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2019-06-09 “Recibid el Espíritu Santo. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”

Domingo de Pentecostés

Hoy celebramos la solemnidad de Pentecostés, conclusión de la Pascua. Los cincuenta días que transcurrieron desde la Pascua hasta el acontecimiento de Pentecostés descrito por san Lucas en el Libro de los Hechos, expresan el tiempo y el proceso de acogida por los discípulos del don del Espíritu. Con esta fiesta llegamos al cumplimiento de las promesas en la nueva alianza. Si la antigua celebración de la Pascua judía era la fiesta de la antigua alianza entre Dios y el pueblo de Israel, el Pentecostés cristiano es la fiesta de la nueva alianza y del don del Espíritu, don de Jesús Resucitado; don, no sólo para el pueblo de Israel, sino extendido a toda la humanidad. Con la nueva alianza nace un nuevo pueblo, la Iglesia. La nueva alianza en el Espíritu de Jesús Resucitado es ahora el mandamiento del amor, que congrega y une a todos los pueblos en la comunidad de creyentes que es la Iglesia.

Esta universalidad queda simbolizada en las diversas lenguas que hablaron los discípulos sobre quienes descendió el Espíritu en aquel primer Pentecostés, de modo que todos los judíos procedentes de distintas partes les comprendían.

En el evangelio de Juan, el Espíritu juega un papel muy importante. ¿Cómo interviene el Espíritu? Se habla de él como el don que viene de Dios y que llena el corazón de los discípulos, como el aliento y el Defensor que Jesús enviará después de su resurrección y ascensión. Jesús mismo está lleno del Espíritu desde el principio, y por eso Dios se revela en Él.

El Espíritu es como el viento, que se oye sin que nadie lo vea, que se mueve sin que nadie sepa de dónde viene y a dónde va. Espíritu significa sencillamente, «aire», «viento». Es una forma muy sugerente de hablar de Dios trascendente, presente y desconocido a la vez. Por eso las imágenes para hablar del Espíritu de Dios son tantas, tan variadas, y tan ricas: el viento, el fuego, el agua, la paloma… El pueblo judío pensó en Dios como el Dios invisible, quien, al mismo tiempo, estaba presente con signos visibles en la vida y en la historia de su pueblo elegido. Hoy, los cristianos creemos que Dios se nos hizo presente en Jesús; sí, pero es tan grande que aún no lo podemos abarcar. Para ayudarnos y acompañarnos, nos dejó su Espíritu y nos entregó sus dones, como leemos en el evangelio de hoy.

Jesús, lleno de Espíritu, aparece en medio de sus discípulos de forma inesperada y misteriosa. Pero Jesús no entra como un fantasma, sino con su cuerpo real, marcado por las llagas de la pasión, resucitado y glorificado. Y se hace presente en la comunidad, vivo y resucitado, sólo que los discípulos tardaron en darse cuenta. Con las palabras de Jesús tiene lugar la entrega de sus dones:

Elprimer don es la alegría y la confianza por el triunfo del Resucitado, que contrasta con el precedente miedo a los judíos.

Elsegundo don de Jesús es su paz, paz que se experimenta como plenitud de la persona y de la comunidad, la vida abierta al futuro, que abre puertas y ventanas para mirar al mundo con ojos confiados. La paz no significa necesariamente la ausencia de conflicto, sino la capacidad interior de confiar en que Dios sigue guiando la historia a pesar de nuestros errores. La paz de Jesús aparece en este evangelio, primero pronunciada como saludo, y afirmada por segunda vez como preámbulo para recibir el tercer don de Jesús, que es el envío a la misión. Es la misma misión que Jesús ya inició y que los discípulos habían visto, en sus palabras y obras: qué hacía, cómo vivía, qué anunciaba, cómo se sacrificaba por los demás, cómo amó al mundo hasta el extremo. Al principio pensaron que Jesús era el mesías que iba a restaurar el reino de Israel, hasta que comprendieron que su vida, pasión, muerte y resurrección eran la misión que el Padre le había encomendado. Ahora Jesús Resucitado, dador de paz y alegría, les encomienda a ellos su misma misión. Jesús impulsa a los discípulos al envío misionero.

Elcuarto don es el don del mismo Espíritu Santo. Jesús sopla sobre los discípulos. Nos dice el libro del Génesis, en el Antiguo Testamento, que Dios sopló sobre la figura de barro que había hecho y la convirtió en ser humano; en el Éxodo también sopló sobre las aguas del mar Rojo para separarlas y salvar así a su pueblo de los egipcios. Dios da vida y salva con su Espíritu. Ahora es Jesús el que nos lo regala de parte del Padre.

Elquinto don es el perdón de los pecados, es decir, la renovación interior del ser humano a través de la reconciliación por medio de signos visibles entregados a los discípulos. Para poder entrar en el Reino de Dios hay que nacer del Espíritu, hay que renacer a una vida nueva. Mediante el perdón de los pecados y la reconciliación, Jesús Resucitado constituye, por el Espíritu que comunica, la comunidad de la nueva alianza, la Iglesia.

Por tanto, Espíritu y misión son inseparables. El Espíritu y la misión son regalos que van juntos. Jesús no nos da la paz y la alegría para que vivamos tranquilos, pasivamente, aislados y con las puertas cerradas. El Espíritu es el inicio de la obra y su fruto es la misión: sólo el Espíritu da la fuerza que necesitamos en la misión, y sólo el Espíritu puede garantizar que cumplamos lo que Jesús nos pidió, construir el Reino de Dios.

Así, y después de veintiún siglos, Pentecostés sigue haciéndonos presente el Espíritu de Jesús que continúa guiándonos y conduciéndonos como hizo con el pueblo de Israel. El Espíritu sigue actuando, purificándonos del pecado, lanzándonos hacia la misión, construyendo el Reino de Dios y la comunidad. Superar el encierro y los miedos es el desafío de hoy de la Iglesia, que no puede dejar nunca de ser evangelizadora y misionera.

 

                                                                   Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Juan (20,19-23)

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en su casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

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