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2019-06-23 “Dadles vosotros de comer”

Corpus Christi (Stmo. Cuerpo y Sangre de Cristo) 

No es una casualidad que la celebración de hoy sea la continuación de Pentecostés y de la Trinidad. El Corpus Christi es la culminación del misterio pascual y trinitario. A partir de la Pascua, la Iglesia tiene su más preciado tesoro en la Eucaristía. Es la comida que Jesús nos dejó después de realizar su misión, para que siguiéramos su camino. Cada vez que la comunidad celebra el ágape fraterno, Jesús se hace presente en su Iglesia, que es su Cuerpo. Adoramos en la Eucaristía su presencia real y recordamos su entrega por nosotras y nosotros.

Este evangelio de la multiplicación de los panes y los peces se encuentra al final de la misión de Jesús en Galilea (Lc 4, 14-9, 50) y antes de la misión en Jerusalén (Lc 9, 51 ss). Aunque la entrega definitiva de la Eucaristía tendrá lugar en el cenáculo, san Lucas quiere mostrarnos con esta catequesis que la Eucaristía no es un hecho aislado, sino que está orientada como fundamento y alimento de la misión evangelizadora de Jesús.

El relato de la multiplicación es sorprendentemente parecido al relato de la institución de la Eucaristía (cf. Lc 22, 19). San Lucas hace revivir conscientemente en la multiplicación de los panes los gestos de Jesús que instituye la Eucaristía (tomó los panes, alzó los ojos al cielo, los bendijo, los partió y los dio a sus discípulos), gestos que repetirá en el cenáculo cuando transforme el pan y el vino en su cuerpo y sangre (cf. Lc 22, 19-20).  

Existen numerosos símbolos en el relato: el número de personas, cinco mil, símbolo del pueblo de Dios; el número de panes y peces, que suman siete, símbolo de totalidad; y los doce cestos recogidos, que simbolizan los doce apóstoles, fundamento de la comunidad, a la que cuidan y alimentan por el mandato de Jesús “dadles vosotros de comer.

La Eucaristía es presentada por san Lucas como una comida para muchos. Dice el evangelio que “comieron todos y se saciaron”. Es una acción de Jesús que es preludio evidente de la cena del jueves santo. En la Eucaristía hacemos memoria de la vida de Jesús: se entregó por muchos, como se parte y comparte el pan común; dio su vida por la humanidad, como se derrama el vino en la copa y todos beben de ella. El pan y el vino son signos tangibles de comunión y fraternidad, que se parten y comparten.

La Eucaristía es sacramento y signo de la vida fraterna y solidaria que tenemos que construir con Jesús. El sacramento del cuerpo y de la sangre del Señor nos llena a su vez de la gracia de la comunión con Él y con los miembros de la Iglesia. Es la acción más importante de nuestra vida, después del Bautismo, porque es la comida compartida para que saciemos el hambre y la sed. “Comieron todos y se saciaron”. Pero además, este “hambre y sed de Dios” no nos deben hacer olvidar el “hambre material” de nuestros prójimos, porque no es ajeno a la Eucaristía el saciar el hambre de los que no tienen con qué comer. A quien tiene hambre hay que darle de comer. Pero, también a la inversa, no debemos olvidar que hay mucha gente satisfecha de comida, pero vacía de Dios. Ambas hambres no son excluyentes, para el cristiano deben ir unidas.

Creemos en la presencia real del cuerpo y de la sangre del Señor en este sacramento, y nos sentimos acompañados porque Él está dentro de nosotras y nosotros, que somos su Cuerpo. Compartimos y vivimos la fe y la vida con la comunidad con el mayor alimento que tenemos, y este alimento a su vez aumenta los vínculos de la comunidad.

Otro aspecto importante de la Eucaristía es la participación: cuando comemos el Pan y bebemos el Vino, nos hacemos responsables de ser solidarios con los demás hermanos, sean prójimos o no. La Eucaristía debe llevarnos a trabajar por la caridad, por el bien común, por compartir nuestro tiempo y nuestros bienes con aquellos que carecen de lo más elemental, empleo, ingresos, alimentación y vivienda. “Comieron todos y se saciaron”. Jesús satisface el hambre material de la multitud con un signo del reino de Dios. Sólo podremos llevar a Jesús a los demás si antes nosotros nos hemos alimentado de Él. Esta experiencia de Dios y transformación desde la caridad será la que nos empuje a solidarizarnos con nuestros hermanos. La Eucaristía es el Sacramento de la comunión, que nos hace salir del individualismo para vivir el seguimiento en comunidad. La Eucaristía debe llevar a la “multiplicación de los panes y peces”, al compartir, a preocuparnos de las necesidades concretas del prójimo, a implicarnos como Jesús en la misión. La clave es la multiplicación de nuestros panes, repartir nuestras cosas. Ahí está presente Jesús y nosotros participamos de la vida de Jesús al compartir lo nuestro. Es el modo de anticipar el reino de Dios, donde reinarán la fraternidad y la caridad de todos con todos. Aquí está el verdadero milagro de la multiplicación de los panes: compartir lo que se tiene, ofrecer lo que uno tiene a los que carecen de todo. La acción de Dios lo multiplica, es decir, la justicia y la caridad se extienden, y esa solidaridad llega a todos y sacia la necesidad.

En la Eucaristía encontramos las fuerzas necesarias para el camino. La misión continúa y nuestro encargo es dar de comer, atender hoy, como ayer hizo Jesús, las necesidades de las personas y ofrecer nuestra mediación de modo que puedan encontrarse con el verdadero alimento, el reino de Dios.                                                                                               

 

Ricardo Rodríguez Villalba, pbro.

 

Evangelio según san Lucas (9, 11b-17)

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar a la gente del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.» Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.» Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar para dar de comer a todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres. Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se sienten en grupos de unos cincuenta.» Lo hicieron así, y todos se sentaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

 

 

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