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2019-07-14 “¿Quién es mi prójimo?”

15º Domingo del TO  

El evangelio de hoy nos propone la parábola del buen samaritano, otra de las joyas del evangelio de san Lucas. Esta parábola, con la del hijo pródigo, es de una intensa sensibilidad y profunda enseñanza. Aunque todo el evangelio lucano tiene una gran dimensión social, en estas parábolas -como en las bienaventuranzas- se acentúa esa dimensión. Religiosidad y solidaridad, amor a Dios y amor al prójimo, Jesús y los pobres, son sus dos puntos principales, con una opción clara por los excluidos religiosos y sociales.

La narración es una enseñanza de san Lucas sobre la necesidad primordial de toda persona: la búsqueda de la vida eterna, que no es otra cosa que la plenitud humana y de relación con Dios. Un letrado, para poner a prueba a Jesús, le pregunta: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. Jesús, viendo su implícita mala intención (porque es conocedor de la ley), le contesta que la respuesta está a su alcance, dentro de sí mismo: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”, es decir ¿en qué crees? El maestro de la ley responde: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo”. Efectivamente, estos dos mandamientos, el amor a Dios unido de forma inseparable al amor al prójimo, contenidos respectivamente en Deut 6, 5 y Lev 19, 18, concentran toda la Ley. Jesús luego amplía el contenido de la pregunta: si el letrado ha preguntado por “la vida eterna”, Jesús concreta: “Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida”; porque la vida cotidiana, si se vive según Dios, ya es vida eterna, sin necesidad de esperar la otra vida. Por tanto, las palabras de Jesús completan el conocimiento que tiene su interlocutor acerca de la ley.

Entonces surge otra pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”. O lo que es lo mismo: ¿hasta dónde tengo obligación o dónde están los límites del deber de amar? Es el momento en el que Jesús propone la parábola, que como más adelante veremos, perfeccionará la ley judía en lo relativo al deber de amar.

La parábola dice que el sacerdote y el levita “dan un rodeo y pasan de largo”, es decir, entendiendo que para cumplir las prescripciones de la ley. Sólo el samaritano “se compadeció”. El samaritano además de curar y recoger al hombre herido, dio dos denarios, más que suficiente para abonar los gastos de la posada durante un mes. Fue, pues, muy generoso en su buena acción con un desconocido. Es más, calculó por lo alto; en caso de que los dos denarios no bastasen, los gastos de más los pagaría a la vuelta. El samaritano, de quien no se esperaba nada, practicó un cuidado incondicional. Ha hecho todo lo que hay que hacer sin ahorrarse nada. Ha ejercido la compasión con toda generosidad. Es un extranjero y actúa no como el sacerdote y el levita, ambos judíos israelitas.

Todos pensaríamos que el prójimo de la parábola era el hombre desvalido. La pregunta que plantea Jesús al final de la parábola no coincide con la que el maestro de la ley le hizo sobre quién es el prójimo. Jesús le devuelve: “¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”. “El que practicó misericordia”, responde. Jesús entonces propone al buen samaritano como el prójimo, el que siendo extranjero y ajeno al mundo judío entregó todo de sí. Jesús indica con el ejemplo del samaritano que los otros no son los prójimos, sino que somos nosotros quienes activamente con nuestros actos nos hacemos o no prójimos de nuestros hermanos.

La conclusión es clara: no hay que hacer distinciones de religión, ni de raza, ni de amigo o enemigo; todo hombre necesitado de ayuda debe ser amado como se ama cada uno a sí mismo. La parábola obliga al maestro de la ley a reconocer que quien ha cumplido la ley precisamente ha sido, no un hombre instruido en ella como el sacerdote o el levita, sino un samaritano, tenido por los judíos como pecador. Y el samaritano es propuesto como modelo de prójimo frente a quienes se consideran justos, impecables y observantes de la ley. Tanto el sacerdote como el levita que se quieren justificar por su conocimiento de la ley, son desautorizados por Jesús, defendiendo con ello que la atención a los indefensos es condición contenida en la ley y es prioritaria al culto judío, es decir, Jesús denuncia implícitamente que no se puede cumplir la ley ni acudir al culto sin haber antes atendido a los hermanos. El centro del mensaje de Jesús supera la ley judía que definía a los extranjeros como impuros, y defiende al hombre necesitado, a la humanidad sufriente, y subraya que el auténtico culto es curar las heridas, ayudar al necesitado. Amar a Dios y al prójimo van unidos. Y la mejor prueba de que amamos a Dios es el amor a los demás.

Jesús también nos habla hoy: cada uno de nosotros debemos ser los prójimos, los que activamente se acercan, aproximan y atienden a sus hermanos.

Es un paso importantísimo en el mandato del amor. Lo que realmente nos exige Jesús es aproximarnos, identificarnos, de forma igual y total con los hermanos, necesitados o no.

En conclusión, conocer quién es mi prójimo no es lo principal. Lo importante es hacerse prójimo, es decir, compadecerse, practicar misericordia y hacerse hermano. En la historia del samaritano, al fondo está Jesús mismo, es quien nos enseña con sus palabras y obras que Él es el buen samaritano. Como Él, nosotros hemos de ser prójimos, próximos a los hermanos. “Anda y haz tú lo mismo”, nos dice Jesús. Como recompensa tendremos vida, y alcanzaremos vida eterna.

                                                                               Ricardo Rodríguez Villalba.

 

Evangelio según san Lucas (10, 25-37)

En esto se levantó un maestro de la ley y le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?». Él respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo».  Él le dijo: «Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida». Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?». Respondió Jesús diciendo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. ¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».

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