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2019-08-25 “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”

21º Domingo del TO 

El evangelio de hoy nos relata un episodio acontecido durante el largo camino de Jesús desde Galilea hasta Jerusalén, cuyo recorrido ocupa más de una tercera parte del evangelio de Lucas (Lc 9, 51 aLc 19, 28). El fragmento de hoy se inserta entre discursos y parábolas sobre el reino de los cielos, y mantiene una continuidad con los evangelios precedentes al indicar las condiciones para entrar en este reino. Es la parábola de la puerta estrecha

Un hombre se acerca a Jesús y le pregunta cuántos se salvan. Ya desde los tiempos del judaísmo previo a Jesús los hombres buscaban asegurarse la vida eterna; Jesús le contesta: “esforzaos”, porque no es fácil salvarse. Y así lo explica con la parábola del amo de la casa que no reconoce a quienes llaman a su puerta, a los que acusa de “obrar injusticia”.

Si el amo de la casa representa a Dios, ¿quiere decirse que puede Dios echar fuera a sus hijos? el evangelio parece contradictorio, pero porque nosotros lo leemos así. Sabemos que Dios es amor, y que nosotros somos sus hijas e hijos, obra de su creación, y así nos lo ha revelado. Esto nos reconforta porque tenemos limitaciones y pecados. Pero, por contra, puede tener un efecto tranquilizador para quienes se creen autosuficientes, para los que se autocomplacen en un pensamiento como éste: “Dios es tan bueno que no puede castigarme, da igual lo que yo haga porque en el momento oportuno su bondad me perdonará, y me llevará al cielo”. Contra esta forma de pensar, propia de los que se creen ya justificados, Jesús responde con la parábola de la puerta estrecha.

¿Puso Jesús esta comparación de la puerta estrecha para asustarnos con el infierno y obligarnos a observar la ley? La puerta estrecha y la justicia que menciona Jesús son la nueva mirada sobre la salvación que Jesús nos comunica. Se trata de la conversión y seguimiento que Jesús nos pide.

Para algunas personas, la parábola puede llevarles a creer que Dios es un padre severo y exigente -automáticamente tendemos a pensar que la relación con Dios es similar a las relaciones humanas-. Sabemos que Dios no rechaza a nadie, ni desea que sus hijas e hijos se pierdan; más bien, lo que dice Jesús es que si no le seguimos, nosotros nos perderemos, no estaremos totalmente realizados según el plan de Dios, ni tendremos el reino de Dios entre nosotros; en definitiva, no estaremos salvados.Es un aviso para que no permanezcamos pasivos, porque Dios nos ha creado para que desarrollemos nuestras capacidades, para que trabajemos y nos superemos, sin esperar que otros lo hagan en nuestro lugar; para que afrontemos la vida y crezcamos. Y esto implica esfuerzo. La vida no es fácil, ser creyente tampoco lo es. Necesitamos que Jesús también nos dé unos toques de vez en cuando para ponernos en camino. Sin ese estímulo nos quedaríamos inmóviles, apáticos, insatisfechos por no avanzar.

La parábola también parece insistir en que debemos obrar la justicia, esforzarnos al máximo. Lo que Jesús pide no es rigorismo legalista, sino amor radical. Por eso su llamada es exigente.

Pero cuidado, hay una tendencia espiritual que sostiene que debemos hacer el bien como si nuestra salvación dependiera del propio esfuerzo, como si fuésemos a conseguir el cielo a base de puños. Esto no es cierto. La salvación, la felicidad, son puro regalo de Dios; es amor desinteresado, pura iniciativa suya.

Recordemos que nuestras obras no nos alcanzan la salvación, sino que nos disponen para que la aceptemos con fe (porque la salvación también puede ser rechazada); nuestro «hacer el bien» no debe ser interesado para conseguir algo, sino que, al contrario, nuestras obran son la respuesta agradecida y necesaria a la aceptación del amor de Dios, que viene primero y que es, también, gratuito.

Por tanto, esta parábola será comprendida solamente por quienes conocen la alegría de la gratuidad de Dios. Si no, aparecerá como una lectura exigente y castigadora, y creará la imagen errónea de un Dios estricto y severo que muchas y muchos, por desgracia, todavía llevan dentro.

Por último, añadir que Lucas sitúa la parábola en su contexto histórico: las palabras de Jesús iban dirigidas a los judíos porque ellos confiaban, primero, en la Ley, y segundo, en ser el único pueblo elegido, tanto que despreciaban a los otros pueblos. Jesús les avisa que, si no obran la verdadera justicia que él anuncia, vendrán de todas direcciones otros pueblos -los gentiles- que les arrebatarán el sitio y los judíos se quedarán en el último puesto (el sitio de los que rechazan las enseñanzas de Jesús). También desde nuestra situación de hoy, podemos pensar que somos unos elegidos privilegiados porque vamos a la iglesia y cumplimos algunos preceptos, pero puede ocurrirnos lo mismo que a los judíos. Con su mensaje, Jesús tumba a quienes entienden que se pueden salvar sólo con una religiosidad de cumplimiento y de participación mecánica en algunos ritos y costumbres.

La salvación no es algo que se recibe de manera irresponsable, ni Dios, aunque sea misericordioso, es permisivo. No es tampoco el privilegio de algunos elegidos ni patrimonio de iniciados. Jesús se ofrece a todas y todos, y pide respuesta. Pero en el seguimiento de Jesús, no todo da igual, no todo es suficiente, ni mucho, ni poco; se trata, no de cantidad, sino de integridad.

En esta tarea no hay puerta ancha ni puerta de atrás. Entrar por la puerta estrecha es seguir a Jesús; aprender a vivir como él; y asumir la cruz de cada día: trabajos, responsabilidades, esfuerzos, luchar por superarse a sí mismo y colaborar con los demás en esa lucha. Jesús es una puerta siempre abierta. Nunca la cierra, sólo nosotros la cerramos si renunciamos a seguirle. Y nos podemos quedar fuera.

                                                                                                                                                                                                        Ricardo Rodríguez Villalba.

 

Evangelio según san Lucas (13, 22-30)

 

Jesús pasaba por ciudades y aldeas enseñando, y se encaminaba hacia Jerusalén. Uno le dijo: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?» El les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “¡Señor, ábrenos!” pero él os dirá: “No sé quiénes sois.” Entonces empezaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”; pero él os dirá: “No sé de dónde sois, ¡Alejaos de mí, todos los que obráis injusticia!” Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. «Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.»

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