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2020-03-22 “Creo, Señor, que eres la luz del mundo”

4º Domingo de Cuaresma, Domingo Laetare. 

Hoy nos encontramos en la mitad del camino cuaresmal, es el domingo Laetare, que quiere decir “alegraos”, porque este día se hace un pequeño descanso en la penitencia y el recogimiento cuaresmal y se va experimentando una alegría profunda por la proximidad de la Pascua.

Este domingo el evangelio de Juan nos presenta la curación del ciego de nacimiento: Jesús, que se ha revelado como “la luz del mundo” (Jn 8, 12), se encuentra con un ciego y, para manifestar a los discípulos las obras que Dios hace a través de su persona, le unta los ojos con barro y le ordena que vaya a lavarse a la piscina de Siloé. Después de esto el ciego recobra la vista y regresa donde está Jesús. Entonces Jesús le devuelve una nueva visión. El gesto de dar la vista al ciego es utilizado por Jesús para ir más allá, para darle una luz mucho más importante, la luz de la fe.
El evangelio subraya ese proceso de “iluminación” del ciego curado. Al principio, los discípulos de Jesús, siguiendo las creencias de su época, entienden que la enfermedad es un castigo de Dios. Como este hombre había nacido ciego, y que por esa razón vivía de la limosna, los discípulos preguntan por el significado del sufrimiento que, según la interpretación de la Ley de Moisés, estaba vinculado al pecado. Jesús los libera de esa concepción: ni este individuo ni sus padres son responsables de la ceguera. Culpabilizar a quienes padecen enfermedad o pobreza es hundirlos en ellas; impide, además, que tomen las medidas apropiadas para superar esas situaciones. Este modo de ver las cosas se ha perpetuado. Lo encontramos en muchas personas que viven sus sufrimientos como un castigo divino o un destino fatal. Este modo de juzgar nos debe poner en alerta frente a las marginaciones actuales. El pecado es una realidad humana, y la ceguera (sufrimiento) indica más bien la situación natural de la humanidad. Los cristianos creemos en un Dios pronto al perdón. Es un Dios de amor, y no de castigo, porque Dios todo lo hizo bueno (Gen 1, 31). Y para que la humanidad pueda sanar de su ceguera necesita ver la luz, se precisa una nueva creación.

En el evangelio hay dos tipos de ceguera, la del ciego de nacimiento y la de la incomprensión de los fariseos. El evangelio quiere demostrar que Jesús viene de parte de Dios para curar la ceguera que nos impide adherirnos a Él. Superar la ceguera es un proceso largo que cada uno debe hacer por sí mismo; por eso Jesús sólo se muestra al principio, revelando sus obras, y al final del evangelio, confirmando la fe del ciego y condenando a los fariseos. Al principio, el ciego reconoce que un hombre lo ha curado. Todavía no se ha dado cuenta que Jesús debe ser más que un simple «hombre». Cuando los fariseos le quieren convencer de que Jesús es un pecador, reconoce que sólo puede tratarse de «un profeta», es decir, un hombre que habla de parte de Dios. Pero todavía falta un último paso en el camino de fe del ciego: el encuentro directo con Jesús. «¿Crees en el Hijo del hombre?» Al final, el ciego se postra ante Jesús reconociéndolo como Señor.

Sin embargo los fariseos representan la incomprensión total, la verdadera ceguera; no quieren reconocer a Jesús aunque tengan delante todas sus palabras y obras. El evangelista muestra la dificultad del proceso de fe del ciego, que finalmente se adhiere a Jesús. En la conclusión del pasaje evangélico leemos la síntesis de esta enseñanza: la comparación que hace Jesús entre el pecado (el juicio) y el sentido de la vista. El ciego no tenía pecado porque no pudo conocer a Jesús hasta que se le reveló; el ciego recibió la luz y creyó. En cambio, aquellos fariseos, que se creían sin pecado por tener el conocimiento de la Ley, permanecieron ciegos por su dureza de corazón ante las obras de Jesús. Su pecado era precisamente ver a Jesús y no reconocerle.

Hay un paralelismo entre la curación del ciego con barro, y el relato de la creación, cuando Dios creó al primer día la luz, y al final creó del barro al hombre (Gen 1, 3; 2, 7), y que nos ayuda a descubrir a Jesús como la “luz del mundo” que “recrea” a la humanidad nacida del barro. En este contexto dramático de pandemia, también tenemos que mirar al mundo con mirada renovada y confianza. ¿Qué nos quiere decir Dios? En medio de la confusión muchas veces nos adentramos en caminos oscuros de desesperación y perdemos la luz y la paz ¿Acaso pensamos que Dios nos ha abandonado? Sólo una cosa nos puede apartar de la luz que nos da Jesucristo, y esta cosa es el pecado, elegir vivir lejos de la luz, no reconocerle a Él. Somos de barro, pero Jesús, que asumió nuestra humanidad completa, y con su muerte y resurrección ha hecho todo nuevo, nos sigue llamando a colaborar con Él en esta renovación, a que cambiemos nuestros comportamientos, a que respetemos la creación como obra y lugar de Dios, a que seamos solidarios con los que sufren y tengamos esperanza en que podemos cambiar el futuro.

La Pascua está cerca y el Señor quiere comunicarnos toda la alegría de la resurrección. Dispongámonos para acogerla y celebrarla. «Vete, lávate», nos dice Jesús. Acudamos a lavarnos en el agua sanadora del sacramento de la penitencia. Ahí encontraremos la luz y la alegría, y nos prepararemos mejor para la Pascua.

 

 

Evangelio según san Juan (9, 1-41)

Y al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tengo que hacer las obras del que me ha enviado mientras es de día; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.» Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó y volvió ya viendo. Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: «¿No es éste el que se sentaba para mendigar?» Unos decían: «Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece.» Pero él decía: «Soy yo.» (…) Lo llevan donde los fariseos al que antes era ciego. Pero era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. El les dijo: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.» Algunos fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros decían: «Pero ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?» Y había disensión entre ellos. Entonces le dicen otra vez al ciego: «¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?» El respondió: «Que es un profeta.» (…) Ellos le respondieron: «Has nacido todo entero en pecado ¿y nos da lecciones a nosotros?» Y le echaron fuera. Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?» El respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es.» El entonces dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él. Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos.» Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «Es que también nosotros somos ciegos?» Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: “vemos”, vuestro pecado permanece.»

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