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2019-05-05 “¿Me quieres? Entonces, sígueme.”

III Domingo de Pascua.

El evangelio de hoy nos relata la tercera vez que se presenta Jesús resucitado a los discípulos. Jesús se muestra a los discípulos con una invitación a una comida fraternal y a una misión. San Juan así lo revela con el testimonio confirmado por la visiónpresencial de Jesús, a quien llama “El Señor”.

El pasaje nos sugiere además los comienzos de la Iglesia después de la resurrección. La pesca está ligada a la misión; también a la comida fraterna, símbolo de la eucaristía, que Jesús prepara en la orilla. Es un pasaje lleno de simbolismos. La pesca simboliza la acción misionera, y por ello tiene también dimensión vocacional con Pedro como el primero de entre los apóstoles. Los siete discípulos a quienes se menciona es un número perfecto y alude a la totalidad de la Iglesia. El número de peces, 153, es un número simbólico que se refiere a la acción sobre los pueblos evangelizados. La red que no se rompe muestra la capacidad misionera de la Iglesia, por la fuerza del Espíritu. La pesca en alta mar simboliza la propia evangelización. Jesús en la orilla indicando echar de nuevo las redes, es quien acompaña en la misión. El pescado sobre las brasas y el pan que prepara y reparte, son símbolo de la eucaristía.

Vemos que la primera pesca es difícil y termina en fracaso, porque no está Jesús con ellos. Pero, cuando llega Jesús, los discípulos tienen éxito. Después viene el entusiasmo de Pedro, las preguntas de Jesús a Pedro, quien negó a Jesús tres veces la noche de su arresto, y que recibe el perdón por tres veces, y su confirmación como primer discípulo para pastorear el rebaño. Éste es el testimonio de los discípulos: la confianza en Jesús hacia la misión, y la habilitación de Pedro arrepentido.

El pasaje, para hoy y para nosotros, también nos recuerda que Jesús se aproxima a nuestra vida cotidiana, a nuestros quehaceres. Nos invita a echar de nuevo las redes aun cuando no hemos conseguido nada. Y nos interrogará sobre el amor. Lo que más cuesta es reconocer a Jesús en la normalidad con que se revela diariamente hoy, en nuestros días, y cómo nos interroga sobre la capacidad de amar y aceptar el perdón. La invitación fraterna de Jesús a la reconciliación está obrando en nosotros si la aceptamos con fe. Si nos preguntara Jesús: “¿Me amas más que los demás que están contigo, o más que tus hermanos, o más que tu propia vida?” ¿Cuál sería nuestra respuesta? ¿Podríamos decir que nuestro amor a Jesús es fuerte, en la comunidad y entre nuestros prójimos?

 

                                                                    Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

Evangelio según san Juan (21,1-19)

En aquel tiempo, Jesús se apareció a los discípulos junto al mar de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: Me voy a pescar. Ellos contestan: Vamos también nosotros contigo. Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice: Muchachos, ¿tenéis pescado? Ellos contestaron: No. Él les dice: Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: Es el Señor. Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: Traed de los peces que acabáis de coger. Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: Vamos, almorzad. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Él le contestó: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: Apacienta mis corderos. Por segunda vez le pregunta: Simón, hijo de Juan, me amas? Él le contesta: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Él le dice: Pastorea mis ovejas. Por tercera vez le pregunta: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si le quería y le contestó: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: Sígueme.

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