2019

2019-01-01 “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”

La liturgia del día de hoy, octava de la Natividad y comienzo del año, está dedicada a la maternidad de María, día que coincide, según el evangelio, con la circuncisión y la imposición del nombre de Jesús. Lucas es el evangelista que más destaca los gestos y actitudes de la Virgen María. En Belén y en el encuentro de los pastores con Jesús, María guardó y meditó aquella experiencia sencilla y profunda. María es la oyente de la Palabra. Siempre a la escucha de la Palabra, poniéndose a disposición del plan de Dios en su vida. María es la que escucha a Dios en los acontecimientos de la vida. Y María también es la oferente de la Palabra.En la circuncisión del Niño y al ponerle el nombre Jesús (Dios salva), María se desprende y ofrece a su hijo para la humanidad. Los hombres, al igual que hace más de dos mil años, siguen necesitando de Cristo. Pero pocos le reciben y le aceptan, porque se olvidan de la actitud que enseñan María y los pastores. 

El Evangelio nos dice que los pastores, después de escuchar el mensaje del ángel, “fueron a toda prisa”. Y es precisamente esto lo que necesitamos: ponernos en marcha. Para encontrar a Jesús hay que decidirse a dejar los “rebaños” del egoísmo, de la comodidad, la indiferencia, la insolidaridad; pues no existe un Jesús a nuestra medida, sino el único que encontraron los pastorcillos: “un niño envuelto en pañales recostado en un pesebre”. Para llegar a ver a Jesús hace falta ser humildes, porque el pesebre está en el suelo y exige inclinarse. María nos enseña que para llegar a Cristo hace falta también la oración. Ella “guardaba todas las cosas y las meditaba en su corazón”.

Desde todos los rincones de la tierra, los creyentes elevan hoy, Jornada por la Paz, la oración para pedir al Señor el don de la paz y la capacidad de llevarla a cada lugar. En este primer día del año, oremos todos para que caminemos con más firmeza por las sendas de la justicia y de la paz. Y comencemos en casa. Paz en casa, entre nosotros. Se comienza en casa y luego se sigue adelante, a toda la humanidad. Pero debemos comenzar con las personas próximas. La paz, en efecto, requiere la fuerza de la mansedumbre, la fuerza no violenta de la verdad y el amor. Comencemos el año como María, con paz, con disposición hacia Dios, con oración. Feliz año 2019.

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Lucas (2,16-21)
En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.
Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

 

2019-01-06 “Los magos, al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría”

Solemnidad de la Epifania del Señor 

Epifanía quiere decir manifestación de Dios en derredor. Qué emoción nos provoca ver a los niños cuando contemplan la cabalgata de Reyes. Este día es un día de regalos e ilusión, lo cual está muy bien; pero esta fiesta, ante todo, tiene otro significado. “Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”, dicen los magos, personajes en busca de Dios. La conducta de los magos, esto es, divisar la estrella y ponerse en camino, fue todo uno. Los magos no dudaron en seguir la estrella, porque su fe era sólida, firme; no titubearon frente a la fatiga del largo viaje, porque su corazón era generoso. Son los que vienen de lejos y buscan, preguntan y se asombran. La visión de un niño pobre los sorprende, pero una vez que se han asombrado, la alegría cambia sus vidas y ya no regresan por el mismo camino.

 

Epifanía quiere decir también reconocimiento y adoración a Jesús por todos los pueblos, que desde ahora se unen en un solo Pueblo de Dios, la Iglesia. Jesús ha venido no sólo para la salvación de Israel, sino para la de todos los hombres de cualquier raza o nación y condición, porque todos son hijos de Dios.

 

El camino de la Epifanía, descubrir el amor y manifestarlo, se muestra ahora como el camino verdadero. Epifanía es descubrir toda la bondad y la belleza de Dios donde no lo esperábamos: en la intemperie y el suelo del pesebre, en lo pequeño, y tocados por una nueva luz que alumbra esta vulnerabilidad, humildad y pobreza, llevar a Dios a los demás por un camino nuevo, un camino que ha de ser necesariamente de alegría, porque hemos visto a Dios.

                                                                     

                                                                     Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Mateo (2,1-12)    

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.»  Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los  sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el  Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque está escrito en el profeta: "Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel."»  Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.»  Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que  habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus  cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se  marcharon a su tierra por otro camino. 

2019-01-12 “Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”

EL BAUTISMO DEL SEÑOR.

Cerramos el tiempo de Navidad celebrando el Bautismo del Señor.

La página del Evangelio presenta a Jesús siendo bautizado por Juan en el río Jordán. Después de los relatos de la infancia y como preparación a la actividad pública de Jesús, con el bautismo del Señor, san Lucas narra los acontecimientos que se refieren al inicio de la actividad de Jesús propiamente dicha.

Antes de la aparición de Jesús, acudían gentes de toda la región a recibir el bautismo de Juan. De esta manera, escuchaban su predicación y, tras someterse a este rito de purificación, se disponían a acoger el Reino de Dios, que estaba a punto de llegar.

Antes, Juan era quien preparaba a todos para recibir con el bautismo de conversión el perdón de Dios. Pero ahora, el centro de la historia es Jesús, es Él quien da comienzo al tiempo de salvación que se prolongará en el tiempo de la Iglesia. El primer acto de la vida pública de Jesús consiste en una inmersión, mediante la cual nos muestra que ha venido a sumergirse en nuestra realidad para hacernos participar de la suya. No sólo se encarna en medio de nosotros; nace y crece, como cualquiera de nosotros; y sin tener pecado alguno, quiso ser contado entre los pecadores. Lo que Jesús estaba haciendo era anticipar con su bautismo de penitencia, la misericordia que más adelante ejercería con los pecadores y preparando el momento del final de su vida con su muerte en la cruz. El sentido del bautismo de Cristo va más allá de la solidaridad con el hombre, dañado por el mal. Con esta acción, el Señor revelará, ante todo, que ha sido enviado por Dios para salvar al mundo. Así pues, al salir Jesús del agua «se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios descendía». Una voz de los cielos decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco». Estamos, pues, ante una nueva manifestación de Cristo, la de la dignidad de Jesús, ungido por el Espíritu.

El bautismo de Jesús que nosotros recibimos implica un cambio en el propio modo de ver las relaciones con Dios. Cambiar de vida significa practicar la fraternidad y la justicia según las enseñanzas de los profetas. Nosotros estamos llamados en virtud de nuestro bautismo, de fuego y Espíritu Santo como el del Señor, a continuar la misión de Jesús en el mundo actual.

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Lectura del santo Evangelio según san Lucas (Lc 3, 15-16 . 21-22)

En aquel tiempo, el pueblo estaba expectante y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías; Juan dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego»En un bautismo de todo el pueblo, Jesús también se bautizó. Y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto».

 

2019-01-20 “Haced lo que Él os diga”

Segundo domingo del T.O. 

Después de la adoración de los magos en Belén y de su bautismo en el río Jordán, el evangelio de san Juan nos sitúa ante la tercera epifanía o manifestación pública del poder de Jesús, con la prodigiosa conversión del agua en vino. 

Las bodas de Caná son la manifestación del amor esponsal de Dios con su pueblo, simbolizado en el vino de la Alianza. Y por Cristo se lleva a cabo el vino nuevo de la Nueva Alianza.

Pero con este escenario de la Nueva Alianza, y junto con Jesús, contemplamos a su madre María y su sensibilidad para descubrir las necesidades de los invitados, y su libertad de corazón para actuar, aunque “aún no ha llegado su hora”. María nos hace reflexionar acerca de las posibilidades de nuestras tinajas y esperar lo que Jesús puede transformar en ellas si se le deja actuar. Una transformación siempre posible cuando acogemos las palabras de Jesús sobre el agua rutinaria de nuestras vidas y le esperamos con asombro. Cuando Jesús ofrece el mejor vino, quiere decir que su mensaje es una fiesta, y a nosotros nos pide no retenerlo sino repartirlo, hacernos solidarios con las necesidades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y reconocerles partícipes de esta fiesta.

Las bodas de Caná es el lugar donde María acompañará a su hijo en el inicio de su vida pública y donde nosotros aprendemos de ella. María nos indica una mirada transformadora sobre el potencial que esconde cada persona y nos invita a hacer lo que Jesús nos dice, pues sabe por experiencia que Dios da en abundancia, que Jesús da siempre más. El signo del mesianismo de Jesús es la abundancia de bienes y, por consiguiente, de gracia. Este evangelio nos demuestra que el reino de Jesús ha comenzado y que éstos son sus signos poderosos. ¿Ellos nos bastan para creer en Jesús como lo hicieron los discípulos?

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

Evangelio según Juan (Jn 2, 1-11) 

Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús se encontraba allí. También habían sido invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo: —Ya no tienen vino. —Mujer, ¿eso qué tiene que ver conmigo? —respondió Jesús—.  Todavía no ha llegado mi hora. Su madre dijo a los sirvientes:  —Haced lo que Él os diga. Había allí seis tinajas de piedra, de las que usan los judíos en sus ceremonias de purificación. En cada una cabían unos cien litros. Jesús dijo a los sirvientes:  -Llenad de agua las tinajas. Y los sirvientes las llenaron hasta el borde.—Ahora sacad un poco y llevadlo al mayordomo—les dijo Jesús. Así lo hicieron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde había salido, aunque sí lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua. Entonces el mayordomo llamó aparte al novio y le dijo: —Todos sirven primero el mejor vino y, cuando los invitados ya han bebido mucho, entonces sirven el más barato; pero tú has guardado el mejor vino hasta ahora. Ésta es la primera de sus señales, la hizo Jesús en Caná de Galilea. Así reveló su gloria, y sus discípulos creyeron en él.

 

2019-01-27 “Hoy se ha cumplido esta Escritura”

TERCER DOMINGO DEL T.O.

Lucas nos introduce hoy su evangelio corroborando la solidez y veracidad de la enseñanza recibida por Teófilo y con la finalidad de confirmar a sus lectores en la fe.

Después de la manifestación del poder de Jesús en su bautismo y en las bodas de Caná, el inicio de su vida pública nos presenta a Jesús en Galilea con la escena de la sinagoga de Nazaret. El discurso de Jesús nos dice que Él es el Mesías esperado para anunciar la Buena Noticia.

El anuncio de la Buena Noticia impregnará todo el evangelio lucano. La Buena Noticia es la visita que Dios hace al pueblo. Y la Buena Noticia a los pobres hay que entenderla en paralelo a devolver la libertad a los cautivos, restablecer la vista a los ciegos, poner en libertad a los oprimidos y predicar un año de gracia.

El año de gracia del Señor evoca el  anuncio del Jubileo (Lev 25, 8-22) previsto cada 49 años, con el perdón de las deudas, la devolución de propiedades y la liberación de esclavos. Por ello el evangelio de Lucas es el evangelio social por antonomasia. Sin embargo, habría que entenderlo como el cumplimiento definitivo de la voluntad de Dios, esto es, la salvación por el perdón de los pecados.

Antes de comenzar a narrar la actividad de Jesús, Lucas quiere dejar muy claro a sus lectores cuál es la pasión que impulsa al Profeta de Galilea y cuál es la meta de toda su actuación. La frase “hoy se ha cumplido” se refiere a la presencia de Jesús, pero la evocación sirve para hacerla vital en la Iglesia en el momento presente.

Las palabras de Jesús comunican liberación, esperanza, luz y gracia a los pobres y cautivos. El Espíritu de Dios está en Jesús orientando toda su vida hacia los más necesitados y oprimidos, para restablecer su dignidad de hijos queridos por Dios. Los cristianos deben seguir el Espíritu de Dios que empuja a Jesús, pues seguirlo es precisamente caminar en su misma dirección. Esta es la orientación que Dios, encarnado en Jesús, quiere imprimir a la historia humana. ¿Estamos caminando en la misma dirección que Jesús? ¿Hemos iniciado el año deseando que sea un año diferente, un “año de gracia”, en que seamos conscientes qué cosas hay que liberar dentro y fuera de nosotros?

 

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Del santo Evangelio según san Lucas (Lc 1, 1-4. 4, 14-21)
Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh ilustre Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido (…) Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor. Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado por todos. Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de sábado entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres, a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a predicar el año de gracia del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír. 

2019-02-10 “Por tu palabra, echaré las redes”

Este evangelio del episodio de la barca con el resultado de la pesca milagrosa nos abre a comprender la vocación de Simón Pedro y de los primeros discípulos. En los relatos anteriores, sólo Jesús anunciaba la Buena Nueva del Reino. Ahora otras personas van siendo llamadas e implicadas en la misión, pero una misión que no es obra de los hombres, sino de Dios, porque es Dios quien tiene la iniciativa.

Simón Pedro es el ejemplo del discípulo que necesita fiarse. Tras su desconfianza primero por la pesca frustrada y, después, tras confiar en la Palabra de Jesús que le indica echar las redes, siente la experiencia de la limitación propia y conciencia de su debilidad ante la misión: "¡Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!".

Confiando en la Palabra del Señor. Simón Pedro experimenta que la Palabra de Jesús es la Palabra de Dios. Aquellos pescadores sintieron la experiencia de la fuerza de Dios, cobraron valor y confianza en Jesús. Simón Pedro y sus compañeros sintieron miedo y desconfianza y, al mismo tiempo, se sintieron poderosamente atraídos por su persona.

Dios es un misterio fascinante: da miedo y, al mismo tiempo, atrae. Pero Jesús aleja el miedo: "¡No tengas miedo!" Llama a Simón Pedro y le compromete en la misión, mandando que sea pescador de hombres. Tras confirmar a Simón Pedro en su vocación, "¡serás pescador de hombres!", los demás discípulos, "dejándolo todo, le siguieron".

Bogar mar adentro y echar las redes son dos acciones que recogen lo nuclear de la vocación cristiana, esto es, lo que ocurre en lo hondo del corazón, conversión, y lo que se despliega hacia los otros y con los otros, misión.

Ninguno de nosotros ha tenido la experiencia de ser directamente llamado por Dios, como Pedro, Juan, Santiago… desde la cercanía de su presencia. Nosotros lo seguimos desde la fe. Pero Dios se ha valido de otras voces y señales para llamarnos. La invitación que hace el Señor a Simón Pedro de echar las redes es la invitación que hoy nos hace a sus seguidores. Es la invitación a que miremos si en nuestra vida cristiana estamos confiando o por el contrario nuestros planes pueden más que los de Dios.

 

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Del Evangelio según Lucas (Lc 5,1-11)

En aquel tiempo, estaba Jesús a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios, cuando él vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar.» Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.» Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.
Al verlo, Simón Pedro cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.» Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.» Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

 

2019-02-17 “Dichosos los pobres; ¡ay de vosotros, los ricos!”

SEXTO DOMINGO DEL T.O.

El evangelio nos presenta el relato según san Lucas de las bienaventuranzas, que podemos afirmar es la predicación más conocida de Jesús, cuyo paralelo es el relato del capítulo quinto de san Mateo.

Las bienaventuranzas describen las circunstancias en que se encuentran los seguidores de Jesús: son pobres, están hambrientos, lloran, son odiados y perseguidos por causa de Jesús. Frente a esta situación, Jesús propone un nuevo decálogo de la nueva Alianza,  las bienaventuranzas son una invitación a un nuevo estilo de vida cristiano. No son meros valores de solidaridad, es un nuevo programa, exigente y gozoso a la vez, que de ninguna manera inculca la “resignación” a los necesitados y oprimidos, o la inactividad frente al desorden y la injusticia.

Todo lo contrario, con sus antagonismos, san Lucas alerta y llama a la conversión. No se puede hablar de pobres ni de pobres de espíritu sin una tensión real hacia el desprendimiento. Y es que la pobreza crea más actitud de generosidad, menor confianza en sí mismo y en los propios recursos, y por consiguiente mayor confianza en Dios. Tampoco Jesús propone un tipo de organización social, pero sienta las bases y señala las pautas de toda verdadera fraternidad, rechazando el apego desordenado a la riqueza, la seguridad de los satisfechos, y las estructuras de injusticia.

Las bienaventuranzas son una paradoja, porque invierten los criterios del mundo apenas se ven las cosas desde la escala de valores de Dios, que es distinta de la de los hombres. Precisamente los que según los criterios del mundo son considerados pobres, hambrientos, afligidos y odiados por causa de Jesús, son los realmente dichosos, bendecidos, y pueden alegrarse, no obstante todos sus sufrimientos, porque las bienaventuranzas son promesas en las que resplandece la nueva imagen del mundo y del hombre que Jesús encarna superando las limitaciones de la naturaleza humana y de las estructuras sociales y temporales.

La novedad que Jesús quiere construir viene de la experiencia que tiene de Dios, Padre lleno de ternura que acoge a todos con todas sus situaciones de pobreza, de hambre, de aflicción y de persecución. Dimensiones que el mismo Jesús pobre, sufrido, odiado y perseguido, completó en su vida, y que se nos ofrecen como camino de humanización y de felicidad.

 

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Del Evangelio según san Lucas (Lc 6, 17. 20-26)

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se detuvo en un paraje llano; había un gran número de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y Sidón (…) Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, dijo: “Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.
Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Dichosos los que lloráis ahora, porque reiréis. Dichosos seréis cuando los hombres os odien, cuando os excluyan, os insulten y proscriban vuestro nombre como infame por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban vuestros padres a los profetas.

Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y llorareis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!  Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas”.

 

2019-02-24 “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”

El Evangelio de este domingo, continuación del relato de las bienaventuranzas, nos enfrenta con un reto que parece imposible. Imposible para nosotros, pero no para Dios: Amad a vuestros enemigos. Se nos vienen a la memoria santos que sí lo han logrado: por ejemplo, los mártires mueren con palabras de perdón en sus labios. En el Evangelio, Cristo enseña y demuestra lo que es posible para Dios: el amor continuo y universal, que ni admite fronteras (pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?), ni se reserva preferencias de personas o propiedades de objetos (a quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames), ni espera la recompensa de su acción (y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis?).

El argumento fundamental para esta actitud viene de Dios. Nuestros “enemigos” son también hijos de Dios y dignos de respeto y amor.

El trasfondo del mensaje del Evangelio es que el hombre se hace imagen de Dios cuando ama y cuando se compadece de los que son también imagen e hijos de Dios. Jesús nos enseña cómo ser imagen de Dios: siendo compasivos y misericordiosos.

El camino que propone Jesús no es un camino fácil o convencional. Pero tampoco es imposible, porque él lo pudo realizar, y nosotros deberíamos imitarlo, porque como seguidores de Jesús no podemos tener los mismos criterios que predominan en el mundo.

A pesar de la dureza de este Evangelio, hay una promesa de recompensa, grande y desproporcionada a la generosidad empeñada. Porque el amor no se pierde en la nada.

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Lucas 6, 27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 
—«A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. 
Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. 
Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. ¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. 
Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.» 

 

2019-03-02 “Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra”

CUARTO DOMINGO DEL T.O

Continuando la escena en la sinagoga de Nazaret, el evangelista Lucas recoge la reacción a las palabras de Jesús cuando viene a cumplir la profecía de Isaías al proclamarse como el Mesías. Por un lado, los presentes se admiran, pero después cambia su ánimo. No aceptan que Jesús sea el Mesías anunciado por Isaías. Quedan escandalizados porque Jesús habla de una buena noticia de acogida y liberación también para los gentiles.

Para ayudar a la comunidad a que supere el escándalo, Jesús recuerda las dos historias de Elías y de Eliseo. Elías fue enviado a la viuda de Sarepta(1 Re 17,7-16). Eliseo fue enviado a ocuparse del leproso extranjero de Siria (2 Reyes 5, 1-15). Ambas historias sirven para poner de manifiesto el prejuicio religioso y regionalista de la gente de Nazaret. El evangelista quiere mostrar que la apertura hacia los gentiles viene de Jesús, y que la salvación es para todos. Y a pesar de que Jesús se proclama Mesías, finalmente parece que no aceptan su propuesta, porque era uno de los suyos, no era el caudillo político que esperaba Israel.

¿Por qué les cuesta reconocer a Jesús como Hijo de Dios a pesar de los prodigios que venía obrando desde el inicio de su vida pública?

Aunque toda su vida y obras se habían vuelto transparentes, Jesús era demasiado humano y normal, un hombre como los demás, tan cercano a ellos que sus paisanos no pueden darle crédito. Jesús no es profeta en su propia tierra.

Jesús nos descubre que Dios actúa y salva, imprevisiblemente, y a través de aquellos que no esperaríamos, incluso extranjeros y distintos, simplemente por pura gracia divina. Es normal que nos cueste reconocer a Dios en las cosas y personas. Pero Jesús nos enseña una manera diferente de mirar no atada a la costumbre ni enturbiada de prejuicios.

Aceptemos que Dios pueda manifestarse en las cosas cotidianas y en las que ocurren de forma excepcional; valoremos y amemos a los cercanos, a los prójimos, y también a los lejanos, los de fuera de nuestro entorno, y llevemos a reflexión si estamos dispuestos a acoger, tolerar y aceptar.

 

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Lucas (Lc 4, 21-30)

 

En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: "Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír." Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: "¿No es éste el hijo de José?" Y Jesús les dijo: "Sin duda me recitaréis aquel refrán: "Médico, cúrate a ti mismo"; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún." Y añadió: "Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, mas que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, mas que Naamán, el sirio." Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús pasó por medio de ellos y se alejaba.

2019-03-03 “No juzguéis y no seréis juzgados”

Domingo VIII del T.O

El Evangelio de hoy, continuación del texto del domingo anterior, que estaba dedicado al amor a los enemigos, ahora concreta con detalle cómo deben ser las relaciones de convivencia entre los hermanos, esto es, el amor en la comunidad.  

Jesús aquí nos previene acerca de la actitud de juzgar a los demás. Constantemente estamos criticando a nuestros hermanos, por lo que piensan, por lo que hacen, por lo que dicen. Jesús nos aclara que quien juzga a los hermanos se equivoca, simplemente porque toma el lugar de Dios. El único que juzga es Dios. Jesús denuncia así a los fariseos, a los que denomina hipócritas, quienes para juzgar y resolver aplicaban su propia ley, y no la de la misericordia, enseñada por los profetas. Pero es más: Jesús, delante del Padre, nunca acusa; al contrario:defiende y perdona.

Quien juzga no sólo se equivoca, también se puede confundir. Y quien juzga terminará mal, porque la misma medida será usada para juzgarle a él. Quien se equivoca de sitio porque toma el lugar de Dios termina siendo juzgado con la medida con la que él juzga.

Cuando juzgamos a los demás, sin tener compasión de los pecados del prójimo, y lo juzgamos severamente, quiere decirse que no estamos todavía purificados. Los padres del desierto decían: “Cada vez que tapamos el pecado de nuestro hermano, Dios tapa también el nuestro. Y cada vez que denunciamos las faltas de los hermanos, Dios hace lo mismo con las nuestras”. Por tanto, para dar un fruto bueno es preciso reconocer nuestras debilidades, ser consecuentes y cambiar la actitud de juzgar por la de la generosidad.

Conocer nuestra debilidad nos ayudará a ser un poco más comprensivos, nos ayudará a aceptarnos y a aceptar a los demás. Conocer nuestras propias limitaciones, admitirlas y reconciliarnos con ellas, nos capacita para caer en la cuenta que los otros también tienen que soportar nuestras carencias. Sólo el amor sana las heridas. Nuestros pecados, nuestras equivocaciones, nuestros errores, nos tienen que servir para crecer en comprensión, amabilidad y humildad hacia los demás. Necesitamos aceptar los fallos y aprender de los errores para sanarlos.

 

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Lucas 6, 39-45

En aquel tiempo, Jesús ponía a sus discípulos esta comparación: ¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Será como el maestro cuando esté perfectamente instruido. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: `Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo', si no ves la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano. Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, de la maldad saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca.

2019-03-17 “Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle”

Domingo II de Cuaresma.

La transfiguración narrada por Lucas tiene lugar en el contexto del primer anuncio de la muerte y resurrección de Jesús. Es una escena llena de simbolismos, se trata de una manifestación de Dios que revela anticipadamente la gloria pascual.

Jesús va al monte con estos tres discípulos que tenían grandes dificultades para entender el mesianismo no triunfalista de Jesús. El pasaje refuerza la persona y misión de Jesús, de quien dudaban los discípulos. Primero nos dice que la actividad de Jesús estaba de acuerdo con el Antiguo Testamento: la Ley, representada por Moisés, y los Profetas, representados por Elías. Segundo, la voz del cielo les manda que escuchen a Jesús. Tercero, la desaparición de los dos dialogantes significa que debemos escuchar sólo a Jesús, quien, mostrando su divinidad resplandeciente en su cuerpo humano, se presenta como realmente es, resplandor de la gloria del Padre, imagen de su ser, como leemos en Hebreos 1, 3. 

La transfiguración y el diálogo de Jesús con Moisés y Elías sobre su destino en Jerusalén, nos desvela una de las constantes de la vida cristiana, la unión simultánea de dos aspectos opuestos pero no contrastantes del único misterio pascual de Cristo: muerte y resurrección, cruz y gloria.

Esta constante también ocurre en la vida humana: Cuando algo nos sobrepasa nos impide ver, entender, precisar, asegurar y, automáticamente y por nuestra condición humana, entramos en miedo, en temor porque no sabemos qué va a pasar, y ante la duda, el miedo o temor es lo primero que hace su aparición.

Y lo que vieron los discípulos les fortaleció y reconfortó (“qué bien se está aquí”), porque Jesús les mostró su rostro. Contemplar el rostro de Dios fue siempre un anhelo del creyente en el Antiguo Testamento:“Señor, yo busco tu rostro, no me escondas tu rostro” (salmo 26), visión que en el monte Tabor se cumplió con el fin de robustecer la fe e infundir valor.

Jesús se compromete a favor de los hombres, y con esta visión nos prepara para creer en la Resurrección y no quedar paralizados por los tiempos duros, sino entender que son el camino de la gloria.

Para entrar en unión con Dios como los tres discípulos, para adentrarnos en el sentido último de las cosas, en el misterio que hace que las cosas se transfiguren y cobren nuevo aspecto, debemos escuchar a Jesús, contemplarlo en la Sagrada Escritura. Nos damos cuenta que ésa es la vida del creyente de hoy: Levantarse, contemplar la gloria y, al mismo tiempo, cargar con la cruz de cada día. Si miramos el sol, sólo lo podemos hacer por unos breves instantes, porque con el deslumbramiento, las demás cosas aparecen obscurecidas. En esta vida podemos desear la gloria, porque es adonde vamos, pero tenemos que seguir caminando. No será fácil, tenemos que esforzarnos en los tramos más difíciles. Pero Jesús nos muestra su luz para poder volver a la realidad y poder aceptarla, y con fe, transformarla en salvación.

En esta cuaresma acompañemos a Jesús para orar como hicieron estos tres apóstoles, y si estamos poco acostumbrados al silencio, a la introspección y a la oración, quizá nos dejemos vencer por el sueño, igual que les pasó a los apóstoles. Pero estemos atentos a escuchar, a sorprendernos por la palabra y las obras de Jesús, y vivirlas.  Ésa debe ser nuestra actitud. 

 

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Lucas 9, 28b-36

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.» Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto. 

 

 

2019-03-24 “Dios no castiga”

Domingo III de Cuaresma

Seguimos avanzando por el camino de la Cuaresma. El evangelio de hoy nos plantea este eterno problema: ¿son el mal y la muerte consecuencias del pecado? ¿Por qué si somos buenos a veces nos ocurren males?

Jesús nos responde con el relato de los galileos y judíos muertos por causa violenta, seguido de la parábola de la higuera. Y aborda una preocupación que ha llegado a nuestro tiempo. Noticias terribles como los desastres meteorológicos, el cambio climático, el terrorismo, las guerras, el hambre, las enfermedades, la desestabilización política y social, la violencia, las injusticias, la muerte de seres queridos, etc., nos hacen pensar con preocupación que los sufrimientos de la vida, sobre todo de las personas inocentes, tienen que ver con la amistad o enemistad con Dios. Así lo creían los judíos y así lo seguimos creyendo en nuestra mentalidad occidental. Los males se consideran castigos, y los bienes, premios. Cuando todo va bien, creemos que estamos en paz con Dios, y si ocurre al contrario, tendemos a pedirle explicaciones, tendemos a juzgar.

El problema del mal no tiene una solución satisfactoria si pretendemos exigir de Dios una explicación tranquilizadora. Dios no interviene contra la libertad de las personas aunque realicen el mal, ni contra las leyes naturales; pero eso no significa que Dios está contra nosotros. Es decir, Dios no castiga a los culpables, pero tampoco nosotros, porque nos creamos más justos que los demás, nos libraremos del mal. Y Jesúsenseña otra lección: Los que murieron no solamente no eran más pecadores que los demás, sino que todos, delante de Dios, somos igualmente pecadores y tenemos que convertirnos. Jesús insiste que todos pereceremos, es decir, seremos confundidos, si no nos convertimos, si no cambiamos de mentalidad y dejamos de juzgar a los demás como buenos y malos.

¿Acaso los miles de personas inocentes que mueren de forma violenta padecieron la muerte porque eran más pecadores que nosotros? Por supuesto que no, pues Dios no es un legislador cuya misión es castigar a quienes pecan. Mejor es preocuparnos por nuestra propia conversión y no juzgar a los demás sobre si su sufrimiento es merecido o no. Los acontecimientos dolorosos de la vida y el sufrimiento no significan que nuestros prójimos sean amados o abandonados por Dios.

En la segunda parte del evangelio, la parábola de la higuera nos muestra el camino de la conversión. La higuera, que simboliza al pueblo de Israel, ha de dar fruto en tres años (número que significa plenitud). Jesús cuenta esta parábola para educarnos sobre un modo de estar en la vida de creyentes. Aguarda el tiempo necesario para que la higuera dé su fruto, y mientras tanto sigue cuidando de ella. Porque el proyecto de Dios es que a todos llegue su amor. ¿Y si transcurre el año y no llega a fructificar? ¿la cortará? Ahora ya sabemos que no. Es su gran amor el que hace infinitamente paciente al hortelano, que no se cansa de darnos nuestro tiempo para madurar. Porque Dios quiere que seamos felices. No es fácil entender este comportamiento de la misericordia si estamos acostumbrados a juzgar.

Dios nos da todo el tiempo del mundo. Pero el tiempo para dar fruto es limitado: es el tiempo de nuestra vida. Somos únicos, irrepetibles, tenemos una tarea asignada, y Dios no la puede suplir. Y si no la llevamos a cabo, esa tarea se quedará sin realizar y la responsabilidad será nuestra. Ni Dios, ni nadie, vienen a premiarme o castigarme. Cumplir la tarea será el premio, no cumplir la tarea sí es un castigo, porque perderemos las oportunidades que vienen de Dios.

No nos hagamos ilusiones: no somos más privilegiados sólo por conocer a Dios, sino que Dios espera frutos de todo lo que ha sembrado en nosotros. Y si no nos convertimos, no daremos fruto. Convirtámonos, sin temor, porque Dios es como el hortelano paciente, siempre está dispuesto a darnos nuevas oportunidades. La tarea de la persona cristiana no es hacer muchas cosas sino hacerse, tomar conciencia del propio su ser y vivir esa realidad a tope.

                                                                      Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

 

Evangelio según san Lucas 13, 1-9

En aquel tiempo llegaron a Jesús algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque acabaron así? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a ocupar terreno en balde?" Pero él le respondió: "Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, las cortas."

2019-10-03 “No sólo de pan vive el hombre”

Domingo I de Cuaresma

Entramos en el tiempo cuaresmal. El término cuaresma significa cuadragésimo día, es decir, cuarenta días. Es el tiempo litúrgico destinado a la preparación espiritual para la fiesta de Pascua, marcado por signos de purificación y de conversión. Este tiempo transcurrirá durante cinco domingos, con el Domingo de Ramos con que comienza la Semana Santa.

Los cuarenta días tienen gran significación en toda la Sagrada Escritura. En el Antiguo Testamento, la cifra evoca los cuarenta años de la marcha del pueblo de Israel por el desierto. El desierto es el lugar de la prueba y la purificación por antonomasia, donde frecuentemente somos tentados, pero también es el momento propicio para el encuentro con nosotros mismos y con Dios. Y en el evangelio de hoy, Lucas sitúa las tentaciones al comienzo de la misión de Jesús.

Como les ocurrió a los israelitas, muchas veces la tentación se presenta con apariencia de bien: pan para satisfacer el hambre, seguridad en las cosas que se poseen, y autoestima y reconocimiento personal. 

En el relato de las tentaciones, el diablo, en primer lugar, ofrece a Jesús que haga un acto de poder para demostrar su condición divina, con el fin de desbaratar el plan de Dios. Sin embargo, Jesús no actuó como un taumaturgo: no convirtió innecesariamente las piedras en pan. Nos dio el pan, no mediante magia, sino que, sin adelantar el tiempo de su misión, lo hizo con su predicación y su sacrificio en la cruz.

En segundo lugar, el diablo ofrece a Jesús el poder y la gloria humana, para confundir su mesianismo con el poder religioso y temporal. Sin embargo, Jesús realizó su misión, no arrojándose del alero del templo para ser salvado en su caída por los ángeles, sino colgado de un madero, y sólo fue coronado como rey muriendo en la cruz.

Por tanto, Jesús fue tentado con caminos más fáciles, pero los rechazó todos, porque era necesario que experimentase en sí mismo toda la condición humana y no concluir su misión hasta el momento en que todo fue cumplido (Jn 19, 30). Jesús así se mantuvo fiel a su misión de Hijo de Dios.

En este tiempo de cuaresma que comenzamos seamos conscientes de que estrenamos una oportunidad nueva: en la prueba, hay posibilidad de hacer bien las cosas, de elegir siempre el buen camino, de mirar a Dios. También es el tiempo de vivir de manera especial la misericordia de Dios. Es el tiempo de la conversión y el perdón. Dios nos regala una oportunidad nueva: la gracia para vivir esta nueva vida y hacerlo al estilo de Jesús.

 

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Lucas 4, 1-13

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y el Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo. En todos aquellos días estuvo sin comer y, al final, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». Jesús le contestó: «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre”». Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me ha sido dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo». Respondiendo Jesús, le dijo: «Está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».  Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te cuiden”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece contra ninguna piedra”». Respondiendo Jesús, le dijo: «Está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”». Acabada toda tentación, el demonio se marchó hasta otra ocasión.