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Milagros en lugares normales

El orgullo y la soberbia de la ciencia, el cientificismo, el orgullo de la razón, no nos ayudan para dilucidar los milagros. Los milagros son siempre una irrupción de Dios para el bien de las personas. El cuerpo de Jesús tiene muchos carismas para el bien común, entre ellos el carisma para curar.

El Antiguo Testamento nos cuenta grandes obras de Dios en la historia. Dios entra en la historia y en nuestra vida concreta. El evangelio está lleno de maravillas en las que Jesús se hace presente.

Los milagros no ocurren en clima mágico. Son en lugares normales, con gestos muy sencillos. Sin gran tensión emotiva. Jesús no buscaba los milagros, manda guardar silencio, no quería convertirse en un milagrero. Sus discípulos sólo empiezan a entenderle tras la pasión. Felices los que creen sin haber visto. Los milagros ayudan a la fe, pero no nos obligan a creer. No son un chantaje para creer. Hay personas convencidas de contemplar milagros pero con la libertad de no convertirse aunque sean signos visibles de la fuerza de Dios. Los hermanos del rico Epulón no creerán en Dios ni aunque resucite un muerto.

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