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El perdón

Esta charla tuvo lugar en la Comunidad de Grupos Católicos Loyola el 25 de noviembre de 2013. Estuvo a cargo de María Dolores López Guzmán, doctora en teología dogmática-fundamental por la Universidad Pontificia Comillas y licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente profesora de teología del Instituto Superior de ciencias religiosas San Dámaso de la Universidad Pontificia Comillas. Por gentileza de la ponente y los Grupos Loyola, tienes a tu disposición el registro de audio y una crónica escrita de esta excepcional charla sobre un tema que nos toca a todos de fondo: el perdón. Para escuchar el registro de audio de esta charla, pulsa AQUÍDebido a la excepcionalidad de esta charla, se pidió a Dolores que facilitara en CRISMHOM un taller sobre perdón en octubre de 2014. Si estás interesado en este taller, pulsa AQUÍ.

 

 

Sobre la ponente

Mª Dolores López Guzmán (1965): Casada y madre de familia. Doctora en Teología Dogmática-fundamental por la Universidad Pontificia Comillas y Licenciada en Filología Hispánica por la Univ. Complutense de Madrid. Profesora de Teología en la Universidad Pontifica de Comillas y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Dámaso (sección a distancia), y profesora colaboradora en el Instituto Superior de Pastoral. Ha sido miembro del Consejo de Redacción de la revista Sal Terrae desde el año 2004 hasta febrero del 2012. Pertenece al grupo MARIA (MAdres de la Red IgnacianA) en Madrid, dedicado a la reflexión sobre la pastoral y vocación de la familia, y el papel de la maternidad en la Iglesia y en la fe. Imparte Ejercicios Espirituales y escribe habitualmente en varias revistas de carácter teológico-pastoral. Tres áreas centran su trabajo de investigación: los ministerios y carismas en la Iglesia, la espiritualidad ignaciana, y el perdón y la reconciliación tanto en su dimensión personal como sociopolítica. Entre sus publicaciones destacan: Cuando vayas a orar... Guía y ayuda para adentrarse en la oración, Donde la maternidad se vuelve canto. Apuntes para una teología de la maternidad; La desnudez de Dios; Desafíos del perdón después de Auschwitz (2010), Estrategias de diálogo y reconciliación (2012). 

 


 

Introducción
A medida que cumplimos años vamos recibiendo –y propiciando- golpes, heridas, que tras curar a veces se reabren y algunas otras que son para toda la vida; así a veces hemos tenido que pedir perdón y otras veces hemos tenido que perdonar. Tenemos que reconciliarnos con nuestras heridas. Para ponernos en situación quiero contaros primero una historia auténtica sucedida en la Alemania nazi y contada por su protagonista.
 
Una historia de hombres.
Como todos conocemos, en aquella época y circunstancias se vivieron momentos y escenas terribles por su inhumanidad, y fue en los campos de concentración donde la crueldad fue elevada al máximo. Había dos tipos de campos, los de trabajo y los de exterminio; a estos últimos se llevaba a los prisioneros ya inútiles para el trabajo. La historia, auténtica, es referida por Simon Wiesenthal. Es de tres judíos, a quienes un día los soldados sacan del campo y son llevados a un hospital alemán donde los soldados heridos están ingresados. Allí son llevados estos prisioneros no para ser atendidos, sino para que se ocupen de las tareas de limpieza, sin duda – nos podemos imaginar- para limpiar lo más desagradable. Un día, mientras estaban limpiando, una enfermera coge del brazo a uno de ellos y le lleva a una habitación, sin decirle nada, abre la puerta, le empuja adentro y cierra la puerta tras el. La habitación estaba en penumbra y cuando sus ojos se acostumbran ve que hay una cama y en ella yace un soldado herido. El soldado se llamaba Karl. Karl le pide que se acerque y le dice que ha pedido a la enfermera que le traiga a un judío porque quiere pedir perdón –Karl siente que se muere- por las atrocidades cometidas contra los judíos, de las que hace un recuento, entre los que relata como en una ocasión incendiaron una casa con todos sus habitantes (mujeres, ancianos, niños) dentro y como acribillaban a los que huían del incendio. “Quiero pedirte perdón a ti como representante de este pueblo al que hemos masacrado” Cuando termina el relato se hace el silencio. El judío, en su relato, cuenta sus pensamientos: “Un superhombre2 le pide a un subhumano que haga algo sobrehumano” Al final del relato el judío se pregunta “...¿después de haber leído este lamentable y trágico episodio de mi vida, tu que habrías hecho en mi lugar?”
 
Con esto quiero poner sobre la mesa lo que puede llegar a significar perdonar y otras muchas cuestiones: ¿que relación hay ahí, que es una ofensa, de que se pide perdón, a quién se le pide perdón, quien hay detrás...? Este relato nos devuelve a una realidad en que la experiencia del perdón es real y nos transmite radicalidad y complejidad. Porque “perdón” se emplea con mucha frecuencia en el lenguaje cotidiano, es una de las palabras mas desgastadas en todos los idiomas; en español más aún, se utiliza como sinónimo de “disculpa” y no es lo mismo.
 
Complejidad y radicalidad del perdón: fragilidad y mezquindad
El perdón abarca un universo de complejidad y radicalidad; no hace falta llegar a los extremos del ejemplo propuesto, no hay que llegar a una situación tan extrema y límite para experimentar el límite en que nos puede llegar a poner el pecado; el nuestro propio o el de los otros, ya que uno de los rasgos del ser humano es la fragilidad y otro de los rasgos del pecado es la mezquindad.
 
La fragilidad nos lleva a situaciones sencillas que nos marcan la vida y que nos resultan insalvables, la fragilidad nos hace vulnerables, nos pone en situaciones de las que nosotros mismos no podemos salir (nos deprimimos, lloramos, no podemos movernos, nos faltan recursos), pero si a la fragilidad le sumamos la mezquindad del pecado, que significa que el pecado es tan malo, tan perverso, tan feo, tan bicho, tan mal espíritu... a veces esperamos tentaciones grandes... y no vienen así, vienen en forma de mezquindad y la mezquindad a veces nos enreda en tonterías. Hay personas/situaciones capaces de perdonar grandes ofensas y por otra parte a veces hay tonterías –al menos vistas desde fuera- como aquel comentario de la suegra (o de la nuera)- que se me queda clavada como un puntazo y que me cambia la mirada sobre ella, la perspectiva para toda la vida. Eso tiene el nombre de mezquindad y lleva consigo algo de pecado. No hay que esperar a grandes acontecimientos como el del relato de Simon Wiessenthal; a este hecho que he querido poner sobre la mesa hay que añadir otra constatación, que es:  La Complejidad en la forma de afrontarlo, es muy difícil definir el perdón, como difícil es definir el amor; por eso hay tantos poetas y tantas historias y tanta literatura y tantas ideas sobre el amor. A veces una vida nos muestra de forma más clara lo que es el amor; mucho más que una frase. Tenemos en la historia de la Iglesia grandes ejemplos de testigos del amor de Dios.... podemos hablar de la entrega, pero ¿que contenido damos a esa entrega? El perdón es una manifestación del amor y, aunque ya hemos dicho que es muy difícil de definir, es importante que hagamos alguna aproximación para poder manejarnos en la vida. Voy a poner unos ejemplos –casuística- para mejor comprender esta complejidad.
 
Caso 1º Caso fantástico. Tenemos un ofensor reconocido, que pide perdón, una victima u ofendido que concede el perdón. Perfecto, caso cerrado. Esto no es tan frecuente.
 
Caso 2º Hay una víctima, un ofensor hay una ofensa. El ofensor pide perdón y la victima no lo concede. ¿Por que? Pues porque no quiere. Ya tenemos un problema, ¿que hacemos con el ofensor que pide perdón?
 
Caso 3º Caso frecuente. Hay una víctima, una ofensa, el ofensor no se reconoce como tal, por múltiples razones; la más frecuente “porque no había intención” ... como no había mala intención no hay pecado ... ¿? con lo cual la victima queda con su herida y con su ofensa.
 
Caso 4º Tenemos víctima, ofensa, ofensor (al menos parcialmente como en el caso de Wiessenthal) pero no hay petición de perdón. ¿Tiene sentido perdonar cuando no hay petición de perdón? Es el caso de los judíos, a quienes se les acusa porque no perdonan y cuando se les pregunta responden “es que nadie nos ha pedido perdón” 
 
Y otro caso: Nosotros tenemos a Jesucristo en la Cruz, tenemos ofensores, los que estaban allí, en cierto modo la humanidad entera, hay una ofensa (aunque solo sea la tortura que sufrió) y de los allí presentes que sepamos, ninguno pidió perdón. Sin embargo, Jesús en la cruz dice: “Padre perdónales porque no saben lo que hacen” Ultimo caso: Hay víctima, hay ofensa y hay ofensor. Pero no hay petición de perdón ni se concede perdón. Tenemos otro gran problema para la convivencia. Pero voy a añadir más complejidad.
 
Focalicemos y graduemos las ofensas. Pueden ser graves –“pecado mortal” Pero también hay leves, las ofensas de la vida cotidiana –p.e. esa frasecilla dicha para molestar, ese “picotazo”- No dejan de ser ofensas, aunque leves ¿se puede diferenciar una de otra a la hora de aplicar el perdón?
 
También podemos distinguir tipos de heridas. Hay heridas incurables, y adelanto que el perdón no cura todas las heridas. Hay heridas que quedan abiertas para toda la vida, hay heridas que sangrarán de vez en cuando y hay heridas que, curando, dejan cicatriz. Hay personas que tienen mayor o menor facilidad para cicatrizar. Incluso en Dios nuestro Señor al día de hoy hay una herida abierta. La herida del costado de cristo en la cruz sigue abierta. En la Eucaristía que vais a celebrar a continuación, actualizando la Pascua, a Jesús crucificado que resucita, y que en la cruz tiene el costado abierto, cuando comulgamos nosotros somos también cuerpo de Cristo y nosotros que seguimos ofendiendo al Señor –u otros nos ofenden- somos parte de ese costado abierto, de esa herida incurable.
 
La distancia respecto al sujeto
Hay ofensas objetivas que todos reconocemos, p.ej. las que transgreden los mandamientos, pero hay también ofensas objetivas no reconocidas por todos, como sucede a veces entre distintas culturas; hay frases o comportamientos que para ellos son ofensas objetivas, pero no para nosotros; es la ofensa-no ofensa. Y por último tenemos la ofensa subjetiva. Hay personas que por sus antecedentes o personalidad pueden tener una especial sensibilidad; “a mi esto me ha hecho daño” se trata de una ofensa subjetiva pero real; puede darse el caso de una “ofensa” subjetiva pero irreal. Hay personas que se ofenden por todo, que siempre van de victimas, que sin hacerles nada se les ofende continuamente. En este caso el problema está en la persona.  Fijándonos en el ofensor. Hay quien reconoce la ofensa pero no pide perdón, hay quien si lo pide, hay quien reconoce la responsabilidad pero no la culpa y pide perdón, hay quien reconoce culpa parcial, hay quien no reconoce ni culpa ni nada. Se abre un auténtico universo.  La victima. Hay victimas colectivas o victimas personales, como fue el caso de los judíos perseguidos en el nazismo. ¿que puede hacer una victima ante este universo de respuestas, de actitudes, de complejidad de situaciones? Lo primero de todo ahondar en el significado del perdón, así sabrá mejor como actuar en cada una de esas situaciones.
 
Primera constatación: La gratuidad. Estamos muy acostumbrados a escuchar esta palabra: la gratuidad del amor de Dios... ahora apliquémoslo al perdón... y el amor se nos complica un poco. El perdón es potestad de la víctima y puede ejercerla libremente, concediendo o no el perdón. E igualmente la potestad de pedir perdón por parte del ofensor debe ser gratuita y libre. Aclarar ahora que se está discutiendo sobre la excarcelación de etarras, que deben pedir perdón, etc., que debemos distinguir planos del concepto; nosotros hablamos desde el plano espiritual-moral; hay un plano legal que es diferente y que no debemos mezclar; si se condiciona el perdón para conseguir un beneficio, pierde su gratuidad; el perdón condicionado se desvirtúa, pierde su esencia, por dejar de ser gratuito. Otra cosa es el arrepentimiento, que no tratamos ahora. Pero para entendernos, consideremos los distintos planos; en la política, en el derecho, en el código penal, en la filosofía, en el pensamiento también se maneja el perdón. Son planos distintos que se inspiran en el perdón y nos pueden llevar a otro lenguaje como es la amnistía, el indulto, etc., pero quede claro que el perdón por excelencia, el que nos interesa ahora, es gratuito y esto es importantísimo; no podemos culpabilizar a nadie porque no perdone y mucho menos en ambientes cristianos. Como tenemos los cristianos el prurito de que nuestro Dios perdona y que nos perdona siempre y que nosotros queremos ser buenos y por eso tenemos que perdonar... A veces la pobre victima, además de tener que cargar con la ofensa, le cargamos con la deuda de tener que perdonar. No, en nuestra vida de fe el perdón es una invitación de Dios y a veces somos incapaces y no pasa nada. Es una invitación, es un ejercicio de libertad. Ni siquiera Dios nos obliga a perdonar. Y cuando a Jesús le pregunta uno de sus discípulos ¿cuantas veces tengo que perdonar? ¡hasta 70x7! Pero hay que contextualizar este texto de Mateo. Jesús estaba hablando en parábolas, y antes había contado el relato de aquel a quien se le había perdonado una deuda dineraria inmensa y el no fue capaz de perdonar otra de mucho menor cuantía. Se nos estaba diciendo que si queremos el perdón de Dios y nosotros no perdonamos estamos entrando en incoherencia; no aparece “tenéis que perdonar por obligación”.
 
Segunda constatación. Una vez que yo decido perdonar, pues tampoco vayamos de buenos, el perdón por principio es algo bueno, pero cuando las cosas se ponen en nuestras manos, como somos “como somos” lo podemos deformar, hacerlo de diversas maneras y algunas maneras son aproximaciones al perdón, pero no son el perdón, son el “simili perdón” Veamos tres ejemplos 1º Yo perdono, si, pero me duele tanto lo que me has hecho, que confío que el paso del tiempo vaya limando asperezas, me rebaje la memoria, alivie tensiones; es decir, que fío en el olvido para poder perdonar. La pega es que el tiempo no perdona, no tiene esa capacidad, perdono yo; el perdón, como el amor es una decisión, no es un sentimiento. Y en segundo lugar porque es falso pensar que el tiempo suaviza las cosas, a veces sí, pero otras veces no. Las cosas, con el tiempo, pueden cristalizar, se enquistan. Si llevo mucho tiempo sin tratar con una persona, la distancia se ha ido agrandando y es cada vez más difícil volver a ella. No podemos decir tan alegremente que pase el tiempo para poder perdonar. 2º Perdono buscando tratar de comprender. El mal es tan inexplicable -pensemos en los genocidios, las torturas- ante estos casos nos planteamos ¿pero como el ser humano puede llegar a hacer esto? Y hasta en nuestras propias mezquindades ¿por que tengo que ir lanzando puyitas por la vida, por que? y así, para ayudarnos a perdonar tratamos de comprender; “perdono porque comprendo” Y no es así, la raíz del perdón no está ahí. Perdono tanto si comprendo como si no 3º Perdono ejerciendo con cierto gustillo el poder de perdonar. Esto pasa mucho en casa. Tras una ofensa se te pide perdón. Pero tu decides el momento de perdonar, ejerces el poder de perdonar. Ejerces tu dosis de soberbia. Algo así –pero no tanto- como cuando el emperador en el circo perdonaba la vida al gladiador. Hay muchos ejemplos mas, el abanico es enorme, solo he puesto estos como orientación. ¿Porque estos casos solo son aproximaciones al perdón? Porque aquí la causa del perdón no es el amor. Es la soberbia, el tiempo, la comprensión... pero es que la raíz última de perdón no puede ser otra que el amor. Es decir, te perdono porque sí, porque quiero, porque te quiero.
 
Tercera constatación. El perdón, si es un ejercicio de amor –y lo es- y de la voluntad y del deseo y del querer quererte va más allá de mi querer e interés, tengo un interés superior de querer al otro. Si esto es así, y ya vamos viendo que no es tan fácil y es una cuestión de amor, absolutamente gratuito, y una persona dice a la otra “porque si”, estamos ante un gran acontecimiento. El perdón es un auténtico acontecimiento. Y de hecho en la vida de Jesucristo, el perdón es uno de los acontecimientos más importantes de nuestro Dios, es uno de los rasgos más reconocidos de Jesús, y el hecho de que suceda en la cruz es un acontecimiento que ha marcado la historia en un antes y un después. Cuando uno recibe el perdón de otro por lago que ha hecho, cuando el perdón es limpio, o cuando yo pido limpiamente perdón a otro, eso te marca la vida, ¡te marca la vida! Y eso es así. Recordemos nosotros, que hemos hecho ejercicios espirituales, que en la primera semana el tema fundamental es el perdón; la contemplación ante Cristo crucificado y el que no pasa por aquí no entiende bien la segunda semana. Es radical lo que estoy contando. Es un acontecimiento que marca un antes y un después, que es concreto, que tiene una fecha, que se de que hablo, que se recibe de fuera y esto lo subrayo porque desde la psicología moderna se ha extendido mucho el lenguaje de perdonarse uno a sí mismo. Ese lenguaje no es bíblico porque el perdón, que forma parte de la salvación, no me lo puedo dar yo a mi mismo; el perdón viene de fuera, es otro el que me da el perdón. Cuando me quedo con conflicto interior es probable que no haya dejado entrar en mí el perdón que he recibido, pero es otra historia, eso es dinámica de reconciliación. Y ¿por que quiero diferenciarlo? Porque el perdón sucede en un instante, mientras que la reconciliación es un proceso. Un instante mágico, milagroso, que te sorprende, siempre inmerecido. Es un regalo que recibes. Y después del perdón hay un proceso de reconciliación. Cuando vamos al sacramento, cuando me confieso y digo verdad y pido perdón y el sacerdote me dice “yo te perdono”, perdonado estoy; hay un antes y un después. Y eso sucede en un instante, repito, mágico (no de magia) que nos compromete una vida entera. Un ejemplo que no tiene que ver con el perdón pero si con el amor: Cuando nos casamos hay un instante que declaramos “yo me entrego a ti...” y eso sucede en un instante y es en ese instante que yo ya estoy casado/a, solo que el matrimonio se realiza después, en el curso de la vida. Igual los religiosos con los votos. Son momentos en los que se concentra nuestra vida pasada, presente, futura, que compromete todas las fibras de nuestro ser. Eso sucede en el perdón, eso forma parte de la naturaleza del perdón. Claro, es un amor tan extremo que roza lo sobrenatural, porque hay que contar con una gratuidad que viene del arrepentido, con la gratuidad del ofendido, que se encuentran y que es tan difícil que suceda con tanta limpieza, que es prácticamente un milagro; tiene una dimensión sobrenatural.
 
Cuarta constatación: el perdón supone una relación, una relación no querida, con el pecado; “estaba yo tan a gusto y ahora me viene este a enfrentarme con su pecado, me golpea con su pecado, me encuentro con el mal y al mismo tiempo me encuentro con el ofensor, casi siempre alguien cercano (esposa/o, hermano, amigo, etc.) cuyo daño a mi persona hace que nuestra relación se deteriore y cuando el ofensor es alguien desconocido (terrorismo) este daño me vincula a un desconocido y encima con un vínculo negativo, de dolor. Y por último una relación con los sentimientos que me provoca esta situación, me obliga a convivir con sentimientos que yo no tenía; yo, a esa persona no la tenía rencor, pero ahora, tras el daño recibido, tengo sentimientos de rencor, de frustración, resquemor, deseo de venganza, y eso me hace ver que no soy tan buena persona. Quedo vinculado a todo eso. El perdón va a significar enfrentarse y afrontar el pecado y el mal, poniéndoles límites, es decir, todo eso que despierta en mi, cuando yo decido perdonar, decido dejar en mí esos sentimiento, quedármelos en mí, que el rencor, la rabia, la frustración, el dolor no salpique al otro, no devolverlo al otro; el perdón no solo revierte en el otro, sino que revierte en un compromiso conmigo mismo por el que yo asumo, porque quiero, convivir con el dolor, aunque sea para toda la vida y yo asumo porque quiero trabajarme el rencor y todos los sentimientos negativos derivados, por amor. Porque de otra manera, si yo devuelvo, el otro me devuelve... entramos en una dinámica que enreda la madeja, no hay freno. ¿Que pasó con Jesús en la cruz? Jesús en la cruz fue un muro de contención frente a las ofensas, en Jesús se frenaron todas, por eso nos ha salvado.
 
Quinta constatación: el perdón supone una remisión ilimitada, un cheque en blanco para el otro. Significa ofrecerle al otro una vida nueva, distinta. No significa decir “aquí no ha pasado nada” NO, aquí ha pasado mucho (pensemos p. ej. en una guerra civil), el perdón oferta una vida nueva distinta, pero teniendo en cuenta lo que ha pasado. Por eso cuando se perdona se perdona de forma total, radical y plenamente; no puedo perdonar “un poco” si se perdona se perdona del todo. Y se paga un precio, un precio alto: la renuncia radical a uno mismo, la entrega de mi humillación, de mis heridas y de mis derechos –yo tengo derechos a muchas cosas- por eso el perdón tiene un componente sacrificial por naturaleza, un sacrificio al modo clásico, que conlleva una ofrenda de la vida, una oblación por amor para liberar, para quitar las cadenas al otro, porque el perdón ataca al pecado para salvar a la persona y así se inaugura, se abre a una vida nueva que el pecado intenta siempre cerrar. Ahora viene la pregunta radical ¿y quien puede perdonar así? Uno puede preguntarse ¿pues si esto es así, que mal lo hice toda mi vida? o si esto es así, apaga y vámonos... pero si lo trasladamos al amor ¿quien puede amar de forma totalmente limpia, desinteresada? Nadie. Ni siquiera las madres, que siempre se nos pone de ejemplo de amor desinteresado. ¿y entonces...? Dice --- el autor que yo he trabajado, que el perdón con mayúsculas no ha sucedido nunca, que solo ha habido aproximaciones al perdón. Pero no es verdad; nosotros tenemos una buena noticia: el perdón si ha sucedido, al menos una vez, en nuestro Señor Jesucristo, y si podemos afirmar que ha sucedido una vez en la historia, podemos afirmar que podrá suceder alguna vez más. Y del mismo modo que en Jesús se ha dado y se ha realizado el amor absolutamente gratuito, nosotros podemos decir que nuestro Dios ha realizado históricamente ese amor y nos invita a realizarlo.
 
Una historia de Dios
Estoy segura que esto os va a sonar conocido. Es aquí cómo las tres personas divinas miraban toda la planicia o redondez de todo el mundo llena de hombres, -¿os suena?, segunda semana, contemplación de la encarnación- y cómo viendo que todos descendían al infierno, - podemos traducirlo; tu me das, yo te doy, tu me la devuelves, yo se la devuelvo al otro... si pudiéramos unir con un hilo a todos los ofensores y ofendidos, tendríamos una madeja imposible de desliar, necesitamos a Dios- y entonces Dios se dio cuenta, se determina en la su eternidad que la segunda persona se haga hombre, para salvar el género humano, -para desliar esa madeja, desatar esos nudos- y así venida la plenitud de los tiempos, embiando al ángel san Gabriel a nuestra Señora, núm [262]. Pero ¿que pasó? Enseguida se le echó encima el mal. Porque el mal es muy perverso, no soporta el bien; el bien genera el bien, pero molesta mucho al mal, el mal no soporta al bien, porque le pone de manifiesto... “e incluso le maniataron para que no pudiera desatar ni desatarse” imaginemos a Jesús atado a la columna “y llegó una situación crítica, que fue cuando las cuerdas del pecado le ataron a un madero y le dejaron colgado” El pecado creyó que cortaba las alas de Dios; no contó el mal con la fuerza del amor de la Victima, capaz de renunciar a sí mismo hasta el extremo. Y en ese instante histórico, hace 2000 años, en un sacrificio único e irrepetible que cambió el curso de la historia pronunció las palabras trascendentes e imborrables que obraron el milagro: PADRE PERDÓNALES. Y Jesús, con los brazos extendidos reprodujo, justo en la cruz, la ofrenda de los brazos abiertos del Padre. ¿Como no aceptar esta invitación? Nosotros decimos que Dios lo perdona todo, pero lo que ha sucedido en la cruz es que el perdón está no realizado si no volvemos a El, está permanentemente ofrecido con los brazos abiertos en cruz. Pero su amor no acaba ahí; consciente y sabedor de nuestra grandeza y también de nuestra limitación, nos dejó una misión y un regalo; la misión de poder perdonar en SU nombre, y el regalo que cuando experimentemos nuestra incapacidad para el perdón le demos nosotros al El la potestad de perdonar en nuestro nombre.
 
 
Lecturas recomendadas
1 Simon Wiesenthal, Los límites del perdón, Paidós, Barcelona-Buenos Aires-México 1998.
2 Superhombre, según la filosofía de Nietzsche.
3 Sobre encuentros restaurativos: Esther Pascual Rodríguez (coord.) los ojos del otro. Encuentros restaurativos entre víctimas y ex miembros de ETA. Sal Terrae, Santander 2013.
 

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