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¿Pueden ser los gais sacerdotes? Timothy Radcliffe

El esperado documento del Vaticano sobre homosexualidad dentro del sacerdocio, que va a publicarse la próxima semana, ha sido sustancialmente divulgado. En este artículo, el actual general de los dominicos expone lo que tiene que decir sobre los gais y su adecuación a cargos eclesiales.



HACE DOS SEMANAS, estaba en Nueva Escocia, organizando un retiro para los obispos y sacerdotes de la parte Este de Canadá. Un sacerdote, quizá demasiado tímido para formular una pregunta en público, envió un papel con su demanda: «¿Este documento sobre la admisión de gais al sacerdocio querrá decir que ya no soy bienvenido? ¿Significa que personas como yo son sacerdotes de segunda clase?». Yo había escuchado la misma pregunta, de una u otra forma, a sacerdotes en todos los lugares del mundo. El próximo documento del Vaticano sobre homosexualidad y sacerdocio (véase p. 40) es foco de intensa ansiedad por lo cualdebemos prestar atención a lo que exactamente dice.


Hay dos principios que deben tenerse en cuenta: en primer lugar, hemos de darle una interpretación tan positiva como sea posible. No se trata de darle un giro positivo al documento, sino de procurar discernir cuáles son las intenciones verdaderas de los autores. Nuestros medios están llenos de acusaciones y este documento será denunciado como otro ataque hacia las personas gais. Esta denuncia tiene lugar, incluso, dentro de la iglesia. La Congregación para la Doctrina de la Fe interpretado frecuentemente de forma tendenciosa escritos de teólogos. Éstos, por su parte, dan la interpretación posible más negativa a los documentos del Vaticano. ¡Nada bueno puede venir de Roma! Como Iglesia, debemos encontrar otro camino para escucharnos mutuamente, estar realmente atentos a lo que se dice. Esto pide justicia y verdad.


En segundo lugar, una vocación es una llamada de Dios. Es verdad, que como el documento dice, es “recibida a través de la Iglesia, en la Iglesia y para el servicio de la Iglesia”, pero es Dios quien llama. Habiendo trabajado con obispos y sacerdotes, diocesanos y religiosos, a través de todo el mundo, no tengo duda alguna de que Dios llama a homosexuales al sacerdocio y que éstos están entre los sacerdotes más dedicados y que más me han impresionado de los que he conocido. Por lo tanto, ningún sacerdote que esté convencido de su vocación debería sentir que este documento lo clasifica como sacerdote anormal. Y nosotros hemos de presumir que Dios continuará llamando tanto a homosexuales como heterosexuales al sacerdocio porque la Iglesia necesita los dones de ambos.


La Iglesia tiene el derecho y deber de ejercitar un cuidadoso discernimiento en la admisión de seminaristas. Cuando el documento dice que este se ha elaborado «de la manera más urgente por la situación actual», entonces se presupone que se está pensando en la crisis debida a los abusos sexuales que ha agitado la Iglesia en Occidente. Por lo que hay dos preguntas: ¿proporciona este documento un buen criterio para discernir quién tiene una vocación? y ¿ayudará a encauzar la crisis debida a causa de los abusos sexuales?


El documento insiste en que un candidato al sacerdocio ha de alcanzar una madurez afectiva que «le permitirá relacionarse adecuadamente con hombres y mujeres, con un sentido espiritual verdadero para la comunidad eclesial a la que se le confiará». Dejemos, por un momento, a un lado la cuestión de «paternidad espiritual». ¿Qué quiere decir esto?


El documento mantiene que la Iglesia «no puede admitir en el seminario o en las órdenes sagradas a aquellos que sean homosexuales activos, tengan tendencias homosexuales muy marcadas o apoyen la llamada cultura gai». El primer criterio está claro. Lo mismo se podría decir de los que son heterosexualmente activos. Los dos segundos necesitan aclararse.


También podría interpretarse como tener una orientación homosexual permanente. Pero esto no puede corregirse, ya que, según he mencionado, hay muchos sacerdotes excelentes que son gais y que claramente tienen una vocación hacia Dios. Quizá se entendería mejor como alguien cuya orientación sexual se percibe tan central que llega a ser obsesiva, dominando su personalidad. Esto, en efecto, llevaría a preguntarse si esta persona sería feliz como sacerdote célibe. Pero cualquier heterosexual que diese tanta importancia a la sexualidad tendría problemas también. Lo que importa es la madurez sexual más que la orientación.


Luego está el asunto de apoyar la «cultura gai». Es correcto que los seminaristas o sacerdotes no deberían ir a bares gais y que los seminaristas no deberían formar parte de la cultura gai.


¿Qué es lo que se entiende por una «profunda y marcada tendencia homosexual»? El ejemplo opuesto que da el documento es el de alguien que atraviesa una fase temporal de atracción homosexual, y afirma que el seminarista debería haber vencido esto por lo menos tres años antes de su ordenación a la diaconía. Esto no englobaría todos los casos de seminaristas que muestran su vocación a la luz de este documento.


Esto sería hacer el centro de una parte de sus vidas que no es fundamental. Los seminaristas deberían aprender a llevar bien su orientación sexual, estando satisfechos con el corazón que Dios les ha dado; pero, en el caso de cualquier subcultura, gay o heterosexual, sería subversivo de celibato. Una cultura androcéntrica llena de contenido heterosexual sería igual de inapropiada.


¿Pero significa el apoyar la «cultura gai» sólo eso? Como dice el documento, la Iglesia debe oponerse a la «discriminación injusta» contra los homosexuales, así como lo hace con la segregación racial. Eso quiere decir que todos los sacerdotes debe estar preparados para estar junto a personas gais si sufren opresión y que se les vea que están a su favor. Por su puesto, esto lleva a temas complejos. Oponerse al matrimonio gai será visto por algunos como una discriminación, mientras que en la enseñanza Católica oficial no lo es. Si alguien involucra en cualquier oposición a la discriminación, está sujeto a no ser entendido. Es un riesgo que algunas veces uno ha de tomar.


Finalmente, está la cuestión de «paternidad espiritual». No es un concepto con el que yo esté familiarizado. ¿Pueden sólo los heterosexuales ofrecer esto? Esta es la visión del obispo de las fuerzas armadas americanas, que recientemente dijo: «No queremos que nuestros compatriotas piensen, como actualmente nuestra cultura dice, que no hay realmente diferencia en que uno sea gai o heterosexual. Creemos que hay una diferencia, y que nuestros compatriotas esperan tener un sacerdote heterosexual que muestre un carácter fuertemente masculino». No puedo creer que esto sea lo que se persiga con el documento. Hay poca evidencia de Cristiandad varonil en el Vaticano. Si el rol de un sacerdote sería el de ser un modelo de masculinidad, entonces sería relevante para menos de la mitad de la congregación y se podría, por lo tanto, argumentar que las mujeres deberían ser también ordenadas como modelos de feminidad. Presumo que la «patenidad espiritual» se muestra en especial a través del cuidado de las personas y predicando palabras de vida fértil, pero no tiene ninguna conexión con orientación sexual.


Es de suma urgencia que formemos a sacerdotes que sean «afectivamente maduros», y aptos para relacionarse con facilidad con hombres y mujeres. Este documento trata de identificar criterios que ayudarán a discernir tal madurez y señala temas innegablemente importantes. Es necesario aplicar este criterio de forma igualitaria a todos los candidatos, independientemente de su orientación sexual.


Nuestra sociedad da a menudo la impresión de que los heterosexuales y homosexuales son virtualmente dos especies de seres humanos. Pero el corazón humano es complejo y los patrones de deseo cambian y evolucionan. Yo he conocido a sacerdotes que pensaban que eran gais cuando tenían treinta años, y luego descubrían que no lo eran, y viceversa. Si tenemos que formar a sacerdotes que vivan su celibato fructíferamente, deben estar bien consigo mismos, en toda su complejidad emocional, sin obsesionarse pensando en que ése es el centro de su identidad. Eso es Cristo. «Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que, cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal como es.» (I Juan 3:2).


Nuestra sociedad está obsesionada con el sexo, y la Iglesia debería ofrecerle un modelo sano, pero no una aceptación compulsiva de la sexualidad. El Catecismo del Concilio de Trento enseñaba que los sacerdotes deberían hablar sobre sexo «con moderación y no en exceso». Deberíamos estar más atentos de a quién pueden odiar nuestros seminaristas más que de a quién pueden amar. Racismo, misoginia y homofobia serían todos signos de alguien que no puede ser un buen modelo de Cristo.


El documento concluye animando a los seminaristas a ser honestos con sus directores espirituales. Mentir no se correspondería con «el espíritu de verdad, lealtad, y disponibilidad que debe caracterizar la personalidad de uno que se considera a sí mismo llamado para servir a Cristo y su Iglesia en el sacerdocio ministerial». Esto es de importancia fundamental. Pero, si el criterio de este documento se interpreta de forma limitada, afirmar que quien sea gai no puede ser ordenado, entonces dejaría a algunos seminaristas en una situación imposible. Si hablan abiertamente, podrían no ser aceptados. Si no lo hacen, carecen de transparencia. El peligro es que los más honestos podrían, por lo tanto, abandonar y los menos honestos, quedarse; contradictorio en sí mismo, y más sujeto a que el abuso continúe. Por lo tanto, es más importante que estos criterios no se interpreten de forman que lleven a la persona a un encubrimiento, lo que impediría activamente la formación de sacerdotes que sean maduros afectivamente.


Timothy Radcliffe 

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