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2019-06-30 “Nadie que mira hacia atrás vale para el reino de Dios”

13º Domingo del TO

Este evangelio se sitúa en el camino de Samaría al comienzo de la misión de Jesús hacia Jerusalén (Lc 9, 51 ss). Poco antes, Jesús había realizado la multiplicación de los panes y los peces, y anunciaba su pasión, muerte y resurrección (Lc 9, 10-22).

En este episodio de hoy, que podríamos resumir en una mala acogida en pueblo samaritano y las disposiciones para la vocación apostólica, Jesús propone las condiciones para ser discípulo suyo. Para el seguimiento ponía como condición la negación de sí mismo, caminar detrás de él, cargar diariamente con la cruz, y perder la propia vida por su causa (cf. Lc 9, 23-24). El evangelio insiste: Ser discípulo es vivir un proceso de asimilación continua a la persona del Maestro. A lo largo de este camino hacia Jerusalén, el evangelista san Lucas nos desgrana las condiciones propias del auténtico seguidor de Cristo, en las que el discípulo debe progresar cada día.

La intención de Jesús de hacer su viaje atravesando el territorio de los samaritanos juega también un aspecto importante en la narración y en el plan divino. Apuntaba hacia la inclusión de los samaritanos en el reino de Dios. Los judíos evitaban pasar por Samaria cuando se dirigían a Jerusalén, aunque ésta era la ruta más directa. Se debía a que los judíos evitaban todo contacto con los samaritanos. Para los judíos los samaritanos representaban impureza, ya que la religión de los samaritanos estaba centrada en el monte Gerizim y rechazaban que Jerusalén tuviera algún lugar en el plan de salvación. Es por ello que no recibieron a Jesús. A pesar de este rechazo, los samaritanos estaban incluidos en el plan divino, lo vemos en el evangelio cuando Jesús habla de los samaritanos como ejemplos positivos (Lc 10, 29-37, parábola del buen samaritano; y Lc 17, 11-19, curación de los diez leprosos).

Pero también observamos que Jesús no sólo es rechazado por los samaritanos, también es rechazado a lo largo del evangelio, en Galilea, por los gentiles, y en Jerusalén. El rechazo a Jesús provoca la ira de Santiago y Juan: “¿Quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?” La enemistad entre judíos y samaritanos se remontaba a varios siglos atrás. El espíritu de venganza se apodera de Santiago y Juan. Piensan en un mesianismo espectacular y poderoso, capaz de arrasar todo lo que se oponga. No han entendido que la actitud de Jesús es de misericordia y no de destrucción: “Él se volvió y les regañó”. Jesús responde con calma ante el aparente fracaso. Jesús se muestra libre para tomar un nuevo camino y no quedarse en el rechazo. Asumió el rechazo en forma diferente, conforme al plan divino. No vino para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas. Cuando propongamos la opción de Dios, hay que contar con la libertad de todas y todos. Y respetarla. No podemos desesperar nunca. La paciencia equivale a la esperanza de conversión ante cualquier persona. No podemos desechar esa posibilidad. Jesús constantemente confronta a sus seguidores con los principios de Dios y pone en claro las implicaciones del discipulado. Es bueno preguntarnos: ¿Qué actitud asumimos frente a la forma como las personas reaccionan ante el evangelio o los asuntos relacionados con Dios? ¿Qué actitud asumimos si rechazan el evangelio? ¿Quiénes somos para condenar o juzgar a alguien, aun cuando esa persona esté actuando en contra de la religión? Debemos alinearnos al plan de Dios, que sobrepasa todas las barreras humanas, sean de nacionalidad, raza o religión. No tratemos a los demás como si fueran malos samaritanos. Y si consideramos así mismo que los demás también pueden juzgarnos, entonces ¿qué actitud tomamos si somos rechazadas o rechazados en algún aspecto de nuestra vida? ¿Respondemos violentamente? Procuremos entender y mirar con la mirada de Dios sobre las situaciones que nos provocan desconcierto.

Los discípulos, al salir de Samaria, “se encaminaron hacia otra aldea”. Maestro y discípulos son inseparables. Marchan, caminan, viven juntos. La convivencia con Jesús el Maestro es la escuela de vida para el discípulo. Pero conviven en camino. No se instalan en una situación conseguida, no tienen aquí morada definitiva. “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. Es consecuencia de la anterior condición. El discípulo vive siempre sin apoyaturas ni seguridades. De ahí, el desprendimiento, la pobreza, la ruptura con tantas cosas que son un lastre y una excusa que pueden provocar la no confianza en Jesús. Sin descartar aquí los vínculos humanos y hasta familiares. Y todo, como decisión definitiva: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el reino de Dios”.

Alguien puede pensar que decidirse a vivir según se nos presenta al discípulo es tanto como arruinar una vida. Y no es así. Porque, en el fondo, se trata sólo de dejar que el Maestro ocupe el centro de nuestra vida, priorizándole a Él sobre lo menos valioso. Es adquirir una manera de ser: la misma del Maestro. Y, bien entendida, esta nueva condición es la de vivir en familia, con Cristo como centro y unido a todos los demás discípulos, los hermanos, con los que se comparte todo y con los que se proclama la validez de esa manera de vivir.

La llamada de la fe se resume en una sola palabra: “sígueme”. En la marcha hacia el reino de Dios, Jesús pide una entrega total. Jesús pide una gran libertad. La respuesta es sin condiciones. Ni el enterrar los muertos, ni el querer a los padres, ni otras ataduras deben impedir la opción de la fe. El que echa mano a la tarea pero sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios. En esta opción uno se juega la vida. Pero sepamos apostar bien, porque en la fe el que pierde la vida es el que la gana. El desprendimiento por el reino absorbe cualquier otro deseo personal.

 

                                                                               Ricardo Rodríguez Villalba.

 

Evangelio según san Lucas (9, 51-62)

Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de él. Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?». Él se volvió y los regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro le dijo: «Sígueme». Él respondió: «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre». Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa». Jesús le contestó: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».

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