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2019-08-11 “Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas”

19º Domingo del TO 

Estos versículos son parte de una sección más grande de avisos y exhortaciones de Jesús sobre la necesidad de prepararse para los acontecimientos futuros y la llegada del reino de Dios. La sección se extiende desde Lc 12,1 aLc 13, 9, y tendrá continuación el próximo domingo.

El evangelio del domingo pasado nos mostraba el peligro del dinero y la riqueza. El evangelio de hoy continúa insistiendo en la conveniencia del desprendimiento de los bienes para así atesorar otros bienes en el cielo, y trae además tres parábolas relacionadas con la vigilancia y la espera futura. La primera parábola premia al siervo vigilante que atiende a que regrese su amo de la boda. La segunda parábola, ante la eventual irrupción de un ladrón, nos avisa del juicio para los que no están preparados. La tercera parábola muestra a un siervo que puede presentar dos actitudes muy distintas ante su amo. Jesús premia al siervo que al regresar su amo lo encuentra trabajando; pero promete juicio severo si el siervo “no se prepara ni obra conforme a la voluntad de su amo”.

¿Qué significa todo esto? El evangelio, desde el domingo anterior, continúa haciendo una llamada al desprendimiento, a la vigilancia, a la fidelidad y buena administración de los bienes confiados por Jesús. Lucas relaciona la confianza en Dios con la necesidad de desprenderse de los bienes materiales. Las riquezas son siempre una tentación que atrae el corazón y lo subyuga, «porque –dice el evangelio- donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón». Lucas, en el contexto histórico de las primitivas comunidades cristianas, propone con radicalidad que las riquezas de cada uno han de repartirse para los demás. De esa manera el corazón queda liberado. El mensaje de las parábolas indica por tanto vigilancia consigo mismo, y responsabilidad de los administradores sobre los bienes que han de repartir a la comunidad.

La vigilancia de los siervos de las parábolas hace alusión sobre todo a la esperanza de los primeros cristianos, que ante los signos de los tiempos -las persecuciones de los judíos, la destrucción de Jerusalén por los romanos, el paganismo y la incredulidad-, llevaban muchos años esperando la Parusía (segunda venida de Cristo), anunciada en el evangelio: “no temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino”. La espera se prolongaba y era necesario mantener viva la esperanza y la tensión y no caer en el cansancio o el desaliento. En este evangelio encontramos las palabras que mantenían viva esa tensión: «Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas».

Tener la «cintura ceñida» significa una forma de recogerse la ropa para trabajar: el cinturón ajustaba la túnica, sobre todo si era larga, para que el trabajador pudiese moverse sin dificultad en la tarea. La «lámpara encendida» tiene que ver con la noche, cuando es necesaria la luz para poder ver. Jesús nos pone en el lugar de los criados y el hombre prevenido contra el ladrón, que están alerta en la noche, queriendo decir que estemos dispuestos y a punto, incluso cuando normalmente se descansa y no hay actividad.

Pero ¿cómo podemos aplicarnos estas palabras del evangelio? ¿a quién o qué tenemos que esperar? ¿Solamente debemos estar atentos para la venida del día de mañana?No. Otras venidas de Jesús también suceden a cada instante de la vida, porque Jesús está viniendo constantemente a nuestra existencia si sabemos reconocerlo. Es muy habitual que cuando nos va bien, vivimos tranquilos, relajados, despreocupados. Si bien la venida definitiva de Jesús sobre la que nos advierte el evangelio será al final de nuestra existencia, también, ahora, en cada momento de la vida, está sucediendo algo importante: Jesús nos llama hoy a una acogida perseverante, a permanecer en el compromiso contraído con él, en forma de tarea, de palabra dada, en forma de entrega personal, poniendo amor en todas las cosas. Sin embargo nos suele pillar dormidos, desprevenidos o despreocupados. Por eso tienen sentido las últimas palabras de Jesús “al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá”. Todas y todos tenemos dones y capacidades, y Jesús quiere que tomemos decisiones y colaboremos con él, según nuestras posibilidades, para que no vayamos con las manos vacías.

Las palabras de Jesús son también hoy una llamada a nuestra comunidad, a vivir con responsabilidad, tal como en los primeros tiempos del cristianismo, sin caer en la pasividad o el letargo. En el recorrido de la comunidad hay momentos en que se hace de noche o se abandona la tarea, porque nos cuesta identificarnos con su misión, por falta de intereses compartidos, u otras múltiples causas. Sin embargo, no podemos dormirnos, ni dejar la tarea para otros. Es la hora de reaccionar, despertar nuestra fe y seguir caminando hacia el futuro, incluso cuando los ánimos estén cansados y desencantados. Seguro que cada cual tenemos muchas capacidades para colaborar con la comunidad y participar junto a las hermanas y hermanos. ¿Cómo podemos comprometernos mejor en la construcción de esa tarea? Tenemos la seguridad que Jesús, como el señor que vuelve de la boda, nos acompaña, y agradecido por nuestro velar, “se ceñirá, nos hará sentar a la mesa y, acercándose, nos irá sirviendo”.

                                                                                                                                                                                                        Ricardo Rodríguez Villalba.

 

Evangelio según san Lucas (12, 32-48)

Dijo Jesús a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre». Pedro le dijo: «Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?». Y el Señor dijo: «¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas? Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si aquel criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles. El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos. Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá».

 

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