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2019-11-10 “Los hijos de Dios son hijos de la resurrección”

32º Domingo del TO  

Hoy el evangelio nos presenta el misterio de la resurrección de los muertos, una de las verdades fundamentales de nuestra fe.

Había entre los judíos un grupo político-religioso, muy influyente, los saduceos, que sólo aceptaban los libros de Moisés -el Pentateuco- y rechazaban toda doctrina que no estuviera en estos libros, como la de la resurrección que se contiene en el libro de Daniel (Dan 12, 2-3), o que encontramos asimismo en el Libro de los Macabeos (2 Mac 7, 9. 11. 14. 23. 29). Algunos de estos saduceos quieren poner en ridículo a Jesús tratando de demostrar esa doctrina como absurda. Y, basándose en la ley del levirato -que obligaba a tomar por mujer a la viuda de un hermano- ponen el ejemplo de siete hermanos que sucesivamente toman por esposa a la misma mujer, y preguntan: “Cuando llegue la resurrección ¿de cuál de ellos será la mujer?”. Es absurdo creer de esa manera en la resurrección: La creencia de los judíos en la resurrección suponía una vuelta a la vida en la tierra aunque provista de todo en abundancia.

Frente a esta concepción, Jesús señala que la vida de los resucitados será totalmente diferente de la que se vive en la tierra. Así, en la vida futura los hombres y las mujeres serán inmortales, no se casarán: “Son como ángeles, y son hijos de Dios”, dice el evangelio. Resurrección significa que no sólo hay inmortalidad del alma sino que todo el ser, cuerpo glorificado y alma, participará de la gloria de Dios. Jesús recurre a un texto de Moisés, concretamente del libro del Éxodo (Ex 3, 6), para hacer ver a los saduceos que Moisés ya dio a entender que los muertos resucitan porque Dios se le presenta como el Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob y “no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos”. Con lo cual Jesús afirma una cosa fundamental: a pesar de la muerte, el ser humano siempre vive para Dios. Los saduceos querían demostrar que la resurrección era un absurdo, pero Jesús les ha demostrado que son ellos los que interpretan la Escritura de forma absurda.

Jesús nos dice que hay vida después de la muerte, ya que la resurrección no es sólo un simple revivir, sino que es un nacer a la vida a la que siempre hemos aspirado y que siempre hemos anhelado. Una vida en la que seremos plenamente felices y libres, que no podemos captar plenamente ahora, pero que como misterio revelado sí podemos vislumbrar con la ayuda de la fe y la esperanza. El paso del presente al futuro es como nuestra propia existencia: si miramos una fotografía nuestra de cuando éramos niños podemos ver que ya no somos iguales, pero al mismo tiempo ese niño, realmente somos nosotros. No podríamos negarlo. En tal sentido somos el mismo, pero al mismo tiempo ya no somos iguales a la fotografía.

Nuestra resurrección es una consecuencia de la resurrección de Cristo. Jesús, con su propia resurrección, nos ha abierto el camino de la vida. Dios tiene el poder de crear la vida, y haciéndonos hijas e hijos suyos nos hace participes de la resurrección. Confiar en este Dios quiere decir darnos cuenta de que estamos hechos para la vida. Y la vida consiste en estar con Él de manera ininterrumpida, para siempre.

¿Este misterio de la resurrección es relevante para nuestro tiempo? Nos encontramos en el evangelio una situación parecida a la que sucede hoy: la secularización también intenta desprestigiar a los que nos llamamos cristianos, y el relativismo científico y cultural considera irrelevante nuestra fe a causa de la pérdida del sentido de la trascendencia. Pero la fe en la resurrección da razones de esperanza a esa humanidad que relativiza las creencias, que ante la fugacidad de las cosas parece que ha perdido su sentido, y que se desespera por tanta destrucción y muerte. Sabemos que Dios permanece firme y nos llama a plenitud y eternidad. Poder pensar que la vida no termina, sino que es como un río que un día comenzó y que su caudal crece y crece, puede sostenernos en los momentos de dolor, de desesperanza, y ante la muerte. Y puede en algún momento, sin darnos cuenta, mostrarnos que la vida tiene sentido, más allá de las cosas que le pueden pasar al ser humano.

Pero la fe en la resurrección no nos saca de nuestro compromiso con nuestro presente, por el contrario hace que nos insertemos profundamente en la historia, llevando la convicción de que su sentido último está en la Vida. Nuestro testimonio de fe y esperanza en la resurrección deben traducirse también en un compromiso por defender la vida, en este tiempo en el que las fuerzas de la violencia y muerte parecen atemorizarnos más, en particular a los más pobres y oprimidos. Creer en el Dios de los vivos nos hace rechazar la muerte violenta e injusta, no sólo física, sino también espiritual, infligida a tantas personas.

La fe en la resurrección es motivo de esperanza, motivo para mirar el futuro con optimismo, y debe ser motivo también para cambiar nuestro modo de ver las cosas. Abrirse a la resurrección es también abrirse a la novedad diaria del evangelio para nuestras vidas.

En este momento podríamos preguntarnos personalmente: ¿Creo que hay vida después de la muerte? ¿Creo en la resurrección? ¿En mi caminar por la vida intento ser consciente de unas actitudes que den firmeza a mi compromiso, evitando detenerme en las cosas efímeras y sin valor? Pensemos que lo que sí perdura y llega a su máxima plenitud es todo lo que hayamos sembrado de amor auténtico, de fraternidad, de justicia y verdad. Confiar en Dios quiere decir darnos cuenta de que estamos hechos para la Vida. Y la Vida, sus auténticas dimensiones, implican, en definitiva, la perspectiva futura de Dios, la espera de Dios.          

                                                                                                                                                                                                       Ricardo Rodríguez Villalba                       

Evangelio según san Lucas (20, 27-38)

Se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano”. Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer». Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

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