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2019-09-15 “Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”

24º Domingo del TO

En este domingo leemos el capítulo 15 completo del evangelio de Lucas, que contiene las tres parábolas de la misericordia: la oveja perdida, la moneda extraviada, y después la más extensa de las parábolas, única de san Lucas, el padre misericordioso y sus dos hijos, uno «pródigo» y otro que se cree «justo».

En este capítulo céntrico del evangelio lucano se encuentra el texto que nos explica la naturaleza más íntima del Dios de Jesús: la ternura y la misericordia, expresadas en alegría. Jesús, que durante el viaje a Jerusalén enseña a sus seguidores a ser discípulos, les describe este rostro de Dios. Las tres parábolas están unidas entre sí por el mismo tema: algo valioso que fue perdido y es recuperado. Y las tres terminan en alegría y fiesta por el reencuentro. El evangelista subraya dos ideas centrales: la iniciativa de Dios y su alegría por el encuentro con lo que está lejos o perdido. Las parábolas hablan de la alegría de Dios. Dios es alegría. En las tres parábolas, el encuentro implica alegría. Es la alegría de un pastor que reencuentra su oveja; la alegría de una mujer que halla su moneda; es la alegría de un padre que vuelve a acoger al hijo que se había perdido, que estaba como muerto y ha vuelto a la vida, ha vuelto a la casa de su padre. Y la alegría de Dios está en perdonar. Aquí está toda la esencia del evangelio.

Cada uno de nosotras y nosotros somos esa oveja perdida, esa moneda perdida; cada una y cada uno somos ese hijo que ha derrochado la propia libertad y ha perdido todo. El vacío interior y el hambre de amor pueden ser los primeros signos de nuestra lejanía de Dios. No es fácil el camino de la libertad sin Dios.

Pero Dios no nos olvida, el Padre no nos abandona nunca. Es un padre paciente, nos espera siempre. Y su corazón está en fiesta por cada hijo que regresa. Está en fiesta porque es alegría. Es esa alegría inmerecida y desbordante por lo que Dios hace en nosotros, por cómo nos busca, por cómo nos abraza en todas nuestras pérdidas. Hay una revitalización de la propia vida cuando nuestra pobreza en vez de entristecernos, nos hace ricos en misericordia. Y es al recibir la misericordia cuando nos convertimos en motivo de alegría los unos para los otros. Perdonar es dar vida, y recibirla también (Lc 15, 24).

Pero con la experiencia del perdón de Dios a veces podemos sentirnos tan seguros de nosotros mismos que corramos el peligro de creernos justos, y juzguemos a los demás, Y juzguemos también a Dios, porque pensamos que debería castigar a los pecadores, en lugar de perdonar. Como ese hermano mayor de la parábola, que en vez de estar feliz porque su hermano ha vuelto, se enfada con el padre que le ha acogido y hace fiesta. Como hacían los fariseos y los escribas, que se consideraban cumplidores de la ley, y que murmuraban entre ellos contra Jesús diciendo: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos”. Como en la época de san Lucas, cuando los paganos se acercaban a las comunidades cristianas porque querían entrar y participar, y muchos hermanos judíos murmuraban porque creían que acogerlos iba en contra de la ley.

Contra esa murmuración, y contra la concepción religiosa y el orgullo humano que encierra, Jesús contesta con las parábolas de la misericordia. La enseñanza de Jesús va destinada a las comunidades cristianas, que debían ser acogedoras y mostrar el rostro misericordioso de Dios. Si en nuestro corazón no hay misericordia, la alegría del perdón, no estamos en comunión con Dios, aunque observemos todos los preceptos, porque es el amor lo que salva, no la sola práctica de los preceptos, como le ocurría al hermano mayor. Es el amor a Dios y al prójimo lo que da cumplimiento a todos los mandamientos. Y éste es el amor de Dios y su alegría: perdonar.

Si realmente conocemos a Jesús y lo amamos, tenemos que aprender a acoger, comprender, empatizar y amar sin ningún tipo de reservas. Sabemos que esto es muy difícil, pero es la propuesta de Jesús, porque Dios nos amó primero. Y si hemos fallado y no hemos practicado misericordia, Dios nos espera. Aunque tengamos en nuestro corazón errores graves. Él es padre: ¡siempre nos espera!. Quiere que volvamos a Él de corazón y con pleno convencimiento. Quiere que, al igual que el hijo de la parábola, digamos en nuestro interior: “me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”. Dios nos espera con gran misericordia, y su alegría será nuestra alegría.                                                                                                 

                                                                                                                                                                                                         Ricardo Rodríguez Villalba

 

Evangelio según san Lucas (15, 1-32)

Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”. Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. Él le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

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