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Contemplando el bautismo de Jesús.

Mirando la suave corriente de las aguas de un río. Un grupo de gente espera en la rivera mirando con asombro a otras personas que se sumergen en el agua de una en una. Cuando salen se escucha su nombre junto a una frase pronunciada por alguien a quien la gente acude: “yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Miro a continuación la cara de asombro y desconcierto de quien bautiza ante un desconocido que como los demás se acerca para ser bautizado. “¿Cómo vienes a mí para bautizarte? Soy yo quien debería ser bautizado por ti”, se escucha a lo lejos. Tras una breve conversación que no atisbo a entender, sale de la fila el desconocido y se pone a caminar como buscando a alguien. Al principio parece no dar con quien busca. De pronto se acerca a donde yo estoy señalando. Yo miro y apunto con el dedo hacia atrás, pero para mi sorpresa no hay nadie. Él se acerca un poco más hasta ponerse frente a mí. Observo sus ojos que me miran profundamente. Siento como si vieran el interior de mi corazón. Ahora soy yo quien estoy asombrado y desconcertado. Sin apartar la mirada me coge de la mano, pone su brazo sobre mi hombro y me lleva con él hacia el río. Acertando malamente a dar un paso tras otro, me dispongo a meterme en el agua. Pero al llegar a la orilla y sin dejar de mirarme, el desconocido me sitúa frente a él. Agachando la cabeza se reclina sobre el agua sumergiéndose lentamente delante de mí. Con voz entrecortada pero potente me encuentro de pronto diciendo “Jesús de Nazaret, yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Apenas termino, me pregunto entre balbuceos: “¿quién ha dicho eso?” sin poder creer que había sido yo. El recién bautizado sale del agua. Veo cómo se retiran de pronto las nubes, una paloma se posa en su hombro y escucho: “Este es mi Hijo a quien quiero tanto, escuchadle”. Moviendo desconcertado mi cabeza para todas partes, de pronto vuelvo a encontrar su mirada. Y sin poder decir nada pienso: “¿por qué yo? No lo entiendo. ¿Qué ves en mí? No tengo nada especial. ¿Qué quieres decir a este pobre indeciso eterno?” Siento que lee mis pensamientos y sigo pensando: “Gracias. Gracias. Muchas gracias. Muchísimas gracias”. Porque aunque no sé por qué me elegiste, sigues dándome gestos de que estás conmigo.

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