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Los trece poderes del Vaticano ante el nuevo Papado

Esta sesión de formación tuvo lugar el sábado 16 de marzo de 2013 a las 17h en la sede de CRISMHOM (Barbieri 18). En ella Xabier Pikaza (experto en Biblia y religiones y Premio Arco Iris CRISMHOM 2008) expondrá su visión del sentido y tarea del papado, en este momento en el que la Iglesia Católica elige a un nuevo papa. Para escuchar el audio de esta charla pulsar aquí.

Para visualizar las implicaciones del cambio que puede (que debe) darse en la Iglesia, desde la perspectiva de la Curia Vaticana, que es el Gobierno del Papa, con su red de cardenales y arzobispos, obispos y funcionarios, divididos en Secretarías, Consejos, Congregaciones, Tribunales y demás instituciones, quiero presentar sus trece poderes. No es que la Iglesia se resuma en esos trece poderes, pero ellos reflejan bien el sentido y las líneas de fuerza del catolicismo, tal como se ha venido configurando desde la era bizantina y la reforma gregoriana del siglo XI. Este modelo de gobierno papal refleja una forma posible y eficaz de autoridad. Pero ella no es la única, ni deriva del Evangelio, ni se ajusta a los “signos de los tiempos”. Por eso hay que buscar una alternativa, y para ello Xabier Pikaza recuerda y recoge los trece poderes actuales del papado, proponiendo lo que podría ser camino futuro de la iglesia.

Antes de los trece poderes, Xabier mencionó estos temas previos:
 
Los trece poderes del papado que se abordarán son los siguientes:
1. Poder político, diplomacia vaticana.
2. Magisterio supremo, una palabra viva.
3. Poder misionero, nuevas iglesias.
4. Poder teológico, interpretación de la escritura.
11. Potenciar los movimientos eclesiales. Nuevas formas de vida religiosa.
13. Poder económico.

 

Sobre Xabier Pikaza (tomado del blog de Xabier Pikaza de Periodista Digital).

Vasco de Orozko (1941), experto en Biblia y religiones. Ha sido religioso de la Merced, es mercedario de corazón. Ha sido presbítero, es católico convencido y practicante. Ha sido profesor en la Universidad Pontificia de Salamanca, le gustaría ser Maestro en teología, como le nombraron sus amigos de Orden. Da gracias a Dios por lo que ha sido y lo que es: cristiano de a pie y teólogo seglar, casado con M. Isabel. Habla donde le llaman, escribe lo que sabe, publica donde puede. Ha enseñado en varias universidades, ha escrito algunos libros. Le gustaría que este blog fuera espacio de encuentro de teólogos y amigos de la vida, se consideren o no cristianos.
 
Sobre su obra, cf. Panorama de la teología española, Verbo Divino, Estella 1999, 499-516; J. Bosch (ed), «Pikaza», en Diccionario de teólogos contemporáneos, Monte Carmelo, Burgos 2004.
 
Entre su obra, publicada básicamente en Verbo Divino (Estella): Diccionario de la Biblia (2007), Diccionario de las Tres Religiones (2009), Diccionario de los Pensadores Cristianos (2011), Evangelio de Marcos (2012), La historia de Jesús (2013)
 
Vive en un pueblo pequeño de la honda Castilla, cerca de Salamanca, y su correo es pikazaibarrondo@gmail.com
 
 
Esquema de la charla
 
No es que la Iglesia se resuma en esos trece poderes, pero ellos reflejan bien el sentido y las líneas de fuerza del catolicismo, tal como se ha venido configurando desde la era bizantina y la reforma gregoriana del siglo XI. Este modelo de gobierno papal refleja una forma posible y eficaz de autoridad. Pero ella no es la única, ni deriva del Evangelio, ni se ajusta a los “signos de los tiempos”. Por eso hay que buscar una alternativa, y para ello es bueno recordar y recoger los trece poderes actuales del papado (parte en "a" en azul), proponiendo (parte b en rojo) lo que podría ser el camino futuro de la iglesia.
 
1. Poder político, diplomacia vaticana.
a. En principio, la teología tiene una función autónoma: no es un comentario de las declaraciones del magisterio, sino una actividad propia de las comunidades, llamadas a repensar el evangelio, con libertad creadora, en contacto con las fuentes (Escritura, Tradición), desde el mismo pueblo cristiano, en comunicación entre todas las iglesias. En esa línea, la teología es tarea de todos los creyentes, sin distinción de clero y laicado. Pues bien, desde hace varios siglos, el Vaticano ha querido dirigir e incluso controlar toda la teología católica, en vez de alegrarse de que surjan experiencias y formulaciones nuevas de evangelio, desde la misma vida de las comunidades, como había sido al comienzo de la Iglesia. Para superar ese centralismo teológico es bueno retomar el impulso de la Reforma Luterana, que quiso devolver a los cristianos el acceso a la Palabra de Dios, aunque haya podido conducir a veces a un tipo de fragmentación que debería superarse. 
 
b. Es necesario que los cristianos (y de un modo especial las iglesias) recuperen su libertad teológica,  desde el evangelio, en comunión con la Iglesia universal, recordando que los teólogos no son simples delegados del magisterio vaticano. Muchos afirman que, en este momento, para elaborar una teología de base cristiana, en libertad, es preferible situarse fuera de las instituciones oficiales, pues la curia romana significaría un estorbo (impedimento) más que una ayuda para el desarrollo del pensamiento cristiano, como sucedió cuando Juan Pablo II quiso silenciar la teología de la liberación (1984 y 1986). Pienso que esa acusación resulta exagerada. No se trata de situarse fuera, o de actuar como pura oposición, sino de estar dentro, pero de otra manera, en comunión creadora con todas las iglesias, aceptando un Magisterio Papal, pero no como imposición o límite, sino referencia de unidad en comunión de búsqueda evangélica.
 
2. Magisterio supremo, una palabra viva.
a. El Papa, ayudado por sínodos, congregaciones y comisiones, siguiendo, en última instancia, sus opciones, promulga documentos oficiales (encíclicas, cartas pastorales, exhortaciones apostólicas) para todos los católicos, viniendo a presentarse de esa forma como el único Magisterio real de la Iglesia, y lo hace creando un círculo de verdades que corren el riesgo de cerrarse, alimentándose a sí mismas, sin diálogo efectivo con el mundo exterior, ni con los principios bíblicos del Evangelio, como parece haber sucedido en el Catecismo de la Iglesia Católica (1992). 
 
b. Ciertamente, es necesaria la unidad del Magisterio, pero no en su forma actual, piramidal, de arriba abajo, sino en clave de comunión (comunidad de comunidades, diálogo constante de cristianos…). Conforme a esa visión, el Papa no debería ser alguien que habla desde arriba (como Uno sobre todos), sino que ha de hallarse en la misma comunión, recogiendo y formulando así la múltiple voz de las iglesias. Es necesaria la unidad, pero no como voz del Uno, sino como concierto y comunión de voces, vinculadas en conversación y diálogo evangélico, como supone el conjunto del NT.   
 
3. Poder misionero, nuevas iglesias.
a. La acción misionera (evangelizadora) pertenece al conjunto de la Iglesias, y ha sido realizada en la Edad Moderna por los reinos cristianos, pero en los últimos siglos ha quedado centrada en  la Curia Vaticana, que es la única que puede crear nuevas iglesias, prelaturas y obispados, organizando desde arriba el despliegue de todas las comunidades cristinas. Conforme a esa visión, las comunidades nacen desde el vértice superior de la iglesia única, aceptando su modelo de unidad, sin verdadera autonomía. De esa forma, el centro papal quiere mantener todo el control sobre las iglesias. Conforme a la visión actual,  hubiera sido imposible la misión de Pablo, lo mismo que los grandes desarrollos misioneros de las comunidades celtas, por poner dos ejemplos. 
 
b. Ciertamente es buena y necesaria la conciencia de unidad, pero a modo de comunión, no de imposición del Uno; nos  hallamos además en un tiempo privilegiado de comunicaciones, de forma que  es fácil mantener el contacto entre todas las iglesias, a  modo de red, sin un único centro dirigente superior. Eso significa que las mismas iglesias particulares pueden y deben abrir caminos de evangelio, como sucedió al principio de la cristiandad. No es que agua del Vaticano (del Papa de Roma) se haya secado, pero ella debe manar de otra manera, no desde arriba, ni como centro dirigente que todo lo decide, sino como referencia de unidad (retomando así las tareas que el NT atribuye a Pedro). En esa línea, surgirán, sin duda, nuevas misiones eclesiales, que no estarán ya impulsadas directamente por el Papa, aunque pueden y deben ser discernidas y animadas por el conjunto de la Iglesia, en la que el Papa es signo de unidad.
 
 
4. Poder teológico, interpretación de la escritura.
a. En principio, la teología tiene una función autónoma: no es un comentario de las declaraciones del magisterio, sino una actividad propia de las comunidades, llamadas a repensar el evangelio, con libertad creadora, en contacto con las fuentes (Escritura, Tradición), desde el mismo pueblo cristiano, en comunicación entre todas las iglesias. En esa línea, la teología es tarea de todos los creyentes, sin distinción de clero y laicado. Pues bien, desde hace varios siglos, el Vaticano ha querido dirigir e incluso controlar toda la teología católica, en vez de alegrarse de que surjan experiencias y formulaciones nuevas de evangelio, desde la misma vida de las comunidades, como había sido al comienzo de la Iglesia. Para superar ese centralismo teológico es bueno retomar el impulso de la Reforma Luterana, que quiso devolver a los cristianos el acceso a la Palabra de Dios, aunque haya podido conducir a veces a un tipo de fragmentación que debería superarse. 
 
b. Es necesario que los cristianos (y de un modo especial las iglesias) recuperen su libertad teológica,  desde el evangelio, en comunión con la Iglesia universal, recordando que los teólogos no son simples delegados del magisterio vaticano. Muchos afirman que, en este momento, para elaborar una teología de base cristiana, en libertad, es preferible situarse fuera de las instituciones oficiales, pues la curia romana significaría un estorbo (impedimento) más que una ayuda para el desarrollo del pensamiento cristiano, como sucedió cuando Juan Pablo II quiso silenciar la teología de la liberación (1984 y 1986). Pienso que esa acusación resulta exagerada. No se trata de situarse fuera, o de actuar como pura oposición, sino de estar dentro, pero de otra manera, en comunión creadora con todas las iglesias, aceptando un Magisterio Papal, pero no como imposición o límite, sino referencia de unidad en comunión de búsqueda evangélica.
 
5. Poder sacramental, comunión de mesa.
a. Los católicos saben que los sacramentos provienen de Jesús: son signos de su acción y presencia poderosa (liberadora, sanadora). Pero, de hecho, los sacramentos oficiales parecen estar ritualizados, en sentido negativo y muchos piensan que el Vaticano, que regula todas las ceremonias, está más atento a la letra externa que al despliegue de la vida mesiánica de Cristo. Con la ayuda de la Sagrada Congregación para los Ritos, el Papa define y organiza la liturgia católica romana, fijando las formas, gestos y palabras básicas de todas las celebraciones del mundo de una forman que algunos juzgan reactiva (la Curia Vaticana estaría limitando de hecho la libertad que el Vaticano II ofreció a las iglesias). Muchos hablan de un  retroceso litúrgico, con celebraciones bellas, pero fosilizadas.   
 
b. Éste es un reto esencial para la iglesia, llamada a celebrar la fiesta mesiánica de Jesús, que se expresa a modo de renacimiento y perdón (bautismo, reconciliación) y, sobre todo, de comida compartida (eucaristía). En este contexto se juega gran parte del futuro de la Iglesia, llamada a expresar la palabra de Jesús en forma de pan y vino, es decir, de comunión de mesa y vida. No se trata de realizar pequeños cambios o de permitir unas ligeras variantes retóricas (misas en latín, de espalda al pueblo), sino de recuperar y desarrollar la libertad evangélica y la comunión de vida en la celebración de los signos del Reino. No se trata de empezar pidiendo permisos, sino de asumir la libertad cristiana, propia de todos aquellos que acogen el evangelio y quieren celebrar (actualizar) el misterio y tarea de Jesús en el pan compartido.
 
6. Poder ministerial, servidores de Jesús y de la comunidad.
a. En principio, los ministerios surgieron de la palabra de Jesús y de la vida de cada iglesia, capaz de nombrar a sus representantes (que terminaron siendo obispos y presbíteros). Pero, a través de una larga historia, cuyos rasgos más salientes se vinculan con la crisis del constantinismo y la reforma gregoriana del siglo XI, el Papa ha tomado el poder de nombrar, dirigir y remover a todos los obispos de iglesia  romana (y por ellos a todos sus presbíteros), imponiendo el celibato sobre el conjunto del clero. De esa forma, los obispos se han vuelto delegados del único obispo real, que es el de Roma quien, a  través de la Congregación de los Obispos, dirige la estructura y funcionamiento de todas las iglesias. Ciertamente, algunos obispos se sienten autónomos y actúan de forma carismática, al servicio de la libertad cristiana. Pero la mayoría parecen simples delegados del Papa que les nombra y dirige.
 
b. También en este campo es necesario que las comunidades recuperen la libertad original del evangelio. No se trata de “romper con Roma”, sino todo lo contrario: de crear comunidades que pueden vivir en comunión con Roma, es decir, en unidad y en libertad de amor. En otro tiempo era imposible un cambio radical, pues obispos y presbíteros eran no sólo representantes de la iglesia, sino también dirigentes políticos, como se vio en la disputa de las investiduras (siglo XII-XIII) y en la misma Constitución Civil del Clero (de la Revolución Francesa). Pero ahora que aquella situación ha terminado los ministros pueden y deben ser nombrados por cada comunidad, en comunión con la Iglesia universal. Las mismas circunstancias  de los tiempos (y la vuelta al evangelio) parecen exigir que se abandone la imposición (no la elección carismática) del celibato, que fue muy importante en la reforma gregoriana, pero que hoy ha perdido el sentido y función que entonces tuvo. Eso permitirá recuperar, por otra parte, el verdadero celibato carismático de los religiosos.
 
7. Poder legislativo, más allá de la ley está la gracia.
a. Ciertamente, como destacó san Pablo, el evangelio no es ley, sino gracia y libertad, por eso es difícil convertir el cristianismo en Derecho. Lógicamente, la mayor parte de la legislación canónica proviene de otras fuentes, que pueden ser valiosas, pero no cristiana (como el derecho romano), desde Justiniano (siglo VI) hasta la reforma gregoriana (siglo XI). Pues bien, en esa línea de Derecho, el Papa tiene todo el poder legislativo, y así puede regular todos los espacios de la vida cristiana. El Vaticano II (1962-1965) quiso beber de las fuentes del Nuevo Testamento, abriendo un camino de renovación cristiana, pero su inspiración  ha quedado sofocada por el Código de 1982, que retoma y ratifica los principios legalistas de la Reforma Gregoriana.
 
b. Por eso es necesario volver a los principios de la Iglesia, como quiso Lutero en el siglo XVI, aunque su Reforma no pudo culminar (quedó en gran parte fracasada), retomando la inspiración de Jesús de Nazaret, tal como ha sido formulada en el Nuevo Testamento, de maneras distintas y convergentes por Pablo y Mateo, por Lucas y Juan (por citar cuatro testigos importantes), para  actualizar desde esa base la “ley fundamental” de la iglesia, el diálogo con la tradición ortodoxa de oriente y con las tradiciones protestantes. No se trata de fijar un Código más preciso que los anteriores (de 1917 y de 1983), sino de superar el espíritu del Código, de no empezar legislando sino ofreciendo marcos de inspiración y vida, para que las comunidades exploren los caminos de Jesús y actúen en línea de evangelio. Al principio está la Vida, no la Ley (que ha de venir siempre después, poniéndose al servicio de la Vida, que es lo que ahora importa).
 
8. Poder ejecutivo: potestad del papa y las iglesias.
a. La Iglesia católica actual no separa los (legislativo, ejecutivo, judicial)  pues pone todos en manos del mismo Papa. De esa forma, el Papa (curia romana) ejerce un control directo sobre el conjunto de la iglesia, utilizando las Congregaciones y Secretarías del Vaticano, con métodos de «secreto reverencial». Por un lado, las cosas principales se deciden de un modo familiar, sin que se sepan ni publiquen los motivos, como si el secreto fuera esencia de la Iglesia. Por otro lado, el Papa (el Vaticano) tiende a resolver todos los problemas y a llenar todos los huecos, como si tuviera la responsabilidad de todas las iglesia, como si los clérigos menores y los simples fieles no supieran pensar según el evangelio y corrieran el riesgo de extraviarse tan pronto como quedaran solos ante Dios y su conciencia, a pesar de lo que dice Hech 15, 28 (Nos ha parecido a nosotros y al Espíritu Santo...).   
 
b. Ciertamente, la división ilustrada de los tres poderes (legislativo, ejecutivo, judicial) no se puede aplicar de un modo mecánico a la Iglesia, pues su estructura y finalidad no es la misma del Estado. Pero no parece lógico, en plano de evangelio, que el Papa tenga todas las potestades (potestad suprema) en el conjunto de la Iglesia (cf. CIC 360-361),  sino que en el principio de la vida de cristiana han de estar las comunidades. La tarea del Papa y del Vaticano no es la de sustituir, sino la de  aceptar y potenciar la vida de las Iglesias,  ofreciendo a todas un espacio  unitario de diálogo (unidad de comunión). En  la línea de Mt 16, 17-19, el Papa  no posee una potestad distinta (sólo suya), sino la del conjunto de las iglesias (representadas por los once de Mt 28, 16-20)  y  la de las comunidades concretas (cf. Mt 18, 15-20). En esa línea ha de cambiarse el organigrama del Derecho Canónico, aceptando y desarrollando primero la potestad de las iglesias (de todos los cristianos), para descubrir desde ese fondo la función del papa. 
 
9. Poder judicial: el juicio cristiano.
a. Según el Derecho Canónico, el mismo papa que promulga y hace ejecutar tiene el poder de  sancionarlas, como un Dios poderoso en la tierra. Conforme a un principio que se adujo ya en el siglo VI (Falsificaciones de Símaco) y que se expandió en las  falsas Decretales isidorianas (siglo IX) y en el Dictatus Papae de Gregorio VII (siglo XI) la prima sedes (romana) a nemine iudicatur (no puede ser juzgada por nadie), mientras ella puede juzgar a todas las restantes sedes y agrupaciones de cristianos. En esa línea,  apelando al genio legal de la vieja Roma pagana, el Papa y su Curia, han venido a convertirse en norma judicial suprema, que actúa muchas veces en secreto, desde arriba, sin tener que dar razones de su actuación y sin apelación posible.
 
b. Ciertamente, los teólogos de la Curia Vaticana dicen, y con razón, que la iglesia no es una simple democracia (poder de demos o pueblo poderoso), sino signo de la gracia de Dios. Pero eso no implica que el Papa tenga el poder de jugar a los demás (sin que él no puede ser juzgado por nadie). En esa línea, debemos volver al mandato de Jesús que dijo “no juzguéis” (Mt 7, 1 par), y recordar que en ese plano nadie puede juzgar sobre nadie en la Iglesia (cf. también parábola de la cizaña: Mt 13, 24-30). Pero, dicho eso, hay que añadir que como organización sociales, la Iglesia necesita “normas” e instancias judiciales donde se diriman sus problemas  (cf. Mt 18, 15-20; Hech 15), sabiendo que cada comunidad es instancia supremo, pues sólo diálogo pueden resolverse los problemas. Recuperar ese “espíritu” resulta esencial es las iglesias. No se trata de descentralizar algo que nunca se debería haber centralizado,  sino de lograr que las comunidades sean aquello que han ser: especio de comunicación directa de los creyentes (de manera que no pueda delegarse nada a unas instancias “superiores” de tipo impersonal, pues en la Iglesia no pueden existir tales instancias impersonales). 
 
10. Poder espiritual, impulsos carismáticos.
a. El Papa ha reservado también el control simbólico de la santidad, organizando unos procesos canónicos que pueden conducir a la beatificación y/o canonización de ciertas personas (como ha sucedido últimamente con la Beata Teresa de Calcuta, San Josemaría Escrivá de Balaguer o el Beato Juan Pablo II). En esos procesos, que pretenden marcar las líneas de santidad  de la Iglesia, la Curia sigue empleando como «prueba» unos posibles milagros de los candidatos. En ese contexto se sitúa también el control doctrinal y organizativo del Vaticano sobre los movimientos espirituales de la iglesia, como han destacado algunos documentos “normativos”  de la Congregación para la Doctrina de la fe (Orationis formas, del 1989, y  Dominus Jesus, del 2000), impulsados y firmados por el Cardenal J. Ratzinger.
 
b. Ciertamente, como sabía San Pablo (1 Cor 12-14), la Iglesia tiene el deber de discernir (no controlar) los espíritus, a fin de  que el impulso (inspiración) de algunos no vaya en contra de la comunión y amor de todos. Pero no parece conveniente (ni lógico) que la Curia Vaticana tenga un control universal en este campo. Las iglesias deben recuperar su creatividad carismática, proponiendo sus propios ejemplos de santidad, como parece indicar ya el Vaticano al dejar que los “procesos de beatificación” se realicen y culminen en cada diócesis, reservando sólo para Roma los de canonización. Pero más urgente que la creación formal de santos y beatos es el surgimiento de unas formas de piedad y experiencia que respondan a la inspiración del evangelio de nuestro tiempo. Las mismas iglesias deben  exploren caminos de oración y experiencia cristiana desde sus propios contexto culturales y antropológicos, en África o América Latina, en la India o China, por poner unos ejemplos. Ésta es quizá la tarea más urgen de la Iglesia del siglo XXI.
 
11. Potenciar los movimientos eclesiales. Nuevas formas de vida religiosa.
a. Las diversas formas vida religiosa han sido un signo de presencia y compromiso de evangelio,  desde los anacoretas de Siria y de Egipto, pasando por los monjes bizantinos y latinos, hasta los franciscanos y mendicantes del siglo XIII. En ese contexto ha sido y sigue siendo muy valiosa (aunque no esencial) la vocación al celibato comunitario, con lo que implica de comunicación personal y libertad para la misión de la Iglesia. Pues bien, a partir de la reforma gregoriana del siglo XI, en un proceso que ha desembocado en el centralismo del siglo XX, las órdenes religiosas de la Iglesia Occidental se han «romanizado», a través de una «exención», que las hace independientes respecto a los obispos, poniéndolas bajo el mandato directo del Papa. Eso les ha dado libertad y autonomía, pero ha podido limitar su creatividad. De diversas formas, las órdenes tradicionales (benedictinos, franciscanos, jesuitas, hermanas de la caridad…) reflejaban experiencias autónomas de vida cristiana que se han ido desarrollando a lo largo de tiempos. Pero en el siglo XX están surgiendo nuevos movimientos, que no son ya de vida religiosa estricta, sino de acción institucional, presencia universitaria y vida fraterna, o renovación catequética (Opus Dei, Comunión y Liberación, los Focolarinos o los Neocatecúmenos), y ellos  se han romanizado de manera muy intensa, de forma que no tienen verdadera autonomía.  
 
b. Tanto las órdenes y congregaciones antiguas (sobre todo de mujeres) como los nuevos movimientos surgidos a lo largo del siglo XX representan un valor esencial para la iglesia y deben  aceptarse con gozo, potenciando aquellos que responden mejor a la dinámica del evangelio, desde nuestro tiempo. Pero muchos de ellos, especialmente en los últimos tiempos, parecen potenciar aspectos de organización autoritaria que concuerdan menos con el mesianismo de Jesús. Nos hallamos ante una historia demasiado reciente como para interpretarla de un modo imparcial, pero es posible que esos nuevos movimientos y otros semejantes (a los que se llama con palabra ambigua neoconservadores) resulten menos adecuados para descubrir y potenciar un tipo de transformación evangélica de la Iglesia como el que ahora se necesita.  
 
12. Poder patriarcal, supremacía de género. Ordenación ministerial de las mujeres.
a. El poder del papado y de esta iglesia católica va unido con el patriarcalismo, como muestra el hecho de que sólo los varones puedan ser obispos y presbíteros, y de que el Vaticano sea un Estado de poderes masculinos. Nos hallamos  ante un problema de fondo, que no se resuelve con la simple ordenación presbiteral o episcopal de mujeres (cosa que podría hacerse ya, como en otras iglesias episcopales, luteranas y anglicanas), sino que parece necesario un cambio más profundo en la organización de la iglesia y de sus actividades (ministerios). Ciertamente, algunos teólogos ofrecen argumentos ontológicos (y de naturaleza humana) para mantener la situación actual, diciendo que sólo los varones pueden ser sacerdotes ministeriales, porque Cristo fue varón y no mujer; pero ese argumento resulta bíblica y teológicamente difícil de mantener. 
 
b. Sin duda, la historia es venerable y maestra de vida, pero el hecho de que sólo los varones hayan sido presbíteros y obispos en los últimos siglos no exige que las cosas deban seguir así. La superación del patriarcalismo no es el único problema de de la Iglesia, pero es importante, pues nos sitúa de nuevo en las raíces del movimiento de Jesús. No se arregla todo con la ordenación ministerial de las mujeres. Pero sin la igualdad radical, de fondo, de varones y mujeres no se puede hablar de reforma de la iglesia ni tampoco de apertura hacia un futuro de transformación mesiánica. No se trata de un pequeño cambio en el organigrama, como ya se ha hecho en varias iglesias luteranas y episcopalianas (con mujeres presbíteros y obispos), sino de una transformación de fondo en la visión de los ministerios y de la jerarquía de la Iglesia católica. Los cambios que esa transformación exige pueden ser fuertes, pero son necesarios.
 
13. Poder económico.
a. Resulta difícil de evaluar este problema, pero ha estado en el fondo de otros muchos, desde la fundación de los Estados Pontificios (s. VIII) y en especial desde las crisis del siglo XIII-XIV, cuando los papas (en especial Juan XXII) condenaron un tipo de franciscanismo radical y convirtieron los Estados Pontificios (Vaticano) en un centro económico importante de la nueva Europa. En la actualidad (siglo XXI)  el problema del “dinero” del Vaticano es complejo y tiene matices que deben distinguirse con cuidado, pero es evidente que, en plano eclesial,  debe resolverse apelando a principios evangélicos. Ciertamente, la organización de la Curia y el mantenimiento del Estado Vaticano necesitan un soporte económico, que no es grande, en comparación con las grandes corporaciones multinacionales, pero que resulta considerable. Además, en esa línea, parte del control directo o indirecto que la Curia Romana (y otros organismos oficiales) ejercen sobre los ministros de la iglesia tiene un componente económico, que varía entre los diversos países, pero que sigue siendo considerable. 
 
b. Jesús no necesitó dinero para promover su mensaje (cf. Mc 10, 17-31), pero la administración de una Iglesia como la romana lo necesita,  cosa que plantea problemas de fondo. Se trata además de un problema añadido, que se relaciona con la constitución del Estado de la Ciudad del Vaticano, que hemos presentado como primero de los poderes del papado. Ciertamente, con  la supresión del Estado Vaticano no se soluciona la economía de la Iglesia, pues también otras diócesis del mundo tienen problemas de ese tipo. Pero si el Vaticano se “aligera” y abandona parte de sus funciones actuales muchos de esos problemas cambian  de sentido. Por otra parte, el asunto central no es el Vaticano, ni la diócesis de Roma, sino del conjunto de las iglesias, que han de volver (con las enseñanzas de la historia) a la raíz del evangelio. La Iglesia de occidente tiene una riqueza incontable en bienes patrimoniales y artísticos (templos, obras de arte), pero la mayoría de esos bienes se están convirtiendo en museos, gestionados por la sociedad (o por los estados), de manera que el problema puede resolverse con más cierta facilidad. Quedan, sin duda, otros problemas pendientes, pero sólo a medida que se vaya haciendo camino podrán plantearse y resolverse.
 

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