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2019-10-20 “Orar siempre sin desfallecer”

29º Domingo del TO

En este relato que contiene la parábola que se conoce como la parábola del juez y la viuda, Lucas nos presenta uno de los temas favoritos de Jesús, que es la oración. Lucas es el evangelista que más veces presenta a Jesús invitando a la comunidad a poner en práctica la oración. Se trata de la necesidad de orar siempre y sin desfallecer. La parábola enseña que la fe en Dios y en su capacidad de mostrar misericordia y justicia debe ser la base de nuestras oraciones.

El contexto en que se escribió el evangelio de Lucas, el de la iglesia naciente que esperaba en medio de las dificultades el regreso de Jesús en el día de la salvación definitiva, da sentido a esta parábola que conecta con la sección anterior, el capítulo 17, 20-37, donde se menciona la venida del Hijo del hombre. El final de la parábola dice cómo hay que esperar esa venida manteniendo una fe y oración persistentes.

Jesús nos presenta un caso en el cual había posibilidades casi nulas de que la viuda lograría ser escuchada. La viuda estaba entre las personas más vulnerables de la sociedad palestina; era una persona a quien constantemente se le negaba la justicia. Sin embargo, su persistencia en exigir justicia es un modelo para nosotras y nosotros. Las personas pobres y vulnerables nos enseñan cómo deberíamos relacionarnos con Dios. Muchas veces, aquellas personas a quienes se les niega la justicia son quienes más creen en la capacidad de Dios para socorrerles, porque viendo cómo los demás seres humanos les han fallado, creen que en última instancia sólo Dios les escuchará.

Jesús nos da el ejemplo de una situación que parecía imposible, pero en la cual lo improbable sucedió. La viuda fue finalmente escuchada por alguien sin ninguna inclinación a prestarle atención. La enseñanza de Jesús viene a reforzarnos porque a veces dudamos del poder de la oración: Nuestras oraciones son efectivas y son escuchadas, aunque a veces no nos parezca que sea el caso. ¿Cuántas veces nos parece que nuestras oraciones no reciben respuestas? ¿Tenemos fe en que Dios es más justo que ese juez, y en que Dios pone todo interés en escucharnos? ¿O nos desalentamos demasiado pronto creyendo que nuestras oraciones no son oídas?

Veamos cómo oramos. Solemos pedir mucho pero oramos poco. Y oramos mal porque “agotamos” a Dios para que al fin nos haga caso. Pero ya sabe nuestro Padre lo que necesitamos y lo que nos conviene.

¿Cómo pedimos? A veces pedimos a Dios desesperadamente, y hacemos bien, porque para eso somos hijas e hijos, para poder decirle todo a nuestro Padre. Pero cuando pedimos y no recibimos, dudamos de Dios: ¿no nos oye?, ¿es que no es bueno? Más bien deberíamos dudar de nosotros mismos: ¿pedimos cosas convenientes? Generalmente, pedimos milagros, pedimos que Dios altere el curso normal de los acontecimientos, que intervenga, que suceda lo que nos interesa… También solemos orar para pedir favores y bienes. Pero el mundo no funciona así. Dios no funciona así. Por supuesto que puede hacer milagros: Dios puede hacer lo que quiera. Pero no lo suele hacer ni deberíamos pedírselo. El milagro que nos conviene es que aceptemos las cosas y las aprovechemos como un medio de descubrir a Dios. A veces no nos damos cuenta que Dios se manifiesta en ellas, y el milagro consiste en descubrirle en su aparente ausencia.

¿Cuánto tiempo llevamos orando por una petición especial? ¿Cuántas veces hemos pensado que ya no vale la pena orar? Cuando somos persistentes en la oración crecemos en carácter y en fe. La persistencia en la oración ayuda a alinear nuestra petición con la voluntad de Dios en nuestras vidas. La persona que ha esperado mucho tiempo por una respuesta es una persona que ha mostrado su esperanza en Dios, es una persona más madura y mejor capaz de recibir la respuesta que Dios ha tenido guardada para el momento adecuado. La oración persistente da un resultado de madurez. Dios es incapaz de ser injusto con nuestras peticiones. Dios responde a tiempo.

La finalidad de la oración es comunicarse con Dios. La oración es su propio fin: estar con Dios, oír a Dios, sentir a Dios, agradecer a Dios, expresarse ante Dios. La oración debe ser la actividad normal del creyente. Oramos porque en la esencia de nuestro ser está Dios. En general, se nos ha enseñado poco a orar. Apenas nadie nos ha hablado de la importancia que tiene dedicar cada día a estar con Dios, repitiendo: “Señor, quiero estar contigo”, “Señor, quiero escuchar tu voz”, “quiero sentir que eres Padre”, “gracias por la vida, por tu amor”. Es la oración desde la confianza y el cariño.

No olvidemos que aun cuando es bueno pedir a Dios todo, desde el perdón de nuestras faltas hasta el éxito en nuestras iniciativas y trabajos, lo fundamental, lo más importante, lo que debemos pedir y buscar ante todo es la justicia, la salvación de Dios, porque lo demás se nos dará por añadidura. Tampoco conviene olvidar que la oración, como ha de ser siempre sincera, nos compromete con el mundo y con las mujeres y hombres de nuestro entorno, haciéndonos personas dispuestas por su promoción y desarrollo según la justicia. El desafío del evangelio es tener fe y ser persistentes en ella hasta el final, hasta el punto de derrotar la desesperanza, de superar lo imposible. Dios no abandonará, hará justicia pronto a las personas elegidas, aunque actualmente las deja pasar por angustias y fracasos. Por eso hay que mantener la fe, guardarla del abatimiento, firme y segura en que Dios nos escucha.

                                                                                                                                                                                                  Ricardo Rodríguez Villalba         

 

Evangelio según san Lucas (18, 1-8)

Les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: “¡Hazme justicia contra mi adversario!” Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme.”» Dijo, pues, el Señor: «Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará esta fe sobre la tierra?»

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