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2019-12-24 "La Natividad del Señor “Se ha manifestado la bondad de Dios y su amor a los hombres”"

La Natividad del Señor

 

Hoy los cristianos estamos llenos de alegría. Como en cada Navidad, Jesús vuelve a nacer en el mundo, en cada casa, en nuestro corazón.

En su carta a Tito -que también leemos hoy-, san Pablo nos da una preciosa definición de la Navidad: “Se ha manifestado el amor, la bondad, la gracia de Dios, que salva a todos los hombres” (cf. Tit 2, 11; 3, 4). Los evangelistas Lucas y Mateo dedican los dos primeros capítulos de sus evangelios a la infancia de Jesús. Con un lenguaje sobrio y conciso, narra Lucas el acontecimiento más grandioso de la humanidad: “María (…) dio a luz a su hijo primogénito”. Y el primer anuncio que escuchamos es: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo». Es grandioso lo que anuncia el ángel a los pastores: Este niño que ha nacido será la fuente de la verdadera alegría, no únicamente para los pastores sino para todo el mundo. Todos tenemos motivo para alegrarnos. Ese niño nos ha nacido a todos. La declaración del ángel dice que el niño es el Mesías: «Os ha nacido hoy un Salvador, el Mesías, el Señor».

¿Dónde está este niño? ¿Cómo lo podemos reconocer? Así dice el mensajero: «Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Porque Dios ha nacido pequeño, pobre y débil. Y lo hace de esta manera porque nadie había querido darle hospedaje, ni en las casas ni en las posadas. En este pesebre comienza Dios su aventura entre los hombres. No le encontraremos entre los grandes e importantes. Es la paradoja de Dios. Dios saca lo grande de lo pequeño; lo valioso de lo no válido; lo rico de lo pobre; lo fuerte de lo débil; al Mesías conocido por todos, de un niño desconocido. No está en lo grande y espectacular, sino en lo pobre y pequeño.

Porque este niño es el Hijo de Dios que se hace Hombre, que se identifica con los hombres. Es el Salvador que necesitamos. Y este nacimiento es para toda la gente. Jesús sólo buscará el reino de su Padre y su justicia. Vivirá para hacer la vida más humana, a imagen de Dios, y para entregarnos la vida de Dios a los hombres y mujeres. En Él encontrará este mundo injusto la salvación de Dios.

Pero no podemos olvidar que este nacimiento nos pide un compromiso: vivir la Navidad del modo más parecido posible a como lo vivieron Jesús, María y José. Es decir, sin ostentaciones, sin gastos innecesarios. Celebrar y hacer fiesta es compatible con la austeridad; sólo se necesita alegría. No hagamos de la Navidad una excusa para hacer fiesta como cuando en nuestro ambiente se habla de paz, solidaridad y amor, pero a la vez se margina y rechaza a muchas personas porque son pobres, extranjeras o sencillamente diversas. Por otro lado, si durante estos días no tenemos verdaderos sentimientos de solidaridad y no somos inclusivas e inclusivos con las personas diversas, rechazadas, forasteras, sin techo…, es que en el fondo somos como los habitantes de Belén: no acogemos al Niño Jesús.

Vayamos a Belén. Busquemos a Dios donde Él se ha encarnado, porque todo lo humano le concierne y le importa. Hablemos de Él con alegría y convencimiento. Ésta es la buena noticia de este día de Navidad. De ahí que nuestro estallido de alegría en esta Navidad ha de ser una profunda y sincera acción de gracias, de glorificación y alabanza a Dios.

 

Ricardo Rodríguez Villalba

 

Evangelio según san Lucas (2, 1-20)

Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio. Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a empadronarse, cada cual a su ciudad. También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada. En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad». Y sucedió que, cuando los ángeles se marcharon al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado». Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.

 

 

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