que venzamos la tentación de eludir los problemas reales, contrastarlos con el evangelio y hallar una respuesta que refleje la actitud de Jesús.

            Reza por quienes se sienten divididos y a veces desgarrados en su interior por problemas morales para los que no encuentran respuesta: para que descubran una salida conforme al Evangelio y recobren la paz y la reconciliación en Jesús.

 

[h4] Contemplatio:

            Sé que, a primera vista, estoy conduciendo el tema de este domingo por caminos que no son los habituales, pero me atrevo a invitarte a que leas de nuevo Juan 8:1-11. Puede que encuentres más conexiones entre ese texto y el evangelio de hoy de las que podrías esperar.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2014-10-26: El mandamiento más grande

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 22, 34-40
 
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús habla hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
 
-- Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?
 
Él le dijo:
 
--“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.
 
Palabra del Señor
 
 
 

[or] Otras lecturas: Éxodo 22:20-26; Salmo 18:2-3, 3-4, 47, 51; 1 Tesalonicenses 1:5-10

 

[h1] Lectio:

            Antes de comenzar nuestra Lectio, recordemos el proceso que ha seguido el Evangelio de Mateo hasta conducirnos al pasaje que leemos hoy. Los fariseos y quienes consideraban a Jesús un rebelde y un predicador peligroso han intentado desacreditarle ante el pueblo por todos los medios. De aquí las preguntas o, más exactamente, las consultas con trampa cuyo objeto es hacer que cometa algún error o afirme algo que esté abiertamente en contra de la Ley. Primero, los sacerdotes y ancianos cuestionan su autoridad para predicar y actuar tal como hace (21:23-27). Jesús, a su vez,  les plantea una pregunta que no saben responder y tampoco él les contesta. Quedan, por así decirlo, “empatados”. Más tarde, los fariseos, junto con los herodianos, le consultan si se debe pagar el tributo al césar (22:23-33). Elude la trampa  con habilidad,  los deja “admirados” y se marchan. De nuevo, son ahora los saduceos quienes plantean su propia pregunta, en este caso sobre la resurrección de los muertos (22:23-33). Tras salir airoso de la prueba, la gente entiende que Jesús es un auténtico maestro y se queda “admirada” de su enseñanza. La última cuestión, la que hoy leemos, la plantea un letrado, un maestro de la Ley enviado por los fariseos (22:34-40). En esta ocasión, Jesús no sólo responde correctamente (eso lo veremos después) sino que es él quien ahora hace una pregunta en torno al Mesías, el hijo de David (22:41-46). Nadie puede responderle y “desde ese día ninguno se atrevió a hacerle más preguntas”.

            La respuesta de Jesús al letrado en el texto de hoy va a lo fundamental. No voy a repetir lo que  puedes encontrar fácilmente en cualquier comentario o enciclopedia respecto al número de mandamientos, normas y reglas del código moral judío: en dos palabras, era tan complejo que uno nunca sabía de qué lado de la Ley estaba. Así que, reuniendo dos textos de la Escritura, Jesús despeja las dudas engañosas que le han planteado. El amor es la respuesta, pues Dios mismo es amor, y para un creyente todo el ámbito de la vida humana está bajo la mirada atenta y amorosa de Dios. Tampoco voy a abordar el significado de “amor” en sus distintos sentidos. Basta con ver algunos lugares del Nuevo Testamento en los que aparece la palabra. Cuando Jesús habla de su único “mandamiento”, lo hace después de haberles lavado los pies a los discípulos (Juan 13:1.20), y recalca la dimensión del amor como “servicio”. Al definir a Dios como “amor”, Juan, en su primera carta (3:11-17; 4:7-12, 16-21) subraya el profundo vínculo que existe entre ambas dimensiones, divina y humana. Y en el texto paralelo al de hoy en el Evangelio de Lucas (10:25-28), hallamos una prolongación del episodio. En este caso, quien había planteado la pregunta pide una explicación sobre quién es el “prójimo”, y  Jesús le responde con la parábola del Buen Samaritano (10:29-37). En  clave menor, y aunque  no se mencionen ni el “amor” ni los “mandamientos”,  la  carta de Santiago (1:27) también puede ofrecernos una sencilla definición de la “religión pura y sin mancha”.

            En cierto sentido, la enseñanza de Jesús respecto a la Ley en el Evangelio de Mateo se cierra de manera circular: comenzó con las Bienaventuranzas, y seguía con su explicación de los mandamientos (capítulos 5 al 7); ahora, después de responder a tantas cuestiones espinosas, Jesús vuelve a la posición fundamental y  más radical: la regla de oro, que contiene “la Ley y los Profetas” (7:12), algo que no había venido a abolir sino a llevar a plenitud.

 

[h2] Meditatio:

            Hemos de admitir que, al cabo de veinte siglos de historia del cristianismo, la mayoría de los problemas, cuestiones y dificultades que hallamos al vivir el Evangelio no son más que versiones o variaciones de temas que ya se habían plantado en los primeros momentos de la Iglesia, e incluso en tiempos de Cristo. Es cierto que “no hay nada nuevo bajo el sol”. Aunque las circunstancias sociopolíticas hayan cambiado, la naturaleza humana es la m misma. La mentalidad farisaica está infiltrada en nuestra propia mentalidad cristiana y seguimos planteándonos cuestiones y problemas que, en muchos casos, son las mismas argucias usadas por los enemigos de Jesús y cuya finalidad no era hallar una respuesta honrada y veraz, sino hacerle tropezar o justificar sus propias soluciones preconcebidas. Pensemos en nosotros y en nuestra manera de enfocar los problemas morales de nuestra vida. Es el Evangelio, la “nueva Ley”, nuestro punto de referencia o acudimos a otros recursos (el consejo de otros, las autoridades oficiales o cuasi-oficiales…)?  Como católico, puedes imaginar que no estoy invitando al libre examen de la Biblia, pero creo que todos debemos ser más cautos al abordar principios y normas que en ocasiones son el resultado de la tradición o la rutina y podrían ser ajenas al enfoque del Evangelio. ¿Con  qué frecuencia nos apoyamos en las tradiciones más que en las palabas de Jesús? ¿No será que nuestra mentalidad está más cerca de la de los fariseos y doctores de la Ley que del espíritu de libertad de los hijos de Dios?

 

[h3] Oratio:

            Reza por los sometidos a los temores y angustias de seguir escrupulosamente las normas y las leyes: para que entiendan el llamamiento de Jesús a la confianza en la misericordia y el amor de Dios y se vean libres de falsas y pesadas cargas legales.

            Recemos por nosotros mismos: para que el “mandamiento del amor” sea siempre el criterio y la guía en nuestra vida cristiana y nos haga sensibles para responder fielmente a las exigencias de Dios y a las necesidades de nuestros hermanos.

 

[h4] Contemplatio:

            Te sugiero que leas una vez más la parábola del Buen Samaritano (Lucas 10:29-37). ¿Cuáles crees que eran las prioridades  y cuál era el mandamiento “más importante” de la Ley para cada uno de los personajes? Luego, vuelve la mirada  a tus propias prioridades y mira dónde pones el acento fundamental en tu manera de vivir el Evangelio.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2014-11-09: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 2, 13-22
Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:
Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora».
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:
— ¿Qué signos nos muestras para obrar así?
Jesús contestó:
—Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.
Los judíos replicaron:
—Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
Palabra del Señor
 
Otras lecturas: Ezequiel 4:1-2, 8-9, 12; Salmo 46:2-3, 5-6, 8-9; 1 Corintios 3:9-11, 16-17

Lectio:

            Debe admitir que no he llegado a entender del todo estas fiestas de la “dedicación de templos” en la liturgia. Obviamente, templos como la basílica Lateranense, la catedral del obispo de Roma y “madre de todas las iglesias” han desempeñado un papel extraordinario en la historia de la Iglesia. Representan a Cristo mismo, y a la Iglesia como tal, Cuerpo de Cristo; y en ese sentido, siempre han tenido un carácter sacro. Con todo, corremos el riesgo de caer en la vieja trampa de hacer que algunas ideas del Antiguo Testamento prevalezcan por encima de algunos conceptos cristianos fundamentales. Especialmente como los que hallamos en pasajes como el evangelio de hoy.

            Parece que la tradición del Antiguo Testamento presenta dos maneras de enfocar el Templo. Por una parte, la concepción del Templo como la continuación de la Tienda de la Alianza, donde Yahveh tenía su morada desde los largos años de la marcha de los hebreos por el desierto hasta que Salomón construyera el Templo en Jerusalén. Incluso después del exilio y su reconstrucción, el

Templo fue el signo sobrecogedor de la gloria de Dios en medio de su pueblo. El culto junto con la observancia estricta (y en ocasiones, hipócrita) de la Ley, llegaron a ser los elementos básicos de la fe judía. El otro enfoque fue el de los profetas que denunciaron toda la idolatría hipócrita de la que podía hacer ostentación un pueblo de pecadores en lugar de la fidelidad debida a la Alianza. El capítulo 7 de Isaías es una crítica profunda y áspera del pueblo que celebra el culto pero no practica la justicia. No tiene sentido pronunciar las palabras mágicas “¡El Templo del Señor!” si no se convierten al Señor que invocan. Pueden encontrarse ejemplos semejantes en Jeremías y en Amós.

            La “purificación” del Templo realizada por Jesús da un paso más allá. Hay algunos rasgos peculiares en el relato de Juan en comparación con el de los Sinópticos. Primero: como éstos, Juan sitúa el acontecimiento en el contexto de la Pascua judía, cuando la gente está preparándolo todo para la fiesta, y comprar corderos para la celebración es una actividad totalmente normal; pero lo hace al comienzo de su ministerio, no en la última semana. Segundo: Jesús no condena a los comerciantes porque hayan convertido  el Templo en una “cueva de ladrones”, un lugar pecaminoso,  sino en un simple y vulgar “mercado”. Tercero: el caos que provoca exige una explicación de con qué autoridad interrumpe un comercio como aquel, legítimo y necesario. Y cuarto: en su respuesta (y este es el “paso más allá”), Jesús invoca una nueva dimensión del culto y la adoración: no existe otro “lugar” sino su propio cuerpo, porque él es “el Cordero de Dios que quitará el pecado del mundo y realizará la única y definitiva reconciliación (Juan 1:29). En realidad, no se refiere al Templo, ni siquiera amenaza con destruirlo (la acusación falsa invocada en su proceso: Mateo 26:60-61; Marcos 14:58), sino que desafía a las autoridades a que le destruyan a él. Nadie entiende entonces lo que quiere decir, sólo después de la Resurrección, bajo la acción del Espíritu (Juan 14:25-26), “recordarán” los discípulos que aquellos “tres días” eran algo más que una simple frase hecha. El pasaje anticipa, además, el dialogo con la Samaritana y las palabas de Jesús sobre el verdadero culto y su “lugar” (Juan 4:21-24).      

Meditatio:

            Aunque el centro de atención ha sido el evangelio, las lecturas de hoy presentan más detalles. En la primera comunidad hay un enfoque nuevo respecto al culto. En Hechos (2:46; 3:1, etc.) vemos cómo los Apóstoles acuden al Templo a rezar. Pero tan pronto como la comunidad empezó a crecer y extenderse más allá de Jerusalén, tuvieron que desarrollar nuevos tipos de culto. Al cabo, las “iglesias domésticas” donde se celebraba la fracción del pan acabarían convirtiéndose en el germen de lo que hoy llamamos “iglesias”. Como se dijo arriba, lo que hoy celebramos es precisamente la consagración o dedicación de San Juan de Letrán. Pero el espíritu de la iglesia como un edificio no reemplazaría jamás a la creencia básica: es la comunidad de creyentes lo que constituye el auténtico templo. La pregunta, como era de esperar, no se refiere al papel de los templos, sino a nosotros mismos: ¿en qué medida nos consideramos no sólo como “piedras vivas, templo espiritual” (1 Pedro 2:4-5), sino como “templo del Dios viviente” (2 Corintios 6:16)? ¿Hasta qué punto hemos degradado nuestros propios templos físicos hasta el nivel de “mercados” litúrgicos? ¿Son en verdad “casas de oración para todas las naciones” (Marcos 11:17)?

Oratio:

            Recemos por nosotros  mismos: para que seamos conscientes de que somos miembros del Cuerpo de Cristo, “sacerdote, profeta y rey”, llamados a ofrecer el sacrificio espiritual de nosotros mismos.

            Reza por quienes no se sienten cómodos en nuestras celebraciones litúrgicas: para que descubran la presencia del Señor en espíritu de adoración y oración, recordando que está entre nosotros cuando dos o más rezamos juntos.

Contemplatio:

            Pablo critica a la comunidad cristiana de Corinto porque, lo mismo que había pasado con el Templo de Jerusalén, la Cena del Señor se ha visto degradada al nivel de una vulgar reunión social. Piensa en alguna manera por la que tu actitud y la de tu comunidad puedan reflejar mejor el clima de un templo del Señor, vivo y espiritual.

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2014-11-16: Los talentos

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 25, 14-15.19-21
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
 
--Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.
 
Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. "Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco." Su señor le dijo: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor." Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: "Señor, dos talentos me dejaste; mira he ganado otros dos." Su Señor le dijo: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor."
 
 
Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: "Señor, sabía que eras exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo." El señor le respondió: "Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Conque sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco para que al volver yo pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al quien tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”.
 
Palabra del Señor.

 

Otras lecturas: Proverbios 31:10-13, 19-30-30-31; Salmo 128:1-2, 3, 4-5; 1 Tesalonicenses 5:1-6;

 

Lectio:

            El que los dos domingos anteriores interrumpieran la lectura continuada de Mateo ha hecho que nos perdiéramos el contexto de los últimos pasajes de  su evangelio que leeremos en ese año litúrgico. A partir de capítulo 21, el clima en torno a Jesús se vuelve cada vez más hostil. Las parábolas, los dichos y las disputas con las autoridades y el que Jesús denuncie su hipocresía (el capítulo 23 es especialmente duro) los empujan a tomar la decisión final de buscar su muerte. El capítulo 24 comienza con el anuncio de la destrucción del Templo, y esto hace que los discípulos le pregunten cuándo y “¿Cuál será la señal de tu regreso y del fin del mundo?”(24:3). La respuesta para el “cuándo” es sencilla: “En cuanto al día o la hora, nadie lo sabe” (24:36). Y los signos pueden verse en cualquier tiempo o lugar, pues guerras, desconcierto y catástrofes siempre las habrá: pero esos no serán los verdaderos signos. El final vendrá como un ladrón, a media noche, o en el medio del día, mientras en los campos trabajan los hombres y las mujeres muelen en las casas. Por eso deben los discípulos tener abiertos los ojos y mantenerse fieles como un siervo a la espera de su amo.

            Pero entre tanto, hasta aquel momento, ¿qué han de hacer? Como siempre, aquí es fundamental el contexto para entender todo el pasaje. Debemos tener en cuenta no sólo la primera comunidad que esperaba la vuelta inmediata del Señor en su gloria, tal como algunos miembros de Tesalónica, a los que Pablo les recordará la necesidad de trabajar y no llevar una vida ociosa, aunque la “parousía”, el regreso del Señor les pueda parecer próximo; pero pensemos también en cuantos vivirían más tarde (incluyéndonos a nosotros.) Dos parábolas ilustran ese llamamiento a un espíritu de alerta activa. La primera, la de las Diez Jóvenes, que tendría que haberse leído el domingo pasado, subraya la actitud previsora ante el “retraso” del Señor: hay que estar preparados para esa eventualidad.    

            La segunda parábola, la de los Talentos, es la que hoy leemos. Como otras veces, no creo oportuno discutir los distintos enfoques frente a la parábola, que abarcan desde una interpretación “ascética” hasta la que la aborda como si significara lo contrario de la misma e implica una crítica socioeconómica de los siervos que trabajaron “movidos por la codicia y la ambición”. Seamos un poco más humildes y aceptemos lo que, a mi entender, puada ayudarnos mejor a seguir a Jesús. Primero, no creo que debamos interpretar “talento” en el sentido literal de “una gran suma de dinero”, ni en el de “la capacidad o disposición frente a la vida”. El primer enfoque, literal, no cuadra en la parábola. Ni tampoco el de habilidad, pues los talentos se distribuyeron “según la capacidad” de cada uno (25:15). Y, a pesar de algunas traducciones, no se los “confiaron”, sino que el texto griego dice que se los “entregaron” en propiedad: por eso no se los devuelven al señor. ¿No podríamos entender los talentos como el Evangelio mismo, entregado a la Iglesia como un tesoro que hay que compartir y hacer que produzca sus frutos de salvación? Aun cuando lo llevemos en “vasijas de barro” (2 Corintios 4:7). ¿O como la luz de la fe que hemos recibido y no debe ser “enterrada” bajo una vasija, sino puesta en el candelero para que alumbre toda la casa (Mateo 5:15)? Este largo periodo de espera hasta la vuelta del Señor en gloria no es un tiempo de expectación ociosa, sino de actividad dinámica y “provechosa” para proclamar el

Reino de Dios y hacer que crezca.

 

Meditatio:

            Hemos centrado la atención en el evangelio como tal, pero también deberíamos tener en cuenta en nuestra Meditatio las demás lecturas. Si nos fijamos en el concepto tradicional de la mujer y su papel en el hogar, tendríamos cierto respaldo para una interpretación de la parábola en función del beneficio o la laboriosidad… O incluso ver el pasaje como una invitación a crear un entorno doméstico en nuestra iglesia, para que todos se sintieran “como en casa”. Es, con todo, el fragmento de Tesalonicenses el que podría actuar como elemento unificador para relacionar las lecturas de hoy con las de los domingos anteriores. ¿Somos conscientes de la posibilidad de una vuelta inminente e inesperada del Señor? Lo que podría entenderse ingenuamente como un momento apocalíptico podía en realidad convertirse en una razón y un acicate para enfrentarnos a nuestro tiempo y a nuestros talentos (con el sentido habitual del término) como algo limitado y destinado a producir frutos de justicia, atisbos del Reino de Dios. Y eso, a su vez, podría prepararnos litúrgicamente para el próximo domingo, el gran juicio sobre las ovejas y las cabras. Una pregunta muy sencilla, pues: ¿cómo combinamos las actitudes de los personajes en nuestras lecturas (siervos, ama de casa, cristianos de Tesalónica) para aprender a administrar los tesoros de la salvación que se nos han entregado?

 

Oratio:

            Recemos por quienes tienen a su cargo las instituciones de nuestras Iglesias (medios de comunicación, presupuestos, recursos humanos): para que sean conscientes de su responsabilidad al usar el poder para hacer que el Reino crezca y dén el “rendimiento” espiritual al que están destinados esos medios.

            Recemos por nosotros mismos: para que seamos conscientes de las riquezas que hemos recibido y nos esforcemos por ser siervos fieles entregados a cumplir responsablemente con la misión de administrar los dones del Reino.

 

Contemplatio:

            Algo muy simple. Aunque no siga la línea de lo que he expresado antes, dedica algún tiempo a examinar los "talentos” que has recibido de Dios. Deja a un lado la modestia estúpida y la vanidad vacua. Humildemente, da gracias por los dones recibidos y reconoce tus limitaciones. Piensa ahora en uno solo de tus valores, escondido y “enterrado” en fondo de tu personalidad, y trata de encontrar la manera de ponerlo al servicio de la comunidad. Es más que suficiente, pero tal vez también quieras fijarte en algún fallo…

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

 

Lectio Divina 2014-12-07: "Preparad el camino"

Lectura del santo evangelio según san Marcos 1,1-8
 
Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
 
Está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino.
 
Una voz grita en el desierto: ‘Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.”»
 
Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán.
 
Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba:
 
- «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias.
 
Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»
 

 

Palabra del Señor.

 

 

Otras lecturas: Isaías 40:1-5, 9-11; Salmo 85:9-10, 11-12, 13-14; 2 Pedro 3:8-14

 

Lectio:

            Por extraño que parezca, ni en el domingo pasado ni en este Segundo Domingo de Aviento se hace la menor alusión al nacimiento del Mesías, que se supone estamos preparando en nuestra liturgia. El domingo pasado, las palabras de Jesús se referían a su última venida, y hoy el comienzo del evangelio de Marcos nos ofrece el contexto de la vida pública de Jesús. Lo que leemos es el trasfondo de la predicación de Juan en el desierto. En contraste con los demás evangelistas, Marcos no retrotrae la historia de Jesús a su origen mismo como  ”Palabra de Dios (Prólogo de Juan), ni a su nacimiento en Belén (Mateo 2, Lucas 2), sino que prefiere presentarle como el predicador que se somete al bautismo de Juan, un rito penitencial, subrayando así su dimensión humana. Nada de pre-existencia divina, ni de nacimiento virginal, nada especial respecto a él salvo el anuncio de Juan: es “más poderoso” que él, y “bautizará con el Espíritu Santo” (1:8).  

            El primer versículo es, en realidad, el título del libro como tal, aunque también proporciona al lector la clave para entender todo su contenido. Es preciso clarificar algunos términos para captar el “programa” que expone Marcos en este arranque: debemos tener en cuenta que este libro nos va a guiar a lo largo de todo este ciclo litúrgico. En primer lugar, el contexto y sus lectores: en torno al año 65 d.C., en Roma, en un momento de persecución; tal vez ya se tenían noticias de la destrucción de Jerusalén; el autor piensa en la comunidad cristiana de Roma, poco conocedora de las tradiciones y costumbres judías. Los lectores saben desde el comienzo el desenlace de la historia de Jesús: es el Mesías de Israel, el Cristo en términos griegos, e Hijo de Dios. Así que tienen el privilegio de conocer el mensaje oculto en el secreto de Jesús respecto a su verdadera identidad, algo que ignoraban sus contemporáneos. Debemos vincular esta afirmación inicial con las palabras del centurión que presenció la muerte de Jesús: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (15:40). Entre estas dos frases, se exponen a los lectores la vida, enseñanza y signos, el sufrimiento, pasión y muerte de Jesús,. El Evangelio, la Buena Noticia de su victoria inesperada, es Jesús mismo.

            A pesar de esta aparente disociación con la Navidad, las lecturas de hoy son una auténtica introducción al misterio de la Encarnación y su mensaje fundamental de esperanza. “Consuelen a mi pueblo… Hablen con cariño a Jerusalén”, las palabras de Isaías, no se dirigen tan sólo a los israelitas que vuelven del exilio a su tierra devastada; ni a los cristianos sometidos a la persecución y a la muerte a causa de su fe, sino a toda la humanidad sufriente. Repitámoslo: el Evangelio, Jesús mismo, es la Buena Noticia de parte de Dios. Y se nos debe recordar este mensaje de esperanza todos los años. Igual que para los cristianos que leían la segunda carta de Pedro, unos sesenta años después de la resurrección de Jesús y estaban perdiendo la esperanza en la vuelta del Señor, para nosotros tampoco puede ser su “retraso” una excusa para olvidarnos del “cielo nuevo y la tierra nueva” y olvidar cuánto debemos esforzarnos para que nos hallen “sin mancha ni culpa” (2 Pedro 3:14). El nacimiento de Jesús, celebrado en Navidad, es el comienzo de ese proceso que conduce al Reino de Dios, y el camino seguido por el Mesías se nos mostrará como un itinerario difícil, arduo y desconcertante. Pero al final, Dios se manifestará como el pastor que “cuida su rebaño, levanta a los corderos en sus brazos, los lleva junto a su pecho” (Isaías 40:11).

            Queda mucho por decir de Juan Bautista: era la voz que anunciaba lo cerca que estaba el Reino de Dios, aunque ni era él quien habría de traerlo ni era tampoco el Mesías. Su mensaje invitando a enderezar los senderos para el Señor y volverse a él no sólo fue válido para la muchedumbre sedienta del consuelo de Dios, sino también para nosotros que esperamos la llegada del Señor en las diversas dimensiones del Adviento.

 

Meditatio:

            Tendemos a dividir nuestra vida en pequeños compartimentos estancos, sin relación entre ellos. Tal vez algunas preguntas podrían darnos pistas para superar ese aislamiento. Estamos una semana más cerca de la Navidad, y puede que ya hayamos enviado nuestras felicitaciones. Lo estamos preparando todo para las celebraciones familiares. ¿Qué tipo de relación establecemos entre el niño nacido en Belén y el Jesús adulto que predicaba y proclamaba la llegada del Reino de Dios? La gente que escuchaba al Bautista anunciando la presencia del Mesías se arrepentía y recibía el bautismo como signo de penitencia: ¿vemos nosotros algún enlace entre el nacimiento de Jesús y nuestro propio bautismo? ¿Hemos pensado en algún momento en las palabras de Juan? ¿Hemos prestado atención a nuestra necesidad permanente de conversión al Evangelio? Como puedes ver, tal vez dejamos a un lado demasiadas dimensiones en nuestra manera de acercarnos a la Navidad…

 

Oratio:

            Reza por quienes han perdido la esperanza y necesitan una palabra de consuelo: para que este Adviento sea para ellos un momento de luz y vuelta a la vida gozosa del evangelio. 

            Pidamos por todos los que nos olvidamos de que es preciso allanar el camino del Mesías prometido mediante la escucha de su palabra y la conversión del corazón.

 

Contemplatio:

            Durante todo el año vamos a seguir el evangelio de Marcos, el más  breve de los cuatro. ¿Seríamos capaces de comprometernos a leerlo a lo largo de la semana que hoy empieza? Sería un buen ejercicio de conversión al mensaje del Señor que sale a nuestro encuentro

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2014-12-14: "¿Qué dices de ti mismo?"

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 1, 6-8. 19-28
 
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venia como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: -- ¿Tú quién eres?El confesó sin reservas: -- Yo no soy el Mesías. Le preguntaron: -- Entonces, ¿qué? ¿Eres tú Elías? El dijo: -- No lo soy. --¿Eres tú el Profeta? Respondió: -- No. Y le dijeron:
-- ¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo? Contestó: -- Yo soy la voz que grita en el desierto: "Allanad el camino del Señor" (como dijo el Profeta Isaías). Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: -- Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta? Juan les respondió: -- Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia. Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando. 
Palabra del Señor
 
 

[or] Otras lecturas: Isaías 61:1-2, 10-11; Lucas 1:46-48, 49-50, 53-54; 1 Tesalonicenses 5:16-24

 

Lectio:

            “Mi espíritu se alegra en Dios”, la antífona usada en el salmo responsorial, resume el contenido de este tercer domingo de Adviento, llamado tradicionalmente “Dominica Gaudete” (¡Alégrense!), las primeras palabras del texto de san Pablo. Nos acercamos a la celebración del nacimiento de Jesús, y la liturgia trata de presentar un tono festivo y elevar el espíritu navideño en este tiempo de conversión. Por ejemplo, en vez del habitual salmo o cualquier otro himno del Antiguo Testamento, recitamos un fragmento del Magníficat, el himno de acción de gracias y alabanza de María, un texto que leíamos hace unos días en la solemnidad de la Inmaculada.

            Una vez más, el personaje principal es Juan Bautista. El domingo pasado, anunciaba la presencia del Señor en medio de su pueblo. Hoy tiene que responder a las preguntas que le hacen los sacerdotes y levitas enviados por las autoridades judías: quién era, qué estaba haciendo y con qué facultades estaba administrando un bautismo para el perdón de los pecados si no era el Mesías, el Profeta o Elías (1:25). Sus respuestas son claras y no dejan lugar para la duda: tres veces repite “NO LO SOY”, en contraposición con el número de ocasiones en que Jesús dirá “YO SOY” en el evangelio de Juan, definiendo su personalidad mediante imágenes como pastor, pan de vida, camino, luz del mundo… y usando una expresión en la que hallamos un eco del nombre de Yahvé. Juan, en cambio, se define como testigo, la voz que anuncia tanto la presencia del Mesías como el mensaje de salvación que sólo él puede ofrecer a su pueblo. El evangelista subraya este papel de testigo, hace una distinción clara entre el bautismo de Juan, “con agua”, y el de Jesús, “con Espíritu Santo” (1:33), y hace que proclame abiertamente que Jesús “es el Hijo de Dios” (1:34).

            La liturgia de hoy tiene, con todo, más dimensiones que un simple llamamiento y un sentimiento anticipado de gozo por el próximo nacimiento del Mesías. De nuevo, el texto de Isaías nos remite al comienzo del ministerio de Jesús: esas son las palabras que él leerá en la sinagoga de Nazaret, su pueblo, y las pronunciará como una profecía que se cumple en aquel mismo instante. El Adviento, en esta ocasión también, vincula dos “acontecimientos históricos”, su nacimiento y el comienzo de su vida pública, en contraposición con la venida escatológica del Señor en su gloria que vimos el primer domingo. No es de extrañar, pues, que el himno de María transmita el mismo mensaje de liberación y el cumplimiento de las promesas anunciadas por el profeta. 

            Una última nota respecto al gozo que Pablo quiere que compartamos los cristianos de Tesalónica y nosotros: el fragmento que leemos es el final de la primera carta a una joven comunidad que necesita ánimos para crecer en la fe y aguardar la venida del Señor sin que su aparente tardanza “apague el fuego del Espíritu Santo”. Una vez más se usa la imagen del ladrón que llega de noche para describir “el día del Señor” que exige de ellos una actitud vigilante animada por la oración y la confianza gozosa en el que es fiel a sus palabras y llegará a su tiempo.

 

Meditatio:

            Estoy seguro de que todos compartimos los mismos sentimientos contra los fariseos, doctores de la Ley y sacerdotes que rodean a Jesús y andan buscando continuamente la manera de desprestigiarle, acosarle y acabar eliminándole. Con todo, reconozcamos que por una vez actúan de modo razonable y prudente: ¿quién ese extraño profeta, vestido con una piel de camello, que predica el arrepentimiento y se atreve a llamar “raza de víboras” a fariseos y saduceos (Mateo 3:7-12)? Lo cierto es que, sin saberlo, los enviados por las autoridades para interrogarle están siguiendo el consejo de Pablo en el pasaje de hoy: “No desprecien el don de profecía [pero] sométanlo todo a prueba” (vv. 20-21). O comparten la opinión de Juan (1 Juan 4:1-6): “pónganlos a prueba, a ver si el espíritu que hay en ellos es de Dios… porque el mundo está lleno de falsos profetas”. Por el contrario, ¿no somos nosotros en ocasiones demasiado ingenuos a la hora de tratar con ciertas personas y movimientos religiosos o espirituales, sin “poner a prueba” su auténtico espíritu cristiano o su fidelidad al Evangelio? 

            Respecto a las respuestas tajantes de Juan, “NO LO SOY”, ¿no deberíamos ser más humildes cuando nos identificamos a nosotros mismos y nuestras opiniones con el Evangelio y nos presentamos como si fuéramos los “mesías” y “salvadores” de este mundo?

            Una última pregunta para nuestra reflexión: ¿con qué frecuencia nos irritamos porque el Señor parece “retrasarse” en responder a nuestras oraciones o en venir en nuestra ayuda?

 

Oratio:

            Recemos por cuantos (también nosotros estamos incluidos en el grupo) son incapaces de reconocer y aceptar el papel humilde de Juan: para que seamos testigos de Cristo y trabajemos sin descanso para encaminar a nuestros hermanos hacia Jesús, el Cristo Salvador. 

            Pidamos convertirnos en mensajeros de consuelo y esperanza y poder anunciar el gozo que experimentamos siguiendo a Jesús, luz del mundo, en quien se cumplieron las antiguas promesas de los profetas.

 

Contemplatio:

            “Mi alma alaba la grandeza del Señor; mi espíritu se alegra en Dios mi salvador.” Estos son los primeros versos del Magnificat, el cántico de María que recitamos todas las tardes en Vísperas. Repite el himno una vez más, dando gracias por la alegría de haber sido llamado por Jesús para participar de su salvación y ser testigo suyo. Escoge un verso como plegaria y guía a lo largo de la semana que comienza.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2014-12-21: "¡El Señor está contigo!"

DEL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 1, 26- 38
 
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo:
 
-- Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.
 
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo:
 
-- No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.
 
Y María dijo al ángel:
 
-- ¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?
 
El ángel le contestó:
 
-- El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.
 
María contestó:
 
-- Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.
 
Y la dejó el ángel.
 
Palabra del Señor
 
 

Otras lecturas: 2 Samuel 7:1-5, 8-12, 14-16; Salmo 89:2-3, 4-5, 27, 29; Romanos 16:25-27

 

Lectio:

            Ya hemos llegado al Cuarto Domingo de Adviento, pocos días antes de la celebración del nacimiento del Mesías. Hasta ahora, hemos oído a Jesús hablar de la vuelta del Hijo del Hombre; hemos visto a Juan predicar la conversión para prepararse al juicio inminente de Israel y anunciar que el “Cordero de Dios” ya ha llegado. Y, súbitamente, el contexto da un giro inesperado y entra en escena un nuevo personaje: María, una joven, una niña según nuestros patrones de edad, una “humilde esclava” judía. Según el relato de Lucas, nada tiene que ver con la corte donde se supone que ha de nacer el Mesías, donde habrían de cumplirse todas las profecías referentes al destino de Israel…

            Como de costumbre, Dios hace que sus planes se realicen en lugares y momentos, por medios y a través de personas que desconciertan a los humanos. Isaías habría dicho “Los caminos de Dios no son nuestros caminos”. Los elementos que aparecen en las lecturas de hoy no solo contrastan entre sí, sino que los conceptos mismos nos desconciertan. Como otras veces, me limitaré a señalar los aparentes “pequeños” detalles, que son en realidad mucho más significativos de lo que cabría pensar.

            Tengamos presente un dato básico: nos enfrentamos a algo tan serio como la llegada del Mesías, el heredero ungido al trono de David, cuyo reinado no sólo significará la restauración de Israel sino también la paz para todas las naciones. En cierto sentido, lo que había realizado Augusto con su “pax romana” en todo el imperio. Para Lucas el Reino de Dios llegará de manera peculiar. No tendrá su origen en Roma, ni siquiera en Jerusalén, sino en una familia que reside en Nazaret, un pueblo prácticamente desconocido de Galilea, y el nacimiento real del Mesías será en Belén, una aldea todavía más pequeña adonde los padres se han visto obligados a trasladarse a causa de un censo. No sólo eso: los padres del que ha de ser Rey están sólo desposados y no viven juntos cuando queda embarazada la novia. Reunamos todos esos “detalles”, y lo que en principio parece una propuesta tan hermosa como increíble para una jovencita judía se convierte en una cadena de problemas, empezando por una amenaza a su reputación.

            Además, el plan de Dios depende de la respuesta de esa mujer humilde, insignificante, de una aldea de Israel, no de las decisiones que tomen en Roma los políticos poderosos. Aunque parezca increíble, los designios de Dios, están sometidos a la voluntad de una persona “sorprendida”, “turbada”, ante las palabras de un ángel misterioso… Años más tarde, esos mismos designios dependerán de otra persona humilde: Jesús, un rabino al que algunos consideran el Mesías, acosado por sus enemigos, traicionado por uno de sus discípulos más próximos y abandonado por el resto, y al que vemos rezando en medio de una angustia tal que llega a sudar “como gotas de sangre” (Lucas 22:39). Hallamos, una vez más, que la clave es una paradoja para nuestros cánones racionales: la salvación llega a cumplirse porque tanto María como Jesús aceptan voluntariamente los planes de Dios y someten su propia voluntad a la suya: “Que Dios haga conmigo como me has dicho” (1:38), “Padre, si quieres, líbrame des este trago amargo; pero  no se haga mi voluntad, sino la tuya” (22:42).

            Un último detalle: la presencia de Dios en medio de su pueblo no queda confinada en la nave oscura de un templo, aunque sea magnífico e impresionante (tal como habría querido David), sino que morará en el vientre de una mujer y se hará hombre. No hacen falta más “mediaciones” –arca, espacios sacros, oráculos proféticos o leyes-, sino que la Palabra de Dios se hará visible como un ser humano que comparte nuestra propia naturaleza.

 

Meditatio:

            Si lees comentarios sobre el pasaje de Lucas, hallarás buen número de interpretaciones del “nacimiento virginal”: desde los estrictamente literales hasta los literario-simbólicos. En cualquier caso, el verdadero milagro que todos han de reconocer no es el hecho del nacimiento prodigioso, sino la maravillosa aceptación por parte de María de la voluntad de Dios a pesar de todos los riesgos que entrañaba su “sí”: desde ser apedreada (estaba desposada,  ysu embarazo podía ser considerado como fruto del adulterio) hasta ser repudiada por José, además de la vergüenza y discriminación a las que habría de verse sometida en una aldea como Nazaret. Con todo, fue capaz de aceptar los planes de Dios con todas sus consecuencias. Lo único que preguntó fue: “¿Cómo podrá suceder esto…?” ¿Cuántas preguntas formulamos nosotros, cuántas condiciones ponemos o admitimos al enfrentarnos con las exigencias y responsabilidades que nos plantea nuestra fe? ¿Qué papel desempeñan la palabra y la voluntad de Dios en nuestras vidas? Comparando de nuevo a David y María, ¿qué tipo de templo o morada podemos ofrecerle nosotros a Jesús?   

 

Oratio:

            Reza por quienes tienen que tomar decisiones graves respecto a su futuro: para que se dejen guiar por el Espíritu y sigan su propio camino en fidelidad a sí mismos y a las exigencias de Jesús.

            Oremos por nosotros mismos: para que, teniendo presente la actitud de María, abordemos nuestra vida cristiana con realismo y con la firme decisión de escuchar la llamada de Jesús a seguirle y a aceptar la voluntad del Padre.

            Reza por quienes no tienen nada que “preparar” para esta Navidad, ya que estarán solos, postrados en cama, olvidados… Para que los cristianos de su entorno acudan en su ayuda y aprendan que el “espíritu de la Navidad” se extiende más allá de este breve periodo de tiempo dentro del año.

 

Contemplatio:

            María dispuso de nueve meses para prepararse al nacimiento de Jesús; nosotros sólo tenemos unos días antes de Navidad, y estaremos ocupados haciendo compras, preparándolo todo en nuestras casas para las celebraciones de familia, haciendo llamadas de última hora… Como siempre, no pienses que trato de “moralizar”, pero hazme caso y tómate algo de tiempo para entrar en tu yo más íntimo: trata de desechar cualquier sombra de rencor o amargura de tu corazón, que esté libre y limpio para recibir a Jesús. Y no te olvides de quienes tendrán que afrontar la Navidad (y el resto del año) en condiciones semejantes a las de María y José. Estoy seguro de que podrás hacer algo práctico para ayudarlos.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2014-junio-01: "Estoy con vosotros hasta el fin del mundo"

Mateo 28, 16-20
 
En aquel tiempo los once discípulos fueron a Galilea, al monte que Jesús había señalado, y, al verlo, lo adoraron. Algunos, sin embargo, habían dudado. Jesús se acercó y les dijo: —Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.
 
 
[or] Otras lecturas: Hechos 1:1-11; Salmo 47:2-3, 6-7, 8-9; Efesios 1:17-23

 

[h1] Lectio:

            Siguiendo las directrices del Leccionario oficial, el pasaje evangélico que ha de leerse hoy está tomado de Mateo. Y hemos de admitir que hay algo peculiar e inesperado en esta opción litúrgica. En primer lugar, si excluimos el “final largo” de Marcos, Mateo presenta el relato más breve de la Resurrección y, además, no hay mención alguna de la Ascensión del Señor. De hecho, la única aparición “individual” es la de “las dos Marías” que van al sepulcro. Después de ese corto pasaje en el que solamente toman parte Jesús, un ángel, los soldados que hacían guardia y las dos mujeres (28:1-10), hay otra aparición “colectiva” a los “Once”, ya que el “Duodécimo”, Judas, ha muerto. No hay más apariciones ni, como he dicho, mención de la Ascensión, ni siquiera una alusión a Pentecostés. Es sorprendente el contraste con la versión que ofrece Lucas de aquellos mismos acontecimientos (Hechos 1:1-12; 2:1-36).

Sin embargo, nuestro fragmento presenta un número detalles especiales que merecen nuestra atención y, en cierto modo, explican tales omisiones. De alguna manera, en estos pocos versículos (28.16-20) Mateo resume todo su evangelio mediante una serie de alusiones que sus lectores debían de entender con gran facilidad. El contexto, como siempre, es esencial: esta última aparición tiene lugar en “la montaña” donde se habían reunido los discípulos, tal como Jesús les había indicado. En tres momentos de especial importancia menciona Mateo una “montaña”. En 4:8, cuando el diablo le ofrece “todos los países del mundo y la grandeza de ellos”: ahora, Jesús aparece como dueño de “toda autoridad en el cielo y en la tierra” precisamente porque no aceptó la oferta del tentador, sino los planes y designios de su Padre. En 5:7, al comienzo del “Sermón de la Montaña”, donde había enseñado las directrices que habrían de seguir quienes quisieran entrar en el Reino de los Cielos: ahora, ordena a los discípulos que vayan a todas las naciones y les “enseñen a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes”. Por último,  en 17:1, el relato de la Transfiguración: entonces, el Padre les había dicho a los discípulos, “Este es mi Hijo amado, a quien he elegido: escúchenlo”; ahora es el momento d ejercer esa autoridad.   

            Está también la actitud de los discípulos. El versículo 28:17, aunque esté sujeto a interpretaciones diversas, puede entenderse legítimamente como ”Cuando vieron a Jesús, lo adoraron y dudaban” Nada habría de extrañarnos tal simultaneidad que nos recuerda otro pasaje donde los verbos “adorar” y “dudar”, “vacilar” también aparecen juntos sin que nos hieran los oídos. Podemos encontrar esa combinación cuando el evangelista describió a Pedro hundiéndose en las aguas a causa del miedo (Mateo 14:22-32). Jesús le reprocha su “poca fe” y sus “dudas”… e inmediatamente leemos que los discípulos le “adoraron”. La fe, la adoración y la duda pueden coexistir en una Iglesia formada por creyentes que son a un tiempo santos y pecadores.

            Al cabo, aunque Mateo no mencione explícitamente una “Ascensión”, tenemos el sentimiento implícito de que Jesús los deja: ningún Maestro al que le han dado “toda autoridad en el cielo y en la tierra” confía a sus discípulos una misión como es hacer discípulos de todas las naciones, bautizarlos y enseñarles cuanto les ha mandado. Todavía más: tal como leíamos la semana pasada en el Evangelio de Juan, la ausencia de Jesús será meramente física, ya que él será fiel a su promesa: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (28:20).

 

[h2] Meditatio:

            Existe una gran diferencia entre los textos de Mateo y Lucas en la liturgia de hoy. Pero si vamos más allá de los detalles en torno a la manera en que los dos evangelistas relatan la partida del Señor, su vuelta al Padre, hay un énfasis subyacente común: la misión confiada a los discípulos. En el caso de Hechos, Jesús no les dice que den un paso especial o que emprendan una acción particular. Sencillamente les anuncia que, después de la venida del Espíritu santo, se convertirán en testigos suyos “en Jerusalén, en toda la región de Judea y de Samaria, y hasta en las partes más lejanas de la tierra” (Hechos 1:8). Nada más. Hay, pues, una coincidencia básica con la misión que se les confía en el Evangelio de Mateo. Y quizás otro énfasis común: han de mantener los pies sobre la tierra: la fe no es una estéril e ilusa mirada hacia el cielo, sino una actitud de espera activa de la vuelta del Señor. ¿Somos conscientes de la tarea que, siguiendo a los Once, estamos llamados a llevar a cabo? ¿O pensamos que ser testigos es una responsabilidad exclusiva de los misioneros oficiales? Desde nuestra situación y vocación particulares, ¿cómo podemos llevar a cabo nuestra respuesta al envío de Jesús?

 

[h3] Oratio:

            Reza por quienes se sienten abandonados e incapaces de responder eficazmente a su vocación cristiana: para que recuperen “la esperanza a la que han sido llamados” y renueven su deseo de responder en fidelidad a Jesús.

            Recemos por nosotros mismos: para que en esta semana que precede a la celebración de Pentecostés sepamos preparar nuestras mentes y nuestros corazones para la renovación que nos traerá la presencia del Espíritu Santo.

 

[h4] Contemplatio:

            Vuelve la mirada a tu “historia cristiana”. Trata de recordar los momentos en que sentiste a Jesús más cerca de ti. Y aquellos en los que te sentiste completamente abandonado, como si te hubiera dejado solo. Ahora que ya han pasado esas experiencias, ¿qué lecciones puedes sacar de ellas?

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

 

Lectio Divina 25 de mayo de 2014: Volveré a estar con vosotros

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 14, 15-21
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
 

 

 Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.

 

 

[or] Otras lecturas: Hechos 8:5-8, 14-17; Salmo 66:1-3, 4-5, 6-7, 16, 20; 1 Pedro 3:15-18

 

[h1] Lectio:

            La frase que he tomado como título para este Domingo debió de resonar de manera muy distinta en los oídos de los discípulos cuando la oyeron por primera vez en la Última Cena; cuando vieron cómo detenían a Jesús, lo crucificaban y lo enterraban; cuando se les apareció después de la Resurrección, y cuando finalmente regresó al Padre. Desde luego, nos suena de modo muy distinto a nosotros, que jamás hemos experimentado la presencia de Jesús nuestro lado. Para los discípulos, los recuerdos y las imágenes eran algo vivo y vital y les ayudaban a “rellenar” el vacío material en el que tenían que vivir su fe: “…de lo que hemos oído y de lo que hemos visto con nuestros propios ojos… y lo hemos tocado con nuestras manos. Se trata de la Palabra de vida” son las primerísimas líneas de la Primera carta de Juan (1:1) y resumen la razón y el fundamento de su mensaje. No se apoya en palabras o testimonios ajenos, sino que habla a partir de su experiencia personal. Y aun así, la ausencia de Jesús era tan real para él como lo es para nosotros. Y aunque parezca contradictorio, no sólo compartimos con el nuestra aparente soledad en este mundo nuestro, sino que también “estamos unidos con Dios el Padre y con su hijo Jesucristo” (1:3).

            ¿Cómo puede ser eso? ¿Cómo podemos estar seguros de que existe un vínculo misterioso pero real que une a los miembros de comunidades tan distantes en el tiempo (y en el espacio, si es que somos conscientes de nuestra comunión con cristianos del otro extremo del planeta? Cuando Jesús anuncia su partida, es plenamente consciente del desconcierto que va a crear en sus seguidores: “Creíamos que era el Mesías, el que libraría a Israel del yugo romano, ¿y qué tenemos ahora? ¡Un profeta herético y subversivo, rechazado y ejecutado con otro par de “bandidos” o “criminales!” (Véase Mateo 27:38-44; Lucas 23:33-42 y 24:13-35). Precisamente porque prevé la tristeza que han de sentir (Juan 16:20-24), sus palabras en los capítulos 14-16 son palabras llenas de ánimo y esperanza para que los discípulos (los que estaban con él a la mesa, y también nosotros) puedan entender la hondura y el alcance de sus planes y designios para ellos.

            No se trata aquí de una cuestión de memorias, recuerdos nostálgicos o historias que hay que repetir. Es algo totalmente distinto del tipo de presencia que podría sentir un discípulo de los antiguos profetas o de Sócrates al pensar en sus maestros. Jesús insiste en otro tipo de presencia. Es el Espíritu, el Paráclito, otro “abogado” o “consolador”, justo igual que él, quien nos permitirá verle aunque no esté presente entre nosotros. Aquí no hay ni un atisbo de todo el énfasis del evangelista en el factor “ver” que encontraremos en sus relatos de la Resurrección. No se trata de verle físicamente: tampoco el mundo le verá, sino sólo aquellos en los que more el Espíritu le reconocerán de un modo diferente. Hay, con todo, una condición para permanecer en esa comunión con Jesús y con el Padre: aceptar y obedecer sus mandamientos. En realidad, como ya le han oído decir antes (13:31-35) y volverán a oír (15:11-12), era tan sólo “un” mandamiento, y “nuevo”: el amor mutuo. Eso hará que los demás los reconozcan como discípulos suyos. Y, por encima de todo, eso hará que él rece al Padre para que les envíe ese otro Paráclito, Abogado o Consolador: él les permitirá verle y comprender las muchas cosas que le han quedado por decirles y que necesitan saber. 

 

[h2] Meditatio:

            A los cristianos a veces se nos considera personas crédulas, ingenuas, sometidas a la fascinación de un mero espejismo religioso. Se da por supuesto que seguimos una sombra vacua y que no hay racionalidad alguna en lo que creemos y defendemos. Pedro, en la segunda lectura de hoy, invita a los cristianos a estar preparados para “dar razón” de nuestra esperanza (1 Pedro 3:15-16). Las orientaciones que ofrece el apóstol son sencillas y claras: respetemos la conciencia de los demás, pero seamos firmes en nuestras convicciones y coherentes en nuestro comportamiento. Podríamos decir en tono humilde: seamos fieles al Espíritu que mora en nosotros, y dejemos que brille Cristo en nuestra manera de vivir. Sería también una manera de traducir en la vida práctica las palabras de Jesús: guardar sus mandamientos es el signo de nuestro amor hacia él y la verdadera garantía de que su Espíritu está en nosotros. Ese doble punto de referencia es más que suficiente para mostrar que el Espíritu prometido por Jesús no es una ilusión engañosa y que su presencia en nuestra vida es algo más que pura verborrea. Como en otras ocasiones, una pregunta muy sencilla en relación con el evangelio de hoy: ¿Es así como entendemos y vivimos la promesa de Jesús y la presencia real del Espíritu en nuestra existencia?

 

 [h3] Oratio:

            Aunque aún no hemos celebrado Pentecostés, demos gracias por el Espíritu que se derramó sobre nosotros en nuestro bautismo, que mora en nuestro interior, y nos lleva a entender y obedecer las palabras y mandatos de Jesús.

            Recemos por nuestra sociedad secular: para que su legítima “laicidad” esté abierta al Espíritu de la verdad y se garantice a todos los ciudadanos la libertad religiosa; que se respeten y protejan los derechos de los creyentes de las diferentes comunidades y movimientos religiosos

 

[h4] Contemplatio:

            Estamos a punto de celebrar la Ascensión del Señor y Pentecostés (los dos próximos domingos). Después de nuestro gozo pascual, “¡Hemos visto al Señor!”, como decían los discípulos, y del retorno litúrgico de Jesús, nos enfrentamos a un periodo de ausencia en un mundo secular. Convirtamos estos días en una humilde preparación leyendo cada día algún pasaje de los capítulos 14-17 del evangelio de Juan. El capítulo 17, una larga oración al Padre en favor de los discípulos, puede ofrecernos buenas razones para vivir confiados: la oración de Jesús es la fuente de nuestra esperanza. 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 27-abril-2014: Aman a Jesús aunque no lo han visto

Jesús se aparece a los discípulos
 
19 Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, llegó Jesús y, puesto en medio, les dijo:
 
—¡Paz a vosotros!
 
20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. 21 Entonces Jesús les dijo otra vez:
 
—¡Paz a vosotros! Como me envió el Padre, así también yo os envío.
 
22 Y al decir esto, sopló y les dijo:
 
—Recibid el Espíritu Santo. 23 A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados, y a quienes se los retengáis, les serán retenidos.
 
Incredulidad de Tomás
 
24 Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús se presentó. 25 Le dijeron, pues, los otros discípulos:
 
 
—¡Hemos visto al Señor!
 
Él les dijo:
 
—Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos, y meto mi mano en su costado, no creeré.
 
26 Ocho días después estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, se puso en medio y les dijo:
 
—¡Paz a vosotros!
 
27 Luego dijo a Tomás:
 
—Pon aquí tu dedo y mira mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
 
28 Entonces Tomás respondió y le dijo:
 
—¡Señor mío y Dios mío!
 
29 Jesús le dijo:
 
—Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron y creyeron.
 
El propósito del libro
 
30 Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. 31 Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
 

[or] Otras lecturas: Hechos 42-47; Salmo 118:2-4, 13-15, 22-24; 1 Pedro 1:3-9

 

[h1] Lectio:

            Debía de ser un personaje sumamente complejo este Tomás el Mellizo. Directo y valeroso, sin duda. Al menos es así como actúa en las tres ocasiones en que interviene activamente en el evangelio de Juan. Representa los sentimientos más profundos del “martirio” sin temor a las consecuencias: seguir a Jesús a Betania, en el territorio de los judíos, puede significar enfrentarse a la violencia, tal vez a la muerte. Con todo, es el único discípulo que se ofrece voluntariamente a ir con el Maestro a hacer duelo por Lázaro, su amigo que acaba de morir: “Vamos también nosotros, para morir con él” (11:16). Durante la Última Cena, cuando Jesús les habla a los discípulos con palabras para todos oscuras, es el único que se atreve a reconocer su ignorancia y plantea abiertamente su pregunta: “Maestro, no sabemos a dónde vas…” (14:5). Y aquí le tenemos otra vez, con la tradicional fama de incrédulo, pero con la misma actitud de los demás frente a la resurrección. Veamos los datos objetivamente: si los otros discípulos hubieran creído las palabras de María “He visto al Señor” (20:18), no estarían en la casa, con las puertas cerradas “por miedo a los judíos” (20:19). Así que, ¿por qué habríamos de escandalizarnos porque Tomás se negara a creer, cuando también él escuchó el mismo mensaje: “Hemos visto al Señor” (20:25)? Al fin y al cabo, lo que quiere es, ni más ni menos, lo mismo que habían experimentado los otros: ver las heridas de Jesús. Y lo cierto es que el Señor a ellos ya les había mostrado “las manos y el costado” (20:20), así que su fe no tenía nada de especial. Podríamos seguir profundizando en la evolución de este proceso de fe, pero como todos los años leemos este mismo texto el Segundo Domingo de Pascua, considero más importante vincular la última frase de este pasaje con la segunda lectura de la liturgia de hoy y explorar otra dimensión de los textos.

            Después que Tomás reconociera a Jesús como “Señor y Dios”, una de las profesiones de fe más solemnes de los evangelios, Jesús hace una afirmación que nos concierne a todos nosotros, los que en el futuro habríamos de creer sin signos de apoyo para nuestra fe. Somos quienes, según las palabras de Pedro, amamos a Jesucristo y creemos en él “sin haberle visto” (1 Pedro 1:8). En nuestro caso, hemos seguido el proceso inverso al de Tomás y los otros discípulos: ellos oyeron palabras de testimonio, no se fiaron de ellas y, por eso, no pudieron creer; sólo cuando “vieron”, fueron capaces de dar el paso de la fe (don de Dios, no lo olvidemos). En nuestro caso, hemos llegado a la fe por las palabras de otros: ni presencia visible, ni heridas, ni pan y pescado en la orilla en un almuerzo inesperado con el Señor resucitado. Y no sólo eso, sino que en la fe “por el oído” tuvimos que aprender otra dimensión en nuestra vida como creyentes: dondequiera que miremos, estamos llamados a descubrir la presencia del Señor, el que aparece incluso en el espacio “cerrado” de nuestro corazón, o en sus heridas actuales sufridas por los hombres y mujeres que nos rodea. Es en la necesidad de amor, de comprensión, de solidaridad y acogida, y en nuestra respuesta a esas demandas donde podremos encontrar a nuestro Dios y Señor. Desde este punto de vista, podemos entender el auténtico significado de la “bienaventuranza” pascual: ciertamente somos dichosos, no por haber o no haber visto, sino porque se nos ha concedido el don de la fe.

            Desde este punto de vista también, podemos entender el significado del don de Espíritu Santo: un espíritu de reconciliación que nos lleva al perdón y a un estilo de vida nuevo, el mismo que se expresaba en la vida de la nueva comunidad de creyentes. En su actitud y en su testimonio de la resurrección podían descubrir los habitantes de Jerusalén la paz de Cristo.

 

[h2] Meditatio:

            Como puedes ver, en la liturgia de este domingo hay muchas cosas más que la necesidad de ver que tenía Tomás. No se trata sólo de un momento para reflexionar sobre el proceso por el que legamos a la fe en Cristo resucitado después de veinte siglos de historia cristiana. Es cuestión de analizar y comprender qué signos pueden ser significativos hoy día para que nosotros y los demás descubramos y “veamos” con nuestros ojos interiores la presencia del Cristo vivo. ¿Confinamos nuestra experiencia espiritual a una dimensión “religiosa”: la asistencia a la iglesia, las oraciones que repetimos, nuestra meditación (incluso la Lectio Divina) o los libros que leemos? La primera comunidad de Jerusalén compartía su fe común y eso la llevaba a un estilo de vida peculiar. ¿O era al revés: era una experiencia de solidaridad humana lo que les llevaba a reconocer a Cristo vivo en medio de ellos? Es evidente que Lucas idealiza aquella primera comunidad (encontraremos su fallos más adelante en los  mismos Hechos). Pero aun así, ¿nos atreveríamos a comparar su estilo de vida cristiana con la de nuestras actuales comunidades reales? Para Pedro, ni siquiera las pruebas sufridas por aquellos primeros cristianos podían privarles del gozo de su fe cuya meta era la salvación. Una vez más, comparemos el vivir en nuestro mundo donde podemos identificarnos abiertamente como cristianos y el mundo del Nuevo Testamento, o el de algunas sociedades actuales, donde ser cristiano puede significar la persecución o incluso la muerte. Sí: cuando hablamos de fe, de ver y confesar a Cristo como Señor y Dios, hay que hablar de muchísimas más cosas que aceptar dogmas o credos. Y hay que recordar de nuevo al Tomás de “Vamos también nosotros, para morir con él.”  

 

[h3] Oratio:

            Recemos hoy por dos grupos distintos de personas cuya fe puede ser un asunto espinoso o peligroso en estos momentos.

            Aunque los medios evitan hablar de ellos, hay grupos de cristianos, especialmente comunidades pequeñas, pobres y jóvenes, que se ven sometidas a discriminación, persecución e incluso a la muerte: reza para que encuentren en el Señor la fuerza que necesitan para superar sus sufrimientos y angustias; y reza también para que encuentren la ayuda social y política que necesitan para ver que se respetan y protegen sus derechos humanos.

            Reza también por aquellos cristianos cuya fe se ve amenazada por factores “internos”: sus dudas y temores personales; los ataques de un ambiente secular donde la indiferencia religiosa generalizada puede erosionar su vinculación a Jesús y a sus palabras; o incluso, y esto es más triste y peor, la pérdida de confianza en nuestras propias instituciones eclesiales, que en ocasiones están lejos de ofrecer apoyo o ser testigos creíbles del evangelio. 

 

[h4] Contemplatio:

            Los temas de nuestros textos de hoy eran diversos y hondos. Tuvimos que dejar a un lado algunos puntos, y en algún momento dado puede que al tono le haya faltado el timbre gozoso de la Pascua… Lee nada más que los primeros versos del Salmo 26/27: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿de quién podré tener miedo?” y haz que sean tu estribillo cada vez que sientas la más ligera amenaza de una nube de tristeza en tu cielo espiritual.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

 

Lectio Divina 29-06-2014: Te daré las llaves

 
LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 16,13-19
 
En aquel tiempo, llegó Jesús a la región de Cesárea de Felipe y preguntaba a sus discípulos:
 
--¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?
 
Ellos contestaron:
 
--Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. El les preguntó:
 
--Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?"
 
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
 
--Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
 
 
Jesús le respondió:
 
--¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.
 
Ahora te digo yo:
 
--Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.
 
Palabra del Señor
 

[or] Otras lecturas: Hechos 12:1-11; Salmo 34:2-3, 4-5, 6-7, 8-9; 2 Timoteo 4:6-8, 17-18

 

[h1] Lectio:

            No es un mi práctica habitual, pero permítanme recurrir a los textos de la liturgia católica para introducir la Lectio de hoy. Con tan sólo un par de “pinceladas”, el prefacio de la misa nos ofrece un breve retrato de los Apóstoles que celebramos. De Pedro se dice que es “el primero en confesar la fe”, el que “fundó la primitiva Iglesia con el resto de Israel”. De Pablo, que fue “el maestro insigne que la interpretó” y “la extendió a todas las gentes”. Y de ambos, que “por caminos diversos, congregaron la única Iglesia de Cristo” y fueron “coronados por el martirio”.

            En muy pocas líneas, la liturgia nos describe, no sólo a los dos Apóstoles fundamentales de la fe cristiana, sino también a la Iglesia primitiva y eterna. Evidentemente, las palabras usadas no son una “definición dogmática” a la manera del Credo de los Apóstoles o de Nicea, sino un simple retrato de los signos visibles que podemos o deberíamos hallar en cualquier comunidad cristiana fiel al Evangelio, sea cual sea su tradición o trasfondo histórico.   

            Pedro y Pablo, en el contexto de nuestra celebración, no son meros individuos que respondieron al llamamiento de Cristo, sino símbolos en los que podemos descubrir dimensiones complementarias de la riqueza de la Iglesia. “El primero en confesar la fe” describe bien la respuesta de Pedro a la pregunta de Jesús: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy?”. Pero, aunque la alabanza de Jesús y sus palabras llamándole “dichoso” se las diga a Pedro, no debemos olvidar que la pregunta de Jesús iba dirigida a “ustedes”, el grupo de discípulos. Es la Iglesia como tal, la comunidad de los creyentes, quien ha respondido y ha confesado a Jesús como “el Mesías, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16). Y no es sólo Pedro quien se escandaliza ante las palabras de Jesús respecto a su terrible futuro como Mesías de Israel, llamado a cumplir su misión mediante la muerte y la resurrección: es el grupo mismo el que duda, vacila y traiciona a Jesús y a quien éste les  dice que siga sus pasos con paciencia y humildad. Al mismo tiempo, Pedro es el la cabeza del “rebañito” y está llamado a “apacentar” a sus hermanos y, junto con ellos, edificar sobre el cimiento que es Cristo el nuevo Israel, cuya Ley y cuyos Profetas no ha venido Jesús a abolir sino a llevar a plenitud.

            En cuanto a Pablo, seguidor tardío de la fe cristiana, no es como Simón un viejo pescador convertido en pescador de hombres, sino tejedor de lona para tiendas (Hechos 18:2-3), llamado a seguir la antigua tradición del Israel peregrino por el desierto del mundo gentil y ofrecer el refugio de una Iglesia que no queda confinada ni en el Templo de Jerusalén ni en los límites del territorio, la raza o incluso los ritos sacros de la circuncisión. Es el predicador que cumple la misión que, antes de volver al Padre, le había confiado Jesús a primera Iglesia: “Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones…” (Mateo 28:19-20). Aun siendo un fariseo fiel, estricto observante de la Ley, fue llamado a traspasar los límites legales de las viejas tradiciones y abrir el camino hacia el Evangelio a quienes hasta entonces eran considerados extraños y estaban excluidos de la salvación.

            Un último detalle: Pedro y Pablo comparten la corona del martirio y son también símbolos de la “Iglesia confesante”, para la que “martýrion” no sólo significaba “testimonio” o “confesión” del señorío de Cristo, sino derramar la  sangre y entregar la vida por el Evangelio.

 

[h2] Meditatio:

            Como puede verse, salvo un par de citas, hoy nuestra Lectio ha sido básicamente una interpretación alegórica o simbólica de los dos personajes históricos reales que celebramos. Pero esos detalles pueden darnos pistas para leer y hallar en nuestros textos algunas preguntas fundamentales en torno a nuestra “confesión de fe”. ¿Hasta qué punto hemos reducido la solemne declaración de Pedro, “Tú eres el Mesías” a algo así como “Tú eres nuestro maestro espiritual, nuestro guía ético”? ¿Qué hemos hecho de los sentimientos de “libertad legal” que experimentó Pablo (¡un fariseo!), convirtiendo nuestra fe en una serie de nuevas normas y reglas? ¿Qué fue de aquel estar dispuestos a “ser sacrificados” si proclamar el Evangelio implicaba el riesgo de verse llevados a los tribunales e incluso ser condenados a muerte? En cuanto a la vida común de la primera Iglesia, ¿con qué frecuencia e intensidad oramos o emprendemos acciones en defensa de nuestros hermanos cristianos que en la actualidad sufren discriminación, persecución, secuestro, tortura o en ocasiones son asesinados? 

 

[h3] Oratio:

            Reza por la Iglesia dispersa por todo el mundo: para que los ejemplos de los Apóstoles y los primeros cristianos que dieron testimonio de Cristo nos impulsen a vivir en fidelidad más honda el Evangelio.

            Reza por quienes sufren persecución por sus convicciones religiosas: para que encuentren apoyo y protección en medio de los riesgos que corren por confesar su fe.

 

[h4] Contemplatio:

            Cuando escribo estas líneas, un grupo numeroso de niñas siguen secuestradas en Nigeria. Son un caso extremo de la persecución a la que están sometidos un buen número de cristianos en nuestros propios días. No sé si cuando leas esto ya habrán sido liberadas o qué suerte habrán corrido. De todos modos, esta es una buena ocasión para pensar en nuestros hermanos que no disfrutan de libertad religiosa. Igual que hice hace dos años en otra Lectio, te invito a que te dirijas a Ayuda a la Iglesia Necesitada, una fundación católica (www.acn-intl.org), o a International Christian Concern, una ONG no confesional (www.persecution.org). Una y otra pueden resultarte sumamente útiles para obtener noticias fehacientes sobre nuestros hermanos perseguidos y descubrir maneras de ayudarlos en su martirio.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España.

Lectio Divina 2015

Lectio Divina 2015-01-04: "Vieron al Niño con María, su madre"

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 2, 1-12
 
Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: -- ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo. Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: -- En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el Profeta: "Y tú. Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; Pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel”.
 
Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén diciéndoles: -- Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.
 
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que había visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas, lo adoraron: después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.
 
Palabra del Señor

 

 

[or] Otras lecturas: Isaías 60:1-6; Salmo 72;1-2, 7-8, 10-11, 12-13; Efesios 3:2-3, 5-6

 

Lectio:

            La Epifanía es la última solemnidad de la Navidad, el último momento en que veremos a Jesús como niño junto a sus padres. Los textos de hoy reúnen un número de motivos anunciados desde el comienzo mismo de Adviento. El Primer Domingo escuchábamos cómo les decía Jesús a los discípulos: “Manténganse ustedes despiertos y vigilantes” (Marcos 13:33). Esta recomendación a tener los ojos abiertos de par en par, como vimos, se podía aplicar a cualquier momento: a la venida del Mesías en su nacimiento, al comienzo de su ministerio, al final de los tiempos, incluso al contexto litúrgico o a su acercarse a nosotros bajo la apariencia de un hermano que sufre (Recordemos Mateo 25:31-46). Para los creyentes, cualquier instante puede ser un “Adviento”.

            A lo largo de las semanas que siguieron a ese Primer Domingo, hemos asistido al despliegue más rico de imágenes y símbolos combinados para darnos una visión compleja del misterio de la Encarnación. Hallamos varios “pares” contrastados en los que Mateo y Lucas nos muestran la eterna paradoja a la que ya estamos acostumbrados. Vayamos paso a paso, aunque en algunos casos solamente daré algunas pistas respecto a esos contrastes. Primero, los personajes que hemos visto hasta ahora: Zacarías, Isabel y Juan, María y José, los ángeles y los pastores, Simeón y Ana… Un sacerdote anciano y su mujer, un carpintero y su prometida, seres celestes y gentes marginales, un par de ancianos piadosos, son los llamados a descubrir y reconocer la gracia salvífica de Dios hecha presente en Jesús, un niño indefenso nacido en circunstancias muy poco comunes…

            Hoy hallamos un grupo nuevo: “los magos de Oriente” frente al rey Herodes junto con los sacerdotes y los maestros de la Ley. El contraste es radical. Los magos debían ser una mezcla de astrónomo, astrólogo, vidente… Para un israelita de la época, seamos claros, eran ante todo paganos, gentiles, y se los consideraba  como una especie de encantadores, brujos o “¡magos!”. (Véase Hechos 8:9-24)... Exactamente lo contrario de los personajes de Jerusalén: israelitas puros, fieles observantes de la Ley y expertos en su interpretación.

            Pues es precisamente ese grupo de paganos quienes intuyen un significado oculto en una estrella y emprenden un viaje en busca del rey recién nacido. Se lanzan a la aventura respondiendo a un signo cuyo significado apenas entienden, mientras que los “expertos”, los que se supone que saben, no dan ni un solo paso para buscar y ver al Mesías. Curiosamente, los Magos siguen el consejo que Jesús le dará a la gente muchos años después: “Obedézcanles y hagan todo lo que les digan; pero no sigan su ejemplo” (Mateo 23:3). Todavía más: después de ver a Jesús y rendirle homenaje arrodillándose ante él, “regresaron a su tierra por otro camino” (Mateo 2:12), una expresión que también anticipa la que se utilizará más tarde para describir “el camino de salvación”, el seguimiento de la doctrina de Jesús. La salvación, está claro, se ha manifestado a todas las naciones que, según Isaías (60:6), vendrán “cargadas de oro y de incienso”, llamadas “a participar, en Cristo Jesús, de la misma herencia, del mismo cuerpo y de la misma promesa que el pueblo de Israel” (Efesios 3:6).

            También Jerusalén, la ciudad que irradia el resplandor del Señor y a cuya luz caminarán todas las naciones, contrasta con Belén, la humilde aldea de la que saldrá el gobernante que pastoree a Israel. De nuevo la paradoja anuncia la clase de Mesías que será Jesús. Su nacimiento en un establo nos hace vislumbrar su gloriosa entrada mesiánica en Jerusalén como rey “humilde, montado en un burro… cría de una bestia de carga” (Mateo 21:5).  

            Un último detalle (y ya dejado a un lado unos cuantos): piensa en el número de veces que se menciona la “luz” en los textos leídos durante las semanas anteriores. Recuerda que, por encima de todo y en el centro mismo de todas las imágenes, está la Luz con mayúscula, y esa luz es Jesús mismo.

 

Meditatio:

            Una simple sugerencia este día: son tan abundantes los materiales que tendrás que ser muy selectivo al abordarlos. La presencia de Jesús parece alterar e “inquietar” a todos y a todo: a Herodes, los escribas, los Magos, incluso a los habitantes de Jerusalén. Hay miedo y maquinaciones (Herodes), falta de compromiso (los sacerdotes y los escribas), curiosidad, valor, gozo y adoración (los Magos). Hay signos (una estrella, sueños), regalos (oro, etc.), un cambio profundo (la vuelta casa), derramamiento de sangre (la matanza de los inocentes, omitida en nuestra lectura), la huida a tierra extraña, Egipto, la tierra de la esclavitud (omitida también). Acepta esta sugerencia mía como un ejercicio de “ficción de fe”. Imagina que Jesús naciera ahora mismo. ¿Qué clase de “alteraciones” o cambios se producirían en tu vida?

 

Oratio:

            Al encontrar al niño, los Magos realizan una doble acción: le rinden homenaje y le ofrecen regalos. En realidad, es todo muy distinto: Jesús es el regalo de Dios a los hombres y un signo de respeto a nuestra humilde condición. Da gracias por el don de la salvación y por haber sido adoptado por Dios en Cristo.

            Reza por los niños nacidos en circunstancias semejantes a las que se vio sometido Jesús: pobreza, persecución, exilio… Reza por los que carecen del amor de sus padres aún antes de nacer: para que la misericordia de Dios los alcance y los proteja; para que conceda sentimientos de afecto y amor en quienes los rodean.   

 

Contemplatio:

            Terminó la Navidad. Todo ha vuelto a la “normalidad” y a la rutina. Ya no hay luces navideñas en las calles ni villancicos sonando en las tiendas, ni niños en las casas sino de vuelta a la escuela. Incluso la Sagrada Familia ha regresado al hogar (en Egipto, en Nazaret…) Es hora de olvidar el estruendo y los resplandores de estos días y tomar aliento. Como de costumbre, busca un lugar tranquilo y crea en ti un silencio interior. Vuelve la mirada al Año nuevo que tienes por delante. Fíjate en alguno de los personajes que hemos encontrado y busca qué puedes aprender de ellos. ¿Paciencia? ¿Esperanza? ¿Confianza? ¿Generosidad? Debe de haber algún rasgo que te falta y que deberías hacer crecer y desarrollarse…

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2015-01-11: "Tú eres mi Hijo amado"

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 1, 7-11
 
En aquel tiempo proclamaba Juan:
 
-- Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero el os bautiza con Espíritu Santo.
 
Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo:
 
--Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.
 
Palabra del Señor
 
 

Lectio:

            Como puedes ver, la liturgia de hoy nos ofrece un doble conjunto de lecturas, siendo el evangelio de Marcos el único texto común. Obviamente, los materiales son sumamente ricos y pueden hacer que nos sintamos perdidos a la hora de escogerlos para nuestra Lectio. Puede que mi manera de abordarlos pueda considerarse demasiado “simbólica”, pero está claro que hay imágenes que pueden aplicarse tanto al bautismo y al ministerio de Jesús, como también a nosotros que participamos de su bautismo salvador.

            Cerrábamos el ciclo de Adviento/Navidad con la celebración de la Epifanía, la manifestación de la salvación del Dios encarnado en Jesús y hecha visible ante “las naciones” representadas por los Magos. Y comenzamos el Tiempo Ordinario con una segunda Epifanía: Jesús es bautizado y es confirmado por Dios como el “Hijo amado”, el “elegido” en medio de Israel. Desde ahora debemos tener muy presente la importancia que pondrá Marcos en la comunión de Jesús con la humanidad: aunque es irreprensible y no necesita someterse a un bautismo de conversión “para que Dios le perdonara los pecados”, Jesús se suma a quienes se confiesan pecadores  y manifiesta su total aceptación de nuestra frágil condición cargando sobre sus hombros con el peso del pecado.

            Para Marcos (y este es otro concepto que debemos recordar), la conciencia que tiene Jesús de su condición de Mesías es un hecho que irá desvelando paso a paso en presencia de sus discípulos, el pueblo y las autoridades. En un número de ocasiones les mandará a los discípulos que no hablen de esa condición abiertamente, ya que la manera en que él es Mesías no concuerda con las expectativas populares. No obstante, los lectores del evangelio de Marcos saben desde el comienzo mismo que Jesús no es un simple predicador o hacedor de milagros, sino el enviado por Dios y declarado “Hijo amado” por la voz del Espíritu. El mensaje básico, “Jesús es verdadero hombre y verdadero Hijo de Dios”, desarrollado más tarde en la teología cristiana, está claro, sin la menor partícula de ambigüedad o malentendido en torno a esta doble dimensión.

            Las lecturas de Isaías, Hechos y 1 Juan nos proporcionan imágenes y conceptos que anticipan el retrato de Jesús, hombre e Hijo de Dios, que el Evangelio irá trazando a lo largo del año litúrgico. Como de costumbre, ya lo tenemos bien sabido, la paradoja será nuestra compañera de viaje inseparable. Comencemos con el texto de Isaías 44: ¿No podemos reconocer en el hombre Jesús que vemos en la escena del bautismo al “Siervo”, humilde y callado, sin gritos ni violencia, al “Cordero  de Dios redentor? ¿No anunciará más tarde, en la sinagoga de Nazaret, que su misión es traer luz a los que viven en tinieblas y a libertar a los prisioneros? O con Isaías 55: ¿No podemos ver que sus caminos, no los nuestros, son los que reflejan los caminos de Dios, y que sus pensamientos, no los nuestros, son los mismos de Dios (Ver Marcos 8:31-33)? O con Hechos 10: ¿No vemos que, tal como le describe Pedro, Jesús pasó su vida “haciendo bien y sanando a todos los que sufrían bajo el poder del diablo”? O con 1 Juan: ¿No podemos descubrir al Espíritu que dio testimonio de que Dios estaba con el como padre suyo? Puedes seguir por tu cuenta y ver lo que se oculta en las imágenes del agua y en la acción vivificante y fecunda de la palabra de Dios; en el llamamiento a participar en el don de Dios, el verdadero pan entregado generosamente a cuantos creen y confían en él.      

 

Meditatio:

            Hay una diferencia radical entre “el bautismo de conversión” con agua proclamado por Juan y el bautismo “con el Espíritu Santo” de Jesús. Desde el comienzo mismo, la primera comunidad cristiana comprendió que el bautismo (junto con la “fracción del pan”) era su rito de identidad más significativo. Pablo entendió su novedad y se opuso con denuedo a quienes se aferraban a la vieja práctica judía de la circuncisión. No se trataba de una mera cuestión de ritos, sino de entender que bautizarse en el nombre del Señor implicaba tomar parte en su propia muerte y resurrección. Marcos (10:35-45) anuncia esa teología del bautismo en el pasaje de los ambiciosos hijos de Zebedeo: “¿Pueden beber del vaso que yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?”. La primera comunidad sabía muy bien que, en tiempos de persecución, ser bautizado significaba no sólo incorporarse al grupo de creyentes y participar simbólicamente en la muerte de Jesús, sino jugarse literalmente la propia vida. Acostumbrados como estamos a un bautismo que la mayor parte de nosotros recibimos en la infancia, nos cuesta trabajo captar la gravedad de una decisión religiosa que entrañaba consecuencias sociopolíticas sumamente peligrosas. Pensemos hoy en nuestro propio bautismo. Sólo un par de preguntas: ¿Responderíamos “Sí” sin vacilaciones a la pregunta que les hizo Jesús a Santiago y Juan? Vuelve a leer todo el pasaje (Marcos 10:32-45) para entender lo que implicaría esa respuesta afirmativa. ¿Aceptaríamos las condiciones que les pone Jesús a quienes quieran seguirle: aquello de “negarse sí mismos y tomar la cruz” (Marcos 8:34-38)?

 

Oratio:

            Reza por quienes fueron bautizados en la infancia: para que hagan suyas las promesas pronunciadas por sus padres y padrinos y renueven su deseo de seguir a Jesús como su Salvador y Señor.

            Reza por los padres y padrinos de los niños que van a ser bautizados en la actualidad: para que asuman su responsabilidad en el crecimiento cristiano de esos niños y sean verdaderos ejemplos de fe y guías en el seguimiento de Jesús. 

            Reza por los adultos que se preparan para recibir el bautismo: para que puedan vencer sus temores y acepten gozosos el don de compartir la muerte y la resurrección de Jesús y convertirse en miembros de su Cuerpo.

 

Contemplatio:

            Comenzamos ahora un nuevo tiempo litúrgico que nos conducirá hasta las celebraciones de Pascua. Vuelve a leer Romanos 6:1-11 y márcate una meta para que en este periodo puedas profundizar en lo que significa seguir a Jesús para poder renovar conscientemente tus promesas bautismales la Vigilia Pascual.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2015-01-18: "Venid y veréis"

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 1, 35-42
 
En aquel tiempo estaba Juan con dos de sus discípulos y fijándose en Jesús que pasaba, dijo: --Este es el Cordero de Dios. Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús, Jesús se volvió y al ver que lo seguían, les preguntó: --¿Qué buscáis? Ellos le contestaron: --Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives? Él les dijo: --Venid y lo veréis.  Entonces fueron, vieron donde vivían y se quedaron aquel día, serían las cuatro de la tarde. 
 
Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encontró primero a su hermano Simón y le dijo: --Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: -- Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro).
 
Palabra del Señor
 
 

Otras lecturas: 1 Samuel 3:3-10, 19; Salmo 40:4, 7-8, 8-9, 10; 1 Corintios 6:13-15, 17-20

 

Lectio:

            Como el evangelio de Marcos es el más breve, verás que su lectura seguida a veces se ve interrumpida y sustituida por textos de Juan. Es lo que sucede en estos dos domingos: aunque ambos comparten el tema, la vocación de los primeros discípulos, el pasaje de hoy es de Juan. Después de su bautismo en el Jordán, Jesús es conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado (veremos esto en el primer domingo de Cuaresma), e inmediatamente después comienza su ministerio.

            Hay un primer tema al que deberíamos prestar atención: la actitud y respuesta de los personajes al relacionarse con Dios (los casos de Elí y Samuel) o con Jesús (Juan el Bautista y los primeros discípulos). Pueden darnos pistas respecto a la manera en que nosotros deberíamos relacionarnos y responder a nuestra propia llamada. Tanto Elí como Juan son conscientes de su papel: no son ellos quienes llaman a Samuel o a los discípulos, sino los encargados de mostrarles el camino hasta Dios o Jesús, quitándose de en medio y permitiendo la comunicación con quien de verdad llama y salva. Juan afirmó en varias ocasiones que él “no era el Mesías”, y una sencilla frase resume la manera en que entendió su papel como testigo de Jesús: “Es necesario que él [Jesús] crezca, y yo disminuya” (Juan 3:22-30). 

            Tenemos, además, un número de expresiones que anticipan algunos de los conceptos teológicos fundamentales del evangelio de Juan. Señalaré unos pocos como orientación para que tú mismo los amplíes en número y profundidad. Con frecuencia hablamos del momento en que “encontramos” al Señor, cuando descubrimos cuál era nuestra vocación a la fe o a un estado particular. Pero es Jesús quien pegunta: “Qué están buscando?” Pensamos que el proceso de búsqueda lo iniciaron los discípulos. Pero la verdad es muy distinta, y Jesús lo dejaría muy claro cuando hablase en otra ocasión con ellos: “Ustedes no me escogieron a mí, sino que yo los he escogido a ustedes…” (Juan15:16). En cualquier caso, el evangelista (uno de los primeros discípulos llamados por Jesús) es totalmente consciente de la importancia y de las consecuencias de aquel encuentro: “eran como las cuatro de la tarde”. Un momento como aquel no podía caer en el olvido. Lo que probablemente había comenzado como una pregunta fruto de la mera curiosidad o de la admiración acabaría convirtiéndose en un llamamiento y en el comienzo de una vida nueva. Las palabras de Jesús, “Vengan a verlo”, son más que una invitación para que satisfagan su curiosidad: en realidad, “ir, venir, y ver” son las acciones que también van juntas al describir cómo llegarían a creer en la resurrección (Véase el capítulo 20 de Juan). Pero hay algo más: “Vengan a verlo” es también un llamamiento a “quedarse con él”, no sólo por unas pocas horas, sino ponerle como cimiento de sus vidas: permanecer, quedarse, compartir su vida. Lee Juan 15:1-10 y encontrarás el hondo sentido de “permanecer” en Jesús. Describe no sólo la unión existente entre Jesús y ellos, sino que también se identifica con la unidad de Jesús y el Padre. A su vez, haber visto a Jesús y haberse quedado con él se convierte en una fuerza que los impulsa a comunicar su “hallazgo” a los demás: “Hemos visto / encontrado al Mesías, al Señor…” son las palabras que pronuncian Juan el Bautista (1:29-34), la mujer samaritana (4:29), María Magdalena (20:18), los discípulos encerrados en la casa (20:25), Juan evangelista (1 Juan 1:1-4): “Les anunciamos lo que hemos visto… para que nuestra alegría sea completa”. Descubrimos, una vez más, que la vocación, la elección, implica siempre un envío, es decir, convertirse en misionero, en apóstol.

 

Meditatio:

            Unas preguntas incisivas este domingo. Comencemos por el final de nuestra Lectio: ¿Sentimos de verdad que el Evangelio, Jesús mismo, es una “buena noticia” y, es tanta la alegría que intentamos comunicársela a los demás como algo que debemos compartir? ¿O nos guardamos la fe como algo secreto, como si nos sintiéramos avergonzados por creer? Cuando damos testimonio de Jesús, ¿somos capaces de guardar distancias y señalarle a él y no “predicarnos” a nosotros mismos o “nuestro” evangelio? Siempre que hablamos de la castidad nos sentimos incómodos: podrás haber notado que no he hecho la menor alusión al texto de Pablo. Venzamos nuestro miedo a que nos critiquen injustamente por ser mojigatos o represivos, y abordemos nuestra manera auténticamente cristiana de enfocar la sexualidad. ¿Pensamos, como Pablo, que la castidad es otra dimensión de nuestra entrega “en cuerpo y alma” a Jesús y al Reino de Dios? ¿O en realidad la vivimos como una mera represión de nuestros sentimientos e impulsos? ¿Estamos convencidos de que nuestros cuerpos son “templos del Espíritu Santo”? Si formas parte de un grupo de oración y se vive un clima de confianza, me atrevo a sugerir la posibilidad de discutir el asunto en común. Por hoy, no más preguntas ni sugerencias.

 

Oratio:

            Uno de los riesgos que corremos cuando llevamos mucho tiempo como “seguidores” es el de perder la alegría espontanea de nuestro primer encuentro con Jesús. Como la iglesia de Éfeso, puede que hayamos perdido “el amor que teníamos al principio” (Apocalipsis 2:1-7). Pidamos el don de recobrar nuestras propias “cuatro de la tarde” y renovar nuestro compromiso con Jesús y nuestra respuesta a la vocación que recibimos de él.

            Reza por quienes están en un proceso de búsqueda espiritual: para que encuentren a alguien fiel a Jesús que les encamine hacia él, sea verdadero testigo del evangelio y les ayude a descubrir su propia vocación. (En realidad, tal vez estamos rezando por nosotros y por nuestra misión como apóstoles…)

 

Contemplatio:

            No somos tan afortunados como los discípulos: ¡Ojalá pudiéramos pasar un par de horas o incluso de minutos para sentarnos con calma y ver el rostro físico de Jesús, escuchar su voz y reconocer sus gestos…! Aceptemos nuestros límites: no somos Juan el evangelista y no podemos experimentar lo mismo que él. Pero, aunque suene un tanto pueril, tratemos de recrear aquel día, “a eso de las cuatro de la tarde”. Busca un rincón tranquilo, deja a un lado tu “ropa de rezar”, e imagina las preguntas que le habrías hecho a Jesús en ese contexto de cercanía y calma.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

 

Lectio Divina 2015-01-25: "De inmediato dejaron sus redes"

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 1, 14-20
 
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:
 
-- Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.
 
Pasando junto al lado de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.
 
Jesús les dijo:
 
-- Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.
 
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
 
Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.
 
Palabra del Señor
 
 

Otras lecturas: Jonás 3:1-5, 10; Salmo 25:4-5, 6-7, 8-9; 1 Corintios 7:29-31

 

Lectio:

            Es abrupto el tono con que cuenta Maros la historia de Jesús. No hay un relato de su nacimiento, apenas unas líneas para describir el anuncio del Mesías por boca de Juan, o para el bautismo de Jesús y su proclamación como “Hijo amado”, o para las tentaciones en el desierto…, y con una leve alusión al arresto del Bautista, en el versículo catorce del primer capítulo, nos encontramos con Jesús embarcado en la proclamación del Reino de Dios. Hay una sensación de urgencia: el tiempo (tal vez sería mejor traducir la palabra griega “kairòs” como “la-ocasión-que-hay-atrapar-ahora-mismo”) ya ha llegado, está aquí mismo, y tienen ustedes que “convertirse”, cambiar de mentalidad, su manera de abordar la realidad (ese es el sentido más profundo de la “metánoia” griega), si no quieren perder el tren del Reino de Dios. Hay otra palabra, “euthùs”, “al punto, inmediatamente”, que aparece 41 veces en el texto de Marcos. En algunos casos podría interpretarse como “entonces”, sin más; pero aun así, el tono que percibimos es éste: el Reino de Dios, la Buena Noticia, no tolera retrasos, no podemos “hacerla esperar”.

            Hallamos esto mismo tras el bautismo de Jesús. “Inmediatamente”, el Espíritu le condujo al desierto (1:12). La expresión podría darnos otra clave para entender bajo una luz distinta la vocación de los primeros discípulos: los cuatro lo dejan todo, la familia y el trabajo, y “al momento” le siguen (1:18, 20). Como podemos ver, hay una profunda diferencia entre el enfoque de calma y tranquilidad que transmitía Juan en el pasaje que leíamos el domingo pasado: hoy no hay tiempo para quedarse con Jesús, conversar y conocer sus planes, entender por qué y de qué manera es el Cordero de Dios, qué espera de ellos… En el texto de Marcos, lo que oímos es una orden simple y firme: “Síganme” (1:17); o entendieron que “los llamaba” (1:20). La única pista respecto a lo que espera de ellos es un anuncio (¿o tal vez una promesa?): “Yo haré que ustedes sean pescadores de hombres “ (1:17). El llamamiento de Jesús es radical y exige una respuesta también radical. No hay tiempo para la reflexión ni para despedirse de la familia o de los amigos. Es llamativa la diferencia entre el llamamiento de Eliseo por parte de Elías: el anciano profeta no le impidió a su sucesor recién elegido que fuera a “dar a sus padres un beso de despedida” antes de seguirle (1 Reyes 19:19-21). Los textos de hoy anticipan otro ejemplo de este estilo radical mencionado por Mateo (8:18-22) y Lucas (9:57-62): “Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos”. También hay una diferencia en la respuesta de los primeros discípulos y la actitud de Jonás. Mientras que el profeta se resiste obstinadamente a obedecer el mandato de Yahveh para que predique la conversión a los ninivitas, e incluso se disgusta porque hacen penitencia y son perdonados, los discípulos “dejaron sus redes”, “dejaron a su padre Zebedeo”, y le siguieron.  

            Hay un vínculo más, aunque pueda parecer extraño, entre el evangelio y el texto de Pablo. Para el apóstol, la certeza de la vuelta inminente del Señor hace que vea la realidad con una perspectiva distinta, y es la que aconseja a los cristianos de Corinto. “Nos queda poco tiempo”. Por eso mismo, ¿por qué prestarles a las cosas más atención de la que merecen? La actitud puede resumirse como mirar a la realidad “como si”, porque su valor (casarse o comerciar, llorar o regocijarse) es relativo comparado con los auténticos valores del Reino. Por esa razón, los discípulos pueden considerar sus redes, su trabajo o sus parientes “como si” no tuvieran valor al compararlos con el Reino anunciado por Jesús, “incluso si” tienen que correr el riesgo de seguir a un rabino al que apenas conocen, pero en quien creen haber encontrado al Mesías.

 

Meditatio:

            Los textos de hoy serían perfectos para un retiro o una jornada de reflexión para jóvenes que tratasen de tomar una decisión sobre su vocación o sus planes para el futuro en la comunidad cristiana. La mayoría de nosotros, creo, tomamos nuestras decisiones y escogimos “nuestro camino” hace ya algún (tal vez largo) tiempo. Con todo, el haber tomado ya una decisión no nos exime de la renovación permanente de nuestra opción. Ningún “Sí, quiero” es tan firme y sólido como una roca. E incluso las rocas están sometidas a la erosión y el deterioro. Esto no es una sesión de terapia, sino un momento de reflexión en torno a la palabra de Dios. ¿Tomaríamos ahora la misma decisión, optaríamos por el camino personal que elegimos cuando decidimos estudiar y seguir una determinada profesión, casarnos, entrar en la vida religiosa o hacernos sacerdotes? La cuestión puede resultar muy espinosa. Dejémosla a un lado. Piensa en las circunstancias de los discípulos cuando oyeron hablar por primera vez de Jesús, un rabino y predicador callejero, tal vez un verdadero profeta, quién sabe si un embaucador… ¿Responderíamos al llamamiento de Jesús como hicieron Andrés y Simón, Santiago y Juan, cuando Jesús se acercó a sus vidas? “Dejaron sus redes”. ¿Abandonaríamos nuestras propias redes y nos iríamos tras él? ¿Qué nos impediría o sería un obstáculo para que siguiéramos a Jesús? ¿Qué es, ahora mismo, un obstáculo en nuestro camino para entregarnos en plenitud?

 

Oratio:

            Reza por quienes se enfrentan a decisiones graves respecto a su futuro profesional o vocacional: para que el Espíritu les conceda lucidez para discernir su camino y firmeza generosa para dar los pasos y responder a su vocación.

            Reza por quienes, tras una larga vida de fidelidad a su llamamiento sienten el desánimo de la rutina o ven su vida como una empresa estéril: para que vuelvan a oír la voz alentadora de Jesús, que les llama a seguir trabajando en el anuncio del Evangelio, y recuperen el gozo de seguirle como Señor y Salvador.

            No olvides rezar por la Unidad de los Cristianos, cuyo  Octavario termina este mismo domingo.

 

Contemplatio:

            “¿A quién voy a enviar? ¿Quién será nuestro mensajero?” Yo respondí: “Aquí estoy, envíame a mí.” (Isaías, capítulo 6)…  “¡Ay, Señor! ¡Yo soy muy joven y no sé hablar!” Pero el Señor me dijo: “Tú irás donde yo te mande, y dirás lo que yo te ordene” (Jeremías 1:4-10). Lee estos pasajes en que los dos profetas mayores de Israel narran su vocación. Fíjate en que ser “hombre de labios impuros” o “muy joven” y “no saber hablar” no es obstáculo para ser llamado a proclamar el mensaje de Dios. Tampoco “ser un pecador” le impidió a Pedro ser llamado por Jesús y convertirse en apóstol (Lucas 5:8). Trata de identificar los “obstáculos” que solemos “construirnos” para defendernos frente al llamamiento que nos hace Jesús a asumir responsabilidades mayores en nuestra propia comunidad cristiana.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

 

 
 

Lectio Divina 2015-02-01: "Enseña de una manera nueva"

Del santo Evangelio según san Marcos 1, 21-28
 
Llegaron a Cafarnaúm. Al llegar el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios». Jesús, entonces, le conminó diciendo: «Cállate y sal de él». Y agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él. Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen». Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea.

 

 

Otras lecturas: Deuteronomio 18:15-20; Salmo 95:1-2, 6-7, 7-9; 1 Corintios 7:32-35

 

Lectio:

            Antes de proseguir con nuestras Lectiones, es preciso subrayar un dato que, aun siendo importante, puede pasar desapercibido en nuestra lectura del evangelio de Marcos. Sólo quedan tres domingos ate de comenzar el tiempo litúrgico de Cuaresma. En Cuaresma, sólo en dos domingos tendremos un fragmento de Marcos, con lo que no volveremos a leerlo hasta el 7 de junio, e incluso en ese periodo hasta el próximo Adviento, en otros cinco domingos leeremos a Juan. Como puedes ver, el evangelio de Marcos no sólo es el más corto, sino que además sufre de un uso más que exiguo en la liturgia. Puede que ahora entiendas por qué aconsejaba leerlo entero al comienzo de este ciclo y así tener una introducción general a todo el año…

            Estos tres domingos que nos quedan nos ofrecen, no obstante, una visión clara aunque breve de dos de las dimensiones en las que Marcos expone la autoridad de Jesús en el comienzo mismo de ese evangelio. La sección 1:21-28, que hoy leemos, junto con el resto del capítulo 1, que se leerá los dos domingos siguientes, describe la autoridad de Jesús sobre el Diablo y la Enfermedad. A continuación, la sección que abarca dese 2:1 hasta 3:6, que se lee en los domingos 7º, 8º y 9º, presentaría su autoridad sobre el Pecado y la Ley. Desgraciadamente, este año nos perderemos esos pasajes. Teniendo en cuenta estos detalles, nada insignificantes, comencemos nuestra Lectio…      

            Primero: el contexto es sagrado, santo, en una doble dimensión. El tiempo: es un sábado, “día santo” por excelencia para la mentalidad religiosa judía. Recordemos todas las disputas entre Jesús y los maestros de la Ley y los fariseos a cuenta de la violación del “descanso sabático” cuando curaba a los enfermos ese día. El espacio: aunque no estemos en el Templo de Jerusalén, la sinagoga tenía un carácter de “espacio sacro” ya que era allí donde los rabinos leían y exponían la Torah; y era también allí donde se recitaban las oraciones solemnes cada día. Hay una tercera realidad “sacra”: Jesús mismo, “el Santo de Dios” (1:24). No sabemos lo que enseñó Jesús aquel día, ya que Marcos no nos ofrece ni el menor detalle. Lo único que pone de relieve es la diferencia de estilo entre la manera de enseñar de Jesús y la de los maestros de la Ley: enseñaba “con plena autoridad”. Y no dice nada más. Al final de todo el pasaje, Marcos añadirá otro detalle para explicar por qué se “admiraba” y “asustaba” la gente: su enseñanza con plena autoridad era, además, “nueva” (1:27).   

            Segundo: en aquel espacio y tiempo sagrados, se hace presente la realidad más infame en forma de “un hombre con un espíritu impuro” (1:23).  Se le presenta a Jesús la oportunidad de mostrar que hay otra diferencia más entre él y los jefes “oficiales” de la comunidad. El demonio (que, por cierto, resulta ser un espíritu plural) reconoce quién y qué es Jesús, declara abiertamente que no tiene nada en común con él y pregunta si tiene intención de destruirlos. (Marcos niega así la acusación que le harán a Jesús más tarde: 3:20-29). Una vez más, Jesús demuestra su autoridad en una doble dimensión: hace que el espíritu se calle y abandone al hombre. La realidad de la posesión y su sanación queda atestiguada por el grito del espíritu y la agitación del hombre. Pero lo más importante, tal vez el factor “nuevo” que percibe la gente, es la diferencia con un profeta tradicional: Jesús no habla o da órdenes “en nombre de Yahvé” (véase la primera lectura del Deuteronomio), sino que “reprende” directamente al espíritu impuro, “en nombre propio” por así decirlo. Estamos, pues, en presencia del “Santo de Dios”.  

 

Meditatio:

            La doble pregunta que le planea el espíritu inmundo es un reconocimiento abierto de que no hay nada entre Jesús y ellos y manifiesta el temor ante su propia destrucción porque se ha hecho presente el Reino de Dios. El reino de la tiniebla y la servidumbre no tiene nada que ver con la misión de Jesús como Mesías enviado para liberar a quienes viven bajo la carga del mal. La manera en que comienza Jesús su ministerio es, al mismo tiempo, un anuncio de la misión que confiará a los Doce y, en sentido más amplio, a todos sus discípulos, “dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos” (6:7). Deberíamos preguntarnos qué tenemos en común con el “reino del mal”, en cuanto a compartir los valores y la mentalidad de este mundo en vez de los del Reino; o de qué manera estamos comprometido en la lucha contra el mal en todos los ámbitos de la vida. ¿En qué medida anunciamos (y vivimos) la “novedad” del Evangelio o hasta qué punto está arraigado en nuestra vida cristiana el tono rancio de la rutina?  ¿Es nuestra presencia en el pequeño mundo que nos rodea una fuente de libertad y liberación para los esclavizados por el mal? 

 

Oratio:

            Reza por los oprimidos por “espíritus inmundos”, sometidos a cualquier tipo de esclavitud (adicciones, codicia, egoísmo, desesperanza…): para que la palabra salvadora de Jesús llegue a ellos y los libere para gozar de la libertad de los hijos de Dios.

            Reza por los cristianos en general y por sus ministros en particular: para que vivamos la noticia salvadora del Evangelio, nos convirtamos en sus mensajeros y anunciemos con la “autoridad” de la coherencia las palabras de Jesús, “médico y salvador nuestro”.  

 

Contemplatio:

            Marcos narra la predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret, su propia tierra, y cómo le rechazaron sus paisanos (6:1-6), pro no menciona el contenido de su predicación. Vuelve a leer el texto paralelo de Lucas 4:16-30, y trata de entender, aceptar y ver cómo puedes transmitir el mensaje de esperanza de Jesús para cuantos están sometidos a cualquier tipo de esclavitud u opresión.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2015-02-08: "Todo el mundo te busca"

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 1, 29-39
 
En aquel tiempo, al salir Jesús de la Sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y poseídos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios; y como los demonios lo conocían no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marcho al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: --Todo el mundo te busca. Él les respondió: -- Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido.
 
Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando demonios.
 
Palabra del Señor

 

Otras lecturas: Job 7:1-4, 6-7; Salmo 147:1-2, 3-4, 5-6; 1 Corintios 9:16-19, 22-23

 

Lectio:

            Como ya señalé la semana pasada, el comienzo del evangelio de Marcos es una especie de borrador, no sólo de “un día en la vida de Jesús”, tal como lo describen numerosos autores, sino como un avance de todo su ministerio. En estos esbozos iniciales, Marcos insiste en la autoridad de Jesús como predicador oi intérprete de la Escritura: la gente notó desde el primer momento que había una diferencia notable con los doctores de la Ley. Y su autoridad no se limitaba a la palabra, sino que se manifestaba en obras: podía expulsar demonios y curar enfermedades. Los términos usados por Marcos para describir la reacción de la gente van del asombro al espanto. Estos dos domingos nos ofrecerán algunos ejemplos del ministerio de Jesús “con autoridad” sobre demonios y enfermedades. Por desgracia, tal como dije, nos perderemos sus signos de autoridad sobre el pecado y la interpretación opresiva realizada por los escribas. Repito mi recomendación: lee Marcos desde 2:1 hasta 3:6 para tener una visión global antes de que empecemos la Cuaresma.     

            Vayamos a nuestros y fijémonos en diversas dimensiones del ministerio de Jesús. Surgido del contexto común del Antiguo Testamento, válido también para el tiempo de Jesús, el fragmento de Job representa el desconcierto de los humanos frente a la enfermedad, el dolor, el sufrimiento en su sentido más amplio: en particular, la vieja mentalidad que consideraba el sufrimiento como consecuencia del pecado. El discurso de Job a lo largo de todo el libro refleja los sentimientos del hombre que no puede entender su dolor sin una razón: si hubiera cometido un pecado, tendría al menos una explicación para su desesperanza. Quienes acuden a Jesús no comparten esos sentimientos, pero buscan alivio a su dolor, supuestamente consecuencia de sus transgresiones. Con todo, respetan en Sábado, y sólo al caer el sol se acercan a él.

            Cambia el contexto y nos muestra que el mensaje salvífico de Jesús no se limita a los espacios sacros: de la sinagoga va a casa de Simón, un entorno doméstico y cotidiano. Un simple versículo, de manera del todo inesperada, nos ofrece una serie de pistas para interpretar la autoridad salvífica de Jesús y la manera en que la ejerce: “Se acercó [a la suegra de Simón], y tomándola de la mano la levantó; al momento se le quitó la fiebre y comenzó a atenderlos” (1:31). Aunque la expresión es de Mateo (1:23), también para Marcos Jesús es sin duda Emanuel, “Dios con nosotros”: se acerca a una anciana, la toca y la ayuda a incorporarse (un gesto inconcebible en un rabino) mostrando así que comparte su sufrimiento y desamparo, y hace que recobre su papel de “señora de la casa” porque su curación es real y efectiva. Pero la actividad de Jesús no se limita tampoco al ámbito doméstico, sino que llega a las calles y, por último, a las aldeas próximas de Galilea, porque a eso había venido: “andaba por toda Galilea, anunciando el mensaje en las sinagogas de cada lugar y expulsando a los demonios” (1:39).     

            Un último elemento a considerar. En el centro del relato hallamos un rasgo “íntimo” de la personalidad de Jesús: la oración. “De madrugada… se levantó y salió de la ciudad para ir a orar a un lugar solitario” (1:35). Hace eso mismo en varias ocasiones, no sólo en circunstancias especiales como antes del prendimiento en Getsemaní (Marcos 14:34-42 y paralelos), o tras la multiplicación del pan (Marcos 6:46), sino también como una actividad sin relación con ningún acontecimiento particular (Lucas 5:16, 9:19).

            De manera sutil, la terminación del pasaje nos ofrece una tentación insidiosa. No se trata del poder y la gloria que le había ofrecido Satán, una tentación fácil de detectar y rechazar. En este caso, el atractivo es más tentador y asequible, y viene disfrazado de humildad: “Quédate aquí como rabino de la comunidad de Cafarnaúm, no te comprometas con planes y designios grandiosos” (Salmo 131). A primera vista, es la modestia con un razonable grado de satisfacción: quedarse en Cafarnaúm como Mesías local, cuyo mensaje salvífico universal puede domesticarse fácilmente. Ni problemas con las autoridades religiosas o políticas, ni persecución, ni pasión ni muerte... Renunciar a los planes de Dios: así de sencillo.

 

Meditatio:

            Después de una Lectio tan larga, bastarán unas pocas preguntas para nuestra Meditatio. El Evangelio nos ofrece unas síntesis del ministerio de Jesús y, al tiempo, de nuestra vocación a seguir sus pasos. En el texto de Pablo podemos ver un ejemplo y un modelo para nuestra propia respuesta. Al igual que Jesús compartía los sentimientos, el dolor y la situación de las gentes que se le acercaban, y les comunicaba su salvación, también Pablo se hizo “esclavo, débil, igual a todos” para transmitirles el Evangelio. En nuestro caso, ¿hasta qué punto estamos cerca o lejos de quienes nos rodean para proclamar y hacerles partícipes de nuestra fe? ¿En qué medida compartimos las debilidades, esperanzas y tristezas, gozos y penas de quienes viven a nuestro lado? ¿Con cuánta frecuencia ponemos límites a nuestro testimonio con la excusa del respeto a las conciencias ajenas para no vernos comprometidos en la proclamación de un mensaje que puede resultar molesto o inquietante?  

 

Oratio:

            Reza para que, así como imitamos la actitud de Jesús en la oración retirada y silenciosa, imitemos también su empeño en transmitir la fuerza salvadora de Dios a quienes sufren en cualquier ámbito de sus vidas.

            Reza por los ancianos, los postrados en cama, quienes viven en el olvido o la marginación, los sometidos a los demonios de la culpa o la desesperanza: para que experimenten la ayuda salvífica y la liberación que sólo Jesús les puede dar.

 

Contemplatio:

            Como Jesús, también nosotros sentimos la tentación de confinar nuestra fe cristiana dentro de los límites de nuestra parroquia, comunidad o ámbito local. ¿No podríamos buscar otros espacios y otros horizontes? ¿Te has planteado la posibilidad de cooperar con algún organismo que sirva o trabaje en favor de los inmigrantes, las misiones, el ecumenismo, los cristianos perseguidos o los grupos marginales de nuestra sociedad?  

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2015-02-15: "Quiero. ¡Queda limpio!"

 LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 1, 40-45
 
En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
 
-- Si quieres, puedes limpiarme.
 
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo:
 
-- Quiero: queda limpio
 
La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él le despidió encargándole severamente:
 
-- No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.
 
Pero cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aún así acudían a él de todas partes.
 
Palabra del Señor
 
 

Otras lecturas: Levítico 13:1-2, 44-46; Salmo 32:1-2, 5, 11; 1 Corintios 10:31 – 11:1

 

Lectio:

            El capítulo 1 y la primera sección del Tiempo Ordinario terminan con otro signo de la autoridad de Jesús sobre la enfermedad y el poder del mal. Para ser más precisos, la sanación del leproso es la última de una serie de transgresiones. Desde su llegada a Cafarnaúm, Jesús ha violado la observancia del tiempo sagrado del Sábado: “obró” el milagro de expulsar un espíritu impuro de un hombre y curar a la suegra de Simón (¡y permitir que los sirviera!), incurriendo, además, en impureza legal a tocar a una mujer enferma. Todo esto era más que suficiente para descalificar a Jesús ante los ojos de escribas, fariseos y sacerdotes. Pero Jesús da un paso más. El pasaje de Marcos reúne una serie de detalles  que deberían excluirle del mundo de los “puros”, quienes observan y obedecen todos y cada uno de los mandamientos y preceptos de la Ley.

            Independientemente del contenido de pasajes como estos en los que hallamos una violación provocativa de las normas (en realidad, de la Ley con mayúscula) hay un tono que fija la manera en que deben ser entendidas e interpretadas las palabras y las acciones que Jesús pronuncia o realiza: la paradoja. Marcos (y los demás evangelistas, Juan en particular) parece empeñarse en situar al lector ante contradicciones aparentes que ponen de relieve que “los caminos de Dios no son los caminos de los humanos”. El texto de hoy, junto con las demás lecturas, puede ser a la vez modelo y guía para captar el espíritu que penetra y configura la predicación  de Jesús y su proclamación del Reino de Dios. 

            No hace falta insistir en la doble dimensión que hallaba la mentalidad hebrea en la enfermedad: dolencia física y espiritual al mismo tiempo. La lepra (sea cual sea la afección de la piel a la que se refirieran) es el ejemplo por excelencia. Los textos del Levítico que hoy leemos resumen esos elementos: por una parte, el miedo al contagio (moral o corporal) y el rechazo que el pueblo mostraba el pueblo hacia los leprosos; y, por otra, el sentimiento de llevar un estigma, el abandono y el aislamiento social que sufrían los leprosos, era una carga que debían soportar como un castigo toda su vida. En cierto sentido, eran “muertos vivientes “. El Salmo 102 podría expresar su estado de ánimo: no sólo eran poco más que “piel y huesos”, sino que se sentían “como un búho entre las ruinas” o “un pájaro solitario en el tejado”. (Curiosamente, este Salmo se ha aplicado tradicionalmente al Jesús sufriente de la pasión).

            Fijémonos, pues, en algunas de las paradojas. Al encontrar a Jesús, el leproso, persona impura, quebranta la Ley acercándose a él, pero así queda puro y puede volver a la vida normal y entrar en las ciudades; en cambio, Jesús, el salvador que también ha transgredido las normas al tocar al leproso, le limpia, pero él mismo se hace impuro y, desde aquel instante, “ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo”. Otro contraste es el que hay entre la autoridad de Jesús y la de los sacerdotes: lo único que éstos pueden hacer es “declarar” al leproso puro o impuro, mientras que Jesús le limpia y purifica. Otro dato a tener en cuenta: ni el leproso ni Jesús usan los términos “curar” o “sanar”, sino “limpiar”. Un último detalle: igual que había sucedido con el hombre poseído por un espíritu inmundo (1:23-25) o los demonios que había expulsado (1:34), Jesús le manda al leproso que no diga nada a nadie de su purificación: ese “secreto Mesiánico” muestra tal vez su temor a que la gente le malinterprete y que no entienda qué tipo de Mesías es. Otra paradoja, que volveremos a ver más tarde.     

 

Meditatio:

            Como de costumbre, una mirada a nuestro entorno y a nuestro interior. Hoy día, ya nadie vincula la enfermedad con el pecado o la culpa: nuestra mentalidad está muy lejos de la de los antiguos. Si prescindimos de algún brote de fanatismo en los primeros tiempos del SIDA, estamos muy lejos de ver la enfermedad como consecuencia del pecado. Con todo, existen leprosos a nuestro alrededor. En realidad, los creamos nosotros mismos cuando aislamos, discriminamos o evitamos a los demás en función de motivos tan sencillos como  “tendencias religiosas heterodoxas” (somos nosotros quienes decidimos qué es ortodoxo); lo “política o ideológicamente incorrecto” (los medios, incluyendo publicaciones “serias”,  establecen los criterios); el nivel social o económico; la raza, el género o la orientación sexual, la edad, la situación marital… la lista es interminable. Parece que necesitáramos la existencia de “los diferentes”, “los otros”, para excluirlos como impuros y así sentirnos seguros en nuestra pureza. Como cristianos, para quienes no tendrían que existir ni judío ni gentil, ni esclavo ni libre, ni varón ni mujer, ¿cuándo, por qué y cómo perdimos nuestro espíritu “católico”, “universal”? ¿A qué leprosos y de qué manera podemos tender la mano y comunicarles el mensaje salvador y purificador de Jesús? ¿Qué riesgos de parecer impuros nos atreveríamos a correr en nuestra misión de ser ministros de misericordia? ¿A qué tipo de leprosos/pecadores seríamos capaces de sentar a nuestra mesa?

 

Oratio:

            Una oración doble en este día: por quienes están y se sienten rechazados, discriminados o excluidos: para que se vean acogidos en nuestras comunidades cristianas. Y por quienes con frecuencia creamos barreras de distancia y aislamiento: para que seamos signos de la misericordia, la compasión y la acogida que nos enseñó Jesús.

 

Contemplatio:

            Aunque parezca fuera de lugar, permíteme recordarte que dentro de un par de días celebraremos el Miércoles de Ceniza. En la Lectio de hoy hemos meditado y rezado en torno al signo compasivo de Jesús que devolvió al leproso a la vida en plenitud y reconciliación. La Cuaresma es un tiempo de conversión. Apenas han pasado dos meses desde Navidad y, admitámoslo, ya ha decaído un tanto la renovación de nuestra vida cristiana que supuso contemplar al Mesías recién nacido. La Cuaresma nos invita a reavivar nuestro estilo de vida mediante tres “ejercicios espirituales” tradicionales: la limosna, la oración y el ayuno. Te sugiero que vuelvas a leer Mateo 6:1-6, 16-18, el texto de la misa del Miércoles de Ceniza, y veas cómo puedes prepararte para tu “puesta a punto cuaresmal” camino de la Pascua.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2015-02-22: "¡Creed en el Evangelio!"

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 1, 12- 15
 
En aquel tiempo el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás, vivía entre alimañas y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:
 
-- Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creer en el Evangelio.
 
Palabra del Señor

 

 

Otras lecturas: Génesis 9:8-15; Salmo 25:4-5, 6-7, 8-9; 1 Pedro 3:18-22

 

Lectio:

            No he verificado toda la lista, pero estoy seguro de que este es el domingo con el evangelio más corto de todo el leccionario: sólo cuatro versículos. Y aunque se conoce tradicionalmente como el de “las tentaciones de Jesús”, el tema en cuanto tal se despacha ¡en dos versículos! Es llamativa la diferencia entre la manera en que Mateo y Lucas presentan la historia frente a la de Marcos. Nuestro texto no menciona ninguno de los elementos que los otros evangelistas consideran esenciales: el contenido de las tentaciones (obtener ventajas o provecho personal convirtiendo las piedras en panes; lograr la admiración recurriendo a la acción de Dios para vencer riesgos aparatosos pero innecesarios; o someter su condición de Hijo de Dios al poder de Satanás para poseer riquezas o dominio). El texto no incluye diálogo alguno con el diablo, ni menciona el ayuno o el hambre de Jesús. Pero, a pesar de su sobriedad, el diminuto fragmento contiene un número de connotaciones que un lector judío podía entender fácilmente. (Desgraciadamente,  al igual que nosotros, los cristianos de origen greco-romano debían encontrarse un tanto desconcertados…)

            Pero en este primer domingo de Cuaresma hay más cosas que el texto de Marcos. Volvamos a la primera celebración litúrgica de este tiempo. En el rito de la imposición de la ceniza, el ministro repite “Conviértanse y crean el evangelio”, recordando las palabras básicas pronunciadas por Jesús al comenzar su ministerio anunciando la llegada del Reino. El comienzo de cuaresma anticipa, en cierto sentido, toda la subida hacia la celebración pascual en Jerusalén. Y, desde luego, recuerda también la invitación de Dios a imitar su fidelidad: a pesar de los fallos y pecados de Israel, “no volverá a haber ningún diluvio” porque Dios “se acordará de su alianza” (Génesis 9:15). Por el contrario, el agua se convertirá en el bautismo en la fuente de la vida nueva en Cristo (1 Pedro 3:21) y, junto con la luz, será el centro de la vigilia pascual.

            Los dos versículos de la tentación e Jesús contienen, como dije, gran número de alusiones que conviene examinar. Jesús no va al desierto por su cuenta, sino que es impulsado, “arrastrado” por el Espíritu, y allí se queda cuarenta días, tal como Yahveh había conducido por el desierto a los hebreos durante cuarenta años antes de entrar en la Tierra Prometida. Las tentaciones de Jesús (como vimos, Marcos no menciona ninguna en particular) no son un engaño para que tropiece y caiga, sino más bien un “ejercicio” para someterle a prueba y “templarle” como al acero antes de que se enfrente a la misión que ha de cumplir, tal como a Abraham se le pidió que sacrificara a Isaac (Hebreos 1:17), o Adán en el paraíso (otra alusión que contrasta con el desierto de Jesús). Junto con este contexto, Marcos también menciona a las fieras y a los ángeles, y eso nos trae a la memoria el Salmo 91: en una larga oración de confianza en el Señor, se describe al justo como quien vive bajo su sombra protectora. Aunque le rodeen peligros de toda índole (las trampas que le tienden sus enemigos, las plagas o un ejército, serpientes, monstruos o leones…) nada ha de temer, porque la fidelidad del Señor es su escudo protector. Incluso a los ángeles les han dado órdenes para que le guarden donde vaya y le sostengan con sus manos… De hecho, Mateo y Lucas citarán este mismo salmo en su relato paralelo, aunque el contexto y su objeto son totalmente distintos. Tras esto, Marcos resume la misión de Jesús y su mensaje básico en dos simples versículos: “El reino de Dios está cerca. Vuélvanse a Dios y acepten con fe la buena noticia” 

 

Meditatio:

            En cierto sentido, el relato escueto, casi lacónico, de las tentaciones puede sernos sumamente útil. Estrictamente hablando, las pruebas elaboradas de los otros Sinópticos habrían de ser entendidas como tentaciones no sólo de Jesús y su papel mesiánico, sino también de la Iglesia como tal y su relación con el poder y otras mediaciones de este mundo. Marcos, en cambio, nos deja ante este tiempo de conversión con “preguntas abiertas” sobre nosotros mismos y los ámbitos y medios en los que deberíamos transformar nuestra vida para hacerla conforme con el Evangelio. ¿Cuáles son nuestras verdaderas tentaciones, qué puede apartarnos del seguimiento de Jesús? Con excesiva frecuencia nos negamos a admitir que tras la lujuria hay un deseo de dominio, que el egoísmo es de hecho un signo de miedo a “perdernos”, o que la envidia puede ocultar la falta de aceptación de nuestra mediocridad… Sólo en el desierto de un silencio sincero y humilde podemos hacer frente a nuestros verdaderos fallos y limitaciones, no en la repetición rutinaria de los mandamientos. En consecuencia, nuestra conversión debe tomar como punto de partida nuestra realidad más honda para hallar el camino de regreso a “los caminos del Señor”, cargar con nuestra cruz y seguirle.

 

Oratio:

            Cuaresma es tiempo para rezar y reflexionar. Tomémonos las cosas con calma y paciencia. Sólo un par de oraciones hoy. Recemos por quienes se enfrentan a decisiones graves para su vida: para que sepan descartar las opciones que van contra el Evangelio o contra su compromiso personal con Jesús y tomen la opción acertada. Y recemos también por nosotros: para que la Cuaresma nos haga conscientes de nuestra realidad más auténtica (con sus límites, fallos, valores y posibilidades), y hallemos la manera de liberarnos de todo lo que entorpece nuestra fidelidad al Evangelio o nuestro crecimiento en el amor a Jesús y a los hermanos.

 

Contemplatio:

            El miedo es uno de los factores que nos impiden poner en práctica las exigencias que nos plantea Jesús cuando nos invita a seguirle. Miedo a cambiar, a renunciar a nuestro estilo de vida, a perdernos y a perder nuestro cómodo cristianismo hecho a medida, a correr el riesgo de ser testigos de Jesús y su Evangelio. Vuelve a leer el Salmo 91: “El que vive bajo la sombra protectora del Altísimo…” y el capítulo 16 de Juan. Aunque sea áspero el camino, las palabras de Jesús nos dan valor: “Tengan valor: yo he vencido al mundo”.   

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2015-02-29: "Es mi Hijo, ¡escuchadle!"

DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 9, 2, 10
 
En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les apreció Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: -- Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Estaban asustados y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: -- Este es mi Hijo amado; escuchadlo.
 
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús los mandó: -- No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. Esto se les quedó grabado y discutían que querría decir aquello de resucitar de entre los muertos.
 
Palabra del Señor
 

Otras lecturas: Génesis 22:1-2, 9, 10-13, 15-18; Salmo 116:10, 15, 16-17, 18-19; Romanos 9:2-10

 

Lectio:

            El domingo pasado, el evangelio era muy corto, pero proporcionaba imágenes y conceptos que nos permitían abordar la Cuaresma con un idea clara del camino que íbamos a seguir. También este domingo es muy rico y nos dejará descubrir matices ocultos de las celebraciones anteriores y vislumbrar el fin y el propósito de la misión de Jesús. Por si nos habían asustado las penitencias cuaresmales, el rostro luminoso de Jesús también nos dará un pequeño respiro en el camino. Como en otros domingos, limitaré mi tarea a señalarte algunas pistas que te ayuden a enfrentarte con los textos, ya que son demasiado densos para desarrollarlos por completo.

            El tono “apresurado” del comienzo del evangelio nos resulta ya familiar: es típica de Marcos esa prisa o el dar por sentado que sus lectores ya conocen  el contexto de sus relatos. Además, el leccionario ha omitido las primeras palabras del pasaje, aunque son sumamente importantes: “Seis días después…” o “Al cabo de seis días…” (9:2) El lector no puede sino preguntarse “¿Después de qué?” Pues justo después de que Jesús hubiera anunciado su muerte y resurrección y la manera en que habría de llevar a cabo su vocación mesiánica. Los discípulos no entendieron el mensaje entero: se fijaron tan sólo en la dimensión más áspera del anuncio: su pasión y muerte. Pedro fue el único que se atrevió a rechazar abiertamente los planes de Jesús: “Lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo” (8:32).Lo cierto es que nadie podría entender que el Mesías, el heredero del trono de David, el que habría de liberar a su pueblo del dominio de los romanos, tuviera que sufrir lo que había anunciado Jesús. “Si ese es el futuro de nuestro jefe, ¿dónde acabaremos nosotros? ¿Qué futuro nos espera?” Las palabras más suaves para describir sus sentimientos podrían ser desconcierto y frustración.

            La Transfiguración es un momento de solaz y alivio, pues parece que los discípulos no habían oído o entendido la frase “resucitará a los tres días”. Los tres que presenciaron la visión fueron los más cercanos a Jesús, los que estuvieron con él en la casa de Jairo y vieron lo que sucedía con la niña (Marcos 5:35-43). Pero ni aquel signo ni este otro los hicieron más fuertes en la fe o en la fidelidad: cuando les llegó la prueba en Getsemaní, no fueron capaces de mantenerse en vela y rezar con Jesús (14:32-42). Para nosotros, que conocemos toda la historia, es obvio el paralelo con el bautismo de Jesús: la presencia de Elías y Moisés, junto con la voz del Padre, era una ratificación de que él era el “hijo amado”. Cabría esperar que los tres discípulos experimentasen algo más hondo que ver unas imágenes deslumbrantes. En absoluto: estaban tan aterrorizados que incluso nos queda la duda de si entendieron la orden “Escúchenlo”.  

            La liturgia de hoy nos hace dar un paso más allá en nuestra comprensión de la preparación cuaresmal para la Pascua. Nos hace ver de nuevo que nunca llegamos a captar el contenido pleno de la historia de la salvación. La Transfiguración no es más que una imagen fugaz del auténtico final del camino a Jerusalén, la resurrección del Señor, una gloria que no puede lograrse más que por la obediencia, la “escucha” de la voluntad del Padre manifestada en él. Por eso, cuando los discípulos (no sólo los Doce, sino nosotros, a quienes se invita a tomar la cruz y seguir a Jesús) tengamos que hacer frente al “sufrimiento, o la persecución, o el peligro o la espada”, sabemos que nada podrá separarnos del amor que nos mostró Dios cuando entregó por nosotros a su Hijo, el que murió, resucitó e intercede por nosotros.

 

Meditatio:

            Después de tantos detalles, unas pocas preguntas, sencillas pero difíciles de responder, para nuestra Meditatio. Con frecuencia, los no creyentes nos critican a los cristianos por insistir excesivamente en el pecado, la culpa, la penitencia y la expiación, como si nuestra fe fuera una serie de mandatos y prohibiciones destinados a amargarnos vida. Y debemos reconocer que a veces ofrecemos una imagen muy sombría de nosotros mismos. ¿En qué medida representa en realidad esa imagen nuestra falta de perspectiva frente al misterio pascual, verdadero centro de nuestra fe? ¿Es la Cuaresma un mero tiempo de “mortificación” en lugar de una ocasión para prepararnos a celebrar al Cristo Resucitado?

            Habrás notado que no he aludido al pasaje del Génesis. Podemos encontrar multitud de interpretaciones para hacer que parezcan aceptables la prueba de Abraham y su obediencia: te será fácil hallarlas en la red. Pero permíteme una pregunta que me inquieta profundamente: ¿somos conscientes de las consecuencias que ciertas decisiones nuestras, legítimas y tomadas “en conciencia”, pueden tener para otras personas, y de qué manera pueden afectar a sus vidas? ¿Nos atrevemos a examinar con espíritu crítico algunas de nuestras convicciones que con tanta facilidad identificamos con la voluntad de Dios?   

 

Oratio:

            Reza por quienes se encuentran en situaciones de angustia y oscuridad a casusa de su fidelidad a Jesús y su Evangelio: para que capten un reflejo de la luz pascual que les ayude en su camino.

            Recemos por la Iglesia o la comunidad a la que pertenecemos: para que seamos mensajeros del gozo de Pascua, aunque tomemos la Cuaresma como un tiempo dedicado a convertirnos al Señor mediante “limosnas, oración y ayunos”.

 

Contemplatio:

            Como habrás visto, la Transfiguración está relacionada directamente con el anuncio que hace Jesús de su pasión y resurrección. Me atrevo a sugerir una “ampliación” de las lecturas de nuestra liturgia. Vuelve a leer Marcos  8:27-38 y Romanos 8:28-39. Hallarás en esos pasajes una manera alentadora de entender “lo duro que es ser discípulo”, que no es un mero camino de renuncias, sino un ejercicio de confianza en el amor sin límites que Dios nos tiene. 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2015-03-08: "Él sabía lo que hay dentro de cada hombre."

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 2, 13- 25
 
Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: -- Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: "el celo de tu casa me devora". 
 
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: -- ¿Qué signos nos muestras para obrar así? Jesús contestó: -- Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. 
 
Los judíos replicaron: -- Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días? Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de lo que había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la Palabra que había dicho Jesús. Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía, pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.
 
Palabra del Señor
 
 

Otras lecturas: Éxodo 20:1-17; Salmo19:8, 9, 10, 11; 1 Corintios 1:22-25

 

LOS JUDÍOS QUIEREN SEÑALES, Y LOS GRIEGOS BUSCAN SABIDURÍA

 

Lectio:

            Puede resultar extraño el título que le he dado a esta Lectio, pero creo que el texto de 1 Corintios que hoy leemos nos ofrece el enfoque adecuado para nuestra liturgia dominical y para el misterio de la muerte y resurrección de Jesús que celebramos en Pascua. Vayamos por pasos. La primera lectura, si dejamos a un lado la sección estrictamente religiosa sobre la obediencia debida a Yahvé como único Dios verdadero, es completamente “razonable”: podemos hallar mandamientos y normas semejantes en el Código de Hammurabi y en algunos otros sistemas éticos o legales. Es lógico y razonable concebir una sociedad y un estilo de vida en el que se respeten los derechos y deberes básicos respecto a la vida, la propiedad, el matrimonio y la familia, y se castiguen sus transgresiones. Para los griegos (los gentiles o los no creyentes en general) el problema es la manera que tiene Jesús de entender y exponer la Ley de Israel o incluso lo que llamamos “ley natural”. ¿Has de considerarte adúltero porque has deseado a una persona casada? ¿O sentirte dichoso cuando vives en la pobreza o te persiguen? Un griego lo vería absurdo. ¿Dar la vida por un justo? Dependiendo de las circunstancias y del afecto que sintieras… podría ser. Pablo se plantea la posibilidad en Romanos 5:6-11 en relación con el amor de Dios, y Jesús se lo propone a los discípulos como su mandamiento único (Juan 15:11-17). Francamente, tomada en su conjunto, la manera de entender la vida, el camino trazado por Jesús y su Evangelio, les parecía necedad a los griegos de tiempos de Pablo, e incluso hoy día exige una salto racional en el vacío que sólo por la fe podemos atrevernos a dar. No: desde el punto de vista de los griegos, no hay “sabiduría” alguna en nuestro mensaje cristiano.

            En nuestro fragmento de Juan, el contenido es distinto del de los sinópticos: aunque se enmarca en tiempo de Pascua, no tiene lugar en la “última semana” de Jesús, justo antes de su muerte, sino en el comienzo mismo de su ministerio; y Jesús no acusa a los mercaderes por ser “ladrones o bandidos”, sino por haber convertido el santuario en un vulgar mercado. De hecho, son el reflejo de la manera en que los sacerdotes han profanado el verdadero culto a Dios transformando el Templo mismo en un zoco donde los ritos y los sacrificios han sustituido la entrega del corazón al espíritu de la Ley. Por desgracia, incluso los judíos observantes habían olvidado su auténtico significado: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mateo 9:13, Oseas 6:6). Las autoridades, que habían visto a Jesús volcar las mesas de los cambistas y echarlos del Tempo junto con los demás mercaderes, tenían buenas razones para exigir un “signo” que explicase su violenta reacción; pero, de haberlas pronunciado, aquellas palabras de la Escritura, no podrían ser el “signo” que esperaban como respuesta. En realidad, la crítica de Jesús era más honda que ese enfoque ético. Al leer el diálogo con la samaritana, se tiene la impresión de que cuestiona el concepto de culto en cuanto tal. Después de su propio sacrificio no hará falta ningún lugar sacro: llega la hora, “cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad… Dios es espíritu…y en espíritu y en verdad es preciso que lo adoren” (Juan 4:19-26). El Templo/mercado que rechaza Jesús será sustituido por su propia muerte en cumplimiento de los planes del Padre. Él será el nuevo Templo, el Sacerdote definitivo y el sacrificio único que nos reconciliará con el Padre. Pero ellos no pueden aceptar aquello como signo de la Nueva Alianza: ni su muerte en la cruz y su resurrección, ni su cuerpo como verdadero Templo que ningún poder humano podrá destruir jamás. Ni siquiera los discípulos pudieron entender sus palabras hasta que hubo resucitado de entre los muertos. Según las palabras de Pablo, la muerte de Jesús en la cruz será siempre una piedra de escándalo. No: tampoco a los judíos satisfacía aquel “signo”. 

 

Meditatio:

            Lo cierto es que los textos de Juan y Pablo debieron desconcertar y hacer que se tambalearan las ideas que tuvieran los judíos de la época en torno a la salvación y al papel que deberían desempañar la Ley y el culto. La Nueva Alianza era realmente “nueva” y no encajaba en sus esquemas lógicos y religiosos. Pero, si somos sinceros, tampoco los cristianos nos hemos sentido satisfechos con ella, porque la hemos transformado en algo tan rancio y viejo como la Antigua. Aunque corra el riesgo de parecer poco ortodoxo, a veces tengo la impresión de que nuestra liturgia, nuestra manera de celebrar los sacramentos, rezar o dar culto a Dios parece estar más cerca de la religiosidad levítica que de la novedad de las celebraciones del Nuevo Testamento. La historia es la historia, y hemos de respetarla y aceptar nuestra herencia, pero ¿no habremos caído en la vieja trampa de concebir el culto como una especie de “comercio” entre Dios y nosotros? ¿Ofrecemos nuestros ritos y gestos a cambio de bendiciones? ¿Se ha vuelto la Palabra de Dios, la parte más vital y renovada de nuestra liturgia, otra rutina ya gastada? ¿Vivimos la eucaristía como la participación en el único y definitivo sacrificio de Jesús en la cruz, o sencillamente “asistimos” a un rito como si estuviéramos en el Templo de Jerusalén?

 

Oratio:

            Recemos por nosotros, que a menudo escondemos nuestra falta de entrega a Jesús y su Evangelio tras una nube de ritos y celebraciones: para que vivamos la liturgia y el culto como una fuente de renovación de nuestra vida cristiana. 

            Reza por quienes (nosotros, desde luego) viven la eucaristía u otros actos de culto con actitud cansina: para que descubran que en nuestros ritos es Cristo mismo, nuestro Sumo Sacerdote, quien bautiza, celebra la eucaristía o perdona los pecados.  

 

Contemplatio:

            “Contempla”, fíjate en la manera en que se celebra y reza en tu comunidad, y trata de descubrir las trampas de la repetición rutinaria en que hemos caído. ¿Hay un equipo que prepare las celebraciones dominicales o diarias? ¿Colaboras con ellos? ¿Podrías ayudarles a renovar su actividad? Estoy seguro de que podrás encontrar algo que pueda mejorarse. De todos modos, aunque no haya nada que pueda o deba hacerse, habrás tomado conciencia de esa dimensión de tu comunidad.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

 

Lectio Divina 2015-03-15: "El que hace la Verdad se acerca a la luz"

 LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 3, 14- 21
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
 
-- Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en él no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.
 
Palabra del Señor
 
 

[or] Otras lecturas: 2 Crónicas 36:14-16, 19-23; Salmo 137:1-2, 3, 4-5, 6; Efesios 2:4-10

 

"Por gracia sois salvos por medio de la fe… (brv)"

 

Lectio:

            Al leer los textos de hoy, tenemos la impresión de estar ante una colección de paradojas. Estamos acostumbrados a los contrastes tan propios de Juan, pero el evangelio de este domingo colma todas las expectativas. Verdad es que la historia de la salvación, tal como la entendía Israel, era una paradoja radical: el menor de los pueblos de Oriente Medio, que luchó por sobrevivir en condiciones de esclavitud bajo el domino egipcio, fue elegido por Yahveh, el único Dios salvador, para ser su pueblo escogido, hijo de adopción llamado a vivir en santidad y justicia y convertirse en ejemplo ante toda las naciones. En este contexto, el Mesías esperado en tiempos de Jesús sería el designado para traer la justicia a las naciones y establecer un reinado de paz que superaría la Pax Romana de Augusto.  

            La visita de Nicodemo  a Jesús le permite a Juan reunir los temas fundamentales de su evangelio. Lo que leemos es sólo el último fragmento de un largo pasaje en el que Jesús trata de comunicar un mensaje de confianza al fariseo temeroso (o tal vez sería mejor decir “cauto”) que se le acerca de noche buscando una explicación sobre la verdadera naturaleza de aquel predicador, al que considera un maestro enviado por Dios (3::2), y de los milagros que realiza.

            El ejemplo de la serpiente de bronce hace referencia a Números e introduce uno de los “pares contrastados” usados por Juan. El pecado de impaciencia del pueblo provoca, “abajo en la tierra”, la mordedura de las serpientes. Sólo “alzando“ los ojos a la serpiente de bronce, puesta “en lo alto”, encontrarán la cura y la salvación. Ese signo le permitirá a Juan hablar de nosotros, los humanos que vivimos en este mundo y sufrimos por nuestros pecados, y de la salvación que trae Jesús, que viene del Padre, “de arriba”. Curiosamente, el proceso llegará  a su culmen cuando Jesús sea “alzado” en la cruz, signo de maldición, y vuelva a ser “levantado” a la gloria por la resurrección de entre los muertos…·(Juan 3:14-15; 2:19-22; 8:28; 12:32-34), y nos haga partícipes de su salvación.

            Desde esta primera imagen, todo se vuelve una paradoja permanente: el mundo, que odia a Jesús y a sus discípulos (7:7; 15:18-19) es amado por Dios, hasta el extremo de enviarle a él, su Hijo único, para que “tenga vida eterna” (3:15). La vid eterna, por otra parte, no es lo que espera el mundo, la inmortalidad o alguna otra idea filosófica, sino el resultado de la propia gloria de Jesús: “La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú enviaste” (17:1-3). Quienes tienen vista y se supone que pueden “ver” en profundidad la presencia de Dios están en realidad ciegos porque no aceptan a Jesús, “luz del mundo” (1:3-5; 3:19-21; 9:39-41), y se condenan a vivir en la tiniebla. Creer en Jesús significa convertirse en hijos de Dios, pero no nacen de la naturaleza o los deseos humanos, sino porque Dos los ha engendrado” (1:12-13). De hecho, mor medio de la fe, nacen “de nuevo” o “de lo alto” (3:3-7). Como verás, podríamos seguir y seguir, ya que el texto ofrece numerosas conexiones cada una de las cuales nos lleva a nuevas dimensiones de la personalidad y de la misión de Jesús

            Quedan todavía dos detalles que merecen nuestra atención. El texto de Efesios insiste en la generosidad de Dios como fuente y origen de nuestra salvación y utiliza dos veces la misma expresión “por gracia sois salvos” (2:5, 8) recordando la misma idea expresada en el himno de Juan: aunque la Ley de Moisés era de suyo una gracia, nuestra salvación es la nueva y definitiva “gracia y verdad” y procede de la plenitud de Jesús.  En cuanto al largo pasaje de  Crónicas, la historia del castigo de Judá y su cautiverio en Babilonia termina con la promesa de reconstruir el Templo de Jerusalén y restablecer el culto: y quien impulsa esta tarea es Ciro (¡otra paradoja!), un rey extranjero y pagano.

 

Meditatio:

            Son tantos los temas y aspectos contenidos en la liturgia de hoy, que me atrevo a proponer una tarea a la vez simple y compleja: elige una de las imágenes usada para describir la múltiple realidad de Jesús: verdad, luz, pan de vida, pastor, vid, aunque no sea de las que hoy aparecen. Cualquiera de ellas te dará pistas para descubrir la dimensión con la que te sientas unido de manera más personal con Jesús. Ten por cierto que encontrarás mil maneras de renovar tu relación con él y seguirle como “nacido de nuevo”.

 

Oratio:

            Reza por quienes viven en la tiniebla de la duda o la incertidumbre, por quienes no ven claro su camino, para que Jesús, luz del mundo, los ilumine y los conduzca a la verdad que es él mismo.

            Reza por los cristianos que hoy día viven en la tiniebla del dolor, la persecución y la amenaza de muerte a causa de su fe: para que Jesús, vida del mundo, los acompañe y conforte en la tribulación.

 

Contemplatio:

            Los católicos “hacemos un examen de conciencia” como primer paso del sacramento de la penitencia. Traemos a la memoria nuestros fallos y pecados para hacernos conscientes de lo que debemos presentar ante Dios y recibir el perdón. Y eso significa “nacer de nuevo”, no en el sentido de quienes viven el proceso de una conversión “radical” al Evangelio, sino algo más humilde: reconocer la necesidad de renovar nuestra situación de pecadores tibios. Nos acercamos a la Pascua: ¿no podríamos hacer algo tan sencillo como poner en pie nuestros viejos “cadáveres”, el peso muerto de la rutina en nuestra vida Cristiana, y prepararnos para la renovación de la resurrección litúrgica? 

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2015-03-22: La Pasión de Jesús

 
Del Evangelio Según San Marcos
 
Capítulo 14
 
1 Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes Acimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte.
 
2 Porque decían: «No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo».
 
3 Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús.
 
4 Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí: «¿Para qué este derroche de perfume?
 
5 Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres». Y la criticaban.
 
6 Pero Jesús dijo: «Déjenla, ¿por qué la molestan? Ha hecho una buena obra conmigo.
 
 
(Continúa) 
 
 
 
7 A los pobres los tendrán siempre con ustedes y podrán hacerles bien cuando quieran, pero a mí no me tendrán siempre.
 
8 Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura.
 
9 Les aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo».
 
10 Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a ver a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús.
 
11 Al oírlo, ellos se alegraron y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba una ocasión propicia para entregarlo.
 
12 El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?».
 
13 El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo,
 
14 y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: «¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?».
 
15 El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario».
 
16 Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
 
17 Al atardecer, Jesús llegó con los Doce.
 
18 Y mientras estaban comiendo, dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará, uno que come conmigo».
 
19 Ellos se entristecieron y comenzaron a preguntarle, uno tras otro: «¿Seré yo?»
 
20 El les respondió: «Es uno de los Doce, uno que se sirve de la misma fuente que yo.
 
21 El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!».
 
22 Mientras comían, Jesús tomo el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen, esto es mi Cuerpo».
 
23 Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella.
 
24 Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos.
 
25 Les aseguro que no beberá más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios».
 
26 Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.
 
27 Y Jesús les dijo: «Todos ustedes se van a escandalizar, porque dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas.
 
28 Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea».
 
29 Pedro le dijo: «Aunque todos se escandalicen, o no me escandalizaré».
 
30 Jesús le respondió: «Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces».
 
31 Pero él insistía: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y todos decían lo mismo.
 
32 Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: «Quédense aquí, mientras yo voy a orar».
 
33 Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse.
 
34 Entonces les dijo: «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí velando».
 
35 Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora.
 
36 Y decía: «Abba –Padre– todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».
 
37 Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos. Y Jesús dijo a Pedro: «Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora?
 
38 Permanezcan despiertos y oren para no caer en la tentación, porque es espíritu está dispuesto, pero la carne es débil».
 
39 Luego se alejó nuevamente y oró, repitiendo las mismas palabras.
 
40 Al regresar, los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño, y no sabían qué responderle.
 
41 Volvió por tercera vez y les dijo: «Ahora pueden dormir y descansar. Esto se acabó. Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
 
42 ¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar».
 
43 Jesús estaba hablando todavía, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.
 
44 El traidor les había dado esta señal: «Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo y llévenlo bien custodiado».
 
45 Apenas llegó, se le acercó y le dijo: «Maestro», y lo besó.
 
46 Los otros se abalanzaron sobre él y lo arrestaron.
 
47 Uno de los que estaban allí sacó la espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
 
48 Jesús les dijo: «Como si fuera un bandido, han salido a arrestarme con espadas y palos.
 
49 Todos los días estaba entre ustedes enseñando en el Templo y no me arrestaron. Pero esto sucede para que se cumplan las Escrituras».
 
50 Entonces todos lo abandonaron y huyeron.
 
51 Lo seguía un joven, envuelto solamente con una sábana, y lo sujetaron;
 
52 pero él, dejando la sábana, se escapó desnudo.
 
53 Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y allí se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas.
 
54 Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los servidores, calentándose junto al fuego.
 
55 Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un testimonio contra Jesús, para poder condenarlo a muerte, pero no lo encontraban.
 
56 Porque se presentaron muchos con falsas acusaciones contra él, pero sus testimonios no concordaban.
 
57 Algunos declaraban falsamente contra Jesús:
 
58 «Nosotros lo hemos oído decir: "Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre"».
 
59 Pero tampoco en esto concordaban sus declaraciones.
 
60 El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie ante la asamblea, interrogó a Jesús: «¿No respondes nada a lo que estos atestiguan contra ti?».
 
61 El permanecía en silencio y no respondía nada. El Sumo Sacerdote lo interrogó nuevamente: «¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito?».
 
62 Jesús respondió: «Así, yo lo soy: y ustedes verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo».
 
63 Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?
 
64 Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?». Y todos sentenciaron que merecía la muerte.
 
65 Después algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole el rostro, lo golpeaban, mientras le decían: «¡Profetiza!». Y también los servidores le daban bofetadas.
 
66 Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las sirvientas del Sumo Sacerdote
 
67 y, al ver a Pedro junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo: «Tú también estabas con Jesús, el Nazareno».
 
68 El lo negó, diciendo: «No sé nada; no entiendo de qué estás hablando». Luego salió al vestíbulo.
 
69 La sirvienta, al verlo, volvió a decir a los presentes: «Este es uno de ellos».
 
70 Pero él lo negó nuevamente. Un poco más tarde, los que estaban allí dijeron a Pedro: «Seguro que eres uno de ellos, porque tú también eres galileo».
 
71 Entonces él se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando.
 
72 En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: «Antes que cante el gallo por segunda vez, tú me habrás negado tres veces». Y se puso a llorar.
 
Capítulo 15
 
1 En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
 
2 Este lo interrogó: «¿Tú eres el rey de los judíos?». Jesús le respondió: «Tú lo dices».
 
3 Los sumos sacerdotes multiplicaban las acusaciones contra él.
 
4 Pilato lo interrogó nuevamente: «¿No respondes nada? ¡Mira de todo lo que te acusan!».
 
5 Pero Jesús ya no respondió a nada más, y esto dejó muy admirado a Pilato.
 
6 En cada Fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, a elección del pueblo.
 
7 Había en la cárcel uno llamado Barrabás, arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición.
 
8 La multitud subió y comenzó a pedir el indulto acostumbrado.
 
9 Pilato les dijo: «¿Quieren que les ponga en libertad al rey de los judíos?».
 
10 El sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia.
 
11 Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás.
 
12 Pilato continuó diciendo: «¿Qué debo hacer, entonces, con el que ustedes llaman rey de los judíos?».
 
13 Ellos gritaron de nuevo: «¡Crucifícalo!».
 
14 Pilato les dijo: ¿Qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: ¡Crucifícalo!
 
15 Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
 
16 Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia.
 
17 lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron.
 
18 Y comenzaron a saludarlo: «¡Salud, rey de los judíos!».
 
19 Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje.
 
20 Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.
 
21 Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.
 
22 Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: «lugar del Cráneo».
 
23 Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó.
 
24 Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno.
 
25 Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron.
 
26 La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: «El rey de los judíos».
 
27 Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
 
28 (Y se cumplió la Escritura que dice: «Fue contado entre los malhechores»)
 
29 Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían: ¡«Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar,
 
30 sálvate a ti mismo y baja de la cruz!».
 
31 De la misma manera, los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí: «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo!
 
32 Es el Mesías, el rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!». También lo insultaban los que habían sido crucificados con él.
 
33 Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde;
 
34 y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: «Eloi, Eloi, lamá sabactani», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
 
35 Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: «Está llamando a Elías».
 
36 Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña le dio de beber, diciendo: «Vamos a ver si Elías viene a bajarlo».
 
37 Entonces Jesús, dando un grito, expiró.
 
38 El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
 
39 Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó: «¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!».
 
40 Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé,
 
41 que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.
 
42 Era día de Preparación, es decir, vísperas de sábado. Por eso, al atardecer,
 
43 José de Arimatea –miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios– tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.
 
44 Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto.
 
45 Informado por el centurión, entregó el cadáver a José.
 
46 Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.
 
47 María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto.
 
PALABRA DE DIOS
 
 
HAYA EN VOSOTROS ESTE SENTIR QUE HUBO EN CRISTO JESÚS…
Marcos 14:1 – 15:47
Texto evangélico de DHH
 
Otras lecturas: Bendición y Procesión con los Ramos: Marcos 11:1-10 o Juan 12:12-16. Misa: Isaías 50:4-7; Salmo 22:8-9, 17-18, 19-20, 23-24; Filipenses 2:6-11. 
 
Lectio:
El encabezamiento de hoy, el primer versículo de nuestra lectura de Filipenses, podría ser el hilo conductor al abordar esta primera celebración de la Semana Sana. La actitud de Jesús, anunciada en el texto de Isaías, es de negación de sí mismo y renuncia: “se vació de sí mismo”, convirtiéndose en el siervo sufriente, y así cumplió por voluntad propia la voluntad del Padre. La fidelidad a los designios de Dios, expresada en su obediencia de hombre libre, es tal vez el rasgo que mejor describe la actitud de Jesús a lo largo de toda su vida. A imitar esa actitud es a lo que exhorta Pablo a los cristianos de Filipos en su introducción al himno cristológico. 
Los cuatro relatos de la Pasión nos ofrecen, no sólo la descripción de los acontecimientos de los últimos días de la vida de Jesús, sino que al mismo tiempo nos proporcionan un retrato de las gentes que rodeaban al rabí y profeta al que habían seguido, admirado, reconocido como hombre de Dios, traicionado y abandonado. Esos personajes bien pueden ser el espejo en que veamos los rasgos de nuestra propia personalidad y nuestra actitud en el seguimiento de Jesús. Si miramos en profundidad, ninguno de ellos es absolutamente malvado (ni siquiera Judas), y todos ellos juntos presentan una imagen completa de nuestra contradictoria naturaleza humana. Para Pablo, sin duda, la comunidad de Filipos, y en ese sentido cualquier comunidad cristiana, es una imagen de Cristo, su cuerpo visible en este mundo; de aquí la importancia de su comportamiento en medio de su generación, donde han de brillar como luces vivas (2:15).
El primer personaje que hallamos no parece formar parte de la Pasión, pero ella y sus acciones son el mejor anuncio y una clave básica para todos los acontecimientos que están a punto de ocurrir. Después de su entrada en Jerusalén, la “purificación” del Templo y sus largas discusiones con sus adversarios, Jesús vuelve a Betania. Allí, en casa de Simón el leproso, una mujer desconocida (no es una pecadora, ni María la hermana de Marta y Lázaro, ni la Magdalena), le unge, y el derroche que supone aquel perfume carísimo provoca el escándalo de los presentes. Nadie es capaz de captar el signo profético que sólo Jesús entiende y explica: “ha perfumado mi cuerpo de antemano para mi entierro” (14:8). También ha anticipado el papel que Jesús como rey y sacerdote desempeñará en su Pasión. Curiosamente, de ella se recordará el gesto, aunque no sepamos su nombre (14:9). Y su actitud de generosidad silenciosa y devoción se verá completada por las palabras del centurión romano: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (15:39). Un pagano proclamará lo que había enunciado Marcos en la primera línea de su Evangelio. Como siempre, la paradoja: una mujer y un gentil encierran, como en un paréntesis, los misterios de la pasión y muerte de Jesús. 
Los discípulos merecen especial atención. Los tres más próximos a Jesús no pudieron “mantenerse despiertos ni una hora” (14:37) mientras él se sentía “afligido y angustiado” y rezaba por verse libre de aquella hora (14:33-35). Incluso Simón, que había alardeado de la firmeza de su fe y de que estaría dispuesto a “morir con él” (14:29-31), jurará que no le conoce (14:66-72). Judas, “uno de los doce” como subraya Marcos, le traicionará (14:10-11), y el beso con que saludará a Jesús será la señal para quienes van a arrestarle y llevarle preso (14:43-46). Uno de los presentes (suponemos que un discípulo) trató de defenderle con una espada (14:47); otro, un joven, escapó aunque aquello supusiera la vergüenza de quedarse desnudo (14:51). Pero, al final, estaban tan asustados ante los acontecimientos, que todos los discípulos lo abandonaron y huyeron (14:50). 
En cuanto a las autoridades, sabemos de sobra el papel que desempeñaron. Quienes pertenecían a la clase dirigente religiosa, sacerdotes, fariseos, escribas, estaban convencidos de que Jesús constituía un verdadero peligro para su estabilidad social y política: después de recurrir a testigos falsos para que adujeran pruebas y así poder entregarle a Pilato, el gobernador romano (14:55-61), fue Jesús mismo quien les proporcionó la excusa para llevar a cabo sus planes. Sus palabras, “Yo soy” (14:62), significaban identificarse con Dios, eran una auténtica blasfemia y merecían la pena de muerte (14:53-64). 
La misma multitud que había recibido a Jesús con himnos y vítores y había alfombrado el suelo con sus capas y con ramas mientras avanzaba a lomos de un burro (11:8-10) gritará ante Pilato “¡Crucifícalo!” unos días más tarde (15:6-15). Algunos de ellos, al verle en la cruz, lo insultarán, mientras que los sacerdotes y los maestros de la ley se burlarán de él. Lo mismo harán incluso los dos bandidos crucificados con él (15:29-32).
Los personajes romanos desempeñan los papeles que cabía esperar en circunstancias semejantes. Pilato no quería problemas con una multitud rebelde (Jerusalén estaba atestada de gentes venidas para la celebración de la Pascua y, como hemos visto, eran fáciles de enardecer y manipular), y tras un tibio intento de intercambiar a Jesús por Barrabás y aunque sabía las razones tortuosas invocadas por las autoridades judías, decidió “quedar bien con la gente” y se “lo entregó para que lo crucificaran (15:1-15). En cuando a los soldadesca romana, la crueldad de sus acciones responde, desgraciadamente, a las prácticas comunes con los prisioneros.
Quedan aún otros personajes cerca de Jesús. Debía de estar muy débil cuando tuvieron que recurrir a un transeúnte, Simón de Cirene, para que llevara el travesaño dela cruz (15:21). Aunque se viera forzado a realizar aquella tarea (las autoridades podían exigir ese tipo de servicio) y nada sepamos de sus sentimientos religiosos, Simón desempeña un profundo papel simbólico: su acción recuerda las exigencias que había planteado Jesús a quien quisiera seguirle: olvidarse de sí mismo y cargar con la cruz son las dos condiciones principales (8:34). Al leer o escuchar este pasaje, los cristianos perseguidos de aquel tiempo debían de entender con toda claridad lo que quería decir Jesús. 
Las mujeres: no sólo las que aparecen con su nombre (María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé), sino también el grupo de quienes le habían seguido hasta Jerusalén, están allí y, aunque de lejos, no abandonan al maestro. Por eso serán las primeras testigos de la resurrección. 
Sólo tras la muerte de Jesús entrará en escena otro personaje: José de Arimatea, que se hará cargo del cuerpo y lo enterrará. Una sábana de lino sin más y ningún ungüento o perfume: Jesús ya ha sido ungido por la desconocida que habría de ser recordada “donde se anuncie la buena noticia” (14:9).   
 
Meditatio:
Con toda franqueza, la lectura de la pasión es tan rica, que no me atrevo a ofrecer orientaciones para nuestra Mediatio. Cualquier manera de abordarla puede resultar válida. Humildemente sugiero comparar las acciones de los personajes que hemos visto comparándolos con los sentimientos que pudo o debió de experimentar Jesús en relación con ellos, y tratar de entender de qué manera estaba siguiendo los designios del Padre. O intenta identificarte con algunos de esos personajes y descubrir lo que compartes con ellos. O trata de encontrar en tu propio entorno circunstancias semejantes a las descritas en el texto: orgullo y autosuficiencia, traición, intereses egoístas, temores ocultos, ingratitud… Y valor y piedad, compasión y solidaridad, generosidad humilde y acción eficaz… La lista de elementos, positivos y negativos, es interminable. En cualquier caso, busca la manera de acercarte cuanto puedas al Jesús Sufriente que murió por nosotros. 
 
Oratio:
Mientras escribía estas líneas, oigo las noticias: en una playa cerca de Trípoli han decapitado a 21 cristianos egipcios de la Iglesia Copta por el mero hecho de seguir a Jesús. Recemos –sé que les he instado a ello en muchas ocasiones- por nuestros hermanos y hermanas que están siendo literalmente perseguidos a muerte a causa de su fe: para que Jesús, cuyos pasos siguen, los conforte en su propia “pasión”.   
Además de esta intención particular, creo que deberíamos rezar todos pidiendo esperanza. En gran medida, la pasión y muerte de Jesús es una parábola de la existencia sufriente y atormentada que padecen muchos seres humanos en nuestro propio mundo. En sus cuerpos y en sus almas llevan las heridas con que fue herido Jesús: para que seamos conscientes de tanto sufrimiento y busquemos con esperanza medios eficaces para aliviarlos.  
 
Contemplatio:
Nuestra primera lectura de hoy es uno de los cuatro cantos del “Siervo Sufriente” del libro de Isaías. La liturgia católica los incluye en las misas de los próximos días. Aunque asistas a misa regularmente, lee estos himnos, ya que te podrán ayudar a prepararte para estas solemnidades: Isaías 42:1-7; 49:1-7; 50:4-9;  y 52:13 – 53:12.
 
Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,
Sacerdote católico,
Arquidiócesis de Madrid, España
 

Lectio Divina 2015-04-12: ¡Paz a vosotros!

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 20, 19- 31
 
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: "--Paz a vosotros."
 
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: "--Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo."
 
Y dicho esto exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:" --Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos."
 
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: "--Hemos visto al Señor." Pero él les contestó: "-- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo."
 
A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: "--Paz a vosotros." Luego dijo a Tomás:"--Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente."
 
Contestó Tomás:  "--¡Señor mío y Dios mío!" Jesús le dijo: "--¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto." Muchos otros signos que no están escritos en este libro hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.
 

 

Palabra del Señor

 

 

Lectio:

            Se podría resumir el contenido de la liturgia de hoy con un par de frases. La Iglesia cristiana es una comunidad de creyentes que comparten todas las dimensiones de la vida, desde las posesiones materiales hasta una fe común expresada en el culto y en un nuevo signo, la fracción del pan. Movidos por el Espíritu, adoran a Dios Padre y proclaman a Jesús como Cristo resucitado, esto es, Hijo de Dios, divino y humano al mismo tiempo. Su misión es anunciar un mensaje de perdón de los pecados y de salvación para toda la humanidad.

            Eso es lo que, a grandes rasgos, nos comunican las lecturas. Cada pasaje tiene un contexto y unos protagonistas distintos. Los Hechos nos presentan una Iglesia  “joven”, que vive, al menos idealmente, el mensaje de fraternidad y reconciliación, el “espíritu del Reino” anunciado por Jesús. El Evangelio de Juan piensa en una comunidad que vive bajo la amenaza de la persecución en dos mundos y en dos épocas. Los discípulos primeros perciben el peligro de padecer la misma suerte que acaba de sufrir el Maestro y, consecuentemente, “se reúnen con las puerta cerradas por miedo a los judíos”. Pero eso refleja al mismo tiempo la situación de persecución del momento en que se escribe el Evangelio. En cualquier caso, el primer mensaje que captamos es de gozo y confianza en el Señor. “La paz sea con ustedes”, el saludo judío habitual, cobra una dimensión nueva en ese contexto y nos recuerda las palabras de Jesús cuando les anunció la futura la zozobra: ”Aunque ustedes estén tristes, su tristeza se convertirá en alegría… Les digo todo esto para que encuentren paz en su unión conmigo. En el mundo, habrán de sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (16:20-33). El soplo del Espíritu es mucho más que un símbolo: los transforma en criaturas nuevas, una comunidad enviada a perdonar los pecados y a llevar un nuevo estilo de vida (representada por la Iglesia de Jerusalén descrita en Hechos). No es ninguna coincidencia el que Juan presente como una unidad la resurrección de Jesús, su ascensión al Padre y Pentecostés en una misma fecha: el Domino, el primera día de la semana, el comienzo de la nueva creación… y el día en que los primeros cristianos se reunían para celebrar “la fracción del pan”.

            Las dos apariciones a los discípulos encerrados en casa presentan un auténtica diferencia frente a la escena de la semana pasada. En el huerto, los tres personajes “ven”. Tanto el discípulo amado como Pedro “vieron” la tumba vacía, pro sólo aquel “vio y creyó” (20:8). En cuanto a María Magdalena, vio a Jesús y creyó, pero cuando fue a contárselo a los otros, no parece que su testimonio provocara ninguna reacción, pues siguieron temerosos y cerrados en casa. Tomás muestra la misma actitud de incredulidad. De hecho, el Evangelio no menciona ninguna “duda”. Lo único que pide Tomás es “ver”, lo mismo que los otros Diez, que “se alegraron de ver al Señor” (20:20). Las palabras de Jesús son un mensaje para alentar a quienes, en el futuro, tengan que creer sin ninguna “prueba visual” sino gracias al testimonio puramente verbal de los otros creyentes.

            En cualquier caso, la profesión de fe de Tomás va más allá de cualquier otra afirmación semejante anterior y resume la esencia de nuestra fe cristiana: Jesús no es sólo un rabino, un maestro, un señor al que sus discípulos o sus criados puedan seguir o someter su vida. Las palabras de Tomás son, estrictamente hablando, una respuesta en la fe a la declaración de Yahveh en el Antiguo Testamento: “Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios” (Jeremías 32:38). Son, además, el último paso del proceso seguido por el Evangelio de Juan: En el principio, “la Palabra era Dios”, esa Palabra se hizo hombre, Jesús (1:1 y 14), y ese mismo Jesús no sólo es el “Mesías/Cristo, el Hijo de Dios” en palabras de Marta (11:27), sino que es “Señor y Dios” (20:28).Esa convicción se refleja en nuestro fragmento de 1 Juan. Toda la carta insiste en los dos focos de nuestra fe cristológica: la condición humana, física y material de la Palabra (1:1-4), y su naturaleza divina y salvadora. El Espíritu, presente en su Bautismo por agua, la sangre derramada en la cruz, y una vez más el Espíritu que “entregó” Jesús al morir (19:30), todos ellos dan testimonio de qué y quién era Jesús.

 

Meditatio:

            Cualquiera de los personajes individuales o colectivos de nuestras lecturas puede proporcionarnos ejemplos de comportamiento como creyentes. Las coincidencias entre nuestras propias actitudes y las suyas pueden ser negativas o positivas, pero en cualquier caso siempre serán iluminadoras. Como de costumbre, algunas preguntas para meditar. ¿Compartimos los temores que sintieron los primeros discípulos? En su caso, el temor era comprensible: ni habían visto al Señor ni habían recibido el Espíritu…  Sé que resulta espinoso hablar de economía cuando abordamos nuestra relación con nuestra comunidad. Pero aunque pensemos que Lucas “idealiza” a la Iglesia de Jerusalén, ¿tenemos la misma actitud solidaria que tenían ellos? ¿Es tan fuerte nuestro amor a Dios como para hacernos pensar que sus mandamientos “no son una carga”? ¿Qué clase de heridas de los clavos necesitamos ver para proclamar que Jesús es “nuestro Señor y nuestro Dios”? Puedes seguir, si te parece…

 

Oratio:

            Sé que puedo resultar reiterativo, pero te invito una vez más a rezar especialmente por nuestros nuevos mártires, los cristianos perseguidos, que no están “cerrados en una casa”, sino que tienen que abandonar sus hogares y su tierra, viven en campos de refugiados y sufren verdadera tortura y mueren a causa de su fe: para que reciban fortaleza y auxilio de lo alto, así como solidaridad de otros cristianos que gozamos de libertada religiosa en nuestros propios países. 

            Reza por quienes necesitan “pruebas” para creer en Cristo y aceptarle cono Dios y Señor: para que el testimonio de los cristianos les ayude a que se les abran los ojos, “vean” a Jesús y se sumen a la comunidad de creyentes.

 

Contemplatio:

Imagínate “cerrado” en la sala con los discípulos. Trata de comprender su miedo, su angustia y su incertidumbre. Imagínate como un cristiano sirio (puedes pensar en otra nacionalidad). Trata de comprender su miedo, su angustia y su incertidumbre. ¿Puedes ver alguna medida o algún paso para vencer tus propios miedos y ayudar de manera eficaz a quienes ahora viven en situaciones de verdadero peligro y angustia por el hecho de ser cristianos?

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2015-04-19: "Mirad mis manos y pies, ¡Soy Yo!"

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 23, 35-48
 
En aquel tiempo contaban los discípulos lo que les había acontecido en el camino y como reconocieron a Jesús en el partir el pan. Mientras hablaba; se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: -- Paz a vosotros.
 
Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. El les dijo: --¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.
 
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: --¿Tenéis ahí algo que comer?
 
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. El lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: --Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.
 
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: --Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.
 
Palabra del Señor
 
 

Otras lecturas: Hechos 3:13-15, 17-19; Salmo 4:2, 4, 7-8, 9; 1 Juan 2:1-5

 

Lectio:

Este Tercer Domingo de Pascua nos presenta otro relato de una aparición del Señor. Conecta, de hecho, con el episodio de los discípulos que van de camino a Emaús (Lucas 24:13-35): justo cuando éstos están en Jerusalén contándoles a los Once y a otro grupo lo que les ha pasado, se aparece Jesús en medio de ellos. Además de estos dos pasajes, también deberíamos tener en cuenta las apariciones a los Diez y a Tomás en el Evangelio de Juan (20:19-29), ya que comparten un buen número de rasgos comunes que pueden enriquecer nuestra Lectio.

            Siempre que aparece Dios entre los humanos como personaje visible (un ángel, tal como en los casos de Zacarías o María, los pastores o las mujeres que iban al sepulcro), la reacción inmediata es una mezcla de asombro, temor o incluso incredulidad. Obviamente, lo primero que necesitan es sosiego: “No teman”, “No se asusten” son las palabras que oyen al punto (Mateo 28:5 y 10; Marcos 16:6; Lucas 1:13, 30; 2:10). En el pasaje del Evangelio de hoy, la reacción presenta la típica mezcla de sentimientos encontrados. Los discípulos experimentan susto e incredulidad, lo normal ante lo que no saben si es un espíritu o un fantasma. Jesús trata de disipar sus sentimientos mediante un doble signo: mostrándoles las manos y los pies (tal como había hecho en el Evangelio de Juan) y compartiendo la comida, un poco de pescado (igual que había compartido el pan con los dos de Emaús). Sus sentimientos se convirtieron en la in credulidad gozosa de quienes piensan que aquello es demasiado hermoso para ser verdad.

            Pero la realidad de la aparición no puede limitarse a los sentimientos o las emociones: necesitaban (necesitamos) una explicación racional para lo que estaba pasando. Y en este caso, los detalles que nos ofrece el Evangelio son también complejos. En el caso de los caminantes de Emaús, las explicaciones que les da Jesús en torno a lo que anunciaron los Profetas sobre su pasión, muerte y resurrección no pare que tuvieran mucho efecto: sólo cuando ven a Jesús partiendo el pan descubren el sentido de sus palabras. En este caso, el signo “ratifica” las explicaciones de Jesús acerca de lo que habían dicho “Moisés y los profetas”. En el pasaje de hoy, sólo después que los discípulos vieran las manos y los pies del Señor y cómo comía el pescado es cuando sus palabras inundan de luz sus mentes y pueden comprender el significado de la Escritura y cómo ésta se había cumplido en los acontecimientos que habían sucedido en Jerusalén.

            Todavía hay más coincidencias. Tanto en el evangelio de Juan colmo en el pasaje de hoy, hay una “misión” confiada a los discípulos: han de ser “testigos” de todo aquello y anunciarlo teniendo muy presente un objetivo: “el perdón de los pecados” (Juan 20:21-23; Lucas 24:47-48). Es así como concluyen las palabras de Pedro a la muchedumbre el día de Pentecostés: tras relacionar la curación del mendigo paralítico con la historia de Jesús y la tradición (interpretación del signo), les urge a que se arrepientan para que se borren sus pecados (Hechos 3.19). El mismo tema, desde una perspectiva distinta, lo aborda nuestra segunda lectura. En este caso, Juan escribe a una comunidad cristiana, convertida ya a Jesús pero, no obstante, capaz de cometer pecados. La llamada, pues, no es a la conversión sino a la humildad y la confianza: reconocer que no podemos alardear de que conocemos al Señor si el pecado está presente en nuestras vidas.

 

Meditatio:

            Las lecturas de hoy nos transmiten un mensaje central de nuestra fe. Celebramos la Pascua, el cumplimiento de los designios de Dios para con la humanidad. Y eso nos empuja a volver la mirada a los acontecimientos que tuvieron lugar inmediatamente después de la resurrección de Jesús. Los discípulos vieron sus manos y sus pies, comieron con él, escucharon sus palabras… Recordemos aquellos acontecimientos, pero también la manera en que Juan expresó lo que significaban y las consecuencias que tuvieron para él y para los primeros creyentes (1 Juan 1:1-4). Lo que experimentaron fue una fuente de gozo para ellos y para quienes los siguieron a lo largo del tiempo. Nosotros, por desgracia, no tenemos delante ni signos visibles ni palabras pronunciadas por Jesús. Y aun así, ¡también nosotros somos “dichosos” por el don de la fe (Juan 20:29)! Podríamos preguntarnos ahora: ¿cuáles son las heridas del Señor que hoy podemos ver o las comidas que con él podemos compartir? La respuesta podría incluir desde quienes, al lado nuestro, sufren física, afectiva o espiritualmente, en los que podemos encontrar a Jesús pidiendo auxilio para resucitar a una vida nueva…. hasta quienes comparten con nosotros la cena eucarística y a quienes no permitimos compartir el resto de nuestras vidas. En otras palabras: ¿podemos encontrar los signos y las palabras que nos ofrece Jesús cada día? O, dicho desde otra perspectiva: ¿damos testimonio del Señor con signos y palabras? 

 

Oratio:

            Una oración de doble cara este domingo. Recemos por la comunidad (Iglesia, parroquia, grupo de oración) a la que pertenecemos: para que seamos testigos vivos “en signos y palabras” del Cristo resucitado, fuente de gozo y vida.

            Por quienes buscan una respuesta: para que hallen los signos y palabras de los primeros en creer, quienes vieron y escucharon el testimonio de los primeros cristianos: para que lleguen a la fe  en Jesús nuestro Salvador. 

 

Contemplatio:

            Pon en práctica el estilo de Jesús. Busca un signo (una mano de amigo, cualquier servicio práctico que puedas ofrecer) o una palabra (un consejo, incluso prestar oído puede ser una auténtica “palabra”) en los que los demás y tú mismo puedan descubrir que es verdad: Jesús ha resucitado de entre los muertos.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2015-04-26: "Yo soy el buen pastor, y doy la vida por mis ovejas"

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 10, 11- 18
 
En aquel tiempo dijo Jesús:
 
-- Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estragos y los dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por eso me ama el Padre: porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para quitarla y tengo poder para recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para quitarla y tengo poder para recuperarla. Este mandato he recibido de mi Padre.
 
Palabra del Señor
 
 

[or] Otras lecturas: Hechos 4:8-12; Salmo 118:1, 8-9, 21-23, 26, 28, 29; 1 Juan 3:1-2

 

Lectio:

            Los tres domingos que preceden a la Ascensión del Señor presentan tres imágenes para expresar la relación de Jesús con sus discípulos: pastor y ovejas, vid y sarmientos, y amo y amigos, ¡no esclavos! Veremos, paso a paso, el contenido de dichas imágenes. Hoy, el domingo llamado tradicionalmente “del Buen Pastor”, exige especial atención, porque la imagen es más honda y compleja de lo que puede parecer a primera vista.

            En primer lugar, el oficio real desempeñado por los pastores en Oriente Medio dista mucho de la imagen apacible y bucólica que tenemos. Los pastores tenían que vivir en condiciones muy duras de aislamiento en el monte, alejados de los humanos ; rara vez eran dueños de los rebaños,  sino asalariados, de tal modo que su preocupación por las ovejas era un tanto “relativa”, aunque tuvieran que estar dispuestos a defender el rebaño (y a sí mismos) frente a ladrones y alimañas… La ternura y el afecto no eran los rasgos más adecuados para describirlos. Así podemos entender lo extraordinario que resulta verlos entre los primeros que reconocen la presencia de Dios en un recién nacido acostado en un pesebre (Lucas 2:8-20). Y eso explica también por qué se define Jesús, no como un pastor sin más, sino como ¡el “buen” pastor!

            Con todo, la imagen se utilizó tradicionalmente para describir a los reyes, los sacerdotes y los dirigentes en general, ya que se consideraba que su tarea consistía en “conducir” y “pastorear” al pueblo. Eso, claro está, implicaba también la posibilidad del abuso, tal como vemos en la parábola de Ezequiel (cap. 34), donde el profeta contrasta el papel de los “malos” pastores de Israel con el de Dios, según lo presenta tanto este texto como el Salmo 23.

            Llegamos por fin a Jesús, “Buen Pastor”. En el pasaje de Juan (10:1-18) se utilizan casi “sistemáticamente” dos ideas respecto a Jesús y a sus ovejas: él las “conoce” incluso por su nombre, y ellas le “conocen”, “reconocen su voz”, “le siguen”, y ese conocimiento mutuo refleja la comunión que existe entre el Padre y Jesús (10:3, 4, 5, 8, 14 y 15); además, él ha venido para que las ovejas “tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (10:10), aunque eso implique “dar su vida por ellas” (10:11, 15, 17, 18 y 19). Si intentamos profundizar en el contenido real de las imágenes, la visión que obtenemos es totalmente distinta del cliché manido que con excesiva frecuencia hallamos en nuestros devocionarios y sermones piadosos. En el pasaje, Juan usa otra imagen referida a Jesús, la “puerta” (10:1-5, 7-9): las ovejas pueden entrar y salir del redil libremente, sin coacciones ni impedimentos. Ese espíritu de libertad coincide, además, con la actitud que espera Jesús de los discípulos en un momento crucial, cuando algunos de sus seguidores empiezan a abandonarle: “¿También ustedes quieren irse?” (Juan 6:66-69), así como con su actitud respecto a su propia misión: “Nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mi propia voluntad” (10:18). No cabe, pues, ninguna actitud “ovejuna” en los planes de Dios ni en la manera en que Jesús o sus discípulos deban aceptarlos. Sólo desde una posición de libertad madura y responsable deben los discípulos seguir a Jesús, igual que él obedece libremente al Padre.

            Hay todavía otras alusiones al “conocimiento” en las lecturas de hoy. En Hechos, Pedro es consciente de que tiene que dar a conocer a los dirigentes religiosos que si el mendigo paralítico fue “sanado” y “salvo” (el verbo griego tiene ambos significados) fue en virtud y en nombre de Jesús, la piedra angular que ellos, “pastores asalariados”, no fueron capaces de reconocer. Y en la carta de Juan, saber que somos hijos de Dios no es más que el comienzo hacia un nuevo conocimiento de aquello a lo que estamos llamados a ser.

            Como verás, no he dicho nada de que el “Buen Pastor” y el “Cordero que quita el pecado del mundo” son el mismo Jesús… Baste con esta alusión a una de las paradojas a las que ya estamos acostumbrados.

 

Meditatio:

            Las imágenes usadas en los textos de Hoy deberían invitarnos a plantearnos preguntas muy serias en torno a nuestra idea de Jesús como piedra angular, pastor y puerta, y sobre nuestra manera de relacionarnos con él. Como de costumbre, algunas preguntas. ¿Es Jesús nuestra verdadera piedra angular, el cimiento sobre el que edificamos nuestra vida? ¿O nos apoyamos en otras bases “sólidas” como el dinero, la situación social o profesional, incluso en ciertos niveles de las estructuras eclesiales como la parroquia o la comunidad? Convendría volver a leer y comparar Mateo 7:24-27 y Lucas 6:46-49. ¿Cómo nos comunicamos con Jesús? ¿Reconocemos su voz, o seguimos con más presteza el consejo de los pastores “asalariados”? ¿Somos conscientes de que entregó su vida por nosotros, y que es eso lo que nos convierte en “hijos de Dios”? ¿Somos conscientes de la dignidad que conlleva el título de “hijo de Dios” que se nos otorgó mediante el bautismo?

 

Oratio:

            Elevemos hoy nuestras voces para rezar por el rebaño cristiano universal: para que los pastores sean fieles al estilo de Jesús, “Buen Pastor”, en su ministerio a favor de las ovejas  a ellos confiadas; y para que las ovejas profundicen en su conocimiento de Jesús, de su voz y de su llamamiento a seguirle con una actitud libre y madura.

 

Contemplatio:

            Cuando Jesús vio a las gentes “cansada y abatidas, como ovejas que no tienen pastor”, sintió compasión por ellas (Mateo 9:35-38; Marcos 6:34). Según Mateo, su reacción fue invitar a los discípulos a que pidieran al dueño de la cosecha que les enviara operarios. Según Marcos, se puso a “enseñarles muchas cosas” (la palabra, primero), y a continuación multiplicó el pan y el pescado para que no desfallecieran. Vuelve a leer los dos pasajes, se consciente de tu propia “condición sacerdotal” como cristiano bautizado, independientemente de tu papel oficial en la Iglesia, y busca la manera de ser ministro de la palabra y la misericordia de Jesús en tu propio “campo”.

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2015-07-26: Jesús tomó los panes y, después de dar gracias a Dios, los repartió

Del Evangelio según san Juan, 6, 1-15
 
Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían los signos que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos.
 
Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: « ¿Dónde nos procuraremos panes para que coman éstos?» Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.» Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?» Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente.» Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron.
 
Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda.» Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente el signo que había realizado, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.» Sabiendo Jesús que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo.

 

Palabra de Dios

 

Otras lecturas: 2 Reyes 4:42-44; Salmo 145:10-11, 15-16, 17-18; Efesios 4:1-6

 

Lectio:

            Comenzamos hoy un largo camino, siguiendo el capítulo 6 del evangelio de Juan. Paso a paso, el evangelista desarrollará el mensaje oculto tras un signo visible, algo frecuente en Juan,. Después de curar al ciego de nacimiento, explicará cuál es la verdadera ceguera: la de quienes se niegan a ver la realidad a la luz de Dios. El signo de hoy, dar de comer a la multitud, es el punto de partida para desarrollar una compleja teología sobre la eucaristía, y se convertirá también en un momento crítico para discernir quiénes creen en Jesús y quiénes optarán por abandonarle.

            El signo que hoy vemos, dar de comer a 5.000 seguidores (no todos ellos creyentes), es el único milagro que relatan los cuatro evangelistas. Juan introduce ciertos detalles propios y nos proporciona así algunas claves para entender lo que nos dirá más tarde. En los sinópticos, la historia tiene lugar a la caída de la tarde, cuando se supone que la gente ha de volver a sus casas, con los riesgos que  eso implica. De ahí la urgencia de los discípulos para que se marchen pronto: si tardan, desfallecerán por el camino. Más vale que Jesús les inste para que se vayan y busquen algo de comer en las aldeas vecinas. En Juan, tienen todo el día por delante, no hay necesidad de despedirlos, y es Jesús mismo quien les sugiere a los discípulos la posibilidad de darles de comer. Lo cierto es que no espera de ellos una solución sino una respuesta “desde la fe”. Y por eso es él quien comienza por dar instrucciones. El niño que presenta los panes de cebada y el pescado, suponemos que espontáneamente, sólo aparece en Juan.

            Debemos recordar que Juan no relata la institución de la eucaristía durante la Última Cena, sino que en su lugar nos presenta a Jesús lavándoles los pies a los discípulos. Es precisamente ese clima de servicio de la Cena el que conecta con la compasión y solidaridad por la muchedumbre en que se enmarca el milagro. La acción de compartir el pan y el pescado está descrita con los mismos verbos que habían utilizado los sinópticos para describir los gestos de Jesús en la Última Cena: “tomó” los panes, “dio gracias a Dios” / “los bendijo”, y “los repartió”. Así, aunque estemos en un contexto “secular”, en campo abierto, tenemos un clima “eucarístico”. Y eso nos lleva a una serie de consideraciones de índole distinta. En primer lugar, la preocupación y la generosidad de Jesús reflejan la generosidad misma de Dios para con su pueblo: las alusiones al maná en el desierto; el contexto temporal, la Pascua; la historia paralela de Eliseo y multiplicación del pan que estaba destinado al profeta…, todos esos pequeños detalles nos ofrecen una dimensión teológica que supera los límites del mero “relato milagroso”. Como de costumbre, el malentendido entre la pregunta retórica de Jesús y la respuesta de Felipe; sobre todo, la falta de entendimiento y el egoísmo por parte de la gente, que sigue a Jesús porque han visto signos y no saben captar la dimensión más honda del pan compartido… Todo esto crea un contexto que está exigiendo la explicación que ofrecerá más tarde Jesús: el verdadero pan no es el que han comido, sino él mismo, pan bajado del cielo, verdadero don de Dios.

 

Meditatio:

            Para quienes vivimos en el siglo XXI y nos enfrentamos a la realidad con una mentalidad secular, con los pies en el suelo, los milagros siguen siendo algo que supera nuestra capacidad de comprensión. Pero, aunque leamos el evangelio con ese condicionante, debemos admitir que tal vez el mayor milagro sea la fuerza de la solidaridad: cómo unos panes y unos peces, si estamos dispuestos compartirlos, pueden alimentar a una multitud. En ese sentido, el niño que  ofrece lo poco que tiene es también un símbolo de la generosidad de Jesús y de Dios. A la pregunta de Jesús, la respuesta de Felipe se apoya tan sólo en los recursos materiales que se necesitarían para dar de comer a la gente. En cambio, Jesús da órdenes que desafían cualquier cálculo humano: “Díganles a todos que se sienten”… Con cuánta frecuencia escondemos nuestro egoísmo y nuestra falta de interés detrás de “razones técnicas”, evitando así nuestro compromiso con proyectos de solidaridad, caridad y servicio a los más desfavorecidos… En términos más modestos, ¿hasta dónde alcanza nuestra solidaridad? ¿Sólo hasta quienes pueden restituirnos lo prestado? Recordemos la advertencia de Jesús respecto a pensar y sentir como los paganos, invitando a quien nos invitará, amando a quien nos ama… (Lucas 6:34)

 

Oratio:

            Reza por quienes padecen hambre y necesidades en nuestro mundo: para que los individuos y las organizaciones trabajen sin desmayo para resolver los problemas de la carencia de alimentos en tantos países deprimidos e incluso en numerosos sectores de nuestras sociedades acomodadas.

            Reza por quienes pasan hambre de la Palabra de Dios y del Pan de Vida: para que descubran a Jesús, el único que puede satisfacer sus ansias de sentido y de esperanza.

 

Contemplatio:

            Los próximos domingos nos ofrecerán un mensaje profundo en torno a Jesús como pan de vida. Hoy, fijémonos en la enseñanza de Jesús en torno al amor a los demás, la atención por quienes necesitan ayuda y, sobre todo, la mentalidad de quienes queremos entrar en el Reino de Dios. Volvamos a leer Lucas 6:27-36 y consideremos la última frase del pasaje: “Sean ustedes compasivos, como también su Padre es compasivo.”

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina: 2015-10-04:Le preguntaron si al esposo le está permitido divorciarse

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 10,2-16
 
En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús para ponerlo a prueba: -- ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?
 
Él les replicó: -- ¿Qué os ha mandado Moisés?
 
Contestaron: -- Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer un acta de repudio.
 
Jesús les dijo: -- Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
 
En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: -- Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.
 
Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: -- Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no estará en él. Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.
 
Palabra del Señor
 
 

Otras lecturas: Génesis 2:18-24; Salmo 128:1-2, 3, 4-5, 6; Hebreos 2:9-11

           

Lectio:

            Francamente, es éste un domingo muy complicado. Y a pesar de los distintos temas presentes en las lecturas, tiene una honda coherencia interna. Veamos cómo podemos reunir todas las piezas de nuestros textos: la primera pareja recién salida de las manos de Dios y su llamamiento a la unidad; el divorcio como pretexto para poner a prueba a Jesús; la imagen de Cristo cuyo origen comparte con todos nosotros, redimidos y consagrados por él… y los niños y su actitud como símbolo de la aceptación del Reino de Dios.

            Como de costumbre, los fariseos tratan de tender una trampa a Jesús con la pregunta sobre el divorcio. La respuesta de Jesús no sigue la pauta de sus explicaciones de la Ley en el capítulo 5 de Mateo: “Han oído que se dijo… pero yo les digo”. En esta ocasión, sitúa el matrimonio en el contexto de la Creación. Sorprende que, aunque el relato utiliza términos e imágenes de carácter mítico, las primeras palabras pronunciadas por el primer hombre resuenen como si fueran expresión de nuestras ideas modernas sobre la igualdad de género. Son el saludo a la primera mujer, alguien que no es ni una extraña ni un personaje secundario en la historia de la salvación: “¡Esta sí es de mi propia carne y de mis propios huesos!” No sólo eso, sino que el signo de la madurez del varón, “dejar al padre y a la madre” en busca de la unidad y convertirse en “una sola carne/persona” con su esposa no sólo es la promesa de un futuro con un vida común, sino la expresión de una idea de unidad que trasciende los límites de la pareja humana. Pero eso fue “en el principio”. Desgraciadamente, bien pronto el pecado introdujo la ruptura, no sólo entre los humanos y Dios, sino entre ellos mismos: “La mujer que me diste por compañera…” (3:12) Asistimos al primer “divorcio” en el comienzo mismo de nuestra historia. Fue aquella “dureza” del corazón humano lo que dio pie para regular el fracaso del proyecto original de unidad entre marido y mujer. Para Jesús, el ideal está muy claro. Algo totalmente distinto son las consecuencias del fracaso matrimonial, sus posibles soluciones y nuestra manera pastoral de tratar este espinoso asunto.  

            Pero la idea de la unidad del matrimonio, como arriba se vio, implica también la unidad de la humanidad con Dios y, más en concreto, de la unión de Jesús con nosotros, con quien comparte el mismo Padre. A pesar de su condición divina, sufrió las mismas limitaciones y sufrimientos e incluso gustó nuestra muerte. Por eso, no se avergüenza de llamarnos “hermanos”. Su aceptación de nuestra condición humana podría traducirse en la doble acogida de los niños en el Reino de Dios. Los niños, a quienes se consideraba los más bajos y menos importantes en la sociedad judía, son un símbolo de nuestra propia manera de acercarnos al Reino. Como vimos en Lectiones anteriores, Jesús vino a llamar a quienes serían rechazados o ignorados en nuestro mundo. Y su llamamiento incluía también a los pecadores y a los niños. No se les puede impedir que se acerquen a él. Además, su humilde condición debería ser la actitud de quienes quieren entrar en el Reino, con plena conciencia de que eso siempre será un don concedido por Dios, no un premio que pueda conquistarse o una recompensa debida por nuestras acciones y nuestros méritos.    

 

Meditatio:

            Aunque son escasos los textos referentes al matrimonio y el divorcio que aparecen en el Evangelio (además de hoy, Mateo 5:31-32 y 19:3-12, y Lucas 16:18), pocos temas han recibido una aplicación tan extensa en las normas y cánones de nuestras Iglesias. Los textos, admitámoslo, se han interpretado tradicionalmente de la manera más estricta y literal. Por eso, hoy me atrevo a hacer una humilde sugerencia que va más allá del tema concreto del matrimonio y el divorcio. Llamar adúltero a quien vuelve a casarse tras un divorcio es una afirmación muy dura en labios de Jesús. Y, como dije antes, hemos optado por una interpretación estricta y literal del texto. Leamos una vez más Mateo 5:27-32, donde el evangelista reúne algunos dichos sobre el adulterio y el divorcio. ¿Por qué no usamos el mismo criterio estricto respecto a “sacarse el ojo derecho” o “cortarse la mano derecha”, que están en el mismo contexto? La verdadera pregunta debería ser: ¿somos coherentes en nuestra manera de leer e interpretar las palabras de Jesús? ¿Cuáles son los criterios que determinan nuestra interpretación de la Escritura?

 

Oratio:

            Reza por quienes están pasando momentos críticos en su vida de casados: para que la presencia reconfortante de Jesús les ayude a encontrar una respuesta conforme a las exigencias del Evangelio.

            Recemos por nosotros mismos: para que se conceda la capacidad de afrontar el Evangelio con un corazón humilde como el de un niño y con un sincero deseo de escuchar la enseñanza de Jesús y ponerla en práctica.

            Recemos por los “pequeños” de nuestra sociedad (los niños, los pobres, los enfermos y los ancianos): para que reciban la atención que merecen y sean considerados los “primeros” en el Reino de Dios.

 

Contemplatio:

            Aunque vivimos en una sociedad supuestamente tolerante y abierta, hay ámbitos, incluidas nuestras Iglesias, donde cierto tipo de personas (por razones de carácter religioso, social, político o económico) no tienen cabida o son excluidas, lo mismo que los niños del texto evangélico. Fíjate en tu entorno y trata de identificarlas y ver de qué modo puedes hacer que se sientan aceptadas y acogidas.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España.

Lectio Divina 2016

Lectio Divina 2016-08-07 "REPARADOS Y CON LAS LÁMPARAS ENCENDIDAS…"

7 de Agosto de 2016

Decimonoveno Domingo del Tiempo Ordinario

 

[ESTÉN]  PREPARADOS Y CON LAS LÁMPARAS ENCENDIDAS…

Lucas 12:32-48

Texto Evangélico de DHH

Otras lecturas: Sabiduría 18:6-9; Salmo 33:1, 12, 18-19, 20-22; Hebreos 11:1-2, 8-19

           

 

 

Lectio:

Aunque los autores y las épocas de los tres textos de hoy son totalmente distintos, su contenido y su propósito siguen una línea común que los conecta con el espíritu que hallábamos en los pasajes bíblicos del domingo pasado. Veamos algunos ejemplos de los temas fundamentales. (Para ahorrar espacio, omito las citas literales.) En la primera lectura, dirigida a la comunidad judía de Alejandría en el siglo I, el autor recuerda las pasadas acciones salvíficas de Yahveh, su liberación de la servidumbre de Egipto gracias a la fidelidad de Dios a sus promesas. Los sentimientos del antiguo Israel, su “seguridad”, anticipaban la “fe” que Dios le pedía a su pueblo en aquel momento, mientras esperaban una nueva liberación. El fragmento de Hebreos también pone de relieve la fe (que aparece 24 veces como nombre y otras dos como verbo en el capítulo 11): es el vínculo que conectaba los distintos personajes del Antiguo Testamento, desde Abel hasta Samuel entre otros muchos. La fe es lo que los  movió a todos…aunque pocos de ellos pudieron ver cumplidas las promesas de Dios. El autor anima a sus lectores a poner la confianza en Cristo,  que lleva a su perfección la fe que procede de él mismo (12:2). Ambos pasajes dirigen nuestra atención hacia el futuro y nos preparan para comprender el contenido de un texto tan complejo como el Evangelio de Lucas que hoy leemos.   

Después de las palabras de Jesús contra la codicia del domingo pasado, el leccionario ha omitido una breve sección en la que se nos daban ejemplos de cómo Dios conoce las necesidades que tenemos los humanos y cómo se ocupa de nuestras vidas. Jesús nos invita a poner la confianza en el Padre, que nos proporcionará alimento y vestido: recordemos que en la oración que les enseñó Jesús a los discípulos, incluía una petición del “pan de cada día” (Lucas 11:3). Jesús es consciente de nuestros temores frente al futuro y cómo intentamos sentirnos seguros confiando en nuestras posesiones más que en la generosidad de Dios. Así, la nueva sección comienza con un llamamiento a la confianza: desechen cualquier temor, porque el Padre se complace en “darles el reino”. A primera vista, la promesa puede parecer abstracta, pero implica una actitud y un número de detalles que reflejen en nuestra vida la generosidad que nos ha mostrado Dios mismo. Una vez más, “vendan lo que tienen y den a los necesitados”, pongan su confianza en los tesoros del cielo, única posesión que no puede ser destruida (12:33-34)… La generosidad humana debe ser reflejo de la propia generosidad de Dios (Salmos 107:9; 145:16). De nuevo se contrasta la confianza en Dios con la codicia humana.

Este no es más que el punto de partida de un nuevo llamamiento a enfrentarse con el futuro. No es la actitud equivocada de quienes consideran el reino como algo “caído del cielo”, sino como un estilo de vida. “Estar preparados y tener encendidas las lámparas” significa adoptar una actitud dinámica y práctica, muy lejos de la pereza que en otra ocasión criticará Pablo: “El que no quiera trabajar, que tampoco coma” (2 Tesalonicenses 3:19). Obviamente, el texto de Lucas está escrito cuando la primera comunidad cristiana ya ha descartado la vuelta inmediata del Señor. Jesús comparará a los discípulos con criados a quienes se les ha confiado una tarea de la que se les va a pedir una respuesta diligente. Curiosamente, en la primera comparación, es el amo quien “se ceñirá” y se pondrá a servir” a los criados (12:37)… y el gesto nos recuerda el mismo de Jesús, que adoptó la actitud de un siervo en la Última Cena (Juan 13:1.20).

 

Meditatio:

No es ésta la primera vez que encontramos el término “fe” como elemento central de nuestras lecturas. Uno de los riesgos que corremos al enfrentarnos con palabras religiosas comunes es proyectar sobre ellas prejuicios o interpretaciones heredadas, o nuestro propio contexto sociocultural…, hasta tal punto que, al cabo, damos por sentado algo que el término o el concepto no significa necesariamente.  En el caso de la “fe”, tendemos a reducirla a una cuestión de aceptar ciertos dogmas o creencias, mientras que en nuestros textos se relaciona en realidad con actitudes, especialmente las que entrañan un estilo de vida, una manera de entender la realidad, un compromiso personal con Dios o con Jesús en un espíritu de confianza, un proyecto para vivir y afrontar el futuro y construir un mundo conforme a los designio misericordiosos del Padre… ¿Cuál de estas piezas completa el rompecabezas de nuestra vida? ¿Cuáles son los elementos que vertebran nuestra existencia? ¿En qué medida compartimos las actitudes de Abraham, Pablo, la primera comunidad de Jerusalén o Tesalónica? ¿De qué modo podemos convertirnos en “constructores del reino de Dios”, ministros y transmisores de un mensaje de generosidad esperanzada?

 

Oratio:

En estos momentos de agitación social y pesimismo ideológico, me permito sugerir una única oración por nuestro mundo angustiado. Pidamos confianza en Jesús como fuente de esperanza en la acción salvífica de los designios de Dios. Para que quienes viven en medio de la angustia encuentren “razones para la esperanza”, y para que quienes vivimos en la esperanza la convirtamos en fuente de compromiso dinámico con el crecimiento y el avance del reino de Dios.    

 

Contemplatio:

Son varias las ocasiones en que Jesús nos insta a “estar despiertos y vigilantes” porque no sabemos “ni el día ni la hora”. Tendemos a entender sus palabras sin demasiado rigor. Pero imaginemos que supiéramos que no nos queda más que una hora antes de la “vuelta del Señor”. ¿Cuál sería nuestra actitud, qué haríamos en un espacio de tiempo tan corto?

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón,

Sacerdote católico,

Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2016-08-14 LES DEJO LA PAZ. LES DOY MI PAZ…

Miremos hoy más allá de nuestros límites locales y tratemos de llegar a los cristianos que, en Oriente, sufren literalmente persecución por el mero hecho de confesar a Jesús como su Dios y Señor: para que experimenten el ánimo venido del cielo así como la solidaridad humana y el auxilio de las demás comunidades que llevan una vida pacífica en nuestro mundo “cristiano”. No olvidemos a los cristianos que sufren la “persecución silenciosa” de la discriminación o el aislamiento en ambientes donde se menosprecia la fe cristiana o se humilla a los creyentes de cualquier credo: para que su testimonio humilde pueda convertirse en una llamada a la tolerancia y el respeto.

14 de Agosto de 2016

 

Vigésimo Domingo del Tiempo Ordinario
 

(Juan 14:27)

Lucas 12:49-53

Texto Evangélico de DHH

Otras lecturas: Jeremías 38:4-6, 8-10; Salmo 40:2, 3, 4, 18; Hebreos 12:1-4

 

Lectio:

            Al leer comentarios sobre el pasaje de Lucas que hoy leemos, es curioso ver que la mayoría de los autores coinciden en su carácter “chocante”, “inesperado” o  “desconcertante”. Creo que se trata de uno de esos casos en que podemos ver nuestra tendencia a proyectar nuestras propias imágenes distorsionadas sobre los hechos que nos transmiten los Evangelistas. Hay, sin duda, una buena base para sorprenderse, ya que las palabras y la actitud de Jesús contrastan abiertamente con otras palabras y gestos suyos: “soy paciente y de corazón humilde” (Mateo 11:29) o “Tomó en sus brazos a los niños, y los bendijo” (Marcos 10:16). Pero, en realidad es que la reacción de los comentaristas es la misma de los discípulos cuando Jesús les hablaba del significado y la manera de realizar  su condición de Mesías de Israel: no coincidían con las expectativas del pueblo, ni siquiera con las de los discípulos. Recordemos la protesta de Pedro cuando Jesús anunció que en Jerusalén habría de sufrir mucho y que lo matarían: “¡Dios no lo quiera, Señor! ¡Eso no te puede pasar!” (Mateo 16:21-23).

            El problema fundamental es que, incluso veinte siglos después de la vida, muerte y resurrección de Jesús, seguimos pensando con los esquemas mentales del Antiguo Testamento…o, todavía peor, con unos conceptos del poder y el dominio fundamentalmente paganos, en lugar del espíritu de servicio y de abnegación de Jesús. En el texto de hoy en torno al fuego y la división, proyectamos sobre Jesús nuestras ideas (o, más exactamente, nuestros sentimientos) en torno al Jesús manso y humilde. Olvidamos que es heredero de los profetas de antaño, quienes hubieron de enfrentarse a la persecución e incluso la muerte por dar testimonio a favor de la Alianza de Yahveh con el pueblo de Israel. El texto de Jeremías que hoy leemos nos es más que un ejemplo de esto mismo. Lucas menciona también la “tradición” de violencia contra los hombres que Dios enviaba a su pueblo: “¡Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los mensajeros que Dios te envía!” (Lucas 13:34) o “¿A cuál de los profetas no maltrataron los antepasados de ustedes?” (Hechos 7:52). ·

            Hallamos de nuevo la paradoja siempre presente en la vida de Jesús, un rasgo que nos impide enmarcarle en un “apartado” bien definido. Era el Mesías, heredero al trono como rey de Israel, pero nació en un establo; la multitud le siguió porque les había dado de comer y curado a sus enfermos, pero acabaron abandonándolo; se había sometido a las tentaciones de Satán, pero también podía expulsar demonios; había devuelto la vida a los muertos, pero murió de muerte ignominiosa en una cruz. Obviamente, Jesús es “chocante”. El día de su nacimiento fue recibido como Príncipe de la Paz y los ángeles anunciaron “paz” a la humanidad (Lucas 2:14), pero su paz no tiene nada que ver con la que ofrece el mundo (Juan 14:27). Tal como anunciara el Bautista (Lucas 3:16), Jesús habla del bautismo de espíritu y fuego que había venido a traer, y será él mismo el primero en someterse a ese bautismo en la muerte que sus discípulos vivirán simbólicamente mediante un bautismo transformado en rito litúrgico. Su anuncio del Reino provocará necesariamente división en quienes lo escuchen. Y también eso había sido anunciado desde el comienzo: “Este niño está destinado… a ser una señal que muchos rechazarán” (Lucas 2:34). Por eso me resulta tan extraño que los comentaristas encuentran “chocante” o “desconcertante” el pasaje de hoy.

 

Meditatio:

            La palabra de Dios, en especial la Palabra de Dios, con P mayúscula, exige una respuesta de quienes la escuchan: no pueden quedarse indiferentes ante  un mensaje que necesariamente ha de transformar sus vidas. La imagen de una familia dividida usada por Jesús es un reflejo de la realidad que había visto Lucas en las primeras comunidades cristianas. Hacerse cristiano significaba poner en peligro la propia vida… y también, sin duda, la de los parientes y amigos. El bautismo entrañaba algo más que unirse a una “asociación piadosa”: significaba meterse en un grupo considerado peligroso para el Imperio Romano y que estaba, por tanto, perseguido. Esa es la doble dimensión que hallamos en las palabras a los hijos de Zebedeo (Marcos 10:35-45), que no parecían haber entendido el anuncio hecho por Jesús respecto a su pasión y muerte. En el largo discurso de la Última Cena, Jesús anunciaría los riesgos de su seguimiento: “Ningún servidor es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán” (Juan 15:20). ¿Cómo podemos explicar la facilidad con que existen nuestras Iglesias y viven su vida sin persecuciones o impedimentos? ¿Somos mayores que nuestro Maestro? ¿Somos verdaderos signos de la palabra de Dios en medio del mundo? ¿Cómo es que no provocamos más hostilidad? Piensa en el significado de “testimonio tibio”: puede darnos para entender nuestra situación.

 

Oratio:

            Miremos hoy más allá de nuestros límites locales y tratemos de llegar a los cristianos que, en Oriente, sufren literalmente persecución por el mero hecho de confesar a Jesús como su Dios y Señor: para que experimenten el ánimo venido del cielo así como la solidaridad humana y el auxilio de las demás comunidades que llevan una vida pacífica en nuestro mundo “cristiano”.

            No olvidemos a los cristianos que sufren la “persecución silenciosa” de la discriminación o el aislamiento en ambientes donde se menosprecia la fe cristiana o se humilla a los creyentes de cualquier credo: para que su testimonio humilde pueda convertirse en una llamada a la tolerancia y el respeto.

 

Contemplatio:

            Leamos de nuevo Apocalipsis 3:14-22, el mensaje a la comunidad de Laodicea. ¡Qué contraste entre el fuego de Jesús y los tibios sentimientos de aquellos cristianos! Comparemos su actitud y la nuestra y veamos cómo podemos reavivar el primer entusiasmo al abrazar conscientemente nuestra fe.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2016-08-21 PROCUREN ENTRAR POR LA PUERTA ANGOSTA…

21 de Agosto de 2016

Vigésimo primer Domingo del Tiempo Ordinario

 

PROCUREN ENTRAR POR LA PUERTA ANGOSTA…

Lucas 13:22-30]

Texto Evangélico de DHH

 

Otras lecturas: Isaías 66:18-21; Salmo 117:1, 2 (Marcos 16:15); Hebreos 12:5-7, 11-13

           

Lectio:

Los textos de hoy abordan una doble dimensión de una idea básica que configuró la mentalidad de Israel desde sus comienzos hasta nuestros días: que eran el Pueblo Escogido. Esa concepción de la realidad se apoyaba en dos puntos: la ascendencia y la Ley. Como hemos visto en varias ocasiones, ese enfoque explica la importancia de las genealogías, que se refleja en el hecho de que Mateo y Lucas incluyan la de Jesús en sus Evangelios: Jesús no es un extraño, sino que tiene sus raíces en la historia de Israel. En cuanto a la Ley, la Alianza entre Yahveh y su pueblo, se la consideraba no como un pacto semejante a los que existían en Oriente Medio entre reyes soberanos y príncipes vasallos, sino como la esencia de la identidad de Israel y la garantía de su salvación. De aquí la importancia por partida doble de la pregunta que tantas veces le plantean a Jesús: “¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?”(Mateo 22:34-40; Marcos 12:28-34; Lucas 10:25-28).

Hoy le formulan la pregunta de distinta manera, que va un paso más allá de la mera observancia de la Ley. Básicamente, quien se dirige a Jesús da por sentado que pertenece a un grupo que se toma en serio la Ley y vive según las normas de justicia y moralidad de la Alianza. Pero, aunque siga los consejos y orientaciones de los maestros de la Ley, incluso el justo cae “siete veces” (Proverbios 24:16), de tal modo que seguimos en el ámbito oscuro de las dudas y la incertidumbre respecto a la “vida eterna”, la salvación y la felicidad futura en el cielo. En realidad, el hombre espera que le ratifiquen en su estado de justicia: “No te agobies, los “parroquianos” tenemos reservado nuestro puesto en el cielo…”     

Las palaras de Jesús no son una respuesta directa, sino que sitúa la pregunta en un ámbito distinto y más radical. La pregunta se refiere a la cantidad, “¿son pocos los que se salvan?”, aunque presupone que “nosotros” ya estamos salvados porque vivimos según la Alianza o porque tenemos “contactos” (“Hemos comido y bebido contigo…”). Para Jesús, eso no es suficiente o, para ser más precisos, esa no es la pregunta adecuada ni el criterio acertado que haya que considerar. Su respuesta sigue un trazado distinto, el de los medios: cómo salvarse, cómo entrar en el banquete del reino de Dios. La imagen la conocen quienes están familiarizados con la Escritura (Isaías 25:6-12 describe la reunión de las naciones como un gran banquete que Dios les ofrece en el monte Sión), y también la usa Jesús en varias ocasiones (p. ej., Mateo 8:11-12; 22:1-14; Lucas 14:15-24). La imagen, además, cumple un doble propósito. Primero, muestra la generosidad de Dios: la salvación, la participación en el Reino es un regalo, una invitación de Dios mismo, no un derecho adquirido por los méritos humanos, la historia, la tradición o el linaje. Esta idea conecta con algo que pocos en Israel podrían entender, aunque también estaba presente en la Escritura: que la salvación de Dios estaba abierta a todos los hombres (el Salmo 87 podría ser un ejemplo). El texto de Isaías lleva hasta el límite esa idea cuando afirma que zxcdfcDios podría escoger a gente de otras naciones para que fueran “sacerdotes y levitas”. La otra dimensión es que la invitación al banquete de Dios exige cierta “indumentaria”, una actitud que va más allá del hecho de “conocer” al Señor o pertenecer al Pueblo Elegido. Entrar en el banquete implica escoger la “puerta angosta”, aceptar sus condiciones (y ya sabemos lo exigentes que son)… De lo contrario, corremos el riesgo que “cierren la puerta” y nos dejen fuera de la sala del  banquete.  

 

Meditatio:

Al leer estos textos tendemos a proyectarlos exclusivamente sobre el pueblo de Israel: pensaban que eran la única nación llamada a la salvación, la idea de haber sido escogidos por Yahveh hacía que se sintieran superiores a los demás… Y no nos damos cuenta de que cada detalle de esos sentimientos de exclusividad pueden encontrarse en nosotros, los cristianos, cuando nos comparamos con otros, ya sean no cristianos o cristianos de otras comunidades…

Algo semejante podría decirse de nuestra constante necesidad de conversión y esfuerzo por entrar por la puerta angosta con todo el sacrificio y renuncia que eso significa. Un par de preguntas complejas: ¿En qué medida reproducimos los sentimientos  y actitudes que Jesús critica en el Evangelio de hoy? ¿Con cuánto orgullo y autosuficiencia inanes nos sentimos y actuamos al entender nuestro compromiso con  Jesús y su llamamiento?

 

Oratio:

Recemos por nosotros: para que el Señor nos conceda el don de una humildad realista para aceptar que no hemos hecho ningún mérito para forma parte del Pueblo de Dios redimido por la sangre de Jesús derramada en la cruz.

Pidamos por las comunidades cristianas: para que rechacen todo sentimiento de superioridad y orgullo y reconozcan la necesidad constante de convertirse y compartir los sentimientos de Jesús, que tomó la condición de esclavo y se entregó libremente a la muerte por fidelidad a los planes del Padre.  

 

Contemplatio:

Como habrán visto, ni la semana pasada ni esta he mencionado explícitamente los textos de Hebreos. Es ahora el momento de dirigir la mirada a los dos e intentar comprender que la disciplina, la renuncia y el sufrimiento son partes esenciales de nuestro seguimiento de Jesús y de nuestra fidelidad a los designios del Padre para nuestra vida. El autor de Hebreos nos daba una pista para entender lo duro que nos resulta aceptar esos planes cuando implican algún sacrificio. “Aún no han tenido que llegar hasta la muerte en su lucha contra el pecado…” (12:4). Esta es una senda abierta para compararnos con quienes ahora mismo están siendo llevados literalmente a la muerte por el Evangelio.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2016-08-28 "CUANDO TÚ DES UN BANQUETE, IN VITA A LOS POBRES…"

28 de Agosto de 2016

Vigésimo Segundo Domingo del Tiempo Ordinario

 

CUANDO TÚ DES UN BANQUETE, IN VITA A LOS POBRES…

Lucas 14:1, 7-14

Texto Evangélico de DHH

 

Otras lecturas: Eclesiástico 3:17-18, 20, 28-29; Salmo 68:4-5, 6-7, 10-11; Hebreos 12:18-19, 22-24

           

Lectio:

Como de costumbre, el contexto del pasaje de Lucas, así como las diversas alusiones que en él hallamos, es fundamental para captar todas sus dimensiones. Primero, debemos tener en cuenta el lugar y el momento. A Jesús le ha invitado a comer en su casa un fariseo, cuya elevada posición social podemos deducir por el interés que muestran los invitados por ocupar “los asientos de honor”. Segundo, se trata de un sábado, y ya sabemos que siempre que coinciden unos judíos legalistas, las leyes del descanso sabático y el que Jesús realice una curación, son inevitables el enfrentamiento y la disputa. Eso explica que los fariseos estuvieran “espiando” a Jesús (14:1). Esa expresión anticipa lo ocurrirá a continuación (y que el Leccionario omite): el que Jesús cure a hombre con hidropesía provoca una de las habituales disputas en torno a la observancia del sábado.

Pero Jesús, a su vez, también observa a los invitados y sus maniobras por ocupar los asientos de honor, cerca del anfitrión, y así demostrar su importancia. En Israel, lo mismo que en el resto del Oriente y en el mundo romano, las comidas le permitían al anfitrión hacer alarde de su riqueza y su generosidad… y su capacidad para invitar a personajes importantes que les devolvieran la invitación. Las comidas también eran una oportunidad para hacer negocios y fomentar los vínculos sociales y comerciales. En este contexto de “reciprocidad”, Jesús tiene algo que decir. A primera vista, podríamos pensar que el Evangelio de hoy es, más o menos, una sencilla aplicación práctica de las reglas de conducta expuestas en la primera lectura. Las palabras de Jesús conectan, sin duda, con la enseñanza de Ben Sira. El autor de este fragmento del Antiguo Testamento pone de relieve la necesidad de reconocer nuestras propias limitaciones y prestar oídos a la sabiduría de los antiguos proverbios. Jesús actuaría como un rabino que explicase un viejo texto sapiencial, y su enfoque sería el de un maestro que narra una breve parábola para mostrar cómo, en la práctica, el colocarnos en un puesto inferior puede ser más beneficioso que sobrevalorar nuestra importancia.

Pero Jesús habla de algo más profundo y más serio que una mera “estrategia” para ascender en el orden de la mesa de un banquete o en la vida social. Las palabras dirigidas a los invitados también podrían presentar un  paralelo con la manera en que él entendía y ponía en práctica su misión de Hijo del Hombre, que no “vino para que le sirvan, sino para servir” (Marcos 10:45). Y no sólo eso, sino que podemos hallar un reflejo del himno de Pablo en Filipenses 2:511, donde vemos que el proceso de humillación o negación de sí mismo es el modelo que han  de seguir los cristianos mismos.  

Las palabras de Jesús se dirigen ahora al anfitrión (y, de paso, también a los invitados): no invites a quienes te invitarán después, que tu hospitalidad no se convierta en un intercambio de favores. Esto es lo habitual entre los hijos de este mundo: hacen el bien a quienes se lo hacen a ellos. Frente a la manera en que “funciona” este mundo nuestro, Jesús recalca la distinta actitud de quienes quieren seguir la senda que lleva al Reino: “Entre ustedes no debe ser así” (Marcos 10:43). Su mensaje es, por el contrario, una invitación a imitar al Padre del cielo, “que es bondadoso con los desagradecidos y los malos” (Lucas 6:27- 36). La siguiente parábola (también omitida en el Leccionario) pondrá como ejemplo un banquete, un signo de la generosidad de Dios hacia “los pobres y los inválidos”.  

 

Meditatio:

Sería ingenuo centrarnos tan sólo en la humildad como enseñanza para los discípulos de Jesús, manteniéndonos en el ámbito de la conducta práctica de austeridad propia de los creyentes. Lo que nos transmite el texto de Lucas es, como dije, una lección más honda en torno a la manera en que los cristianos deben afrontar la vid como tal. Por válido que sea el consejo de Ben Sira, las palabras de Jesús revelan un nuevo estilo, totalmente distinto del Antiguo Testamento. El pasaje de Hebreos podría iluminar este punto, ya que contrapone el escenario del monte Sinaí (“oscuridad, tinieblas y tempestad… sonido de trompeta”) con la manera en que los cristianos se acercan a la Nueva Alianza realizada por la sangre derramada de Jesús.

Tan sólo una pregunta que puede parecer demasiado general, pero que nos permitirá contemplar las directrices de nuestra vida: comparemos las razones que mueven a la gente en nuestra sociedad (ambición, codicia, búsqueda del placer o la comodidad, ansias de poder…) con las que determinan el rumbo de nuestra propia vida: ¿Hasta qué punto seguimos un una “senda alternativa”, la que siguió Jesús, la de la abnegación humilde y el servicio a Dios y a los demás?

 

Oratio:

Oremos por nosotros mismos, cristianos comprometidos en la vida de una comunidad o parroquia: para que se nos conceda un espíritu de servicio y solidaridad que refleje el estilo de vida de Jesús, que, a pesar de ser rico, “por nosotros se hizo pobre”. Para que también nosotros seamos capaces de renunciar a nuestros deseos egoístas y trabajemos en favor de quienes viven en la pobreza, el abandono, o sufren de algún modo en su cuerpo o en su alma.

 

Contemplatio:

¿Quiénes son los “inválidos, los pobres o los ciegos” en nuestro limitado mundo personal? ¿Quiénes son los que viven o se sienten menospreciados, discriminados o ignorados? Trata de dar el paso de hacer que alguien se sienta aceptado, valorado o considerado digno de respeto: una llamada de teléfono, una visita o una invitación podrían ser un signo, pequeño pero significativo, de la propia invitación de Jesús a tomar parte en la vida del Reino.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2016-09-04 "EL QUE NO TOMA SU PROPIA CRUZ Y ME SIGUE…"

4 de Setiembre de 2016

Vigésimo  tercer Domingo del Tiempo Ordinario

 

EL QUE NO TOMA SU PROPIA CRUZ Y ME SIGUE…

Lucas 13:25-33

Texto Evangélico de DHH

Otras lecturas: Sabiduría 9:13-18; Salmo 90:3-4, 5-6, 12-13, 14-17; Filemón 9-10, 12-17

Lectio:

A pesar de la distancia que hay entre el texto de Lucas y del de la Sabiduría, éste puede ofrecernos algunas pistas para entender las palabras de Jesús, cuyo tono es más exigente de lo habitual. El autor sapiencial pone de relieve el limitado alcance de nuestra capacidad para conocer la realidad. Si la naturaleza física o humana se mantiene con tanta frecuencia en cierto ámbito de oscuridad, cuánto más difícil será profundizar en la realidad y en los designios de Dios. A no ser que se nos conceda la Sabiduría divina, esa dimensión es inalcanzable por los humanos. Al cabo, nos encontramos de nuevo con la imagen de Isaías: los caminos y los pensamientos de Dios no son los nuestros…  

Desde este punto de partida podemos abordar una de las dimensiones de los dichos de Jesús del texto de Lucas. Ante todo, Jesús es consciente de la muchedumbre que le sigue. Para cualquier líder político o religioso, esa sería una razón para sentirse satisfecho: su mensaje y su predicación llegan a las gentes y las atraen para que emprendan el camino del Reino de Dios. Es ahora cuando anuncia las condiciones que se les exigen a quienes quieran seguirle. En vez de atenerse a un plan razonable, sus palabras parecen encaminadas a destrozar cualquier lógica humana… y a disuadir más que a entusiasmar a sus seguidores o atraer otros nuevos. Desafiando los valores comunes mantenidos por la Ley y la tradición, Jesús propone un camino que desconcertaría a cualquier experto en propaganda, ya que parece proponerse que la gente se aleje de él.  

Traduzcamos como traduzcamos el verbo griego “odiar” (sabemos que la forma más suave, la usada en el texto paralelo de Mateo 10:37, “amar menos” es probablemente más exacta), Jesús exige algo que ningún judío podría aceptar. El espíritu de clan y de familia, el respeto reverencial hacia los padres, eran valores absolutos que nadie jamás desdeñaría o transgrediría. En cierto sentido, Jesús ya ha dado ejemplo de esta propuesta en su propia vida: “Los que oyen el mensaje de Dios y lo ponen en práctica, esos son mi madre y mis hermanos (Lucas 8:21)  

La segunda exigencia, todavía más dura, que propone Jesús a quienes le sigan es asumir que eso entraña “tomar la propia cruz”. Y no se trata de una mera imagen de nuestros sufrimientos y trabajos diarios, sino que es una invitación a aceptar el método más cruel de tortura y pena de muerte del sistema legal romano. Jesús también ha anunciado (y aceptado como designio del Padre) que ese era el verdadero final de su viaje a Jerusalén, donde iba a ser entregado a los gentiles para que se burlaran de él, lo golpearan y lo crucificaran (Mateo 20:17-19).   

El otro bastión de la concepción judía de la vida era la riqueza y las posesiones como signo de la bendición de Dios para con el hombre justo y su hogar. Así, exigirles a sus potenciales discípulos que renunciaran a su propiedad era otro elemento disuasorio para quienes pudieran sentirse atraídos hacia la senda del Reino. Una vez más, Jesús también ha vivido esa pauta de conducta, ya que “el Hijo del hombre no tiene donde recostar la cabeza” (Lucas 9:58).   

Hemos de tener en cuenta que estas palabras de Jesús no son meras “invitaciones” a los posibles discípulos, sino auténticas condiciones “sine qua non"… El texto griego es taxativo y lo deja bien claro: quien no las cumpla “no puede ser mi discípulo” es la expresión literal en las tres condiciones. No es de extrañar que Jesús invite a quienes quieran seguirle a que se siente a calcular lo que le va a costar hacerse discípulo suyo. Ver las cosas con esa mentalidad de Jesús supera nuestros pensamientos y nuestros razonamientos, y para entenderla necesitamos, sin duda, la sabiduría que procede de Dios mismo. 

 

Meditatio:

Hay dos aspectos distintos en nuestras lecturas, y dos preguntas sencillas y difíciles de responder. Primero, por puro realismo, debemos reconocer un hecho básico: no vivimos en la situación de quienes escuchaban a Jesús y a quienes se les ofrecía la oportunidad de aceptar sus condiciones y optar por él y su proyecto de vida. La mayoría de nosotros tenemos que admitir que somos cristianos casi desde el momento de nuestro nacimiento, como si fuera un rasgo genético o hereditario. Y la fe que hemos recibido dista mucho de ser la opción radical que tenía para los primeros cristianos. ¿Aceptaríamos las condiciones de Jesús para seguirle si se nos ofreciera la oportunidad de hacerlo?

Segundo, las exigencias radicales de Jesús no son las de un líder o dictador absolutista que reclama una obediencia ciega, sino las de alguien que entiende la absoluta riqueza del Reino de Dios. El pasaje, pues, debe leerse a la luz de las parábolas del tesoro hallado en el campo o la perla escogida, por los que un hombre, “lleno de alegría” por su hallazgo, “vende todo lo que tiene” y los compra (Mateo 13:42-46). ¿Concebimos nosotros el Reino de Dios como un tesoro que merece cualquier renuncia, o como una carga que hemos de arrastrar?

 

Oratio:

Pidamos por nosotros: para que venzamos el estilo de vida cristiano tibio que han aceptado la mayor parte de nuestras Iglesias, perdiendo la novedad radical del Evangelio. Y para que podamos vencer los temores de renunciar a algún as cosas (no sólo riquezas, sino actitudes y hábitos rígidos) y reemprendamos nuestro seguimiento generoso de Jesús.

Pidamos por las Iglesias que, ahora mismo, viven bajo la amenazadora carga de la persecución y la muerte: para que nuestras oraciones y nuestra ayuda eficaz contribuyan a que superen sus temores justificados y sus peligros reales.

 

Contemplatio:

Jesús nos invita a seguirle libremente, sin impedimentos o ataduras, pero todos cargamos con un número de servidumbres que nos impiden vivir en plenitud los valores del Reino. Afrontemos la realidad, identifiquemos esas cargas que nos entorpecen, y hallemos la manera de “soltar lastre” en nuestro estilo de vida como cristianos.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2016-09-11 " HAY MÁS ALEGRÍA EN EL CIELO POR UN PECADOR …"

11 de Setiembre de 2016

Vigésimo  tercer Domingo del Tiempo Ordinario

 

HAY MÁS ALEGRÍA EN EL CIELO POR UN PECADOR …

Lucas 15:1-32

Texto Evangélico de DHH

 

Otras lecturas: Éxodo 32:7-11; Salmo 51:3-4, 12-13, 17, 19; 1 Timoteo 1:12-17

           

Lectio:

Si tiene un misal, eche un ojeada al Cuarto Domingo de Cuaresma y verá que el Evangelio que propone el Leccionario para ese día es el mismo que hoy tenemos, peo omites los versículos 4-10, las dos parábolas incluidas en nuestra liturgia. En cuaresma, es habitual tomar la parábola del Hijo Pródigo como punto de referencia en el proceso de “conversión” previo a la celebración del Triduum Sacrum. Hoy, en cambio, la liturgia permite omitir este fragmento. Así, sintámonos libres para centrar nuestra atención no sólo en estas dos parábolas cortas sino en el tema más amplio que ilustran: la misericordia y el perdón de Dios hacia quienes se han perdido, los pecadores. (Lo cierto es que, de hecho, la oveja o la moneda perdidas anuncian al Hijo Pródigo “perdido”.)

El punto de partida de todo el pasaje es, una vez más, el contraste que presenta Lucas con tanta frecuencia en su Evangelio: el que existe entre dos grupos opuestos de personas que rodean a Jesús. Por un lado, los que “permanecen dentro del redil”, los fariseos, maestros de la Ley y sacerdotes, modelos de religiosidad observante; por otro, los pecadores, especialmente los “pecadores públicos oficiales”, cuyo modelo eran los recaudadores de impuestos, transgresores en la doble dimensión de la práctica religiosa y de la lealtad política. Veremos este contraste en otra parábola, la de los dos hombres que suben a orar al Templo (Lucas 18:9-14). El fragmento de hoy no es ni la primera ni la única vez en que la actitud de Jesús hacia los pecadores escandaliza a los oficialmente justos.    

“Este recibes a los pecadores y come con ellos”. Este versículo (Lucas 15:2)  no es más que una de las quejas críticas repetidas en diversas ocasiones en los Evangelios. Tal vez el relato de la vocación de Mateo / Leví (Mateo 9:9-13, Marcos 2:13-17 y Lucas 5:27-32) pueda resumir la acción de Jesús y su propia explicación para su conducta. La historia es sencilla: Jesús llama al recaudador de impuestos, que está sentado en la mesa de recaudación; éste le sigue y, como nuevo discípulo, ofrece a Jesús un banquete en su casa. No sólo asisten Jesús y Leví, sin o que otros recaudadores comparten mesa y comida. Hemos de recordar la dimensión de “comunión” que en aquel tiempo tenía el entrar en una casa y compartir la mesa con el dueño. No es de extrañar, pues, la reacción escandalizada de los fariseos y maestros de la Ley. Jesús trata de dispar el escándalo definiendo su propia misión: “Los sanos no necesitan médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se vuelvan a Dios” (Lucas 5:31-32).

Las dos parábolas de hoy son, en gran medida, ejemplos de otra definición de la misión de Jesús, tal como se presenta en el Evangelio de Juan (3:17): “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvar al mundo por medio de él”. Desde esta perspectiva podemos entender las dos parábolas, el interés de que dan muestra el pastor y el ama de casa en su búsqueda de la oveja o la moneda perdidas, su gozo… así como la actitud del padre de la otra parábola que hemos omitido en el comentario en nuestra Lectio. En los tres casos, el “final feliz”, la alegría que experimentan los personajes es también una invitación a regocijarse con ellos.

Un último detalle: a pesar de ser un don, un signo de la generosidad y el amor de Dios, el perdón y la reconciliación que ofrece Jesús no significan cerrar los ojos a la realidad del pecado: su llamamiento es una invitación a la conversión… ¡tanto por parte de los pecadores como de los justos!

 

Un par de orientaciones para nuestra Meditatio. Primero, hay una diferencia esencial entre la moneda y la oveja perdidas… y el Hijo Pródigo. Ni las mondas ni las ovejas actúan deliberadamente, “perdiéndose” por voluntad propia: el hijo menor sabe muy bien lo que está haciendo. Y sin embargo, en los tres casos, hay un regreso a casa y una reacción gozosa. En el caso de la vuelta / conversión de los pecadores, ese gozo llega hasta el mismo cielo. Fijémonos y comparemos nuestras actitudes. Cuando alguien cercano a nosotros “abandona el redil”, ¿tratamos de actuar diligentemente y nos ponemos en contacto con él o ella, o consideramos sin más que esas personas se “han descarriado”? ¿Compartimos la actitud de Jesús, de cercanía a quienes, en nuestro ambiente, se les considera oficialmente “ovejas perdidas”? Es muy difícil encontrar un equilibrio entre comprensión, aceptación, tolerancia sin compromisos, sentimientos de superioridad o indiferencia… ¿Cómo nos las valemos para combinar esas actitudes alternativas y complementarias? ¿O nos limitamos a cerrar los ojos y guardar silencio?     

 

Oratio:

Recemos por dos tipos de personas. Quienes se consideran justos y observantes de la Ley (nosotros, sin duda, pertenecemos a este grupo): para que acepten humildemente que siempre estamos en deuda con Dios porque fallamos a la hora fe vivir nuestros compromisos bautismales. Y por quienes se sienten culpables por sus auténticos pecados y fallos: para que sientan confianza y esperanza en la misericordia y el perdón de Dios, que supera toda transgresión o crimen humano. 

 

Contemplatio:

El tema, como hemos visto, es muy complejo. Teniendo en cuenta lo que sugería en nuestra Meditatio, ¿no podríamos intentar una comparación entre los personajes de las parábolas, los del contexto histórico y nosotros mismos? Tenemos el pastor, el ama de casa, los dos hijos y el padre de la parábola del Hijo Pródigo, los fariseos y los maestros de la Ley, los pecadores, oficiales y no oficiales… y Jesús. Busquemos rasgos comunes y diferencias, y veamos qué podemos sacar en consecuencia.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2016-09-18 "EL AMO RECONOCIÓ QUE EL MAYORDOMO HABÍA SIDO LISTO…"

18 de Setiembre de 2016

Vigésimo quinto Domingo del Tiempo Ordinario

 

EL AMO RECONOCIÓ QUE EL MAYORDOMO HABÍA SIDO LISTO…

Lucas 16:1-13

Texto Evangélico de DHH

Otras lecturas: Amós 8:4-7; Salmo 113:1-2, 4-6, 7-8; 1 Timoteo 2:1-8

           

Lectio:

El versículo (Lucas 16:8) que he usado como título de la Lectio de hoy, lo admito humildemente, es uno de los más desconcertantes que he hallado en el Nuevo Testamento. Pensé que el problema era mío y se debía a mi incapacidad para entender una expresión oscura… Pero, por desgracia, pronto vi que un buen número de autores cuyos comentarios consulté compartían mi sensación. Un solo detalle, una sola palabra del texto, “kýrios”, es la fuente de una seria duda respecto al significado de la parábola. ¿Quién ese “señor” o “amo” que, pese a la falta de honradez del mayordomo, lo elogia? Si era el señor para el que trabajaba, suena raro que lo recomiende el hombre “cuyos bienes había estado malgastando”. Pero si el sujeto de la frase es el “Señor” con mayúscula, las cosas cobran un cariz muy distinto… Como ven, caminamos sobre arenas movedizas.

            Talvez convendría recurrir al enfoque clásico del contexto bíblico (o, en este caso, litúrgico). La semana pasada (aunque no la comentara en detalle), leíamos la parábola del Hijo Pródigo: la historia ponía énfasis en la economía. El hijo menor pedía su herencia, la “malgastaba” y, cuando la ruina financiera y el hambre le obligaban a reflexionar… se “convertía” y volvía al padre. La semana próxima, el Evangelio también tendrá como elemento central la economía, ya que se trata de la parábola del rico amigo del lujo y el pobre Lázaro. Hoy, la economía es el hilo conductor de todo el pasaje de Lucas: además de la parábola del administrador fraudulento, leemos también otras frases en torno al dinero y las riquezas. Para ser sinceros, es importante señalar que Jesús habla de esta dimensión de la vida humana más veces y con mayor rigor que del matrimonio o la ética sexual, dos temas que para muchos cristianos son el núcleo de nuestro código ético. De hecho, este énfasis en la economía, el dinero, las riquezas y la comunicación de bienes son una de las piedras de toque del espíritu de justicia que configuró la Antigua Alianza. En ese sentido, la doctrina de Jesús conecta con la de los profetas: hoy, la primea lectura de Amós no es más que un ejemplo. (Y aun así, creo que la parábola tiene como objeto, no el dinero como tal, sino nuestra “astucia” en la manera de acercarnos al Reino de Dios, seguir sus caminos y proclamarlo.)

Entonces, ¿qué podemos decir del mayordomo y sus maniobras para prepararse un retiro con dignidad? Modificar los pagarés de los deudores era una manera astuta (pero fraudulenta) de ganarse su favor: por gratitud le ofrecerían un nuevo empleo o, como poco, su protección. En cualquier caso. La alabanza (o, al menos, el reconocimiento) del mayordomo no puede justificarse a no ser que aceptemos las matizaciones de Lucas: aunque las acciones del administrador estaban lejos de ser una conducta honrada, las emprendió de manera “sabia” y le proporcionaron la solución para una situación acuciante y difícil. De hecho, incluso siendo injustos, los “hijos de este mundo” son más listos y prudentes al solventar sus asuntos que los “hijos de la luz” (16:8). El resto del pasaje incluye una serie de frases o aforismos en que Lucas reúne la enseñanza de Jesús sobre cómo deben relacionarse los discípulos con el dinero, las riquezas o las propiedades en general, y desarrolla una idea que Pablo presentará en Colosenses 3:5 con una formulación muy sencilla: la codicia es idolatría. En el texto evangélico la representa “Mammón”, como si fuera un ídolo enfrentado a Dios.

 

Meditatio:

Como sugería al final del segundo párrafo de la Lectio, y a pesar de los aforismos reunidos por Lucas en esta sección del Evangelio, creo que la intención de la parábola, su “moraleja”, no tiene nada que ver con una lección de economía o de crédito. Y sin duda, está lejos de ser un recordatorio de nuestra vocación a vivir con espíritu de pobreza. El objetivo es más sencillo y, por eso mismo, más radical que el contenido de la primera Bienaventuranza. Los dos evangelistas comienzan la serie llamando “bienaventurados” o “dichosos” a quienes son sencillamente “pobres” (Lucas 6:20) o “pobres des espíritu” (Mateo 5:3) porque les pertenece el Reino de los Cielos. Pero tendemos a olvidar que, ante todo, entrar en el Reino implica lucha, acción, búsqueda. La salvación es, sin duda, un don, una gracia de Dios, pero eso no significa que los humanos seamos meros “receptores”. El mismo Lucas (13:24) presenta a Jesús animando a quienes le preguntan: “Procuren entrar por la puesta angosta, porque… muchos querrán entrar y no podrán”. Así, el mayordomo fraudulento no sería un modelo de justicia, lealtad o buena administración, sino de sabiduría o “prudencia” para los cristianos que les prestan más atención y trabajan con más denuedo por sus asuntos mundanos que por el Reino de Dios. Desde este punto de partida, las preguntas adecuadas para nuestra Meditatio surgirán por sí solas.

 

Oratio:

Recemos por nosotros mismos, que tememos el compromiso, el esfuerzo y el trabajo serio en nuestro camino hacia el Reino de Dios: para que  nos sintamos animados a trabajar y dar frutos de justicia y fidelidad al Evangelio.

Pidamos por dos grupos para cuyas vidas es fundamental la economía. Por aquellos para quienes la posición y la estabilidad económica son garantía (falsa y frágil) de felicidad y seguridad; y por los que viven  en condiciones extremas de pobreza. Para que los primeros descubran las hondas riquezas del amor y la generosidad de Dios; y para que los segundos no caigan en la desesperanza y alcancen la ayuda eficaz que necesitan.

 

Contemplatio:

Sabemos que la salvación es un don de Dios, pero también sabemos que estamos llamados a responder con una actitud responsable y madura a esa gracia. Al igual que el administrador de la parábola, tenemos que dar cuentas a Dios. Volvamos a leer la parábola de los Talentos (Mateo 25:14-30), y consideremos nuestra propia misión como diligentes administradores de los dones de Dios.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España

Lectio Divina 2016-09-25 "¡AY DE LOS QUE LLEVAN UNA VIDA FÁCIL EN SIÓN!.. SERÁN LOS PRIMEROS EN IR AL DESTIERRO"

25 de Setiembre de 2016

Vigésimo sexto Domingo del Tiempo Ordinario]

 

¡AY DE LOS QUE LLEVAN UNA VIDA FÁCIL EN SIÓN!.. SERÁN LOS PRIMEROS EN IR AL DESTIERRO

Lucas 16:19-31

Texto Evangélico de DHH

Otras lecturas: Amós 6:1, 4-7; Salmo 146:7, 8-9, 9-10; 1 Timoteo 6:11-16

           

Lectio:

Como señalaba la semana pasada, este es el tercer domingo en que el dinero y las riquezas son el hilo conductor de la parábola narrada en el Evangelio. Y es la tercera vez en que el mensaje, estrictamente hablando, no se refiere a la economía o la pobreza como tales. En la parábola del Hijo Pródigo se ponía el énfasis en la posibilidad de la reconciliación, a pesar de haber abandonado a Dios, que actuaba como un padre, dispuesto y deseoso de acoger a la oveja perdida. La semana pasada, el administrador fraudulento representaba la energía y el interés que ponen los hijos de este mundo en sus negocios, frente a los hijos de la luz, los creyentes, que parecían esforzarse muy poco por entrar en el Reino de Dios por la puerta angosta. Hoy, el texto de Lucas nos deja incómodos, ya que no concuerda con las ideas del Antiguo Testamento… y parece olvidar el concepto de la gracia del Nuevo.

Vayamos por pasos. La parábola no casa con la idea básica de Israel respecto a las riquezas. Los salmos podrían ofrecernos un buen número de ejemplos. En el 112 se nos dice: “Feliz el hombre que honra al Señor”… porque si cumple esa condición, “en su casa hay abundantes riquezas”, y será un afortunado esposo y padre. Algo semejante vemos en el 128, que canta las alabanzas de quien obedece al Señor, ya que “será feliz y le irá bien” acompañado también por su mujer y sus hijos.  Por último, el 37 es un auténtico sumario de las bendiciones que acompañarán al justo… y de las calamidades que les sobrevendrán a los impíos. Esta visión general de la retribución terrenal explica el desconcierto del autor de Job, cuyas desgracias e infortunios son incomprensibles desde ese punto de visa teológico. La parábola de hoy, pues, no encaja en el viejo esquema. Si Lázaro era un hombre bueno, ¿por qué tenía que padecer? Y si las riquezas eran signo de las bendiciones del justo, ¿por qué fue al Hades el rico? Curiosamente, incluso en el Hades, el rico sigue actuando como “rico” y piensa que a Lázaro se le puede “mandar” como a un sirviente…     

Pero incluso desde la perspectiva del Nuevo Testamento, la parábola sigue estando demasiado cercana a la mentalidad del Antiguo, ya que no hay ningún tipo de juicio o razonamiento que explique el destino final de los dos hombres… a no ser que aceptemos literalmente el verso del Magníficat (Lucas 1:53), “Llenó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías”.

Hay más detalles que nos hacen difícil hallar una explicación racional para el final de los dos personajes. No podemos considerar que el rico era un hombre injusto que hubiera amasado su fortuna por medios ilegítimos, ni se menciona ningún pecado que justificara su condena en el Hades… En cuanto a Lázaro, no se dice ni una palabra de que fuera un judío piadoso y observante… ¿Es su destino final el resultado del puro azar o de una decisión caprichosa de Dios? ¿Se trata, sin más, de darle la vuelta a todo? Tal vez haya una explicación en las palabras de Amós en la primera lectura, las que he usado como titular. El pecado del rico de la parábola sería el mismo de los habitantes de Sión: ignorar el sufrimiento de sus hermanos (el rico conocía a Lázaro por su nombre), ocuparse de sus propios asuntos sin prestar atención a lo que sucedía a un paso de casa. La tranquilidad de los de Sión, dice el profeta, cambiará muy pronto, e irán al destierro. La ignorancia egoísta de las necesidades ajenas es casi tan culpable como provocar la situación de injusticia o aprovecharse de ella.

 

Meditatio:

Desde esta óptica, deberíamos volver la mirada a la primera comunidad cristiana. Aunque Lucas idealice a la Iglesia naciente, el grupo de cristianos que describe parecen preocuparse los unos por los otros, comparten lo que tienen, viven en un clima fraterno: Hechos 2:42-47; 4:32-36, a pesar de estar “idealizadas”, son dos descripciones que presentan al menos lo que debía de ser el proyecto comunitario que tenían, y cuyas limitaciones y fallos ni ignora ni oculta Lucas. La historia sigue sus propias sendas, y al cabo de veinte siglos de vida de la Iglesia, la realidad de nuestras parroquias y comunidades dista mucho de aquel ideal. Las condiciones sociopolíticas y económicas no son las mismas. Pero, ¿mantenemos el ideal de la primera comunidad? ¿Podemos hallar en nuestras comunidades situaciones semejantes a la del rico y Lázaro? ¿Conocemos las verdaderas condiciones sociales y económicas de los hermanos que se sientan a nuestro lado en el mismo banco de la iglesia? ¿Cómo podríamos mejorar la realidad del “anonimato” que compartimos al mismo tiempo y en el mismo lugar en que también compartimos el Cuerpo y la Sangre del Señor?

 

Oratio:

Oremos por este mundo nuestro, dividido por diferencias hirientes entre las personas en todos los ámbitos de la vida, desde la economía a la educación, la vivienda o la atención sanitaria: para que los cristianos, testigos de Cristo,  seamos signos y artífices de un mundo donde los humanos puedan compartir los bienes de la tierra y el llamamiento a la salvación. Que nuestra oración no sea tan abstracta como acabo de formularla: busquemos situaciones, casos y personas concretas que conozcamos.

 

Contemplatio:

El problema más hondo de los que “llevan una vida fácil en Sión” y del rico de la parábola era su ceguera respecto al dolor incluso la existencia de quienes sufrían a la puerta misma de sus casas. Aunque no puedas resolver los problemas de aislamiento o pobreza del entorno en que vives, ¿no podrías dar algún paso para informarte de esa realidad? El pastor o los asistentes sociales de tu parroquia o comunidad cristiana podrán ofrecerte detalles, lugares y nombres… Intenta, pues, hacer algo para proporcionarle ayuda al Lázaro que vive a tu lado  mismo.

 

Reflexiones escritas por el Rvdo. D. Mariano Perrón, Sacerdote católico, Arquidiócesis de Madrid, España