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2019-09-01 “El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”

22º Domingo del TO

Los capítulos 14-15 de Lucas están situados en torno a varios banquetes. A lo largo de los evangelios encontramos un buen número de escenas en las que Jesús se sienta a la mesa y comparte la comida, expresión de la invitación a entrar en comunión de vida con él, de unión y de fraternidad universal.

Invitado por diversos personajes (fariseos, pecadores públicos, discípulos, amigos…), los banquetes son ocasión en que Jesús, mediante parábolas, enseña contra la religiosidad de los fariseos, su legalismo sin compasión ni amor, y contra su interés por mantener el estatus en la comunidad religiosa. 

Este evangelio de hoy trae dos relatos. El primero es una reflexión en torno a las elementales normas de conducta sobre el puesto que a cada uno le corresponde en un banquete. El segundo enseña a qué personas se debe invitar cuando se da una fiesta.

¿Cómo se debe comportar una persona bien educada en su relación con los demás? No como aquellos invitados, a quienes Jesús corrige por su tendencia a ocupar los primeros puestos. No obstante, Jesús va más allá de una enseñanza sobre el comportamiento social: las palabras centrales de la perícopa, «el que se humilla será enaltecido», es la clave de interpretación del conjunto: el banquete, que es imagen del reino de Dios, con la llamada a la humildad por un lado, y la invitación a los pobres por otro, supone la inversión de los valores que son considerados socialmente normales.

1. La humildad es una ley del reino de los cielos, una virtud que Jesús predica a lo largo de todo el evangelio. En este evangelio Jesús nos indica que dejemos de pensar en nosotros mismos, para pensar en los demás. Los que se preocupan de sí mismos sólo piensan en sus propios intereses y en que la gente se fije en ellos y hablen de ellos. Eso se llama egoísmo. ¿Cuál es la motivación que da Jesús para la vivencia de la humildad? El amor a los demás, al prójimo. La razón es que, al dejar de ocupar los primeros puestos, al ceder, estoy dejando el lugar de importancia a mis hermanas y hermanos.

Por eso, Jesús no deja de exhortarnos a la humildad. Las palabras “los últimos serán los primeros” quieren decir que los primeros puestos los ocuparán, de algún modo, quienes hayan superado la vanidad y se hayan puesto al servicio de los demás.

2. Los pobres a quienes propone Jesús invitar a la mesa son los lisiados, cojos y ciegos, que, por sus discapacidades, no podían trabajar y se veían obligados a sobrevivir de la limosna. Según la enseñanza de Jesús, la mesa ha de ser un espacio para compartir el alimento con el que no tiene nada. Jesús dirige estas palabras a quien lo invitó: “Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos, ciegos, y serás bienaventurado porque no pueden pagarte”, porque su anfitrión escogió a invitados queridos y próximos, según la costumbre social de la reciprocidad. Está bien amar a los que nos aman, hacer el bien a los amigos, tener gestos de afecto hacia quienes nos unen vínculos familiares, lo cual produce gozo, alegría, satisfacción. No es necesario un don especial, ni tiene mayor mérito. Esto lo solemos hacer todos espontáneamente. La gente nos corresponde normalmente con su agradecimiento y su invitación. Sin embargo, los pobres no pueden correspondernos: “Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos, ciegos, y serás bienaventurado porque no pueden pagarte”. Atender a los pobres, a quienes están en cualquier situación de desventaja, tiene valor infinito. Y el último versículo sobre la resurrección de los justos, nos remite al valor definitivo y prácticamente absoluto que tiene la acción a favor de los pobres: Jesús dice que un banquete futuro está preparado, sólo que la condición es que no se queden fuera las criaturas más desvalidas. 

En línea con toda la predicación de Jesús, en la relación con Dios lo importante no son los primeros puestos, sino la libertad interior que lleva a ponerse al servicio y amar a los demás. La novedad del reino exige un comportamiento que refleje la actuación de Dios: su amor desinteresado y gratuito. Y la muestra de este amor es la acogida y preocupación por los que sufren desigualdad, quienes no pueden correspondernos. Pero el evangelio también nos previene por si detrás de nuestras acciones y palabras, aun buenas, buscamos la mayoría de las veces algún interés, alguna compensación, aunque sea emocional; nuestro hacer el bien no debe ser interesado, sino una respuesta agradecida a la aceptación de la gratuidad de Dios. El amor que no calcula, que evita la desigualdad y la discriminación, que no espera reciprocidad, es la propuesta del reino de Dios. ¿Cómo de gratuitos somos nosotras y nosotros en nuestra vida?                                                                                                                                              

                                                                                                                                                                                                         Ricardo Rodríguez Villalba.

 

 

Evangelio según san Lucas (14, 1. 7-14)

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro y te diga: “Cédele el puesto a éste”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».

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