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2019-10-13 “¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?”

28º Domingo del TO  

En este relato que sigue al del domingo pasado, Lucas nos ofrece el episodio de los diez leprosos. Jesús continúa hacia Jerusalén, pasando entre Samaría y Galilea. En el camino, enseña, predica, anuncia el reino de Dios y cura a las personas de todo tipo de dolencias. Y Lucas nos cuenta que Jesús se encuentra con diez leprosos que piden su compasión.

Los leprosos vivían fuera de las poblaciones y aislados del resto. El leproso produce rechazo, se mantiene aislado. El leproso mismo tiene la conciencia de ser una persona marginada. De ahí el dato de que los leprosos “se pararon a lo lejos” para no contagiar, pero también porque se sienten rechazados. La Ley de Israel mandaba que los leprosos vivieran separados (cf. Lev 13, 46). Y el día en que estuvieran curados tenían que presentarse ante un sacerdote para que éste comprobara su curación y les permitiera reintegrarse a la vida normal (cf. Lev 14), pudiendo a partir de entonces participar en las celebraciones del culto. Por eso, este milagro de Jesús significa no sólo una curación física, sino una restauración en la vida social de su pueblo.

Una vez sanados de la lepra, el evangelio dice que el grupo se divide: los nueve por un lado, el samaritano por el otro. El centro de interés del relato está en que sólo el samaritano, un extranjero, tuvo fe para reconocer la bondad de Dios que actuaba en Jesús, y se volvió para dar gloria a Dios. Esa diferencia queda cualificada desde otro ámbito, el de la capacidad de dar gracias, actitud que no tienen los nueve restantes.

Jamás los judíos trataban a los samaritanos. ¿Por qué este samaritano extranjero andaba con un grupo de leprosos? La enfermedad común de estos hombres había unido lo que la vida normal y la Ley separaban. Lo que los había unido era precisamente la marginación, mayor para el samaritano por ser extranjero, pero marginación al fin y al cabo. Como leprosos, eran todos igual de malditos ante la sociedad. Sin embargo este samaritano, cuando vio que estaba curado,“se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias”. Los otros nueve, al verse curados, desaparecen de la escena. El samaritano, por su fe, quedó restablecido e integrado.

Y “¿los otros nueve dónde están?” Sólo un samaritano, el socialmente extraño a los judíos, el excomulgado de la Ley, el despreciado, volvió a dar gracias. El elogio de Jesús al samaritano se convierte en un reproche para los hijos de Israel, los judíos. El samaritano da gloria a Dios porque Jesús tiene la capacidad de sanarlo, y también porque Jesús le rehabilita de los prejuicios contra su condición de samaritano.Sólo éste, por su fe, pasó a ser seguidor de Jesús; los otros se marcharon.

La enseñanza de Lucas quiere decir que el lugar que Jesús da a los samaritanos es el mismo que las comunidades cristianas debían dispensar a los paganos no judíos. A favor de ellos, Jesús también presentó en la parábola del buen samaritano un modelo de gratitud y de amor al prójimo para superar los prejuicios hacia los extranjeros (cf. Lc 10, 30-33). Quiere con ello señalar que el evangelio se dirige, también, a las personas y grupos considerados indignos de recibir la buena noticia de Jesús.

En el evangelio de hoy, es precisamente uno venido de fuera, despreciado por los de dentro, el único que sabe reconocer el don recibido de Dios, dando una lección magistral a quienes, a pesar de haber sido curados, no supieron que la verdadera curación comienza con la salud del cuerpo, pero culmina en el seguimiento de Jesús que da nueva vida a quien se acerca a él. La sanación puede ser, además, ocasión y estímulo para iniciar una nueva relación con Dios. Podemos pasar de la indiferencia a la fe, del rechazo a la acogida, de la duda a la confianza, del temor al amor. Esta acogida sana de Dios nos puede curar de miedos, vacíos y heridas que nos hacen daño. Nos puede enraizar en la vida de manera más saludable y liberada. Nos puede sanar integralmente. Esto significa autoaceptación y reconciliación. Al curarnos, se nos ofrece la posibilidad de acoger de forma renovada a Dios que viene a nosotros como fuente de vida nueva. Dentro de la pequeña historia de cada persona, probada por enfermedades, dolencias y contrariedades, la curación es una experiencia privilegiada para dar gloria a Dios.

La salvación de Dios que nos llega por Jesús es puro don. No depende de los méritos. El relato nos enseña que no sólo hemos de pedir a Dios el “don” que necesitamos, sino también agradecérselo después de haberlo recibido. Y que Dios escucha a todos, no sólo a los “de dentro”. Los diez leprosos pidieron compasión a Jesús, y Jesús los curó porque manifestaron su confianza en él, no por ser judíos o samaritanos. Nadie es excluido del amor del Padre, que salva gracias a la fe. Pero sólo el leproso samaritano demostró su alegría, su gozo, alabó a Jesús, se acercó a él porque su vida a partir de ese instante fue dignificada y restaurada. San Lucas nos habla aquí de una fe adulta, una fe agradecida, alegre, llena de vida, de energía. Porque ¿de qué nos sirve la curación si no nos encontramos de forma personal con Dios, que nos reconstruye totalmente?

Jesús que cura y sana sirve como modelo para cristianas y cristianos, porque una vez sanados y reconciliados, nos envía a evangelizar y aliviar el dolor de los que sufren. El evangelio de hoy nos descubre también que la autoaceptación es una condición previa a la aceptación de los demás. Porque, del mismo modo que Jesús nos ha limpiado, también Jesús nos llama a eliminar la lepra de los que son diferentes y excluidos. Así, el itinerario del creyente pasa por la autoaceptación, la sanación y la conversión personales, necesarias para aceptar a los demás; pasa por la actitud de agradecimiento a Dios; y por último, nos impulsa a ser discípulas y discípulos, continuando la acción de Jesús.

Hace tres décadas con la epidemia del SIDA surgió una nueva lepra, y hoy día siguen apareciendo otras formas de lepra o estigmas: entre los extranjeros y las poblaciones de otras etnias; entre los nuevos pobres y marginados victimas de las crisis económicas, políticas y sociales, víctimas de la enfermedad y de las discapacidades; entre las personas LGTBI... ¿Con qué prejuicios y normas sociales tratamos a los diferentes, diversos y marginados? Revisemos esos prejuicios bajo los ojos misericordiosos de Dios. No deben existir prejuicios si pretendemos seguir el ejemplo de Jesús. La conciencia cristiana a veces exige que actuemos en contra de los sentimientos predominantes y que demos prioridad (como hizo Jesús y como enseña la parábola del buen samaritano) a las necesidades humanas de estos nuevos estigmatizados que carecen de unos mínimos de bienestar, normalización, integración y participación. Según el ejemplo de Jesús, la prioridad al actuar es siempre la restauración de la dignidad del ser humano.

Dichosos aquellos que posibilitan a otros caminar hacia el reino de los cielos.

                                                                                                                                                                                                   Ricardo Rodríguez Villalba                                                                                                      

 

Evangelio según san Lucas (17, 11-19)

Una vez, yendo camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús, tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están?¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?». Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

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