2019

2019-01-01 “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”

La liturgia del día de hoy, octava de la Natividad y comienzo del año, está dedicada a la maternidad de María, día que coincide, según el evangelio, con la circuncisión y la imposición del nombre de Jesús. Lucas es el evangelista que más destaca los gestos y actitudes de la Virgen María. En Belén y en el encuentro de los pastores con Jesús, María guardó y meditó aquella experiencia sencilla y profunda. María es la oyente de la Palabra. Siempre a la escucha de la Palabra, poniéndose a disposición del plan de Dios en su vida. María es la que escucha a Dios en los acontecimientos de la vida. Y María también es la oferente de la Palabra.En la circuncisión del Niño y al ponerle el nombre Jesús (Dios salva), María se desprende y ofrece a su hijo para la humanidad. Los hombres, al igual que hace más de dos mil años, siguen necesitando de Cristo. Pero pocos le reciben y le aceptan, porque se olvidan de la actitud que enseñan María y los pastores. 

El Evangelio nos dice que los pastores, después de escuchar el mensaje del ángel, “fueron a toda prisa”. Y es precisamente esto lo que necesitamos: ponernos en marcha. Para encontrar a Jesús hay que decidirse a dejar los “rebaños” del egoísmo, de la comodidad, la indiferencia, la insolidaridad; pues no existe un Jesús a nuestra medida, sino el único que encontraron los pastorcillos: “un niño envuelto en pañales recostado en un pesebre”. Para llegar a ver a Jesús hace falta ser humildes, porque el pesebre está en el suelo y exige inclinarse. María nos enseña que para llegar a Cristo hace falta también la oración. Ella “guardaba todas las cosas y las meditaba en su corazón”.

Desde todos los rincones de la tierra, los creyentes elevan hoy, Jornada por la Paz, la oración para pedir al Señor el don de la paz y la capacidad de llevarla a cada lugar. En este primer día del año, oremos todos para que caminemos con más firmeza por las sendas de la justicia y de la paz. Y comencemos en casa. Paz en casa, entre nosotros. Se comienza en casa y luego se sigue adelante, a toda la humanidad. Pero debemos comenzar con las personas próximas. La paz, en efecto, requiere la fuerza de la mansedumbre, la fuerza no violenta de la verdad y el amor. Comencemos el año como María, con paz, con disposición hacia Dios, con oración. Feliz año 2019.

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Lucas (2,16-21)
En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.
Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

 

2019-01-06 “Los magos, al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría”

Solemnidad de la Epifania del Señor 

Epifanía quiere decir manifestación de Dios en derredor. Qué emoción nos provoca ver a los niños cuando contemplan la cabalgata de Reyes. Este día es un día de regalos e ilusión, lo cual está muy bien; pero esta fiesta, ante todo, tiene otro significado. “Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”, dicen los magos, personajes en busca de Dios. La conducta de los magos, esto es, divisar la estrella y ponerse en camino, fue todo uno. Los magos no dudaron en seguir la estrella, porque su fe era sólida, firme; no titubearon frente a la fatiga del largo viaje, porque su corazón era generoso. Son los que vienen de lejos y buscan, preguntan y se asombran. La visión de un niño pobre los sorprende, pero una vez que se han asombrado, la alegría cambia sus vidas y ya no regresan por el mismo camino.

 

Epifanía quiere decir también reconocimiento y adoración a Jesús por todos los pueblos, que desde ahora se unen en un solo Pueblo de Dios, la Iglesia. Jesús ha venido no sólo para la salvación de Israel, sino para la de todos los hombres de cualquier raza o nación y condición, porque todos son hijos de Dios.

 

El camino de la Epifanía, descubrir el amor y manifestarlo, se muestra ahora como el camino verdadero. Epifanía es descubrir toda la bondad y la belleza de Dios donde no lo esperábamos: en la intemperie y el suelo del pesebre, en lo pequeño, y tocados por una nueva luz que alumbra esta vulnerabilidad, humildad y pobreza, llevar a Dios a los demás por un camino nuevo, un camino que ha de ser necesariamente de alegría, porque hemos visto a Dios.

                                                                     

                                                                     Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Mateo (2,1-12)    

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.»  Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los  sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el  Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque está escrito en el profeta: "Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel."»  Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.»  Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que  habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus  cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se  marcharon a su tierra por otro camino. 

2019-01-12 “Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”

EL BAUTISMO DEL SEÑOR.

Cerramos el tiempo de Navidad celebrando el Bautismo del Señor.

La página del Evangelio presenta a Jesús siendo bautizado por Juan en el río Jordán. Después de los relatos de la infancia y como preparación a la actividad pública de Jesús, con el bautismo del Señor, san Lucas narra los acontecimientos que se refieren al inicio de la actividad de Jesús propiamente dicha.

Antes de la aparición de Jesús, acudían gentes de toda la región a recibir el bautismo de Juan. De esta manera, escuchaban su predicación y, tras someterse a este rito de purificación, se disponían a acoger el Reino de Dios, que estaba a punto de llegar.

Antes, Juan era quien preparaba a todos para recibir con el bautismo de conversión el perdón de Dios. Pero ahora, el centro de la historia es Jesús, es Él quien da comienzo al tiempo de salvación que se prolongará en el tiempo de la Iglesia. El primer acto de la vida pública de Jesús consiste en una inmersión, mediante la cual nos muestra que ha venido a sumergirse en nuestra realidad para hacernos participar de la suya. No sólo se encarna en medio de nosotros; nace y crece, como cualquiera de nosotros; y sin tener pecado alguno, quiso ser contado entre los pecadores. Lo que Jesús estaba haciendo era anticipar con su bautismo de penitencia, la misericordia que más adelante ejercería con los pecadores y preparando el momento del final de su vida con su muerte en la cruz. El sentido del bautismo de Cristo va más allá de la solidaridad con el hombre, dañado por el mal. Con esta acción, el Señor revelará, ante todo, que ha sido enviado por Dios para salvar al mundo. Así pues, al salir Jesús del agua «se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios descendía». Una voz de los cielos decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco». Estamos, pues, ante una nueva manifestación de Cristo, la de la dignidad de Jesús, ungido por el Espíritu.

El bautismo de Jesús que nosotros recibimos implica un cambio en el propio modo de ver las relaciones con Dios. Cambiar de vida significa practicar la fraternidad y la justicia según las enseñanzas de los profetas. Nosotros estamos llamados en virtud de nuestro bautismo, de fuego y Espíritu Santo como el del Señor, a continuar la misión de Jesús en el mundo actual.

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Lectura del santo Evangelio según san Lucas (Lc 3, 15-16 . 21-22)

En aquel tiempo, el pueblo estaba expectante y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías; Juan dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego»En un bautismo de todo el pueblo, Jesús también se bautizó. Y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto».

 

2019-01-20 “Haced lo que Él os diga”

Segundo domingo del T.O. 

Después de la adoración de los magos en Belén y de su bautismo en el río Jordán, el evangelio de san Juan nos sitúa ante la tercera epifanía o manifestación pública del poder de Jesús, con la prodigiosa conversión del agua en vino. 

Las bodas de Caná son la manifestación del amor esponsal de Dios con su pueblo, simbolizado en el vino de la Alianza. Y por Cristo se lleva a cabo el vino nuevo de la Nueva Alianza.

Pero con este escenario de la Nueva Alianza, y junto con Jesús, contemplamos a su madre María y su sensibilidad para descubrir las necesidades de los invitados, y su libertad de corazón para actuar, aunque “aún no ha llegado su hora”. María nos hace reflexionar acerca de las posibilidades de nuestras tinajas y esperar lo que Jesús puede transformar en ellas si se le deja actuar. Una transformación siempre posible cuando acogemos las palabras de Jesús sobre el agua rutinaria de nuestras vidas y le esperamos con asombro. Cuando Jesús ofrece el mejor vino, quiere decir que su mensaje es una fiesta, y a nosotros nos pide no retenerlo sino repartirlo, hacernos solidarios con las necesidades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y reconocerles partícipes de esta fiesta.

Las bodas de Caná es el lugar donde María acompañará a su hijo en el inicio de su vida pública y donde nosotros aprendemos de ella. María nos indica una mirada transformadora sobre el potencial que esconde cada persona y nos invita a hacer lo que Jesús nos dice, pues sabe por experiencia que Dios da en abundancia, que Jesús da siempre más. El signo del mesianismo de Jesús es la abundancia de bienes y, por consiguiente, de gracia. Este evangelio nos demuestra que el reino de Jesús ha comenzado y que éstos son sus signos poderosos. ¿Ellos nos bastan para creer en Jesús como lo hicieron los discípulos?

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

Evangelio según Juan (Jn 2, 1-11) 

Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús se encontraba allí. También habían sido invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo: —Ya no tienen vino. —Mujer, ¿eso qué tiene que ver conmigo? —respondió Jesús—.  Todavía no ha llegado mi hora. Su madre dijo a los sirvientes:  —Haced lo que Él os diga. Había allí seis tinajas de piedra, de las que usan los judíos en sus ceremonias de purificación. En cada una cabían unos cien litros. Jesús dijo a los sirvientes:  -Llenad de agua las tinajas. Y los sirvientes las llenaron hasta el borde.—Ahora sacad un poco y llevadlo al mayordomo—les dijo Jesús. Así lo hicieron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde había salido, aunque sí lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua. Entonces el mayordomo llamó aparte al novio y le dijo: —Todos sirven primero el mejor vino y, cuando los invitados ya han bebido mucho, entonces sirven el más barato; pero tú has guardado el mejor vino hasta ahora. Ésta es la primera de sus señales, la hizo Jesús en Caná de Galilea. Así reveló su gloria, y sus discípulos creyeron en él.

 

2019-01-27 “Hoy se ha cumplido esta Escritura”

TERCER DOMINGO DEL T.O.

Lucas nos introduce hoy su evangelio corroborando la solidez y veracidad de la enseñanza recibida por Teófilo y con la finalidad de confirmar a sus lectores en la fe.

Después de la manifestación del poder de Jesús en su bautismo y en las bodas de Caná, el inicio de su vida pública nos presenta a Jesús en Galilea con la escena de la sinagoga de Nazaret. El discurso de Jesús nos dice que Él es el Mesías esperado para anunciar la Buena Noticia.

El anuncio de la Buena Noticia impregnará todo el evangelio lucano. La Buena Noticia es la visita que Dios hace al pueblo. Y la Buena Noticia a los pobres hay que entenderla en paralelo a devolver la libertad a los cautivos, restablecer la vista a los ciegos, poner en libertad a los oprimidos y predicar un año de gracia.

El año de gracia del Señor evoca el  anuncio del Jubileo (Lev 25, 8-22) previsto cada 49 años, con el perdón de las deudas, la devolución de propiedades y la liberación de esclavos. Por ello el evangelio de Lucas es el evangelio social por antonomasia. Sin embargo, habría que entenderlo como el cumplimiento definitivo de la voluntad de Dios, esto es, la salvación por el perdón de los pecados.

Antes de comenzar a narrar la actividad de Jesús, Lucas quiere dejar muy claro a sus lectores cuál es la pasión que impulsa al Profeta de Galilea y cuál es la meta de toda su actuación. La frase “hoy se ha cumplido” se refiere a la presencia de Jesús, pero la evocación sirve para hacerla vital en la Iglesia en el momento presente.

Las palabras de Jesús comunican liberación, esperanza, luz y gracia a los pobres y cautivos. El Espíritu de Dios está en Jesús orientando toda su vida hacia los más necesitados y oprimidos, para restablecer su dignidad de hijos queridos por Dios. Los cristianos deben seguir el Espíritu de Dios que empuja a Jesús, pues seguirlo es precisamente caminar en su misma dirección. Esta es la orientación que Dios, encarnado en Jesús, quiere imprimir a la historia humana. ¿Estamos caminando en la misma dirección que Jesús? ¿Hemos iniciado el año deseando que sea un año diferente, un “año de gracia”, en que seamos conscientes qué cosas hay que liberar dentro y fuera de nosotros?

 

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Del santo Evangelio según san Lucas (Lc 1, 1-4. 4, 14-21)
Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh ilustre Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido (…) Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor. Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado por todos. Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de sábado entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres, a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a predicar el año de gracia del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír. 

2019-02-10 “Por tu palabra, echaré las redes”

Este evangelio del episodio de la barca con el resultado de la pesca milagrosa nos abre a comprender la vocación de Simón Pedro y de los primeros discípulos. En los relatos anteriores, sólo Jesús anunciaba la Buena Nueva del Reino. Ahora otras personas van siendo llamadas e implicadas en la misión, pero una misión que no es obra de los hombres, sino de Dios, porque es Dios quien tiene la iniciativa.

Simón Pedro es el ejemplo del discípulo que necesita fiarse. Tras su desconfianza primero por la pesca frustrada y, después, tras confiar en la Palabra de Jesús que le indica echar las redes, siente la experiencia de la limitación propia y conciencia de su debilidad ante la misión: "¡Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!".

Confiando en la Palabra del Señor. Simón Pedro experimenta que la Palabra de Jesús es la Palabra de Dios. Aquellos pescadores sintieron la experiencia de la fuerza de Dios, cobraron valor y confianza en Jesús. Simón Pedro y sus compañeros sintieron miedo y desconfianza y, al mismo tiempo, se sintieron poderosamente atraídos por su persona.

Dios es un misterio fascinante: da miedo y, al mismo tiempo, atrae. Pero Jesús aleja el miedo: "¡No tengas miedo!" Llama a Simón Pedro y le compromete en la misión, mandando que sea pescador de hombres. Tras confirmar a Simón Pedro en su vocación, "¡serás pescador de hombres!", los demás discípulos, "dejándolo todo, le siguieron".

Bogar mar adentro y echar las redes son dos acciones que recogen lo nuclear de la vocación cristiana, esto es, lo que ocurre en lo hondo del corazón, conversión, y lo que se despliega hacia los otros y con los otros, misión.

Ninguno de nosotros ha tenido la experiencia de ser directamente llamado por Dios, como Pedro, Juan, Santiago… desde la cercanía de su presencia. Nosotros lo seguimos desde la fe. Pero Dios se ha valido de otras voces y señales para llamarnos. La invitación que hace el Señor a Simón Pedro de echar las redes es la invitación que hoy nos hace a sus seguidores. Es la invitación a que miremos si en nuestra vida cristiana estamos confiando o por el contrario nuestros planes pueden más que los de Dios.

 

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Del Evangelio según Lucas (Lc 5,1-11)

En aquel tiempo, estaba Jesús a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios, cuando él vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar.» Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.» Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.
Al verlo, Simón Pedro cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.» Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.» Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

 

2019-02-17 “Dichosos los pobres; ¡ay de vosotros, los ricos!”

SEXTO DOMINGO DEL T.O.

El evangelio nos presenta el relato según san Lucas de las bienaventuranzas, que podemos afirmar es la predicación más conocida de Jesús, cuyo paralelo es el relato del capítulo quinto de san Mateo.

Las bienaventuranzas describen las circunstancias en que se encuentran los seguidores de Jesús: son pobres, están hambrientos, lloran, son odiados y perseguidos por causa de Jesús. Frente a esta situación, Jesús propone un nuevo decálogo de la nueva Alianza,  las bienaventuranzas son una invitación a un nuevo estilo de vida cristiano. No son meros valores de solidaridad, es un nuevo programa, exigente y gozoso a la vez, que de ninguna manera inculca la “resignación” a los necesitados y oprimidos, o la inactividad frente al desorden y la injusticia.

Todo lo contrario, con sus antagonismos, san Lucas alerta y llama a la conversión. No se puede hablar de pobres ni de pobres de espíritu sin una tensión real hacia el desprendimiento. Y es que la pobreza crea más actitud de generosidad, menor confianza en sí mismo y en los propios recursos, y por consiguiente mayor confianza en Dios. Tampoco Jesús propone un tipo de organización social, pero sienta las bases y señala las pautas de toda verdadera fraternidad, rechazando el apego desordenado a la riqueza, la seguridad de los satisfechos, y las estructuras de injusticia.

Las bienaventuranzas son una paradoja, porque invierten los criterios del mundo apenas se ven las cosas desde la escala de valores de Dios, que es distinta de la de los hombres. Precisamente los que según los criterios del mundo son considerados pobres, hambrientos, afligidos y odiados por causa de Jesús, son los realmente dichosos, bendecidos, y pueden alegrarse, no obstante todos sus sufrimientos, porque las bienaventuranzas son promesas en las que resplandece la nueva imagen del mundo y del hombre que Jesús encarna superando las limitaciones de la naturaleza humana y de las estructuras sociales y temporales.

La novedad que Jesús quiere construir viene de la experiencia que tiene de Dios, Padre lleno de ternura que acoge a todos con todas sus situaciones de pobreza, de hambre, de aflicción y de persecución. Dimensiones que el mismo Jesús pobre, sufrido, odiado y perseguido, completó en su vida, y que se nos ofrecen como camino de humanización y de felicidad.

 

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Del Evangelio según san Lucas (Lc 6, 17. 20-26)

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se detuvo en un paraje llano; había un gran número de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y Sidón (…) Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, dijo: “Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.
Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Dichosos los que lloráis ahora, porque reiréis. Dichosos seréis cuando los hombres os odien, cuando os excluyan, os insulten y proscriban vuestro nombre como infame por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban vuestros padres a los profetas.

Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y llorareis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!  Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas”.

 

2019-02-24 “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”

El Evangelio de este domingo, continuación del relato de las bienaventuranzas, nos enfrenta con un reto que parece imposible. Imposible para nosotros, pero no para Dios: Amad a vuestros enemigos. Se nos vienen a la memoria santos que sí lo han logrado: por ejemplo, los mártires mueren con palabras de perdón en sus labios. En el Evangelio, Cristo enseña y demuestra lo que es posible para Dios: el amor continuo y universal, que ni admite fronteras (pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?), ni se reserva preferencias de personas o propiedades de objetos (a quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames), ni espera la recompensa de su acción (y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis?).

El argumento fundamental para esta actitud viene de Dios. Nuestros “enemigos” son también hijos de Dios y dignos de respeto y amor.

El trasfondo del mensaje del Evangelio es que el hombre se hace imagen de Dios cuando ama y cuando se compadece de los que son también imagen e hijos de Dios. Jesús nos enseña cómo ser imagen de Dios: siendo compasivos y misericordiosos.

El camino que propone Jesús no es un camino fácil o convencional. Pero tampoco es imposible, porque él lo pudo realizar, y nosotros deberíamos imitarlo, porque como seguidores de Jesús no podemos tener los mismos criterios que predominan en el mundo.

A pesar de la dureza de este Evangelio, hay una promesa de recompensa, grande y desproporcionada a la generosidad empeñada. Porque el amor no se pierde en la nada.

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Lucas 6, 27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 
—«A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. 
Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. 
Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. ¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. 
Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.» 

 

2019-03-02 “Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra”

CUARTO DOMINGO DEL T.O

Continuando la escena en la sinagoga de Nazaret, el evangelista Lucas recoge la reacción a las palabras de Jesús cuando viene a cumplir la profecía de Isaías al proclamarse como el Mesías. Por un lado, los presentes se admiran, pero después cambia su ánimo. No aceptan que Jesús sea el Mesías anunciado por Isaías. Quedan escandalizados porque Jesús habla de una buena noticia de acogida y liberación también para los gentiles.

Para ayudar a la comunidad a que supere el escándalo, Jesús recuerda las dos historias de Elías y de Eliseo. Elías fue enviado a la viuda de Sarepta(1 Re 17,7-16). Eliseo fue enviado a ocuparse del leproso extranjero de Siria (2 Reyes 5, 1-15). Ambas historias sirven para poner de manifiesto el prejuicio religioso y regionalista de la gente de Nazaret. El evangelista quiere mostrar que la apertura hacia los gentiles viene de Jesús, y que la salvación es para todos. Y a pesar de que Jesús se proclama Mesías, finalmente parece que no aceptan su propuesta, porque era uno de los suyos, no era el caudillo político que esperaba Israel.

¿Por qué les cuesta reconocer a Jesús como Hijo de Dios a pesar de los prodigios que venía obrando desde el inicio de su vida pública?

Aunque toda su vida y obras se habían vuelto transparentes, Jesús era demasiado humano y normal, un hombre como los demás, tan cercano a ellos que sus paisanos no pueden darle crédito. Jesús no es profeta en su propia tierra.

Jesús nos descubre que Dios actúa y salva, imprevisiblemente, y a través de aquellos que no esperaríamos, incluso extranjeros y distintos, simplemente por pura gracia divina. Es normal que nos cueste reconocer a Dios en las cosas y personas. Pero Jesús nos enseña una manera diferente de mirar no atada a la costumbre ni enturbiada de prejuicios.

Aceptemos que Dios pueda manifestarse en las cosas cotidianas y en las que ocurren de forma excepcional; valoremos y amemos a los cercanos, a los prójimos, y también a los lejanos, los de fuera de nuestro entorno, y llevemos a reflexión si estamos dispuestos a acoger, tolerar y aceptar.

 

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Lucas (Lc 4, 21-30)

 

En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: "Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír." Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: "¿No es éste el hijo de José?" Y Jesús les dijo: "Sin duda me recitaréis aquel refrán: "Médico, cúrate a ti mismo"; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún." Y añadió: "Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, mas que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, mas que Naamán, el sirio." Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús pasó por medio de ellos y se alejaba.

2019-03-03 “No juzguéis y no seréis juzgados”

Domingo VIII del T.O

El Evangelio de hoy, continuación del texto del domingo anterior, que estaba dedicado al amor a los enemigos, ahora concreta con detalle cómo deben ser las relaciones de convivencia entre los hermanos, esto es, el amor en la comunidad.  

Jesús aquí nos previene acerca de la actitud de juzgar a los demás. Constantemente estamos criticando a nuestros hermanos, por lo que piensan, por lo que hacen, por lo que dicen. Jesús nos aclara que quien juzga a los hermanos se equivoca, simplemente porque toma el lugar de Dios. El único que juzga es Dios. Jesús denuncia así a los fariseos, a los que denomina hipócritas, quienes para juzgar y resolver aplicaban su propia ley, y no la de la misericordia, enseñada por los profetas. Pero es más: Jesús, delante del Padre, nunca acusa; al contrario:defiende y perdona.

Quien juzga no sólo se equivoca, también se puede confundir. Y quien juzga terminará mal, porque la misma medida será usada para juzgarle a él. Quien se equivoca de sitio porque toma el lugar de Dios termina siendo juzgado con la medida con la que él juzga.

Cuando juzgamos a los demás, sin tener compasión de los pecados del prójimo, y lo juzgamos severamente, quiere decirse que no estamos todavía purificados. Los padres del desierto decían: “Cada vez que tapamos el pecado de nuestro hermano, Dios tapa también el nuestro. Y cada vez que denunciamos las faltas de los hermanos, Dios hace lo mismo con las nuestras”. Por tanto, para dar un fruto bueno es preciso reconocer nuestras debilidades, ser consecuentes y cambiar la actitud de juzgar por la de la generosidad.

Conocer nuestra debilidad nos ayudará a ser un poco más comprensivos, nos ayudará a aceptarnos y a aceptar a los demás. Conocer nuestras propias limitaciones, admitirlas y reconciliarnos con ellas, nos capacita para caer en la cuenta que los otros también tienen que soportar nuestras carencias. Sólo el amor sana las heridas. Nuestros pecados, nuestras equivocaciones, nuestros errores, nos tienen que servir para crecer en comprensión, amabilidad y humildad hacia los demás. Necesitamos aceptar los fallos y aprender de los errores para sanarlos.

 

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Lucas 6, 39-45

En aquel tiempo, Jesús ponía a sus discípulos esta comparación: ¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Será como el maestro cuando esté perfectamente instruido. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: `Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo', si no ves la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano. Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, de la maldad saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca.

2019-03-17 “Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle”

Domingo II de Cuaresma.

La transfiguración narrada por Lucas tiene lugar en el contexto del primer anuncio de la muerte y resurrección de Jesús. Es una escena llena de simbolismos, se trata de una manifestación de Dios que revela anticipadamente la gloria pascual.

Jesús va al monte con estos tres discípulos que tenían grandes dificultades para entender el mesianismo no triunfalista de Jesús. El pasaje refuerza la persona y misión de Jesús, de quien dudaban los discípulos. Primero nos dice que la actividad de Jesús estaba de acuerdo con el Antiguo Testamento: la Ley, representada por Moisés, y los Profetas, representados por Elías. Segundo, la voz del cielo les manda que escuchen a Jesús. Tercero, la desaparición de los dos dialogantes significa que debemos escuchar sólo a Jesús, quien, mostrando su divinidad resplandeciente en su cuerpo humano, se presenta como realmente es, resplandor de la gloria del Padre, imagen de su ser, como leemos en Hebreos 1, 3. 

La transfiguración y el diálogo de Jesús con Moisés y Elías sobre su destino en Jerusalén, nos desvela una de las constantes de la vida cristiana, la unión simultánea de dos aspectos opuestos pero no contrastantes del único misterio pascual de Cristo: muerte y resurrección, cruz y gloria.

Esta constante también ocurre en la vida humana: Cuando algo nos sobrepasa nos impide ver, entender, precisar, asegurar y, automáticamente y por nuestra condición humana, entramos en miedo, en temor porque no sabemos qué va a pasar, y ante la duda, el miedo o temor es lo primero que hace su aparición.

Y lo que vieron los discípulos les fortaleció y reconfortó (“qué bien se está aquí”), porque Jesús les mostró su rostro. Contemplar el rostro de Dios fue siempre un anhelo del creyente en el Antiguo Testamento:“Señor, yo busco tu rostro, no me escondas tu rostro” (salmo 26), visión que en el monte Tabor se cumplió con el fin de robustecer la fe e infundir valor.

Jesús se compromete a favor de los hombres, y con esta visión nos prepara para creer en la Resurrección y no quedar paralizados por los tiempos duros, sino entender que son el camino de la gloria.

Para entrar en unión con Dios como los tres discípulos, para adentrarnos en el sentido último de las cosas, en el misterio que hace que las cosas se transfiguren y cobren nuevo aspecto, debemos escuchar a Jesús, contemplarlo en la Sagrada Escritura. Nos damos cuenta que ésa es la vida del creyente de hoy: Levantarse, contemplar la gloria y, al mismo tiempo, cargar con la cruz de cada día. Si miramos el sol, sólo lo podemos hacer por unos breves instantes, porque con el deslumbramiento, las demás cosas aparecen obscurecidas. En esta vida podemos desear la gloria, porque es adonde vamos, pero tenemos que seguir caminando. No será fácil, tenemos que esforzarnos en los tramos más difíciles. Pero Jesús nos muestra su luz para poder volver a la realidad y poder aceptarla, y con fe, transformarla en salvación.

En esta cuaresma acompañemos a Jesús para orar como hicieron estos tres apóstoles, y si estamos poco acostumbrados al silencio, a la introspección y a la oración, quizá nos dejemos vencer por el sueño, igual que les pasó a los apóstoles. Pero estemos atentos a escuchar, a sorprendernos por la palabra y las obras de Jesús, y vivirlas.  Ésa debe ser nuestra actitud. 

 

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Lucas 9, 28b-36

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.» Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto. 

 

 

2019-03-24 “Dios no castiga”

Domingo III de Cuaresma

Seguimos avanzando por el camino de la Cuaresma. El evangelio de hoy nos plantea este eterno problema: ¿son el mal y la muerte consecuencias del pecado? ¿Por qué si somos buenos a veces nos ocurren males?

Jesús nos responde con el relato de los galileos y judíos muertos por causa violenta, seguido de la parábola de la higuera. Y aborda una preocupación que ha llegado a nuestro tiempo. Noticias terribles como los desastres meteorológicos, el cambio climático, el terrorismo, las guerras, el hambre, las enfermedades, la desestabilización política y social, la violencia, las injusticias, la muerte de seres queridos, etc., nos hacen pensar con preocupación que los sufrimientos de la vida, sobre todo de las personas inocentes, tienen que ver con la amistad o enemistad con Dios. Así lo creían los judíos y así lo seguimos creyendo en nuestra mentalidad occidental. Los males se consideran castigos, y los bienes, premios. Cuando todo va bien, creemos que estamos en paz con Dios, y si ocurre al contrario, tendemos a pedirle explicaciones, tendemos a juzgar.

El problema del mal no tiene una solución satisfactoria si pretendemos exigir de Dios una explicación tranquilizadora. Dios no interviene contra la libertad de las personas aunque realicen el mal, ni contra las leyes naturales; pero eso no significa que Dios está contra nosotros. Es decir, Dios no castiga a los culpables, pero tampoco nosotros, porque nos creamos más justos que los demás, nos libraremos del mal. Y Jesúsenseña otra lección: Los que murieron no solamente no eran más pecadores que los demás, sino que todos, delante de Dios, somos igualmente pecadores y tenemos que convertirnos. Jesús insiste que todos pereceremos, es decir, seremos confundidos, si no nos convertimos, si no cambiamos de mentalidad y dejamos de juzgar a los demás como buenos y malos.

¿Acaso los miles de personas inocentes que mueren de forma violenta padecieron la muerte porque eran más pecadores que nosotros? Por supuesto que no, pues Dios no es un legislador cuya misión es castigar a quienes pecan. Mejor es preocuparnos por nuestra propia conversión y no juzgar a los demás sobre si su sufrimiento es merecido o no. Los acontecimientos dolorosos de la vida y el sufrimiento no significan que nuestros prójimos sean amados o abandonados por Dios.

En la segunda parte del evangelio, la parábola de la higuera nos muestra el camino de la conversión. La higuera, que simboliza al pueblo de Israel, ha de dar fruto en tres años (número que significa plenitud). Jesús cuenta esta parábola para educarnos sobre un modo de estar en la vida de creyentes. Aguarda el tiempo necesario para que la higuera dé su fruto, y mientras tanto sigue cuidando de ella. Porque el proyecto de Dios es que a todos llegue su amor. ¿Y si transcurre el año y no llega a fructificar? ¿la cortará? Ahora ya sabemos que no. Es su gran amor el que hace infinitamente paciente al hortelano, que no se cansa de darnos nuestro tiempo para madurar. Porque Dios quiere que seamos felices. No es fácil entender este comportamiento de la misericordia si estamos acostumbrados a juzgar.

Dios nos da todo el tiempo del mundo. Pero el tiempo para dar fruto es limitado: es el tiempo de nuestra vida. Somos únicos, irrepetibles, tenemos una tarea asignada, y Dios no la puede suplir. Y si no la llevamos a cabo, esa tarea se quedará sin realizar y la responsabilidad será nuestra. Ni Dios, ni nadie, vienen a premiarme o castigarme. Cumplir la tarea será el premio, no cumplir la tarea sí es un castigo, porque perderemos las oportunidades que vienen de Dios.

No nos hagamos ilusiones: no somos más privilegiados sólo por conocer a Dios, sino que Dios espera frutos de todo lo que ha sembrado en nosotros. Y si no nos convertimos, no daremos fruto. Convirtámonos, sin temor, porque Dios es como el hortelano paciente, siempre está dispuesto a darnos nuevas oportunidades. La tarea de la persona cristiana no es hacer muchas cosas sino hacerse, tomar conciencia del propio su ser y vivir esa realidad a tope.

                                                                      Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

 

Evangelio según san Lucas 13, 1-9

En aquel tiempo llegaron a Jesús algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque acabaron así? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a ocupar terreno en balde?" Pero él le respondió: "Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, las cortas."

2019-03-31 “Alégrate, este hermano estaba perdido y lo hemos encontrado”

Domingo IV de Cuaresma

El evangelio de hoy nos ofrece la parábola quizá más reveladora de Lucas con la que Jesús enseña asombrosamente cómo es nuestro Padre Dios. Un padre reparte por igual la herencia a sus dos hijos, y deja marchar al menor de ellos; pero éste, después de padecer mala ventura malgastando el dinero, decide regresar a su padre, que le perdona y celebra el reencuentro. El hijo mayor, que permanece y cumple rectamente con sus deberes, no asume el comportamiento de su padre ni acepta a su hermano. En este contexto, la parábola, en lugar del hijo pródigo, debería denominarse del padre misericordioso, que es el verdadero protagonista: sale al encuentro del hijo menor que vuelve a casa, pero también al encuentro del hijo mayor, que protesta porque su hermano ha sido recibido sin el menor reproche y con una fiesta.  

Más allá del significado de “este hijo estaba muerto y ha revivido” -que se menciona dos veces-, y la llamada a la conversión, nos interesa aquí la actitud del padre de la parábola, que supera la lógica justicia, sobre todo la justicia vindicativa: la del ojo por ojo y diente por diente. No piensa en pedir cuentas, no piensa en castigar, no mide el daño causado; por tanto, no condena. Simplemente se desborda de alegría por recuperar al hijo perdido. Tanto que al hijo mayor (con justa lógica) le parece muy mal que sea perdonado.

En la mayoría de los casos, solemos identificarnos con el hijo menor que vuelve a la casa del padre. Pero la enseñanza se dirige a los fariseos, que están del lado del hijo mayor. Éste observa la fiesta y experimenta que su padre también le estaba ofreciendo ese amor desde hace mucho, pero no tenía un corazón agradecido. Los fariseos se creían justificados y con la vida asegurada; para ellos Dios es sobre todo Ley y viven bajo el cumplimiento de deberes, y desprecian a los que no son como ellos: “ese hijo tuyo” le dice el mayor con desdén al padre; “ese hermano tuyo”, le responderá el padre conmovido; porque Jesús enseña que Dios es algo más que Ley.

Hay dos clases de hombres: los unos pecadores, que se creen justos; y los otros justos, que se creen pecadores (Pascal). Mientras nosotros seguimos clasificando a sus hijos, Dios nos sigue esperando a la puerta a todos. La medida de Dios no es la nuestra, la lógica de Dios no es nuestra lógica. Es Padre de todos, reparte a todos la herencia por igual. Explica el Papa Francisco: “Nosotros presumimos que somos justos, y juzgamos a los demás. Juzgamos también a Dios, porque pensamos que debería castigar a los pecadores, condenarlos a muerte, en lugar de perdonar. ¡Entonces sí que corremos el riesgo de permanecer fuera de la casa del Padre! Como ese hermano mayor de la parábola, que en lugar de estar contento porque su hermano ha vuelto, se enoja con el padre que lo ha recibido y hace fiesta. Si en nuestro corazón no hay misericordia, la alegría del perdón, no estamos en comunión con Dios, incluso si observamos todos los preceptos, porque es el amor el que salva, no la sola práctica de los preceptos. Es el amor por Dios y por el prójimo lo que da cumplimiento a todos los mandamientos. Y esto es el amor de Dios, su alegría, perdonar. Nos espera siempre. Quizá alguien tiene en su corazón alguna culpa grave, pero Él te espera, Él es Padre. Siempre nos espera” (Papa Francisco, Angelus del15.09.2013). Debemos ser conscientes que es Dios y no nosotros quien comienza el movimiento de conversión: “No me buscarías si no me hubieras ya encontrado”.

Resumiendo: con esta parábola Jesús nos muestra al Padre, Dios que se adelanta a todos, ama tiernamente a sus hijos y quiere hacer de la reconciliación entre los hermanos y de los hijos con su Padre una fiesta de reencuentro, alegría y perdón. Además, el hijo mayor supone una llamada de atención sobre nuestras actitudes de pretendida seguridad: ¿Somos testigos del amor misericordioso de Dios? ¿Nos ocupamos de los alejados de la fe y de la Iglesia? ¿Estamos construyendo comunidades abiertas que comprenden, acogen y acompañan a quienes buscan a Dios aun siendo diferentes? ¿Ofrecemos amistad o miramos con recelo? ¿Levantamos barreras o tendemos puentes? Sin esas condiciones, el banquete de los dos hijos no será una fiesta plena del encuentro y de la comunión.

 

                                                                      Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Lucas (15, 1-3.11-32)

En aquel tiempo, solían acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: - «Ese acoge a los pecadores y come con ellos.» Jesús les dijo esta parábola: - «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna." El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros." Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo," Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado." Y empezaron a celebrar el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó: "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud." El se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo Entonces él respondió a su padre: "Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado." El padre le dijo: "Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado"».

2019-04-07 “En adelante no peques más”

Domingo V de Cuaresma, ciclo C

A partir de hoy entramos en el denominado tiempo de pasión, que precede al próximo domingo de Ramos e inicio de la semana santa. La liturgia, desde el pasado lunes propone la lectura continuada del último periodo de la vida pública de Jesús según el evangelio de san Juan, queriendo suscitar nuestra conversión con la mirada puesta en la cercana pasión del Señor.

El evangelio de este domingo nos ofrece el relato de la mujer adultera, que no aparece en el resto de evangelios sinópticos. Un análisis de este relato muestra una sintonía con el evangelio de Lucas, tan favorecedor de la mujer oprimida. Pero aunque se duda que el mismo san Juan fuese su autor, se trata de un relato de historicidad probada.

Los escribas y fariseos, deseosos de poner a prueba a Jesús, se le acercan para tenderle una trampa, como en otras ocasiones. La ley de Moisés dejaba claro que la adúltera debía morir; si Jesús aceptaba esta sentencia, se pondría en entredicho todo su mensaje centrado en la misericordia de Dios y el perdón de los pecados. Por contra, si Jesús no condenaba a la adúltera, se estaría rebelando contra la misma ley de Dios; aquello hubiese supuesto el fin de todo su movimiento: ningún judío podía ser seguidor de alguien que negase la ley de Moisés.

Imaginémonos una escena tensa, con la mujer en medio. La gente que escucha a Jesús se queda a la expectativa. Pero Jesús, con una de sus frases geniales, va a la médula del asunto: «El que esté sin pecado, que tire la primera piedra.» Y de nuevo vuelve a escribir en el suelo (probablemente escribe la nueva Ley).

Los acusadores recibieron el impacto de las palabras y del gesto de Jesús. Habían llevado ante Jesús a una mujer que había infringido la ley de Moisés, la cual no dejaba lugar a dudas. Pero los que estaban decididos para ejecutarla, con un simple gesto de Jesús y una breve frase, quedan desarmados. Jesús no entra a discutir la ley ni condena a la mujer, tan sólo les pide que se interroguen sobre su propio pecado, porque ¿qué pretendían con su juicio? Los fariseos tampoco se reconocen culpables y necesitados de perdón.Sea como sea, acaban marchándose todos, hasta el último: los más viejos entendieron el mensaje antes que los jóvenes.

Cuando se juzga a los demás, se rechazan las propias cosas. Por ello, los que querían apedrear a la adúltera se van retirando, uno a uno, con la certeza de que todos mereceríamos el mismo castigo si Dios aplicase justicia. Las palabras de Jesús proponen pasar de la ley que debe ser ejecutada, a la ley que debe ser interiorizada. Cristo nos hace ver que sólo Él puede juzgar los corazones de los hombres.

Jesús es el único que tiene auténtica autoridad para condenar a la mujer. Pero decide no hacerlo. Por otra parte, tampoco acepta el pecado, pues le dice «en adelante no peques más». Al final del evangelio leemos que Cristo perdona los pecados de esta mujer y a la vez le exhorta a una conversión de vida. Así, Jesús reconoce a la mujer, la anima y la bendice al dejarla libre, le devuelve la posibilidad de volver a amar y de ser amada.

El perdón de Jesús es un acontecimiento nuevo, supone un cambio, un antes y un después en la vida de la pecadora. El antes y el ahora son dos realidades distintas. En el «antes» están el pecado y el juicio, en el «ahora» sobreviene gratuitamente el perdón misericordioso de Dios. Es precisamente ese perdón, como acontecimiento transformador, el que hace posible que la mujer «ya no peque más».No se trata de una palmadita en la espalda de la mujer, sino de la gracia de Dios que viene a nuestra vida para hacer posible el arrepentimiento. Lo que la pecadora no sabe es que quien le habla dará su vida para el perdón de los pecados; será el propio Jesús, con su muerte en la cruz. La muerte y resurrección de Jesús será el auténtico punto de inflexión de la historia, la auténtica fractura entre el «antes» y el «ahora» del tiempo universal.

El ser humano sin Dios no puede salir del círculo vicioso del pecado; el amor de Dios se derrama en forma de perdón para darle la posibilidad de romper este círculo y recomenzar de nuevo.

La respuesta que da Jesús a los fariseos nos enseña que Dios aborrece el pecado. pero ama hasta el extremo al pecador. Así es como Dios se revela infinitamente justo y misericordioso.
Desprendámonos del peso de las acusaciones contra los demás y aceptémoslos, reconociendo también nuestras heridas, con la misericordia de Jesús.                                                                                                                      

                                                                                                                                                                                                Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?» Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.» E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor.» Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.» 

2019-04-14 “He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer”

Domingo de Ramos, ciclo C

Hoy es Domingo de Ramos. Este día marca el fin de la Cuaresma y el inicio de la Semana Santa, tiempo en que se celebra la pasión, crucifixión, muerte y resurrección de Cristo. Los cristianos hoy conmemoramos la entrada de Jesús en Jerusalén y su aclamación como Hijo de Dios. Es el día en que proclamamos a Jesús como el pilar fundamental de nuestras vidas, tal como lo hizo el pueblo de Jerusalén cuando lo recibió y aclamó como profeta, Hijo de Dios y rey. Jesús entró en Jerusalén montado sobre un asno y fue aclamado como rey por sus seguidores, quienes extendieron mantos, ramas de olivo y de palma a su paso. Gritaban: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”;“¡Hosanna en las alturas!”.  Por esta razón, la eucaristía del Domingo de Ramos tiene dos momentos importantes.

El primer momento es la bendición de los ramos de olivo y las palmas, con su procesión. Los ramos de olivo y de palma son el signo por excelencia de la renovación de la fe en Dios. Se les atribuye ser un símbolo de la vida y resurrección de Jesucristo. Asimismo, recuerdan también la fe de la Iglesia en Cristo y su proclamación como Rey.

El segundo momento es la lectura de la Pasión del Señor, en el relato de san Lucas. La Pasión es el final del recorrido de la vida de Jesús, el momento culminante de su misión con la donación de la Eucaristía y su muerte voluntaria en la cruz. Por tanto, el objetivo de las lecturas de hoy es contemplar a Jesús crucificado en su Pasión.

 

Hoy reflexionamos acerca de este Jesús crucificado. La crucifixión es un acto que aparentemente mostraría el fracaso de toda su vida, pues aquí Jesús ha renunciado a su divinidad. Según el relato evangélico, los que pasaban sobre la colina del Gólgota ante Jesús colgado en la cruz se burlaban de él y, riéndose, le decían: «Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz». Jesús no responde. Su respuesta es silencio. Para nosotros las preguntas son inevitables: ¿Cómo es posible ver a Dios crucificado? ¿Por qué Dios elige una cruz? ¿Qué significa esta muerte? ¿No es el fracaso de la vida y religión de Jesús?

Dios crucificado constituyó un escándalo para los judíos y fracaso para los gentiles, y hoy nos obliga a cuestionar todas las ideas que los hombres y mujeres nos hacemos de Dios, al que atribuimos cualidades y valores humanos. Porque este Crucificado que contemplamos no tiene el rostro ni los rasgos que solemos atribuir a Dios.

El Dios crucificado no es un ser omnipotente y poderoso, superior, inmutable y ajeno al sufrimiento de los hombres, sino un Dios humillado que sufre con nosotros el dolor, la angustia y hasta la misma muerte. Ante la Cruz, o bien la rechazamos porque nos incomoda, o bien nos abrimos a una comprensión nueva y sorprendente de Dios que, encarnado en nuestro sufrimiento, lo transforma porque lo asume y también porque nos ama con todas las consecuencias.

Ante el Crucificado empezamos a intuir que Dios, en su último misterio, es alguien que sufre con nosotros. Nuestra miseria le afecta. Nuestro sufrimiento lo hace suyo. No existe un Dios al margen de nuestros dolores, lágrimas y miserias. Él está en todos los calvarios de nuestro mundo, solidarizándose siempre.

Este Dios crucificado nos pone mirando hacia el sufrimiento, el abandono y el desamparo de tantas víctimas de la injusticia y de las desgracias, otros tantos crucificados como él. Es con este Dios con quien nos encontramos cuando nos acercamos a cualquier hombre y mujer que sufre. Los creyentes no podemos evitar toparnos con el Dios crucificado cada vez que vemos dolor en tantos hermanos.

La manera más auténtica de celebrar la Pasión del Señor es reavivar nuestra compasión y solidaridad. Sin compromiso ni solidaridad ante los hermanos crucificados, no demostraremos la fe en el Jesús que se hace igual a nosotros para compadecerse de nosotros. Cuando meditemos la Pasión y adoremos la Cruz, pongámonos siempre mirando hacia quienes viven sufriendo cerca o lejos de nosotros y nos necesitan.

 

                                                                    Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas (22, 14-23, 56)

(Debido a la extensióndel relato de la Pasión, proponemos aquí un breve resumen de su contenido)  

La comida pascual. La institución de la Eucaristía. El anuncio de la traición de Judas. El carácter servicial de la autoridad. La recompensa prometida a los discípulos. El anuncio de las negaciones de Pedro. El combate decisivo. La oración de Jesús en el monte de los Olivos. El arresto de Jesús. Las negaciones de Pedro. Ultrajes a Jesús. Jesús ante el Sanedrín. Jesús ante Pilato. Jesús ante Herodes. Jesús y Barrabás. El camino hacia el Calvario. La crucifixión de Jesús. Injurias a Jesús crucificado. El buen ladrón. La muerte de Jesús. La sepultura de Jesús.

2019-04-21 “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado”

Domingo de Pascua

En este día gozoso celebramos la resurrección de Jesús. Hoy es el día más grande de todo el año. Durante cuarenta días nos hemos purificado para acercarnos a la pascua de Jesús, y después de toda esta preparación de la Cuaresma, de todo este tiempo en el cual procuramos ir adentrándonos en el misterio grande de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, por fin llegamos a esta noche santa.

El evangelio nos presenta la tumba vacía, que despierta admiración y una gran pregunta. Los discípulos estaban paralizados por el miedo, la culpabilidad y el desconcierto, pero las mujeres, que habían acompañado a Jesús hasta la cruz y su sepultura, se pusieron en camino. Les mueve la certeza de la muerte; pero no se quedan quietas. Las mujeres comunican a los discípulos la desaparición del cuerpo de Jesús, que se conmocionan, que no creen. Pedro, que no creía al comienzo, sale hacia el sepulcro, y constatará más tarde la resurrección.

Lo que nos dice el evangelio es que tal certeza habitaba en el corazón de los seguidores de Jesús desde esa mañana de Pascua, cuando las mujeres escucharon las palabras de los ángeles que les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, HA RESUCITADO».

«¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?». Estas palabras resuenan también en nuestros corazones aquí y ahora; ¿cuántas veces, en nuestro camino cotidiano, necesitamos que nos lo digan? ¿Cuántas veces buscamos la vida entre las cosas muertas, entre las cosas que no pueden dar vida, entre las cosas que hoy están y mañana ya no estarán, las cosas que pasan transitoriamente...? La realidad es que Jesús ya no se encuentra entre los muertos, ni entre todos aquellos que se aferran a esta vida y a las cosas de esta vida y que por eso viven como muertos.

La resurrección de Jesús es la clave para entender su vida y la nuestra, es el origen de nuestras propias resurrecciones, una y otra vez purificados y elevados de nuestras debilidades. Jesús resucita para nosotros, para asociarnos a su resurrección. Nos fue fiel hasta la muerte y nos sigue siendo fiel en la resurrección. La última verdad de Jesús es que es enteramente amor y el amor no puede quedar enterrado en un sepulcro. Si la crucifixión fue un espectáculo cruel, un intento de exterminar a Jesús y acabar con sus seguidores, la resurrección, en cambio, será una experiencia personal que cambiará el curso de la historia y de la comunidad de creyentes, la Iglesia. Jesús vive en aquellos que por la fe creen en que él está vivo. Por eso, es la fe lo que vence al mundo. Los discípulos transformados por el resucitado saldrán al mundo como testigos fuertes de la novedad que da sentido a la historia y a la vida.

Que nosotros creamos profundamente en esta presencia viva de Jesús más allá de lo que los sentidos nos puedan decir, más allá de lo que nuestro propio sentimiento nos pueda reflejar.    

                                                                     Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Lucas (24, 1-12)

El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y, entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Ellas quedaron despavoridas y con las caras mirando al suelo y ellos les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. HA RESUCITADO. Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar». Y recordaron sus palabras. Habiendo vuelto del sepulcro, anunciaron todo esto a los Once y a todos los demás. Eran María la Magdalena, Juana y María, la de Santiago. También las demás, que estaban con ellas, contaban esto mismo a los apóstoles. Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron. Pedro, sin embargo, se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose, ve solo los lienzos. Y se volvió a su casa, admirándose de lo sucedido.

2019-04-28 “Paz a vosotros”

II Domingo de Pascua.

Hoy es el II domingo de Pascua. El Papa Juan Pablo II estableció que en toda la Iglesia este día, el domingo siguiente a la Pascua, se denomine también Domingo de la Misericordia Divina.

El evangelio de hoy relata la experiencia de los discípulos en presencia de Jesús resucitado. Pero la manera en que relata esa experiencia indica que la fe en Jesús es un proceso que se enfrenta a dificultades y que requiere renovación continua.

Al comienzo de este pasaje, encontramos a los discípulos encerrados “por miedo de los judíos”. El evangelio de Juan presenta a los líderes judíos como los enemigos principales de Jesús. A pesar de que las puertas están cerradas, Jesús se muestra a los discípulos con su presencia acompañada por la paz y por la vida resucitada, en el lugar de las marcas de la muerte de manos y costado. La presencia de Jesús convierte el miedo de los discípulos en alegría. Como los creyentes lo hacemos hoy en día durante el tiempo de Pascua, los discípulos “se regocijaron” ante la presencia de Jesús resucitado. Luego Él les ofrece la paz por segunda vez. La primera oferta de paz fue en respuesta al miedo de los discípulos. Este segundo don de la paz se presenta como una confirmación de la alegría de los discípulos, y como envío a la misión. La implicación para los cristianos es que la paz de Jesús penetra la vida entera del discípulo, tanto en los tiempos buenos como en los malos. No siempre vamos a experimentar temporadas de alegría en nuestras vidas, y este relato del cuarto evangelio nos recuerda que la paz de Jesús está ahí en todos los tiempos. Jesús además, al enviar a los discípulos, les otorga el Espíritu Santo. Es un Espíritu que va a acompañar a los miembros de la comunidad durante todas las etapas de la vida.

El posterior relato de la incredulidad de Tomás es lo más conocido de este pasaje. Tomás no estaba presente cuando Jesús se les apareció a los discípulos por primera vez, y cuando se le dijo lo que había ocurrido, él insistió en que no iba a creer hasta que no viera a Jesús por sí mismo y tocara las marcas de muerte de Jesús.

Querer ver y comprobar no es en sí mismo algo malo, y de hecho puede ser parte del proceso para llegar a la fe en Jesús.Según san Juan, el testimonio confirmado por la visión presencial de Jesús resucitado es la garantía de la fe. Aquí, en este pasaje, vemos que cuando los discípulos le dicen a Tomás lo que ha sucedido, lo formulan en términos de haber visto al Señor. El deseo de ver a Jesús que tiene Tomás es entendible y las palabras de Jesús no necesariamente señalan que Tomás haya hecho algo malo. Además, después de ver a Jesús resucitado, Tomás realiza una confesión más completa que la de cualquier otro personaje del Evangelio con su exclamación: “¡Señor mío y Dios mío!”. “Jesús nos invita a mirar sus llagas, nos invita a tocarlas, como a Tomás, para sanar nuestra incredulidad. Nos invita, sobre todo, a entrar en el misterio de sus llagas, que es el misterio de su amor misericordioso” (Homilíade S.S. Francisco, 12 de abril de 2015).

Celebremos nuestra fe en Jesús resucitado con gratitud y alegría durante este tiempo de Pascua, pero debemos reconocer también que nuestra fe en la resurrección es un proceso que va más allá de la alegría que sentimos en la Pascua. No sólo tendremos momentos de alegría en nuestra relación de fe con Dios. Como les pasó a los discípulos, también tenemos momentos de miedo, incredulidad y duda. Pero el poder de nuestra fe en la resurrección es demostración de que la paz de Jesús y el don del Espíritu Santo permanecen con la comunidad siempre y en todo momento y a pesar de todo.

 

                                                                    Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Juan (20, 19-31)

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventuradoslos que crean sin haber visto».Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

2019-05-05 “¿Me quieres? Entonces, sígueme.”

III Domingo de Pascua.

El evangelio de hoy nos relata la tercera vez que se presenta Jesús resucitado a los discípulos. Jesús se muestra a los discípulos con una invitación a una comida fraternal y a una misión. San Juan así lo revela con el testimonio confirmado por la visiónpresencial de Jesús, a quien llama “El Señor”.

El pasaje nos sugiere además los comienzos de la Iglesia después de la resurrección. La pesca está ligada a la misión; también a la comida fraterna, símbolo de la eucaristía, que Jesús prepara en la orilla. Es un pasaje lleno de simbolismos. La pesca simboliza la acción misionera, y por ello tiene también dimensión vocacional con Pedro como el primero de entre los apóstoles. Los siete discípulos a quienes se menciona es un número perfecto y alude a la totalidad de la Iglesia. El número de peces, 153, es un número simbólico que se refiere a la acción sobre los pueblos evangelizados. La red que no se rompe muestra la capacidad misionera de la Iglesia, por la fuerza del Espíritu. La pesca en alta mar simboliza la propia evangelización. Jesús en la orilla indicando echar de nuevo las redes, es quien acompaña en la misión. El pescado sobre las brasas y el pan que prepara y reparte, son símbolo de la eucaristía.

Vemos que la primera pesca es difícil y termina en fracaso, porque no está Jesús con ellos. Pero, cuando llega Jesús, los discípulos tienen éxito. Después viene el entusiasmo de Pedro, las preguntas de Jesús a Pedro, quien negó a Jesús tres veces la noche de su arresto, y que recibe el perdón por tres veces, y su confirmación como primer discípulo para pastorear el rebaño. Éste es el testimonio de los discípulos: la confianza en Jesús hacia la misión, y la habilitación de Pedro arrepentido.

El pasaje, para hoy y para nosotros, también nos recuerda que Jesús se aproxima a nuestra vida cotidiana, a nuestros quehaceres. Nos invita a echar de nuevo las redes aun cuando no hemos conseguido nada. Y nos interrogará sobre el amor. Lo que más cuesta es reconocer a Jesús en la normalidad con que se revela diariamente hoy, en nuestros días, y cómo nos interroga sobre la capacidad de amar y aceptar el perdón. La invitación fraterna de Jesús a la reconciliación está obrando en nosotros si la aceptamos con fe. Si nos preguntara Jesús: “¿Me amas más que los demás que están contigo, o más que tus hermanos, o más que tu propia vida?” ¿Cuál sería nuestra respuesta? ¿Podríamos decir que nuestro amor a Jesús es fuerte, en la comunidad y entre nuestros prójimos?

 

                                                                    Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

Evangelio según san Juan (21,1-19)

En aquel tiempo, Jesús se apareció a los discípulos junto al mar de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: Me voy a pescar. Ellos contestan: Vamos también nosotros contigo. Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice: Muchachos, ¿tenéis pescado? Ellos contestaron: No. Él les dice: Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: Es el Señor. Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: Traed de los peces que acabáis de coger. Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: Vamos, almorzad. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Él le contestó: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: Apacienta mis corderos. Por segunda vez le pregunta: Simón, hijo de Juan, me amas? Él le contesta: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Él le dice: Pastorea mis ovejas. Por tercera vez le pregunta: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si le quería y le contestó: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: Sígueme.

2019-05-12 “Mis ovejas escuchan mi voz y ellas me siguen”

Domingo IV de Pascua

Hoy es el domingo del buen Pastor. La imagen del buen Pastor ha sido representada infinidad de veces en el arte cristiano de todos los tiempos: en pintura, escultura, en música… Es una imagen lírica y bucólica que ha inspirado a muchos poetas, músicos y artistas como tema de sus composiciones, y también a los Santos Padres y teólogos.

 

Pero mucho antes que en el arte y las letras, la figura del pastor con sus ovejas ya apareció primero en los profetas del antiguo testamento, y después, con el mismo Jesús.

 

Hace dos mil años, en el entorno rural de Palestina, la imagen del pastor era habitual: se podían ver rebaños de ovejas pastando bajo el cuidado de su pastor, que conocía cada oveja de su propiedad. En el lenguaje teológico-espiritual de las Escrituras, el pastor es Dios, y las ovejas, el pueblo elegido. Y en la predicación de Jesús, el pastor es Él mismo y las ovejas, nosotros, su Iglesia. San Juan hoy nos trae las palabras de Jesús, que compara a la humanidad con ovejas de un gran rebaño. En su discurso, Jesús mismo se define como el buen Pastor, el verdadero. Es el pastor por antonomasia. Éste apacienta a sus ovejas con amor, fidelidad, rectitud y misericordia. A éste lo conocen las ovejas, oyen su voz y las ovejas lo siguen; no hacen caso a los extraños porque no conocen su voz (Jn 10, 4-6). En abierta oposición a los falsos pastores, Jesús se presenta como el verdadero y único pastor del pueblo: los malos pastores explotan a las ovejas o las sacrifican; el pastor bueno piensa en sus ovejas y se esfuerza por ellas, las cuida y las conduce a pastos fértiles para que se críen y aumenten en número y en producción.

Él se ocupa de cada una de ellas, crea un vínculo, que hace que haya confianza entre pastor y ovejas. Por ello conoce a sus ovejas.

 

Pero las ovejas de las que habla Jesús no son un simple rebaño, sino que ellas conocen el coste que el pastor ha arriesgado para salvarlas. A diferencia del pastor asalariado, Cristo pastor participa en la vida de su rebaño, no busca otro interés, no tiene otra ambición que la de guiar, alimentar y proteger a sus ovejas. Y todo esto al precio más alto, el del sacrificio de la propia vida.

Jesús buen Pastor siempre estará dispuesto por sus ovejas para tener una relación personal, cercana e íntima. Para un semita, el conocimiento no es una actividad meramente intelectual, es también una actividad del corazón. El que conoce se acerca al objeto con interés y afecto. Cuando se trata de una persona, lo hace con amor. Por eso en este caso conocer es sinónimo de amar, y por tanto podemos decir que el buen pastor ama a sus ovejas y ellas lo aman a él. Indica por tanto una relación personal.

 

San Juan, que ha dedicado este capitulo 10 ala teología del buen pastor, llega a esta conclusión: El Padre está presente y se manifiesta en Jesús y, a través de él, realiza su obra creadora, que lleva a cumplimiento con su entrega pascual: yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Yo y el Padre somos uno. Las ovejas del rebaño de Jesús nos dejamos guiar, mimar, nos integramos en el redil de la nueva humanidad, que es la Iglesia, donde imperan el amor, la justicia y la solidaridad. Por ello debemos, dentro de la comunidad, cultivar y crecer en estos aspectos, y, además, estar abiertos a que las ovejas alejadas y perdidas fuera del redil puedan integrarse cuando comprendan, a través de nuestro testimonio, que el Pastor siempre está dispuesto a acoger y amar.

 

Formar el rebaño y seguir a Jesús buen Pastor es vivir como él. Andar por la vida con rectitud y mansedumbre, sin perjudicar, ayudando a los demás, cuidando la naturaleza, trabajando por la justicia… La Palabra del evangelio nos apremia a que nuestra fe no sea teórica, sino viva. Esto supondrá estar vigilantes para que en nuestra vida no nos ajustemos a los criterios de nuestra sociedad. Si creemos que Jesús es nuestro Pastor y Salvador, o nos convertimos en cooperadores y defensores de la humanidad con Él, o no somos de Jesús.

 

¿Cómo podemos escuchar hoy día esa voz del buen Pastor y sentir el amor de Jesús? Eso es lo que han de ofrecer los pastores de la Iglesia: ellos entregan al rebaño la enseñanza de Jesús, ellos dan a la comunidad vida eterna a través de los sacramentos, ellos guían al pueblo con su consejo. Pero, sobre todo, ellos hacen sentir el amor de Jesús, porque entregan su vida por el rebaño.

En este domingo también se celebra la Jornada mundial de oración por las vocaciones. Unámonos en oración por aquellas personas que se sienten llamadas a la tarea del pastoreo en sus comunidades.

 

                                                                    Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Juan (10, 27-30)

 

En aquel tiempo dijo Jesús: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre es mayor que todas las cosas que me ha dado, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno”.

2019-05-19 “Conocerán todos que sois discípulos míos si os amáis unos a otros”

Domingo V de Pascua

Continuamos en el tiempo pascual, el tiempo de la glorificación de Jesús, Pero adelantando su despedida que tendrá lugar con la ascensión, el evangelio de hoy nos recuerda el mandamiento nuevo pronunciado momentos antes de su pasión. Jesús está celebrando la última cena con los suyos. Acaba de lavar los pies a sus discípulos. Judas había tomado ya su trágica decisión, y Jesús dijo: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros». Este es el testamento de Jesús.

Jesús habla de un ‘mandamiento nuevo’, ¿dónde está la novedad? La consigna de amar al prójimo está ya presente en la tradición bíblica, Dios ya había dado el mandato del amor (Lev 19,18). El antiguo testamento no presentaba ningún modelo de amor, sino que formulaba solamente el precepto de no vengarse de los hijos del pueblo de Dios y amar al prójimo. ¿Cuál es la novedad de Jesús? «Nuevo», «novedad», son palabras que evocan siempre significados positivos, como una vida nueva, un nuevo día, un nuevo empleo, el año nuevo, etc. Lo nuevo es noticia (news, en inglés). El Evangelio significa «buena noticia» precisamente porque contiene la novedad por excelencia.

Pero lo nuevo no se opone a lo antiguo, sino a lo viejo. El nuevo testamento de Jesús no se opone al antiguo testamento, sino que lo perfecciona. Jesús se presenta a sí mismo como nuevo modelo y como fuente de amor. Jesús, Dios hecho hombre, es la perfección del amor. Su amor no tiene límites, es universal, es capaz de transformar a toda la humanidad para progresar en el amor.

Pero también su mandamiento es nuevo porque Jesús añade algo muy importante: «Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros». Lo nuevo es precisamente este amar como Jesús ha amado.

Todo nuestro amar está precedido por el amor de Jesús y se refiere a este amor, se inserta en este amor, se realiza precisamente por este amor. Lo primero que los discípulos han experimentado es que Jesús los ha amado como a amigos, y los ha amado hasta el extremo: No os llamo siervos... a vosotros os he llamado amigos.

En la Iglesia nos hemos de tratar y querer como se amaron aquellos discípulos. Y entre los discípulos de Jesús se han de cuidar el servicio y la caridad. Jesús les recuerda su estilo: no he venido a ser servido, sino a servir. Y ése es el amor más grande, el de quien es capaz de dar la vida por sus amigos.

El mandamiento de Jesús es un mandamiento nuevo en sentido activo y dinámico: porque «renueva», hace nuevo, transforma todo. El amor fraterno (que la Eucaristía engendra y promueve) lo hace ya todo nuevo. “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado”. El amor mutuo no es sólo el compendio del nuevo testamento sino, sobre todo, el distintivo del nuevo pueblo de Dios. De esta manera la vida de la iglesia comenzó sostenida por una fuerza de cohesión y de expansión absolutamente nueva y de extraordinario poder, en cuanto basada no sobre el amor humano, frágil, sino sobre el amor divino: el amor de Jesús revivido en las relaciones mutuas de los creyentes. Jesús resucitado es capaz de transformar la realidad y hacer nuevas todas las cosas; vivamos de modo sencillo y concreto el amor de Dios, en las familias, con el prójimo, en las comunidades, en los barrios. Y de este modo seremos signo de nuevos tiempos y testimonio ante el mundo que no cree o no experimenta el amor. Si nos amamos los unos a los otros, Jesús sigue estando presente entre nosotros, y sigue siendo glorificado en el mundo.

 

                                                                      Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Juan (13, 31-33a. 34-35)

 

En aquel tiempo, cuando Judas salió del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros».

2019-10-03 “No sólo de pan vive el hombre”

Domingo I de Cuaresma

Entramos en el tiempo cuaresmal. El término cuaresma significa cuadragésimo día, es decir, cuarenta días. Es el tiempo litúrgico destinado a la preparación espiritual para la fiesta de Pascua, marcado por signos de purificación y de conversión. Este tiempo transcurrirá durante cinco domingos, con el Domingo de Ramos con que comienza la Semana Santa.

Los cuarenta días tienen gran significación en toda la Sagrada Escritura. En el Antiguo Testamento, la cifra evoca los cuarenta años de la marcha del pueblo de Israel por el desierto. El desierto es el lugar de la prueba y la purificación por antonomasia, donde frecuentemente somos tentados, pero también es el momento propicio para el encuentro con nosotros mismos y con Dios. Y en el evangelio de hoy, Lucas sitúa las tentaciones al comienzo de la misión de Jesús.

Como les ocurrió a los israelitas, muchas veces la tentación se presenta con apariencia de bien: pan para satisfacer el hambre, seguridad en las cosas que se poseen, y autoestima y reconocimiento personal. 

En el relato de las tentaciones, el diablo, en primer lugar, ofrece a Jesús que haga un acto de poder para demostrar su condición divina, con el fin de desbaratar el plan de Dios. Sin embargo, Jesús no actuó como un taumaturgo: no convirtió innecesariamente las piedras en pan. Nos dio el pan, no mediante magia, sino que, sin adelantar el tiempo de su misión, lo hizo con su predicación y su sacrificio en la cruz.

En segundo lugar, el diablo ofrece a Jesús el poder y la gloria humana, para confundir su mesianismo con el poder religioso y temporal. Sin embargo, Jesús realizó su misión, no arrojándose del alero del templo para ser salvado en su caída por los ángeles, sino colgado de un madero, y sólo fue coronado como rey muriendo en la cruz.

Por tanto, Jesús fue tentado con caminos más fáciles, pero los rechazó todos, porque era necesario que experimentase en sí mismo toda la condición humana y no concluir su misión hasta el momento en que todo fue cumplido (Jn 19, 30). Jesús así se mantuvo fiel a su misión de Hijo de Dios.

En este tiempo de cuaresma que comenzamos seamos conscientes de que estrenamos una oportunidad nueva: en la prueba, hay posibilidad de hacer bien las cosas, de elegir siempre el buen camino, de mirar a Dios. También es el tiempo de vivir de manera especial la misericordia de Dios. Es el tiempo de la conversión y el perdón. Dios nos regala una oportunidad nueva: la gracia para vivir esta nueva vida y hacerlo al estilo de Jesús.

 

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Lucas 4, 1-13

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y el Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo. En todos aquellos días estuvo sin comer y, al final, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». Jesús le contestó: «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre”». Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me ha sido dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo». Respondiendo Jesús, le dijo: «Está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».  Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te cuiden”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece contra ninguna piedra”». Respondiendo Jesús, le dijo: «Está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”». Acabada toda tentación, el demonio se marchó hasta otra ocasión.