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“El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”

 

30º Domingo del TO

El evangelio de este domingo comienza con una advertencia de Jesús hacia los que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás, proponiéndoles una parábola. Lucas se refiere, simultáneamente a los hombres del tiempo de Jesús y a los de las comunidades cristianas de tradición antigua, que despreciaban a las personas que procedían del paganismo (Hch 15,1-5).

En aquella época, se decía que un publicano, cobrador de impuestos, no podía dirigirse a Dios, porque era una persona impura. El publicano sabe que su presencia en el templo es mal vista por todos. Su oficio de recaudador es odiado y despreciado.

Con esta parábola del fariseo y del publicano, el evangelio nos habla de la religiosidad de dos hombres. Ante Dios, son dos actitudes muy diferentes. Uno cree que puede salvarse por sí solo. Solamente tiene en cuenta sus méritos, pues ha observado escrupulosamente la Ley y se considera justo, no cuenta nada sobre sus pecados. Al rezar se alaba a sí mismo, contemplando complacido su perfección moral y presentándose justificado ante Dios. El otro es un pecador que tiene conciencia de serlo y lo confiesa sinceramente. Su oración se reduce a pedir misericordia porque como pecador sólo tiene necesidad de piedad. Ni siquiera se atreve a levantar los ojos pues sabe que ha cometido pecado delante de Dios.

La parábola del fariseo y el publicano podría resumirse en que alaba la humildad del pecador arrepentido frente a la soberbia del justo presuntuoso. La parábola nos dice más: nos presenta una vida en la verdad y una vida en la mentira. La vida en la verdad es reconocer que somos pecadores y, en consecuencia, sentirnos necesitados de misericordia. La vida en la mentira es creernos justos, buenos, perfectos por nosotros mismos, sin necesidad de Dios, como hace el mundo.

Hay en san Lucas, por tanto, una llamada a la humildad dirigida a aquellos que están seguros de ser justos por sus obras y que hacen además alarde de su «justicia» frente a los que parecen estar fuera de la ley.

En los evangelios los fariseos no son sólo personajes reales que Jesús tuvo que confrontar en su tiempo. El fariseo es, en los evangelios, aquel que habla de una manera y actúa de otra, un hipócrita. Esa incoherencia está presente en el comportamiento de muchos cristianos y es una peligrosa posibilidad para las y los miembros de la Iglesia. El fariseísmo es presentado también como la tentación permanente del cristiano. Pero aun diciéndonos cristianos podemos caer en el engaño de la actitud farisaica, pensando que la simple y meticulosa observancia de los mandamientos ya nos basta, sin captar la humildad, la misericordia y la conversión a Dios, como nos ha enseñado Jesús.

Pero tener humildad no significa dejar de esforzarse para vivir según Dios ni significa abstenerse de denunciar la injusticia. El fariseo no falla porque vive una vida virtuosa y se esfuerza por vivir según los mandamientos de Dios. El fariseo comete error a causa de su actitud, por la cual se enaltece y desprecia a quienes no tienen tanto éxito en cumplir con los mismos mandamientos. Similarmente, Jesús no nos propone al publicano como un modelo porque es un pecador, sino por su actitud penitente frente de Dios. El publicano muestra que hasta los peores pecadores con verdadero remordimiento pueden acercarse a Dios y tener confianza en su misericordia. Este es otro tema indispensable para Lucas, el evangelista de la misericordia.

La parábola del fariseo y del publicano, que censura la soberbia y premia la humildad, expresa que Dios nos evalúa según criterios diferentes de los que tendemos a usar para evaluarnos los unos a los otros.

Y la parábola se aplica a todas las personas, porque la persona más justa no es tan justa como Dios.

Dios nos ve más que nada con misericordia, y ésta es la característica en la base de nuestro trato con las y los demás.

                                                                                 Ricardo Rodríguez Villalba               

Evangelio según san Lucas (18, 9-14)

Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». 

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