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2019-07-21 “Sólo una cosa es necesaria, escoge la parte mejor”

16º Domingo del TO 

La presencia de Jesús en una familia y la hospitalidad a él ofrecida es el tema sugestivo de este evangelio; es Jesús que ha venido a habitar en medio de las mujeres y los hombres, y nos suscita una actitud de acogida.

La historia aparece entre la parábola del buen samaritano y la lección de la oración del Padrenuestro que da Jesús a los discípulos en san Lucas 11, 1-13. Esta pequeña historia de Marta y María sirve de conexión entre ambos pasajes.

Entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Lucas no nos da el nombre de la aldea, pero debe ser Betania, donde el evangelista san Juan nos dice (Jn 11, 1) que vivían Marta, María y su hermano Lázaro, a quien tampoco se nombra aquí.

Marta fue a recibir a la visita (también fue Marta quien recibió primero a Jesús en Jn 11, 20), lo que puede indicar que tenía un carácter decidido. Jesús amaba a estos hermanos (Jn 11, 5) y todo apunta a que los visitaba con cierta frecuencia. María y Marta son presentadas como dos mujeres importantes entre los discípulos de Jesús, y como veremos, también son dos mujeres dignas de ser imitadas.

Jesús, al entrar en la casa, se puso a enseñar. San Lucas nos dice que a sus pies estaba escuchando María, la hermana de Marta. Dice la Escritura que la fe viene por el mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo (Rom 10, 17) y María atendió a esta oportunidad de escuchar a Jesús.

El acto de sentarse a los pies de un rabino también tiene otro significado. Esa era la postura de un discípulo con su maestro. En Hechos 22, 3, Pablo dice que fue instruido “a los pies” del rabino Gamaliel. Normalmente una mujer no habría tenido oportunidad para aprender a los pies de un rabino, pero Jesús no era un rabino más, era además un amigo y, como maestro, hace a estas mujeres discípulas suyas.

Mientras que María estaba escuchando, Marta atendía afanosamente los servicios para agasajar a la visita. En medio del trajín, paró para decirle a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». Pero Jesús le respondió: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

No sabemos cómo se resolvió después esta situación doméstica, pero el evangelista nos deja una enseñanza.Es posible que Jesús sólo hiciese una comparación entre la actitud de ambas mujeres, porque no parece que estuviera corrigiendo a Marta. Dijo su nombre dos veces apercibiendo suavemente su atención: Jesús quería que Marta se aprovechara como María, entre tantas cosas, de una sola necesaria. Y con la respuesta de Jesús sabemos cuál es la mejor parte.

Marta y María representan otro aspecto del discipulado: servicio activo y contemplación. Ambas actividades son necesarias para el discípulo, pero Jesús dice que una es más valiosa que la otra.

De Marta aprendemos que la vida de fe no consiste sólo en actividad. Necesitamos también tiempos de contemplación y silencio, de oración. Las demandas del día a día y las necesidades a nuestro alrededor nos ocupan de tal manera que no tenemos tiempo para hacerlo todo. Encontrándose en esa situación muchos discípulos escogen el servicio (como Marta) y descuidan el aspecto contemplativo, o lo que es lo mismo, descuidan la oración. La prioridad de todo discípulo es siempre estar ante la presencia del Señor para aprender de Él, y después servir a los demás. Marta recibe a Jesús en su casa, pero, aunque da un buen servicio, aún necesita aprender a servir como él.

El evangelio de hoy nos revela de una manera clarísima el sentido de lo esencial en nuestra vida. El evangelio nos puede ayudar a comprender que hay cosas buenas y necesarias, pero que no son las más importantes de la vida. Mientras que otras, aunque sean aparentemente menos importantes y brillantes, son las más fundamentales. En otras palabras, nos descubre el sentido de lo esencial.

Sólo una cosa es necesaria: no afanarse sino más bien escuchar la palabra de Jesús, lo que ha elegido María. Siempre vale más lo que Dios hace, y escuchar lo que nos dice a las mujeres y los hombres, que lo que nosotras y nosotros podemos hacer por él.

Lo que salva al hombre no es la multiplicidad de las obras sino la palabra de Dios escuchada con amor y vivida con fidelidad. Asumir la contemplación de la Palabra es el requisito previo para la acción.

Hay ciertas conexiones entre esta historia y la parábola del buen samaritano que la precede. En esa parábola había dos ejemplos de actitud religiosa -un sacerdote y un levita- quienes ponían toda la atención en su vida espiritual, pero no querían ayudar al hombre herido. De ellos aprendemos que ir al templo sin un corazón dispuesto a servir, no es del agrado de Dios. Por tanto, a la vida de oración ha de seguir implícitamente el compromiso cristiano: la oración y la devoción no eximen de la acción, sino que son como la causa a su efecto.

Que también en nuestra vida cristiana, oración y acción estén también profundamente unidas. Por eso, habría que preguntarnos hoy a qué damos nosotros más importancia en nuestra vida: al "actuar", o al "ser"; al activismo y un cierto "abuso” de la acción, o a la oración y a la contemplación, que es la condición indispensable para una acción fecunda en el apostolado. Si no tenemos el corazón lleno de Dios, nuestra acción será sólo un ruido vacío y estéril.
No se trata de preferir una de las dos actitudes y de descartar la otra. Hemos de unir las dos dimensiones en nuestra vida, pero insistiendo en lo esencial: oración y acción, escucha contemplativa y servicio. No se trata sólo de trabajar por los demás, de hacerlo hasta agotarse; lo que cuenta no es lo que hacemos sino el modo como lo hacemos, la actitud orante con la que actuamos y estamos ante las cosas, poniendo siempre lo primero en el lugar que le corresponde.

Por eso, el pasaje evangélico que sigue, Lc 11, 1-13, está dedicado a la oración en los discípulos.

                                                                               Ricardo Rodríguez Villalba.

 

 

Evangelio según san Lucas (10, 38-42)

Yendo ellos de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

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