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2019-02-24 “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”

El Evangelio de este domingo, continuación del relato de las bienaventuranzas, nos enfrenta con un reto que parece imposible. Imposible para nosotros, pero no para Dios: Amad a vuestros enemigos. Se nos vienen a la memoria santos que sí lo han logrado: por ejemplo, los mártires mueren con palabras de perdón en sus labios. En el Evangelio, Cristo enseña y demuestra lo que es posible para Dios: el amor continuo y universal, que ni admite fronteras (pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?), ni se reserva preferencias de personas o propiedades de objetos (a quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames), ni espera la recompensa de su acción (y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis?).

El argumento fundamental para esta actitud viene de Dios. Nuestros “enemigos” son también hijos de Dios y dignos de respeto y amor.

El trasfondo del mensaje del Evangelio es que el hombre se hace imagen de Dios cuando ama y cuando se compadece de los que son también imagen e hijos de Dios. Jesús nos enseña cómo ser imagen de Dios: siendo compasivos y misericordiosos.

El camino que propone Jesús no es un camino fácil o convencional. Pero tampoco es imposible, porque él lo pudo realizar, y nosotros deberíamos imitarlo, porque como seguidores de Jesús no podemos tener los mismos criterios que predominan en el mundo.

A pesar de la dureza de este Evangelio, hay una promesa de recompensa, grande y desproporcionada a la generosidad empeñada. Porque el amor no se pierde en la nada.

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Lucas 6, 27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 
—«A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. 
Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. 
Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. ¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. 
Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.» 

 

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